viernes, 1 de mayo de 2020

Día 43



Quizás fue la influencia benigna de San Jorge, me dije en algún momento.

El día más espantoso, el de la lluvia sin luz, no terminó mal. No fue un día alegre, ni feliz. Pero no me fui a dormir con la sensación de odiar al mundo por malo, hostil y feo. Ni odiaba, ni estaba desanimada. Un poco cansada, nomás. Acaso triste.

El día siguiente amaneció con un sol que rajaba la tierra, una temperatura amable, el aire seco. Hice a la mañana todo el trabajo de la oficina que no había hecho por la falta de luz el día anterior, puse ropa a lavar, barrí la terraza. Después de comer seguí con la limpieza de todos los rincones. El viento había llevado flores caídas de la Santa Rita a lugares insólitos como debajo de mi cama. Barrí, pasé el trapo, limpié la cocina.

En condiciones normales de presión y temperatura, como decía la profesora de Química del colegio, si me hubiesen dicho que me pasaría el día trabajando y limpiando, me habría deprimido. No conozco a nadie a quien le guste limpiar. Hay a quienes les molesta menos, otros que detestan la mera palabra. Recuerdo decir una noche que lo que menos me molestaba era limpiar vidrios y justo eso era algo que prima Ani detestaba. Todos queremos la casa limpia. A algunos les gusta más limpia que a otros. Pero nadie dice con fruición y embeleso “¡tengo un maravilloso día de limpieza por delante!”

Esa misma noche me teñí el pelo y me pinté las uñas. Y ayer salí con toda la ilusión del mundo a comprar aceite para los goznes de las rejas. No me iba a comprar una cartera Prada, ni un vestido para la mejor fiesta del mundo. No iba a la librería a llevarme cinco libros. Iba a la ferretería y a la farmacia.

Googleo San Jorge. Ah, sí, me digo, es el de la cruz esa, roja, de una de las banderas de Inglaterra. Es el santo guerrero, es el que mata al dragón. No parecería combinar mucho con quedarse en casa y sentirse un héroe mirando Netflix y comiendo alfajores. Un guerrero. Jorge de Capadocia era. Linda Capadocia. Muy linda.  ¿Será que es el santo patrono de los que batallamos con los molinos adentro de nuestras casas?

Nunca tuve un santo preferido. Sé que el de mi abuela Elvira, el de las tías, era San Antonio, patrono de los matrimonios y al que se le pide un novio. Dice Google que el 13 de junio hay que comprar una imagen y pedirle un novio. Dice Google que en algunas partes de América las chicas lo ponen patas para arriba al pobre santo cuando el deseo no es concedido.

La primera vez que estuve en Barcelona, salí con Conga a caminar por la ciudad. En la catedral ella le prendió una vela a Santa Marta. Yo no hice preguntas pero me resultó de lo más curioso. Pensé que no había santos preferidos en la generación de ellas. Busqué, también, en Google. Aparecieron las playas de Colombia. Recuerdo Santa Marta, el agua, a una colombiana diciendo que estaba movida, el Chino y yo nos miramos, el agua parecida estancada de tan quieta. ¿Qué le pediría la tía Conga a Santa Marta por aquellos tiempos?

No creo en santos, ni dioses.  

Sin embargo, sí entiendo que las fantasías mueven el mundo. O quizás no tanto como el mundo, pero sí ponen en marcha muchos motores.

Cuando ayer le respondí al Pancho porqué salía maquillada y con plataformas, le dije que porque me iba a encontrar a Ryan Gosling en el camino. No había chances de que eso sucediera. Pero mirá si sí sucede, y yo con estas mechas. Salí con la fantasía de que algo sucedería. No pasó nada, excepto el humano acompañando al perro siberiano gigantesco, un humano que se fijó en mí. Eso es tan pequeño que ni siquiera cuenta como suceso. Eso ni siquiera cambió el destino del día. Yo ya lo había cambiado, saliendo de mi casa con ilusión. No lo cambié porque me maquillé, ni porque tuviese el pelo sin canas. Lo cambié porque se me ocurrió que el día sería bueno.

¿Cómo funciona eso? No tengo la menor idea. Ya escribí que la igualdad de los días anulaba la ilusión. Ayer, por ejemplo, si hubiese sido un 30 de abril común y corriente, yo habría estado de lo más contenta pensando que era el último día de la semana, que tendría tres días de no ir a trabajar. De hecho, el mismo lunes 27 lo habría empezado con más ilusión que el resto de los lunes: sería una semana de trabajo corta, seguida de un fin de semana largo. Los fines de semana largos siempre estaban llenos de fantasías. Asados, o fiestas, o simplemente leer hasta quedarse bizca.

¿Por qué ayer tenía más ilusión que otros días?

En O negócio (la serie brasilera sobre tres prostitutas) una de las chicas dice que lo que venden es fantasía. Los manes las contratan para fiestas de despedidas de soltero y ellas se visten de egipcias, porque eso eligieron ellos, entonces una es Cleopatra, la más deseada.

Nunca entendí los fetiches sexuales habituales. La única vez que fui a un club de strippers para una despedida de soltera estaban todos vestidos de hombres con uniforme. Bomberos, marineros, policías, soldados. En esos tiempos, o en ese club, ni siquiera bailaban bien. Y ninguno tenía el carisma de Mathew McConaughey.

