miércoles, 15 de abril de 2020

Día 27



Hoy salí a la calle con un barbijo que le compré a la amiga de una vecina del grupo de whatsapp.

Había pensado hacerme uno. Vi un montón de tutoriales. Saqué  la bolsa de retazos del baúl. Encontré gasa floreada, o quizás sea otro material, que no sé de dónde salió, ni a qué corresponde. Esa bolsa es de las cosas que siempre pienso en tirar cuando decido que tengo que ordenar la casa, limpiarla y sacar todo aquello que no uso. Pero es tan chica esa bolsa, tiene tan pocos retazos, ¿para qué tirarla? Casi no ocupa espacio, y nunca se sabe cuándo habrá una pandemia para la que necesite ponerme a coser pedazos de tela. Uno de estos días me dije qué bien que no tiré el contenido de esta bolsa.

Otro día me dije que por más tutoriales que mire, la costura no es lo mío.

Le escribí un whatsapp a la persona cuyo anuncio nos había pasado la vecina. No conozco personalmente a la vecina. Tampoco a la que hace barbijos. De hecho, el contacto está guardado en el teléfono como “Barbijos”. Pensé que intercambiaríamos nombres, pero al final no sucedió, y a nadie le importó. Me escribió a las 9.30, que pasaría a las 10.30. Desde lejos, como si fuésemos las dos unas apestadas, me entregó la bolsa de barbijos y yo le entregué la plata. Sólo registré de ella que tenía una de esas cabelleras espesas, de mil rulos que salen para todos lados.

Después, vestida para el aire fresco de estos días, cuello y gorro de lana, botas, mis anteojos de sol, guantes de látex, y barbijo, salí a la calle.

Había gente en la calle, mucha más de la que esperaba. Nada del quilombo habitual de autos y colectivos de la esquina de San Martín y JB Justo. Pero sí un montón de gente. En la cola del rapipago, en la cola de la verdulería, también esperaban en la tienda naturista, donde suelo comprar las hamburguesas de lentejas, donde normalmente nunca somos más de dos.

El sol estaba lindo a pesar del aire frío, los ruidos de la ciudad apagados, una esquina llena de voces  -nunca se escuchan las voces en ese cruce. Pero lo más llamativo, de todas maneras, eran los barbijos. O, más bien, el hecho de que con los barbijos apenas se notaba quién caminaba junto a uno, quién estaba en la cola. Entre la abundancia de ropa por culpa del frío, más los barbijos, todos podíamos haber sido la misma persona.

No sólo no se notaba si éramos mujeres u hombres. Tampoco eran discernibles arrugas, color de ojos, gestos.

De nuevo esa sensación de ser inteligencias artificiales realizando tareas específicas, sin ningún otro propósito más que el de cumplir un objetivo concreto.

Salir a comprar no es disfrutar de la charla con algún vecino, o de intercambiar recetas para el pan integral. Mucho menos para disfrutar del sol en la piel, ni la bocanada de aire fresco después de muchos días de encierro. La idea es ir, comprar las hamburguesas de lentejas, pasar por la farmacia y comprar más guantes, ir a la verdulería y llevar bananas de vuelta. Lentejas. Guantes. Bananas. Lentejas. Guantes. Bananas.

El orden tiene sentido. Empezando desde el local más alejado a casa, para ir llenando la bolsa y no caminar demasiadas cuadras cargada, y terminando en el más cercano a casa. Todo eficientemente corto y sin complicaciones tales como sentir un poco de placer en la caminata. El barbijo ayudaba. Seguramente es de los que me protegerán de la bomba atómica, como mínimo, porque apenas podía respirar. Me cubría las bacterias, el aire, y la luz del sol.

Una de las ventajas de vivir en la ciudad es, normalmente, el anonimato, pero esto era ya demasiado. No era alguien más en un montón. No era una persona distinguible de la de al lado aunque igual al resto de los 4 millones que habitan la ciudad. Era un robot. Y además parecía uno.

Lo único que me salvó de la completa deshumanización fue Niqui. También ella estaba abrigada con su chalequito floreado, pero tenía las orejas al viento, y movía la cola como si le hubiese dado cuerda un año entero. Y, sobre todo, el almacenero, que no me había reconocido, y me había mirado como si fuese un cliente de paso, finalmente sonrió y dijo buenos días con entusiasmo, cuando la vio a ella, no antes, atada a la reja de la puerta, la lengua afuera y controlando mis movimientos como si su mundo dependiera de mi presencia.




martes, 14 de abril de 2020

Día 26



Acá estoy, sintiendo en la cara el viento. Oeste, Noroeste.