En otro capítulo, más adelante, otra le cuenta a una amiga no prostituta que lo que los hombres quieren, el secreto mejor guardado de la prostitución, es que lo que los hombres quieren  en realidad es cariño, cariño sin ataduras, afecto sin responsabilidad. Otra fantasía.

En el primer libro de Harry Potter, Harry se encuentra un espejo. El espejo de Erised. En el marco de arriba del espejo están grabadas las palabras “Erised stra ehru oyt ube cafru oyt on wohsi”. Hay que leer las letras al revés: “I show not your face but your heart´s desire”. Perdón, no lo tengo en castellano. La traducción es “No muestro tu cara sino el deseo de tu corazón”. Harry se mira en el espejo y ve a sus padres, muertos hace diez años, a su lado. Ron, en cambio, se ve siendo el más destacado de sus seis hermanos.  Albus Dumbledore le explica a Harry, le dice sólo el hombre más feliz se vería a sí mismo, tal como es, frente al espejo.

Me pregunto si esa criatura verdaderamente feliz existe. Sería una persona sin deseos en el corazón.

En una clase de Historia del secundario, o quizás era de Cívica, una profesora nos hizo leer a Agustín de Hipona. Otro santo. O quizás no era un texto de Agustín sino un texto sobre un texto de Agustín. Más o menos decía que el hombre no era feliz sin dios. La reprendieron por eso a la profesora. Era una clase de historia, no de religión.

No tengo ningún ánimo de despreciar la religión. No creo, carezco de eso que se llama fe. Sin embargo, soy fan de las fantasías. Leo, todo el tiempo, historias que nunca le sucedieron a alguien que nunca existió. Me levanto y la mera idea de que algo suceda me pone de buen humor. Así que no minimizo el poder de la religión si la comparo con una fantasía. Creo que las mías son más amables. No hay sistema de premios o castigos en mis fantasías. También es cierto que no hay reglas, que haberme portado bien no necesariamente me deja en paz conmigo misma. Hace 43 días que me porto bien, y la paz ha sido más escurridiza que nunca.

Aclaro eso para los que puedan sentirse ofendidos, pero ni siquiera estoy pensando en dioses. Simplemente recordé a mi profesora, y a las tías y sus San Antonios colgados en las casas de la 22 y Mar del Sur, a la Conga prendiéndole una vela a Santa Marta.
Pienso, simplemente, en el sistema por el cual las fantasías existen. Y lo que significa tenerlas o no. Creo que los budistas son los que creen, como Dumbledore, que sin deseos se es feliz. Porque si los deseos no se cumplen, no hay infelicidad.

Pienso en el motor del capitalismo, querer y querer y querer cosas.

Hegel decía que se deseaba el deseo del otro.

Pienso es un embole no desear nada, ni tener alguna fantasía. Pienso no necesariamente la frustración me hará infeliz.

Hegel creería que lo entendí: le doy vueltas al concepto de equilibrio. Nunca entendí a Hegel, no le encuentro ni los sujetos a sus frases.

Siempre me he preguntado por los augurios de Marco Aurelio. Era un hombre serio Marco Aurelio, a mi abuelo Antonio, otro hombre serio, le gustaba. Me pregunto si cuando veía unos pájaros, u otros, volando hacia acá, o allá, en realidad no se aferraba a la fantasía de que ganaría la batalla y era tan fuerte esa fantasía, ese deseo, que terminaba conquistándola –no por simplemente pedirle al universo, sino porque en su deseo tan fuerte hacía todo bien, y no cedía al desánimo.

O quizás, el rebote de buen humor de estos días tuvo que ver con que le gané al obstáculo más jueputa de la lluvia: la falta de luz ocasionada por un cable mojado.

Toda esa cosa desafiante de la lluvia los días normales no apareció: no tuve que saltar charquitos ni caminar por el pasillo del subte con calma porque el piso del túnel de la estación Carlos Pellegrini tiene unas baldosas que son resbaladizas con cualquier calzado, y son una pista de patinaje cuando están mojadas. No esquivé la salpicadura de los autos. No volví a mi casa a resguardarme después de haber vencido los elementos de la naturaleza.

Pero sí logré vencer otro tipo de obstáculo. Me dejó cansada la batalla, y un poco triste. Pero había ganado.

Y finalmente, el buen humor puede que haya nacido de este sol que raja la tierra. De ahí la fantasía y la ilusión de una mejora. De algo, sin nombre. Una promesa. Y con eso, sólo con eso, sentir menos agobio.

No lo sé.




jueves, 30 de abril de 2020

Día 42



Ayer me teñí el pelo. Me había comprado una cajita, con el color que, supuestamente, es el mío. Me dejaba las canas para darle a mi pelo un respiro de los químicos a los que lo someto en condiciones normales. Me dije cuando tenga que salir de nuevo al mundo quizás lo haga canosa. O no. Por eso, por si acaso decidía seguir engañando al paso del tiempo, tenía la caja. Después de verme en el espejo a la mañana, decidí que al menos podía evitar la mezcla de colores. No puedo hacer nada contra la mata deforme que tengo. Si estuviese largo, podría cortarlo. Pero no me animo a meter la tijera. No sé cómo se soluciona tener el casquito de George Best. Pero sí el color. Así que a la noche, antes de la ducha, me teñí.