Lo siento porque abrí la ventana. Es un viento seco y helado y estoy tomando un poco de frío. Pero en este momento viene bien.

Siempre son momentos. Pero como que están ralentizados en estos tiempos de encierro.

Escucho la banda sonora de Motherless Brooklyn.

Hay sol afuera y el cielo está del mismo azul celeste de siempre, con unas nubes algodonosas y blanquísimas que pasan rápido por la ventana.

Los momentos del encierro…

Estoy muy atenta al crecimiento de mi pelo en todas direcciones. También al color, tanto más oscuro, del original, y eso que yo creía que me teñía de mi color. A las canas, que parecen muchas pero quizás no sean tantas.

A las plantas de mi terraza.

Al clima. Siempre lo miro. Siempre estoy pendiente de la dirección del viento, de los cambios de temperatura derivados de esos vientos. O de las nubes que impiden el calor del sol.

A los ruidos que producen mis vecinos, a los intercambios entre ellos.

A los pocos camiones que pasan por la vereda –imagino que son camiones, porque suenan a grandes motores en grandes carrocerías.

Muchas de esas actividades que hoy realizo con tiempo suelen ser aquellas a las que les quito atención durante la vida cotidiana de antes. A las que me saco de encima cuanto antes, mejor.

Me saco de encima la compra volviendo del laburo. Me saco de encima la comida con una ensalada pedorra. Todo eso rápido y apurada y con fastidio.

Hay cosas que, simplemente, no me gusta hacer. Más allá de limpiar, que detesto, soy de las que no encuentran placer en cocinar. Tampoco, estrictamente hablando, en hacer compras. Me saco de encima esas actividades porque no me gustan. Me gusta tener la casa limpia. Me gusta comer algo más que un tomate con una palta. No más.

Escucho esta banda de sonido de Motherless Brooklyn. La vi en el cine. Porque Lethem y Edward Norton eran una combinación irresistible para mí.

Ayer hablábamos con Ernesto de la música en los tiempos anteriores a Internet. De por quién y cómo uno llegaba a conocer bandas que no sonaban en la radio.

De la emoción de comprarse un disco y ponerlo en el equipo, ni bien uno llegaba a su cuarto, y escucharlo entero en ese momento, sin hacer más que escucharlo. Después ese disco sonaba a todo volumen durante muchos días.

De absorber toda información que uno pudiera encontrar. En revistas, en los canales de música. En la radio.

De cómo alguien nos gustaba más si ese alguien escuchaba y buscaba y tenía música o datos sobre las bandas, sobre las influencias de esas bandas.

De cómo sabíamos los nombres de todos los integrantes, quién cantaba, quién estaba en el bajo, porque los leíamos en los libritos de los CDs, o en los desplegables esos que venían con los cassettes.

De cuando llegué a Musimundo a comprarle a mi viejo el CD de Tom Waits, Mule variations, y de cómo el vendedor quiso hacer gala de conocimientos con una mina a la que seguramente se quería levantar, y me dio un montón de datos de Tom Waits, y yo, que en lugar de conmoverme o emocionarme (cosa que me hubiese sucedido si me hubiese dado información desconocida), me fastidié con su arrogancia y le di más datos, y pobrecito se quedó mustio el muchacho, y seguramente odiándome porque fui más arrogante que él.

A mí me gustaban más los chicos que amaban la música. Y sabía que los amantes de la música gustaban más de mí que de otras a las que no les gustara.

Ya no es un valor agregado.

Y ya no hay emoción al comprar un disco.

Pero en cambio, encerrada, le dedico ese tiempo que normalmente no tengo, a buscar música, como hace años no hacía.

Y me alegro, inesperadamente, al descubrir que al menos he recuperado esa parte de mí misma.

Porque después, todos esos momentos que desacelero porque el tiempo parece eterno, como cocinar, limpiar, y comprar, siguen siendo igual de aburridos.

Y encima el tiempo no es eterno. Ni siquiera ahora, que se le parece tanto.

Pero en cambio la música sí lo es.



lunes, 13 de abril de 2020

Día 25



Estos días, desde hace una semana ya, me pregunto por la trivialidad de mi existencia.

No es que no me lo hubiese preguntado antes. Cada tanto me lo pregunto, más o menos seriamente, y siempre me respondo que mi existencia es absolutamente trivial, y que está bien que así lo sea. No me genera angustia pensar en Sísifo, ni me produce vacío el sinsentido. Esto es lo que hay, soy apenas un minúsculo ser en un universo infinito, y mis acciones no generan siquiera lo que el aleteo de la mariposa al otro lado del mundo –al menos no en ese infinito.

Pero “esto que hay” es lo único que hay. De ese argumento pedorro y simplista, deduzco que no hay nada que valga más que la vida. La propia, la ajena. Lo único innegociable es la vida. Que sea trivial o no, no es una característica que contradiga su valor.

Así las cosas, encuentro la pregunta un poco más insidiosa que en los tiempos en los que no estaba encerrada. No porque crea que la vida haya perdido valor. Tampoco estoy en la búsqueda de un sentido, ni de algo en qué creer.

Pero es que en estos días encuentro que además de trivial, soy inútil. Es decir, normalmente me considero una persona útil, o que realiza tareas que son útiles. Y resulta que no. Que puedo ser una babosa que se desliza de un ambiente al otro de la casa, haciendo un montón de cosas, o simplemente leyendo y cambiando la locación de la lectura, y seguir viviendo, y nada de todo eso genera absolutamente nada. Ni en el mundo, ni en el universo, ni siquiera afuera de las paredes donde repto el día entero.

Entonces comparo esta vida de ahora con la de antes y los resultados no son muy diferentes. En lugar de deslizarme sin dejar rastros por mi casa, agrando el espacio de deslizamiento. Lo hago a través de la ciudad, a veces dentro de la misma provincia de Buenos Aires, e incluso me he deslizado a otras provincias o países.  

Salvo la libertad de movimientos, nada ha cambiado.

¿Por qué, entonces, me preguntaba menos por mi inutilidad?

Y no es que de repente haya descubierto que los médicos son personas más útiles que yo. Eso lo supe siempre. Y no me da pudor ni arrepentimiento no haber elegido ser médica.

Quizás en el continuo movimiento por la ciudad olvido la inutilidad de mis afanes. O tal vez está más relacionado, ese olvido, con que no siento para nada inútil una noche pasada con mi prima Margarita, tomando vino y hablando de amor. O conversando con mis amigas, entre el barullo que hacen sus hijos, de los laburos, igual de inútiles que el mío, o de las mil banalidades a las que nos dedicamos normalmente.

No lo sé.

Lo que sí sé es que mi existencia es trivial. Que en general soy una inútil. Y está bien.



domingo, 12 de abril de 2020

Día 24


Pascuas.

Una palabra rara esa. Pascuas.

Para mí, que soy atea, nunca significaron más que aquello que yo misma construyera. Pensando en las anteriores, las normales, me encontré con cuatro tipos definidos de Pascuas en mi vida.

Las que pasábamos en Rafaela. Las que pasaba con mis amigas en Miramar. Las que laburaba como esclava en Rodeo. Todas las demás. En cualquiera de los casos, por los motivos más diferentes, eran esperadas con ilusión.


Rafaela era un lugar donde, de niña, me encantaba ir. Lo único malo de Rafaela eran las siestas.

Se comía temprano en lo de mis abuelos. Nunca más tarde de las 12.30. A veces estábamos solamente mis padres, mis dos hermanos, ellos, y yo. A veces venían mis tíos y mis tres primos. Cuando ellos se sumaban a la comida, mi abuela ponía una mesa en la cocina, que estaba ahí, al lado del comedor, y en esa mesa nos sentábamos los chicos. A veces, pocas porque el sol en Rafaela era implacable, comíamos afuera, en el patio. Una parte del patio tenía sombra. Mi abuela tenía un tanque que juntaba agua de lluvia para regar sus plantas. Llovía tan poco que no recuerdo una sola vez que lloviera, aunque seguramente alguna vez sucedió.

Después de comer, la siesta. Ni siquiera mis primos se quedaban para jugar. Ellos también dormían siesta. Yo no entendía qué tenía de bueno eso de dormir en el medio del día. No tenía nunca sueño a esa hora, el sol brillaba, porqué había que ponerse el pijama e ir a la cama.

Jugaba, entonces, en el patio, a pleno sol, con mis hermanos. Pero debíamos hacerlo en voz baja, muy baja, porque las ventanas de los dos cuartos, donde dormían mis abuelos y mis padres, daban justo al patio. Inventábamos carreras en el pasillo, nos subíamos al techo, nos subíamos al tanque que guardaba el agua de lluvia. A veces jugábamos con una pelota. Nosotros, que estábamos acostumbrados a ser solamente tres chicos, y que no nos aburríamos en casa, considerábamos esas horas de siesta un castigo inmerecido.