Después, mirando O negocio, una serie brasilera sobre la vida de tres mujeres que ejercen la profesión más vieja del mundo, una serie de la que vi las primeras temporadas en Rodeo y que me encantaba, me pinté las uñas. No me las pintaba por el mismo motivo por el que no me teñía. Estaban bien mis uñas, pero me aburría a morir de verlas tan pálidas.

Hoy me levanté a las 8. Trabajé hasta las 11. Y a las 11 bajé a mi cuarto a vestirme con ropa que no fuesen pantalones manchados de pintura, camisetas deformes, sweaters deshilachados, ni zapatillas sin cordones (originalmente llevan cordones, pero las uso sin, como si fuesen unas pantuflas aptas para cruzar mi patio, para subir escaleras e ir a la terraza).

Hoy, por algún motivo, mi cabeza estaba llena de ilusión.

Me puse unos pantalones nuevos, usados una o dos veces nomás. Un pullover casi nuevo y que me encanta. Me puse los borcegos con plataformas. Metí en una cartera más linda que útil las bolsas de las compras y la billetera. Entré en el baño y me maquillé. No como Pris. Pero decidí que me iba a delinear los ojos. Decidí combatir el anonimato al que me destina el barbijo con los ojos bien negros.

Hoy era un día para anteojos de sol. Me dije me voy a arrugar entera de tanto entrecerrar los ojos. Me dije no me importa, porque se me empañan los vidrios.

Salí a la calle.

Justo en la puerta me crucé con un siberiano gigantesco que casi me tira al piso con su entusiasmo. Perdón, es cahorro, me dijo el humano que lo acompañaba. El siberiano quería jugar conmigo. A mí me habría gustado jugar con su amigo humano. Pensé eso y sonreí, debajo del barbijo, y le dije está todo bien y el humano se me quedó mirando y me pareció que sonreía. Me pregunté si eran los ojos negros que no son como los de Pris. O si vio mi sonrisa por debajo del barbijo. O si el amor de su perro lo hizo mirarme.

Seguí caminando y sonriendo debajo de mi barbijo horrible.

Caminé mucho más que 500 metros. Y estuve afuera de mi casa más de una hora.

Iba sin Niqui. Me miró con desconcierto cuando agarré las llaves y no le dije “¿vamos?”. Últimamente siempre le digo vamos cuando agarro las llaves.

Yo me iba de shopping. Pensaba entrar en lugares donde no hay postes amables donde atarla, ni veredas cómodas.

Así que caminaba a mi ritmo, tranquilamente, taconeando con mis plataformas sobre las veredas.

La lista del shopping consistía en algodón, crema para el cuerpo, tanza, anilina (si encontraba) y WD40.

El cielo impecable, sin nubes. Un sol fuerte todavía, el aire seco, mi pelo negro.

Llegué a la avenida y encontré una bicicletería abierta. Hice la cola para averiguar sobre cadenas y candados. Me gustó una fucsia. Pero yo no tenía efectivo, y ellos no tenían débito.

Hice otra cola en Farmacity, al sol, sobre la avenida.

Vi muchos autos pasando, mucha gente caminando. Vi, desde esa esquina, la librería/papelería atendiendo desde una ventana. También el vivero y me dije después paso, por si tienen rosales.

En Farmacity me compré un objeto que siempre me llamó la atención. Un rizador de pestañas. Imprescindible para ganarle a las plagas de este mundo. Eso me dije, riendo, cuando lo metí en el canasto. Uno de estos días busco un tutorial y aprendo a usarlo.

Después entré en una de las ferreterías, donde solamente conseguí el W80. Ahora se llama así. No es Penetrit, ni WD40.

En una tienda de electicidad me compré un enchufe triple.

Seguí caminando por la avenida, debía ir al banco a conseguir efectivo para pagarle el arreglo de la lámpara a San Jorge. Y porque además me va a hacer otros arreglos, uno de estos días.

Me llamó la atención un cajón de papayas, ahí, en la vereda, en una verdulería a la que nunca voy porque no me queda de paso ni cerca. Le pregunté al verdulero, con toda la emoción del mundo por irme a mi casa con una papaya en la cartera, y el tipo me dijo que estaban horribles.

Entonces volví a caminar, siempre por la vereda del sol, tranquila, mirando los barbijos de la gente, los inventos de algunos, inventos afortunados a veces, otras veces unos objetos más parecidos a vendas para momificar.

En el café Havanna de la esquina de las dos avenidas estaban atendiendo desde una ventana improvisada. La promoción decía 2x1 en todos los productos tradicionales. Pensé me llevo dos de cada uno de los alfajores. Pero la cola de 6 personas me sacó el entusiasmo.

Me quedaban dos cuadras para el banco y en la mitad de una encontré un local de ropa abierto. No abierto del todo. En la puerta habían cruzado una mesa y parecía el mostrador de una joyería. En exposición: barbijos de tela, de todos los colores. Me puse contenta y me compré uno negro con lentejuelas.

Finalmente llegué al banco y después de hacer cola y sacar efectivo me dije ahora voy por la vereda de la sombra, y paso por el vivero, y por la bicicletería. Pero ya habían cerrado así que se terminó la mañana de shopping.

Caminé, entonces, de vuelta a casa. Todavía sonreía.

No era solamente el humano que había adivinado mi sonrisa atrás del barbijo, ni el atracón de compras consistentes en algodón y enchufe, rizador y barbijo con lentejuelas.