Un día mi abuela me dio Mujercitas, la copia que había sido de mi madre. Se la había regalado una tal Letty para un cumpleaños. La dedicatoria dice “Cuatro son las mujercitas, y contigo, Susana, que serás la lectora, van a ser cinco. Con el cariño de siempre, Letty. 17/5/54”.

Yo debía tener menos de once años. Porque a los once ya iba a la biblioteca de Tigre a buscar otros libros. Debía tener menos años, y sé que no terminé la novela en la semana de Pascuas en Rafaela. Me la llevé a mi casa de Tigre para terminarla. Es el libro que más tiempo me ha acompañado. Sigue estando en mis estantes, apenas lo abro para mirar la dedicatoria una vez más, sólo para eso, porque es tan viejo que temo que se desarme. Miro la fecha de impresión, 1952 –un objeto de 68 años.

La siguiente vez fue Papaíto piernas largas. Pero para ese entonces, yo ya estaba corrompida con la lectura. Había descubierto que las horas de la siesta eran ideales para leer sin que nadie me rompiera las pelotas. A partir de ese momento, Rafaela fue el lugar perfecto.


La primera vez que fuimos con mis amigas a Miramar, nos instalamos en la casa de la calle 22. Una casa grande, con un jardín interminable, varios cuartos y baños, un living comedor con capacidad para veinte personas. Tenía lavadero, televisión, estufas a gas, chimenea, parrilla.

Pero sólo fuimos una vez a esa casa. Era demasiado grande. ¿Para qué queríamos una casa que alojaba veinte personas si éramos solamente cuatro? ¿Para qué tantas comodidades adentro cuando lo que queríamos era estar en la playa? Así que las siguientes veces nos instalamos en un departamento de unos 35 metros cuadrados, con dos ventanas que daban de costado al mar, en el piso séptimo de un edificio. El baño era diminuto, la cocina más pequeña aún, y para sentarnos las cuatro a la mesa había que ajustarse un poco.  

Me gustaría decir que en alguno de esos viajes aprendí a hacer fideos. Pero yo no aprendí a cocinar hasta mucho tiempo después. No me interesaba aprender entonces –tampoco ahora, pero ahora reconozco las ventajas.

También me gustaría decir que aprendí a hacer equipajes, pero no. Llevaba una cantidad de ropa imposible. De veras imposible. Lo único que hoy pienso que era indispensable era el equipo de audio. Creo que escuchábamos música desde que nos levantábamos hasta que nos íbamos a dormir. Buena parte de nuestra vida giraba en torno a la música. Nos enojábamos cuando Sabrina nos despertaba con Marilyn Manson a todo volumen –la amábamos cuando ponía algo que nos gustaba a todas. Cantábamos las partes de las canciones que sabíamos. Bailábamos –o ellas bailaban y yo sacaba fotos. O nos quedábamos quietas, y en silencio, con la música de fondo de un silencio de esos que se comparten sólo con las mejores amigas.

No aprendí a cocinar, ni a hacer equipajes. Tampoco creo que haya aprendido a limpiar.

Sí aprendí, en cambio, cómo se convive con la gente amada. Aprendí que a veces bien, otras mal. Que son más los momentos en que los otros hacen demasiado ruido y estorban que las veces en que ayudan. Pero también que esas horas compartidas son las más preciadas.

Me enamoré una de esas Pascuas, todas nos enamoramos en uno de esos viajes, o en todos.


En Rodeo no hubo una sola Semana Santa en la que no estuviera contratada para trabajar. Más o menos responsabilidad, siempre trabajando.

Las Pascuas en Rodeo se esperaban con distintos ánimos entre mis amigos. Todos vivíamos del turismo. Algunos, como yo, éramos empleados. Los demás eran, son todavía, los dueños de los paradores y guarderías en la playa, los dueños o encargados de complejos de cabañas, de hoteles o posadas, de restaurantes o bares. El comienzo oficial de la temporada es el 12 de octubre. El final oficial de la temporada es menos rígido, porque a veces Semana Santa es más temprano. Pero en general, el final se siente con fuerza en Pascuas.

Es el último momento en que se hace plata. Después, las cervezas que quedan en las heladeras las compran los amigos, o se las toman los amigos cuando el dueño del restaurant los invita a comer, el restaurant ya cerrado, sin camareras contratadas, ni empleadas de limpieza.

Y además es el último gran esfuerzo. Porque Rodeo se llena de gente. Algunos son windsurfistas o kiteros, pero también hay muchos sanjuaninos que van a pasar el fin de semana. Los paradores funcionan desde temprano a la mañana hasta que se va el sol, los bares tienen fiesta todas las noches. Se cocina, se limpia, se organiza todo, siempre, a un ritmo frenético.

El lunes siguiente a Pascuas ya no queda más que el ruido del viento. Toca levantar todo, hasta el año siguiente. No se hace inmediatamente. Algunos turistas de San Juan siguen llegando por un tiempo, así que los paradores y las cabañas siguen operativos. Pero apenas.

Muertos de cansancio después de la temporada, hartos ya del vaivén continuo e implacable del laburo que nunca termina, el final era bienvenido por los locales. Íbamos a tener el dique para nosotros solos. Aún en espacios donde no trabajábamos, durante la temporada la gente nos preguntaba todo el tiempo ¿dónde es la fiesta hoy? ¿dónde me puedo depilar? ¿qué restaurant está abierto? ¿mañana sopla? ¿va a subir el viento? ¿con qué vela me meto? ¿tenés el teléfono de algún transfer? ¿tenés el teléfono de algún hotel en San Juan? ¿a qué hora salen los bondis?

Se terminaba todo. Y era maravilloso. No tener horarios fijos para hacer windsurf, el agua que no se había enfriado, el viento más estable, el sol menos duro. Quedarse en la playa después de navegar, en silencio, con los amigos, en lugar de salir corriendo porque los turistas no dejan descansar con tanta pregunta, o porque hay que volver al hotel, o porque los amigos deben volver a sus trabajos.

Pero era el fin. De a poco también se terminaba el viento, o se hacía demasiado frío, los amigos empezaban a irse a Jeri, a Pozo Izquierdo, a Maui. O simplemente a Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. Quedábamos pocos, sin nada que hacer, sin nadie a quien mirar más que a nosotros mismos. Nos inventábamos muchas actividades, y la pasábamos bien, pero cuando llegaba octubre éramos tan felices como cuando se acercaba Semana Santa.


Las otras, las que se pasaban sin salir de casa, también era esperadas con ilusión porque serían cuatro días enteros de descanso, o disipación sin culpa. O tenía fiestas desde el miércoles a la noche hasta el sábado, o citas con amantes, o asados en familia, o encuentros en bares con amigas con las que hablaríamos hasta cualquier hora, y nos emborracharíamos tranquilas, al día siguiente no era necesario levantarse. O significarían cuatro días de estar echada en un sillón leyendo, eso que no se conseguía el resto del año. O quizás, porqué no aunque no es época de sudestadas, uno de esos días soplaba lindo y se podía ir a navegar al Río de la Plata.


Este año no significaron nada. En realidad, esperaba que al terminarse la Semana Santa pudiera hacer alguna otra cosa, salir un rato al menos. Desplazarme por la ciudad.

Supe antes de que empezara el fin de semana que eso no sucedería. No serían los últimos cuatro días de este encierro.


La identidad de los días anula cualquier ilusión.




sábado, 11 de abril de 2020

Día 23



Hoy me levanté y subí a la terraza.

Saqué yuyos de cada una de las macetas.

Puse unos cactus que solían ser pequeños en una maceta más grande.

También puse en una maceta el palito de bamboo que tomaba agua en un frasco de café.

El acolchado de verano se terminó de secar al sol. Lo doblé, lo metí en una gran bolsa y lo guardé en el baúl recién pintado.

Hace un par de días saqué el acolchado de invierno y lo desplegué sobre la cama, odiando el frío pero disfrutando de dormir en la cueva. Soy de esas.

Uno de los días en los que salí, descubrí una ferretería abierta. La de la esquina cerró –parece que Germán prefirió quedarse en su casa. Se me ocurrió que podía arreglar una lámpara de pie. Voy a mirar tutoriales antes de desarmarla. Mirar tutoriales y después ir a comprar portalámparas y enchufes y cables. Lo peor que puede pasar es que la térmica haga su trabajo. O que me queden las piezas de la lámpara tiradas por el piso.

Pero el día estaba demasiado lindo para mirar tutoriales, o para sentarme a escribir, así que decidí instalarme en la terraza, cubierta con el saco de la abuela y protegida del sol por el protector y el sombrero de paja, y leer. No más que leer.

Un día de descanso. Como si fuese un sábado de esos en que había logrado sacarme de encima todas las tareas amacasísticas entre el jueves a la tarde y el viernes a la tarde. Como si hubiese sido uno de esos sábados en los que después de caminar largo rato con Niqui me voy a yoga y al volver no queda más que leer al sol.