El sol ayudó, sin dudas.

Pero, más que nada, ayudó el ruido humano, ese que normalmente me agobia. Los autos, los colectivos, la gente hablando por celular a los gritos mientras camina.

Lo que me pasó hoy, creo, fue que, por primera vez desde que empezó el encierro, no me siento tan fuera de lugar en el mundo que habito. De alguna manera –aun con un barbijo enorme y feo, con las manos llenas de alcohol en gel (me quedé sin guantes), con la cabeza repitiendo no te lleves las manos a la cara, no te lleves las manos a la cara, no te acerques a la gente, no dejes que se te acerquen, no te amontones con humanos, esquivá los lugares donde se amontonan, siempre diciéndome no debo hacer un montón de cosas que habitualmente hacía– me acostumbré.

Hoy no me sentí una IA tratando de pasar desapercibida en un mundo que quiere mi extinción.

Todavía no sé bien porqué. Pero así fue.




miércoles, 29 de abril de 2020

Día 41



El electricista, en adelante SAN JORGE, llegó, puntual, a la 1. Con un barbijo pequeño, rígido. Me dijo me gusta más el tuyo, pero se me empañan los anteojos. El mío tapa la mitad de la cara, pero dicen que se respira mejor. La verdad, se respira como el culo y hoy a la mañana descubrí que no es amable con los aros –lo de los anteojos empañados ya lo había descubierto en la primera salida. El de él, después me mostró, le deja marcas en la cara porque debe estar ajustado.

Yo le había contado el problema, escuetamente, por teléfono. En la puerta precisé: idas y venidas, térmicas, disyuntores, enchufes.

Ahí nomás en la entrada subió la térmica rebelde,  y escuchamos la explosión. Dijo está por acá, más o menos en la mitad del pasillo. Pero vamos a hacer unas pruebas primero.

Lloviznaba en ese momento. Nunca, en toda la mañana, dejó de caer agua. Yo me inquietaba. Mirá si se electrocuta.

No hacía mucho frío, pero el aire estaba hostil, los pisos mojados, todo lleno de charquitos.

Soplaba viento, supuse que este, noreste, sudeste. Alguna de las combinaciones con el este, agua como peste. No le consulté a mis informantes. No quise saber que además de no tener luz era un día perfecto para navegar. Intenté consolarme diciendo con relámpagos no se navega. El consuelo ayer se me hacía inalcanzable.

En casa San Jorge fue derecho a la caja, a hacer unas pruebas. La caja está en el patio, debajo de la escalera, así que está resguardada de los elementos, pero yo lo perseguía a él con mi paraguas y trataba de taparlo. No me importa mojarme, me dijo. Yo le contesté que se iba a enfermar. Me preocupada que se electrocutara y si bien era él el electricista, es decir la persona que mejor sabía de los dos los riesgos de jugar con cables y agua, no quise decirle que ése era mi miedo y no un posible resfrío.

No está en la casa el problema. Dijo eso y preguntó por una escalera. No tengo, pero le puedo pedir a Hugo. Y Hugo, que es siempre el vecino más molesto, más chusma, más invasivo del mundo, también es de esos vecinos que tiene todo y presta todo, así que repreguntó: ¿pequeña, mediana o grande? Pequeña, es para ver el farol del pasillo, el que está desprotegido. Nos dio la escalera y habló un rato con el electricista. Hugo siempre quiere hablar, siempre quiere opinar, y siempre tiene razón (él, al menos, está convencido de eso).

Llevamos la escalera al lugar donde estaba la lámpara y empezó a caer más agua, con más fuerza. Nos metimos en casa, nos quedamos en el patio, pegados a las paredes, donde hay techo, y conversamos. Me contó de su perra Amy, y yo estoy segura de que la conozco de la plaza, hablamos de Niqui, que le olía los pies, le apoyaba las patas empapadas en los pantalones y él le rascaba el cuello.  Me contó de sus cuatro hijos. Me contó que ya el mes pasado les tuvo que pedir plata. Mi mujer no estaba trabajando, dijo. No me dieron el subsidio, la cosa está complicada. Se había levantado a las 4 de la mañana por el enrosque, ¿viste? Me despierto y le doy vueltas y más vueltas.

San Jorge no se quejaba. No había nada en su tono de voz que indicara su angustia, ni sus problemas. Me dijo en este país me acostumbré a las malas rachas. Esta es más curiosa nomás.

La lluvia amainó y salimos al pasillo. Yo llevaba el paraguas, pero no podía taparlo cuando él se subió a la escalera, así que lo dejé colgado en mi patio y fui a hacerle de ayudante. Sostener tornillos, las partes de la lámpara, ir a buscar a su bolso (lo había dejado adentro) el alicate, o el otro destornillador. Él tenía botas de lluvia, yo tenía botas de cuero y sentía cómo la humedad se iba colando en mis pies. Me mojaba el pelo, se me enroscaban los remolinos del flequillo, mi pelo está más deforme que nunca.

Sacó todo el artilugio y empezó a tirar de cables y a mirar y los dos ilusionados con solucionarlo ya al problema. Pero no estaba ahí. No había ni un solo cable pelado, no había señales de algo quemado.

Volvió la lluvia torrencial. Volvimos al patio.