No caminamos con Niqui. No fui a yoga con mi teacher que habla pausado y siempre sonríe, y que de pinta se parece al estereotipo del fundamentalista islámico, ese que aparece en los videos levantando un dedito –por los ojos redondos, de pestañas oscuras y abundantes, por la barba rala pero larga y puntiaguda. Sólo por eso. Diego no me daría miedo ni en el callejón más sórdido del mundo.

Tampoco hice compras –a veces aprovecho, a la salida de yoga, a pasar por el supermercado, o la verdulería.

No salí.

Pero igual fue un día de descanso, y el sol estaba delicioso.




viernes, 10 de abril de 2020

Día 22



Ayer los fantasmas se quedaron un rato más. Pero un rato corto, porque los invité a retirarse.

Hay muchos problemas con los fantasmas, siempre. Son seres volátiles. Una cree que, por estar en la cabeza de una, una los puede hacer actuar como quiere, que los puede controlar. Pero resulta que ellos tienen sus propias personalidades, tienen los mismos amores, odios, manías y virtudes de los originales. Una los puede adornar, o sacarles los malos humores un rato. Pero no del todo, no siempre.

Por eso, a los fantasmas se los invita de día.

Así que ayer les dije bueno, muchachos, ustedes saben cómo soy yo (es decir, antisociable, alguien a quien demasiadas horas con demasiada gente empiezan a irritar), y ya estuvieron tomándose mi vino todo el día, y aprovechando el sol de la terraza, y bailando. La pasamos bien pero es mejor, como diría Miss Lucy, brief, precise, concise.

Alguno se quejó y dijo también me hiciste pintar, che, y mostró sus dedos llenos de pintura, pero otro salió en mi defensa y dijo si siempre querés hacer cosas y no podés quedarte quieto.

Así que se fueron, incluso el quejoso, con una sonrisa, y yo me quedé tranquila en casa. Había logrado ordenar ese espacio debajo de la escalera que siempre me disgusta, tener una mesa de luz donde los libros, el kindle, el vaso que dejo a la noche por si me levanto con sed, el celular, los pañuelos, y la lámpara no estén haciendo malabarismos para no caerse, y había lijado y pintado un baúl. Y en lugar de terminar con malhumor y dándole vueltas a la falta de libertad, había terminado el día escribiendo divertida. Estoy segura de que me divertí mucho más escribiéndolo que cualquier que lo haya leído. En cualquier caso, había logrado cumplir la misión de dejar de envenenarme con murmuraciones inútiles.

Tejí un rato, miré el final de Giri/Haji y me fui a dormir.

Uno de los motivos para no dejarlos quedarse mucho tiempo es que los fantasmas, esos que habitan en el propio mundo y que son una suerte de ecos de la gente amada, siempre dicen lo mismo. Yo no hablaría, por ejemplo, con tía Marta, sobre cómo arreglar una lámpara de pie (estuve mirando tutoriales para eso, ya veremos si aprendo o si espero al final del encierro y llamo a un electricista). Creo que a ella le habría resultado muy divertido que le contaran de Tinder pero como jamás tuve una conversación con ella sobre las mejores maneras de levantarse a un tipo, me quedo en la parte de contarle y ella riéndose.

Pero tía Marta no es buen ejemplo, porque el original está muerto. Yo me refiero, más bien, a los que siguen vivos y con quienes todavía se puede hablar, aunque sea a través de pantallas. A esos convocados para llenar horas de rumiar y rumiar mientras se mantiene el cuerpo ocupado en algo como pintar. En vez de rumiar estoy encerrada, estoy encerrada, estoy encerrada, al ritmo de la escoba, rumiar recuerdos de fiestas y de música. En realidad, lo que se convoca son recuerdos amables.

No tiene ningún sentido decirle al recuerdo de Georgina cantando Viuda e hijas de Roque Enrol en el auto que se quede, cuando puedo hablar con ella. Lo que no sepa de esa Georgina de allá lejos y en el tiempo, ya no lo sabré nunca –ella podrá decirme te cuento, pero no será más que una versión que ella tenga de sí misma hace años, y por lo tanto no será un conocimiento mío de ella. Y lo que no sepa de Georgina de ahora, se lo puedo preguntar, o mejor, lo puedo buscar cuando nos veamos.

Si soy sincera conmigo misma, y con Georgina y su fantasma, el fantasma me va a decir lo que me decía entonces, y sólo voy a escuchar esas palabras, una y otra vez, hasta que el fantasma se vaya. Puede ser repetitiva la vaina. Y enloquecedora.

El otro motivo para pedirles amablemente que se fuesen es más importante. Se corre el riesgo de conservar esa imagen del recuerdo, de preservarla del paso del tiempo y, sobre todo, de la realidad. De creer que esa persona es más como su fantasma, o eco, que como es en realidad. De dejar de mirar a la persona por tener la certeza de que es como en ese fotograma viejo y, al final, por no mirarla más, dejar de verla.

Es más importante porque por mucho amor que se le tenga al recuerdo, no hay nada de amor en no mirar al otro vivo, a ese que ahora está lejos o detrás de una pantalla, pero que existe. Es como despreciar aquello en lo que el otro se ha convertido y concentrarse en lo que ya no es. Nadie quiere ser amado por lo que no es. Nadie quiere ser un fantasma.

Por eso los invité a irse. Seguro que alguno que otro se dio cuenta y se fue más convencido.

Hoy a la mañana me levanté sola, como todos los días.




jueves, 9 de abril de 2020

Día 21



Ayer me pasé el día rumiando. Desde que me levanté.

Vino Erne. Tenía que buscar unas cosas. Nos saludamos de lejos, como si uno de los dos fuese un apestado inmundo. Se quedó ahí, en la vereda, la bici a un costado, intercambiamos dos o tres palabras, y se fue. Y yo me quedé enojada porque si bien no soy la persona más cariñosa del mundo, en otros tiempos se habría quedado al menos para tomarse un café en la terraza, y en estos tiempos nos tratamos como extraños. Quería darle un abrazo. Porque había sido su cumpleaños, porque le estaba dando regalos pedorros de estos tiempos pedorros. Pero no.

Limpié toda la casa. De nuevo. Rumiando y rumiando.

A la mañana escribí que tenía los huevos al plato. A la tarde la sensación era la misma. Había esperado, quizás alguno de los incesantes movimientos del día cambiaba el rumbo. No pasó nada. Una casa impecable, dolor de cintura, incluso chivar un poco. La misma sensación de agobio.

Hoy decidí, ni bien me desperté, que podía rumiar todo lo que quisiera, pero que invitara a otros fantasmas a la fiesta de murmuraciones y engranajes de mi cerebro neurótico. A fantasmas más amables. O al menos más divertidos.

Vacié toda la parte de abajo de la escalera –saqué el lavarropas, el mueble que contenía las herramientas y los productos de limpieza. Limpié ese espacio donde habitan todos los pelos de Niqui que han escapado de la escoba, y alguna que otra araña culona.

Hice inventario de la pintura, los pinceles, el aguarrás, los barnices. Incluso hice inventario de tornillos.

Armé una estantería

Volví a poner el lavarropas. Puse la estantería recién armada al lado del lavarropas.

El mueble que estaba ahí se convirtió en la mesa de luz. Lo que era la mesa de luz se convirtió en un estorbo de distinto color sin un destino preciso.

Pinté el baúl que estaba color madera de pino.

Con música a todo volumen. Primero, la playlist de mi último cumpleaños.

Con Erne comentamos que hacer una playlist con Spotify es poca cosa. Nosotros hacíamos, él y yo, Corina, su novia de entonces, y Guido, su amigo de siempre, de a ratos Astor, de a ratos Georgie, unas grabaciones para las fiestas en la casa de Tigre. Grabábamos en cassettes la música de toda la fiesta. Nos proponíamos la tarea de grabar no menos de siete horas de música para bailar. Había un primer cassette, ese tenía simplemente música para la llegada de la gente a la fiesta. Era el casstette del “aguante”. Ese siempre tenía la mejor música, en realidad. Elegíamos sin preocuparnos por la bailabilidad de las canciones.

Casi todos los amigos que tenían música nos prestaban sus CDs. Entonces armábamos pilas. Las poníamos sobre el bar, sobre la mesa ratona, sobre el equipo de audio. Pilas y más pilas de CDs nuestros y ajenos. Mirábamos las canciones de cada uno de los discos. Sugeríamos canciones. Las escuchábamos. Las poníamos en una lista, o las descartábamos. Después, con esa lista, armábamos el orden. Cada 6 o 7 canciones, por ejemplo, podíamos poner una que no fuese un súper hit bailable –los menos audaces para el baile podían ir a hacerse un trago. Después de una o dos canciones de ese estilo, poníamos el súper hit, y las que le seguían eran bailables. Nos dimos el gusto, en la fiesta del año 2000 de poner “Heroin” de la Velvet. La pista se vació casi del todo, claro. Pero después pusimos Santana y, como había dicho un primo alguna vez, las primas López siempre bailamos Santana. Y así fue. Sabíamos que así sería.