Me contó de su gata, le conté del gatito gris que hace unas noches asomó su cabeza, sólo la cabeza, por la puerta del living, mientras yo miraba tele con Niqui a upa, profundamente dormida, y de repente miré hacia la puerta, y vi su cabeza de gato gris, ojos celestes, mirando con curiosidad hacia adentro. Esa noche me sacó una sonrisa enorme el gato descarado.

Me dijo que Amy juega con Vader, el perro rojo de la plaza.

Salimos al pasillo. Desarmó otra caja. Tampoco era esa. Intentamos ver de dónde salía, específicamente, el ruido a explosión. Pero de repente ni siquiera hizo ruido. Mm, dijo, quizás se quemó también la térmica. Yo hacía cuentas en la cabeza, le pregunté si era fácil conseguir una por el barrio, me dijo en casa tengo, te presto, para al menos dejarlo hoy funcionando.

Lluvia fuerte. Patio, otra vez. Me preguntó por el nombre de Niqui. Si se llamaba así o era el diminutivo. Le dije el nombre es Niquivil, como un pueblo cercano a Rodeo donde siempre te para Gendarmería y donde no zafan ni los portadores de tablas ni los portadores de rastas. Es el control más temido de los fumones. Es el control donde Lucila, con su pelo rubio, sus piernas largas, y sus maravillosas tetas, pidió ir al baño. Dice la leyenda que el gendarme no salía de su asombro ante el pedido, pero que, obviamente, no se pudo negar.

Entonces dejó de llover. El aire seguía tan cargado que parecía mojar, pero no caía agua. Me dijo vamos a hacer un intento más con la térmica de afuera. Él se quedó a mitad del pasillo, y yo la subí. Subió, se prendió la lámpara donde pensábamos que estaba el problema, parecía que, mágicamente, todo se había solucionado, y de repente algo empieza a chisporrotear y finalmente la explosión. Era el sensor fotoeléctrico. Se supone que es para exteriores, que no tienen problemas, pero estaba caído, patas para arriba, le había entrado agua. Olía a quemado cuando lo sacó.

Dos horas más tarde, San Jorge se fue y me dejó con la casa funcionando y un agradecimiento eterno. Me cobró muy poca plata y le pedí presupuesto para la lámpara de pie –por muchos tutoriales que mire, los cables y yo no somos amigos. Se la llevó, me dijo total estoy a dos cuadras y salgo con Amy todas las mañanas, te la traigo en estos días si el presupuesto te conviene. Me la trajo esta mañana, me pagás cuando quieras, dijo. Porque yo le había dicho que quería esperar a cobrar algo.

Se fue y yo estaba hambrienta. Podría haberme preparado una ensalada, algo rápido. Pero quise comer con un poco más de onda. Hice unas empanadas de queso y huevo y me senté, en mi living iluminado, a comer frente a la tele. Después subí y transcribí lo escrito a mano. Más tarde leí, tejí, y seguí leyendo.

No sé si fue el inmenso alivio de tener luz a un costo menos alto del imaginado, y de no haberme pasado más de ocho horas sin luz. O el fin de la lluvia, y de la tormenta y todos sus monstruos.

Me fui a dormir sin problemas y hoy me levanté sin problemas, después de casi siete horas seguidas. Los insomnes creemos que siete horas es un lujo asiático.

Me levanté y adoro el sol, y este cielo despejado.




martes, 28 de abril de 2020

Día 40




Una tormenta como corresponde. Agua y más agua cayendo. Truenos. Relámpagos. Oscuridad. Hay sonidos sin fin de la naturaleza. Una maravilla espectacular.



Eso pensé al abrir los ojos. Recordé el amor por las tormentas cuando era chica. Recordé el desamor después de una tormenta en Tigre, un viento que llevaba, lluvia, inundación, y al día siguiente ser testigo de los destrozos –árboles rotos, ramas caídas, motores quemados, patios mugrientos, ratas. Como todas las pasiones, ésta también se cobraba su precio.  

Con el tiempo el desamor se diluyó un poco, y volví a disfrutar de las tormentas, aunque siempre con un dejo de desasosiego. Hay gente muy consciente de la destrucción causada por el viento y el agua. Hay gente que lo ignora. Ningún navegante ignora el poder de esas dos fuerzas combinadas.

Pensaba eso, y que escribiría y leería todo el día, tranquila, con esa tormenta tan sonora, cuando al entrar al baño descubrí que no tenía luz.



No hay luz, el mundo está oscuro a pesar de que ya son las 8.30 de la mañana. Ni luz para ver bien, ni internet, ni televisión.

No sería tan espantoso si al menos la oscuridad no fuera amenazadora. Estoy en el lugar más luminoso de la casa y aun así es oscuro. Tampoco me volvería tan loca si no tuviese el freezer lleno de comida. Nunca tengo tantas cosas en el freezer –es sólo en estas épocas, porque no se puede salir, y salgo poco y compro para toda la semana.

Tampoco ayuda que desde hace años solamente escribo en computadoras, con teclados amables. Seis párrafos y ya me duele la mano. Yo solía tener un callo en el dedo mayor de la mano derecha, justo al lado del comienzo de la uña. Era en los tiempos en los que no usaba computadora. Hace mucho que no lo tengo. Los callos de mis manos, ahora, son de agarrar la botavara. Son callos de los que mi ex se quejaba, el huevón, porque lo “raspaba” cuando le daba la mano. Después de la separación, me hice un auto regalo de divorcio. Me compré una tabla de windsurf. Y amo los callos de mis manos. Cuando las tengo suaves es porque hace mucho que no navego. Entonces desprecio esa suavidad.



Hablo con Edesur. En realidad, marco números en el teclado y me habla una máquina. Sé que no es un problema de ellos. Es la térmica del pasillo. Es mi casa. Mi responsabilidad.

Hablo con el único electricista que conozco, y en realidad no lo conozco. Me pasaron su contacto en verano, cuando yo quería arreglar la lámpara para la que vi un millón de tutoriales y a la que todavía no me le animo, y para que chequeara una tecla del baño que se resiste a veces, y nunca coincidieron nuestros horarios.

Sí, está activo, sí, tiene permiso. Pero está en San Fernando y su auto está roto. Me cuenta del hombro de su madre. Me cuenta de su auto. Yo, como siempre, demasiado amable para cortarle y decirle man, me quedo sin batería en el teléfono. Pero mi amabilidad garpa, o eso quiero creerme cuando, al fin, me dice que me va a pasar el contacto de otro electricista del barrio, el contacto de Jorge, que quizás él pueda venir.

Llamo a Jorge. Jorge puede. Jorge viene después del mediodía, dice, y yo estoy al borde del llanto de la emoción, de la angustia contenida. Le digo del freezer, le digo de la oscuridad. Le digo un montón de cosas que no solamente no necesita saber para arreglar mi problema sino que además estoy segura de que las sabe mejor que yo. Y para confirmar eso me dice “y además, nena, sin Netflix en este momento y con este día…” Me hace reír. O quizás es una risa nerviosa.

Ahora toca esperar. .



Cae y cae agua y yo trato de figurarme que vivo como en los tiempos de la colonia. Tengo velas. Cuando llegue la noche podré seguir escribiendo o leyendo a la luz de las velas.

Podría leer ahora. Podría relajarme. Pero no. Claro que no. Escribo para escaparle a la desesperación.



Estoy por bajar a hacerme un café, pero de repente llueve más, mucho más. Las gotas engordaron y caen con más fuerza. Suenan truenos. Uno atrás del otro. Miro el piso de la terraza. Las gotas hacen globitos. Mi abuela Elvira decía que si hacían globitos significaba que seguiría lloviendo.

Sería feliz si tuviese luz. Eso me digo. Hasta que me doy cuenta de que hace 41 días que tengo luz en esta casa –antes tenía, también, en la cabaña que me había alquilado para las vacaciones que interrumpí para encerrarme acá, más cerca de todos, en mi casa. Y que si bien nunca ha llovido con tanta intensidad, sí ha llovido. Seguro que me habría preocupado por el olor a perro mojado que dejaría Niqui en sus entradas y salidas. O por el malvón con esa maceta que drena tan mal. O, simplemente, porque no fui feliz los últimos 40 días.

Quizás debería haberlo sido.


¿Cuál es la diferencia entre ser una agradecida de la vida y una esquizofrénica?
¿Cuál es el límite entre la eterna insatisfacción y una ligera insatisfacción antes los problemas reales?
A pesar del encierro, ¿no tendría que al menos haberme sentido satisfecha de tener una heladera llena, luz para ver y calentar, internet y cable?
¿Es la mera satisfacción suficiente para la felicidad?



Amaina un poco y bajo a hacerme un café. Niqui me sigue. Ella siempre está cerca. Ella nunca duerme en su cucha de abajo si estoy arriba. Subo con tres galletitas. Una es para ella. Le gustan las galletitas de cereales con semillas.

La pava eléctrica no es absolutamente necesaria. Me hago un café instantáneo con agua que caliento en un cacharro. Igual puteo.



En una hora viene el electricista. Falta una hora. No más. Y de nada sirve preocuparse por los repuestos que necesite y quizás no se consigan en el barrio. O por la plata que no sé si me va a alcanzar. Me digo iré al cajero. Me mojaré, pero si tengo luz, quizás hasta lo disfrute.



La lluvia aumenta.



La lluvia amaina. Pero el mundo se ha oscurecido un poco más. Me había puesto a leer. Pero he parado porque debía forzar la vista para ver las letras. Escribir cuesta menos. Lo hago de memoria. Después me costará entender las palabras. Me cuesta cuando escribo normalmente –así de horrible es mi caligrafía. Pero el acto, con poca luz, es posible. Hojas blancas, lapicera negra, letras grandes.



Suena el teléfono y veo que es él, Jorge, el electricista.

lunes, 27 de abril de 2020

Día 39



Pensando en la lluvia de París, recordé París. Me dieron unas ganas,  dolorosas de tan fuertes, de volver a caminar por las calles de esa ciudad que nunca entendí pero que amé con una fuerza inusitada.

Y en algún momento de mi ataque de nostalgia parisina, vino a la memoria mi amiga Hana, una bosnia a la que conocí el primer día de clases en el 101 del Boulevard Raspail.

A lo largo de los años, la busqué en Facebook e Instagram, a veces en otras páginas. Aun sabiendo perfectamente que su nombre tiene una sola “n”, lo busqué con dos. O con una h al final. Por si acaso. Nunca la encontré. Antes de ayer se me ocurrió googlear su nombre, y ver qué aparecía –alguna vez lo había hecho, y aparecían las mismas Hanas de Facebook que no eran ella, o textos, textos publicitarios, o de diarios y revistas, sin fotos, escritos en bosnio. Y, así de la nada, apareció una foto. Pasaron 20 años y podría dudar, la Hana de la foto tiene unos anteojos grandes, de marcos negros, y la Hana del año 2000 no usaba anteojos. Pero no dudo. Es ella, al lado de su padre, el pintor Safet Zec.

Y recuerdo que en esos últimos días en París me perseguía el hecho (me sigue persiguiendo) de deberle, encore, una pinta de cerveza.

La última vez que nos vimos fue el 21 de marzo del año 2000, el día del comienzo de la primavera en París. Hacía un frío de muerte, como todos los días desde nuestra llegada, pero había un sol maravilloso. Hana y yo decíamos que en París había sol un día y medio por semana de promedio. Entonces nos fastidiábamos cuando, estando en clase, las nubes se iban, porque sabíamos que estábamos perdiendo un tercio del sol semanal.

Ese día salimos de clase y nos fuimos a Belleville en metro. Nos conseguimos una pizza, unas latas de Pepsi, y nos instalamos en el Parc Belleville. Después de comer y de deambular por el parque, es un parque con escalinatas, nos fuimos caminando hasta la Place de la Bastille, donde todos los parisinos estaban sentados en las mesas de las terrazas. Hicimos lo mismo. Nos tomamos una pinta de Kronenbourg y cuando llegó la hora de pedir otra, yo me había quedado sin efectivo. Hana invitó, y acepté, claro, nos veríamos en clase al día siguiente. Nunca más la vi. Ni supe de ella.

El primer día de clases se había sentado al lado mío. No era la única silla disponible. Eligió sentarse a mi derecha. Así fueron todos los demás días.

Me pregunto por Hana.

En realidad, me pregunto qué hago ahora que tengo una dirección de mail de la editorial de catálogos y arte, fundada por ella y su marido, un tal Federico. Después de mucho buscar en links y más links, de incluso leer una entrevista traducida por Google del bosnio (una traducción claramente incomprensible), y acercándome de a poco a páginas en francés, logré finalmente saber algo de ella.

En esa entrevista dicen que vive en París, que está casada, que tiene hijas. ¿Cuántas posibilidades hay de que ese Federico no sea el mismo del que vi una foto hace 20 años?

Tengo una dirección de mail de esa editorial. Seguramente ella no lee esos correos. Pero podría escribir igual, un mail informativo, formal, pasarle mis datos, pedir los de ella, de la misma manera que Rodrigo, el amigo brasilero de Ernesto, llamó al estudio del Pancho una vez.

Podría.

Saco de la memoria imágenes de ella. De nuestra vida en París.

Fuimos a ver Le dernier métro al cine de la Alianza. Fuimos con Ernesto esa vez. Él y yo habíamos estado, antes, en el Museé d´Orsay. Y a la salida nos sentamos los tres en un café y Hana y yo pedimos chocolate caliente, y Ernesto una cerveza.

En un teatro pequeño y viejo, muy prolijo, tan chic, vimos La chambre bleu, con Daniel Auteuil. Me puse los zapatos forrados de raso que había llevado, por si acaso los necesitaba, en mi mochila de mochilera. Fue la única vez que los usé. Tenía una falda negra y mi tapado negro. Estábamos solas, y a la salida nos tomamos una media pinta de cerveza (un demi) porque se acercaba la hora de cierre del subte y al día siguiente había que ir a clases.

Una noche fui a comer a su casa. Vivía en un departamento de un ambiente en el barrio de la Ópera. Un departamento de una amiga de su familia. Se lo habían prestado, Hana se quedaría en París dos meses, o tres, o más. Me preparó una pasta maravillosa que el padre le había llevado desde Venecia, donde vivían, tomamos chianti, fumamos hachís. Me mostró unas fotos del novio Federico, un italiano, y el catálogo del trabajo que hacía. Hana era diseñadora gráfica. 

Conversamos durante horas y en algún momento me fui. Yo, que no entendía París, ni conocía a los parisinos, caminando desde lo de Hana, tuve esa noche –helada, húmeda, las calles desiertas, el metro cerrado– el deseo de vivir en ese momento siempre, incluso en esa ciudad que me resultaba inasequible. Nunca pude describir (sigo sin poder hacerlo) el fotograma del instante en que vislumbré una belleza cegadora. No sé si era la luz que había en ese barrio. Si los edificios. O las calles adoquinadas. O si fue el hecho de haber comido en casa de una amiga que vivía sola –ella tenía dos años más que yo, pero yo habitaba todavía un mundo de padres y hermanos, nadie tenía casa propia, nadie llenaba su propia heladera. No sé qué fue. Sé que el encantamiento duró toda la caminata, y que si cierro los ojos y convoco la imagen, siento todavía resabios de ese encantamiento. No tiene nombre, pero sonrío.

Pasamos muchas tardes caminando por la ciudad, nos sentamos en cafés a comer al mediodía, o a tomar chocolate caliente a la tarde –algunas veces una cerveza. Nos reímos preguntándonos, en el café Procope, si de veras esa mesa había sido usada por Voltaire, y comentamos la locura de las liquidaciones en las Galeries Lafayette.

Hana hizo que por primera vez entendiera que el horror no se describe mencionando al horror. Me estaba contando de su perro amado. El bicho se había perdido cuando empezaron a caer bombas. Se asustó, enloqueció y se fue. Un día lo encontraron. Había sido entrenado para detectar bombas. Fue lo único que me contó de la guerra en Sarajevo. Eso, y que desde 1992 vivía con su familia en Venecia.

¿Cómo me veía ella entonces? ¿Cómo me veía yo, en esa época, a los ojos de los demás? Sé que yo no me hacía esas preguntas. Sí me las hacía con respecto al otro, y Hana me parecía sofisticada. Porque el padre era pintor, porque ella se vestía bien, y se maquillaba mejor, porque vivía sola, porque ya había trabajado haciendo algo que le gustaba, porque tenía una seguridad de la que yo carecía, una seguridad que no estaba llena de certezas ciegas sino de deseos con nombre y apellido.

Yo deambulaba por mi vida con deseos imprecisos, con certezas efímeras.

Yo recién descubría que el mundo en el que yo viviera sería un mundo que yo creara. Y ni siquiera lo tenía tan claro. Era más bien un atisbo de la libertad, y de las consecuencias de la libertad.

Hana tuvo gripe los últimos días de clase. Ernesto y yo nos fuimos a Barcelona y en alguno de los vaivenes de nuestros equipajes gigantes (libros y revistas y discos llenaban un bolso nuevo), perdí el teléfono del departamento donde ella vivía. No habíamos intercambiado direcciones de e-mail. Una no los intercambiaba naturalmente en esos tiempos, porque no se usaban más que para escribirle a gente que vivía lejos, y nosotras vivíamos cerca en París, y nos veíamos todos los días. Tampoco habíamos intercambiado los teléfonos de nuestras casas en Venecia y Buenos Aires.

Me pregunto si ella reconocería en mi persona a la criatura deforme que era entonces. Me gustaría preguntarle eso. Si algo de mí hoy se veía hace veinte años, si ha quedado algo. Pero es sólo un momento, porque en realidad lo que me gustaría es volver a caminar las calles de París con ella, y mirarla a ella, y sentarnos a la tarde en un café a tomar chocolate caliente.  

Me digo no le voy a escribir.

No sé si alguna vez la quise. Sé que la admiraba, que su presencia a mi lado, caminando por París, acallaba inquietudes, que yo me sentía más yo con ella.

Tampoco sé si la extrañé en algún momento.

Sé que se quedó en mi memoria con una precisión afilada.

Y que no tengo, en realidad, nada para decirle.



domingo, 26 de abril de 2020

Día 38



Terminé de tejer un chaleco.

Justo cuando parece que estaré en la jaula hasta el final del otoño. Lo usaré en primavera, me digo.

Me digo tendré tiempo de podar mis plantas, de dejar la Santa Rita prolijamente pelada, sin hojas que cubran el sol en esa parte del patio. Donde en verano se agradece la sombra, y donde ubico, precisamente, la mesa del patio, en invierno es preferible dejar pasar el sol.

No me va a quedar otra que intentar arreglar el cableado de mi lámpara.

No es que me hubiese agarrado por sorpresa, la noticia, como sí me sucedió la vez anterior. Pero de todas maneras no puedo evitar desinflarme.

Tengo esta sensación continua de espera. Espero a que todo se termine, a que todo se normalice. Espero para retomar mis actividades habituales.

Además de esa espera, en el fondo de esa espera, está el ruido constante del miedo. Hago hasta lo más inverosímil en este personaje que soy yo (como arreglar cables) para apagar ese ruido. Tejer y destejer, ordenar un poco, ordenar mucho, pintar muebles que no necesitan pintura. Convocar fantasmas amigables (eso no es inverosímil) que me hablen de otras épocas, de épocas felices. (Los fantasmas malos ni aparecen: pierden la competencia con la realidad, y no les gusta perder.)

He descubierto que ni siquiera es libertad lo que quiero.

Lo que de veras quiero es mi vida de antes, igualita a como estaba.

Conocida, manejable.

Poblada de miedos e incertidumbre, de insatisfacciones, de decepciones y desamores, de a veces un gris tan plano.

Llena de batallas idiotas contra enemigos invisibles.

Repleta de peleas con los eventos más ordinarios de la realidad.

Habitada por innumerables momentos olvidables.

Deslizándome, a veces, por la ciudad atestada de gente y yo acompañada por una soledad pesada, casi siempre fría, en ocasiones triste.

Perdiendo el tiempo en naderías. O simplemente perdiendo el tiempo en la parada del metrobus.

Perdiendo la apuesta por la escritura, como la pierdo desde hace años. Jugando igual, porque el vicio es inclemente.

Puteando por la falta de plata, por los arreglos de la casa. Por un par de botas demasiado caras, por una cita de Tinder que fue un fiasco tan huevón que no da ni para un cuento.

Frustrándome, una tarde, y otra, y otra, cuando el Sudeste sopla y no estoy en el río.

Vencida de cansancio, en esas semanas en las que lo hice todo para tener un sábado en paz, y un domingo de asado.

Todos los detalles, toda la mugre, todas esas acciones iguales a sí mismas y conducentes a la nada, las miserias propias, las ajenas.

Quiero que me devuelvan todo eso.

Quiero mi vida.

Ya vendrá, me digo.

Y entonces vuelvo a empezar.