Después de armar el orden, grabábamos, una por una, las canciones. Grabarlas, en esas épocas, significaba poner un disco, elegir la canción, poner play en el CD player, y darle al rec-play del cassette un segundo antes de que la música empezara, y stop cuando terminara, ni un segundo antes. No teníamos mezcladora, y no nos importaba.

Para mi último cumpleaños tardé dos horas en hacer la playlist.

Hoy empecé por ahí. Era una buena manera de invitar fantasmas amigables. Ya poniéndola, ya recordando cómo la había hecho, habían aparecido Ernesto, Georgie, Edu.

Yo no sé porqué Edu dijo eso de las chicas López. Yo sé que en La Cantina sonaba “Oye como va”, de Santana, y Pilocha se subía a una mesa y bailaba. Que Marga bailaba, y que no había nadie a quien no hipnotizaran. Los tipos, claro. Pero también las minas. Hacían magia, ellas dos, y nadie escapaba a esa magia.

Pero Marga suena en mi cabeza a otras músicas. A “Modern Love”. Por una Navidad de cumbres borrascosas. A “Patience”, porque la primera vez que escuché “Patience” fue en su cuarto de adolescente. Tal vez la misma noche que nos escapamos y nos fuimos a Nave Jungla y unos jovencísimos Ilya Kuriaki aparecieron entre la gente, mientras los enanos hacían shows. Marga suena a Prince. Marga suena a toda la vida, en realidad.

En el año 2000 también pusimos una canción de una banda francesa que sonaba en todos los bares en los que entrábamos con Erne esos meses que nos pasamos estudiando en París. Louise Attack. La conocíamos Erne, la China, Orilo y yo. De la China, que es francesa, lo suponíamos. Pero que Orilo la conociera nos sorprendió a nosotros, y a él lo sorprendió escucharla esa noche. Vení, te llevo en el viento, dice la letra.

Con la China llegó Luciana a la fiesta. Luciana es, siempre será para mí, Velvet Underground. La teacher de un taller al que íbamos entonces, donde las conocí, nos mandó a ponerle dos canciones a cada uno de los participantes. Dos canciones que los describieran. Una mina, no recuerdo ni su cara, pobre mujer, le puso “Mariposa technicolor” a Luciana. Luciana estaba indignada, y a mí me parecía absurdo –todavía me lo parece.

La lista de mi cumpleaños tenía canciones que les gustaran a todos. Primero a mí, obviamente. Pero me hacía ilusión que alguien escuchara, aunque fuese de fondo de una conversación, y pensara qué buen tema. Era fácil. Casi todos los invitados, menos Chufi, tienen mi edad, y Chufi para la música es ecléctica e inmortal –conoce todo, y yo la conozco a ella lo suficiente para saber que hay unas que más y otras que menos.  

Lupe llega cuando suena “Everlong” y estoy limpiando la parte de debajo de la escalera. Lupe era la única con quien allá lejos y en el tiempo compartía un gusto que me daba un poco de vergüenza porque no era tan rock & roll como mi yo habitual: Depeche mode.

Lu llega a la fiesta con “Sing”, de Travis. La había puesto en la lista sólo por ella. Me llamó un día, hace no tanto, para tararearme una parte de esa canción. Porque la quería escuchar entera y no sabía cómo se llamaba. Lucila no se sabe el nombre de ninguna canción, y menos los de las bandas. Lucila trata a la música de la misma manera que a mi familia: sabe los nombres de todos, pero eso de saber quién es hija de quién, o hermana de, eso no. No es necesario. Lucila sabe las letras de todas las canciones que ha escuchado alguna vez. Lucila, que debería sonar a la pollera amarilla, porque alguna vez cantaba y bailaba esa canción en medio de una clase de volley cuando la profesora de educación física no la estaba mirando, suena, en cambio, a “Smells like teen spirit”, porque una noche en Mar del Sur Astor puso esa canción pensando que Lucila le tiraría un plato por la cabeza –Lucila pedía “You´re all I need”, de Motley Crüe, “I remember you”, de Skid Row. De Nirvana nunca pedía nada. Y en cambio Astor la vio, a ella, que despreciaba bastante el grunge, trajinando por la casa y cantando: sabía la letra desde el comienzo hasta el final.

Astor. A quien hace años, de veras años, no veo. Astor siempre aparece si hay fiesta con música y lo invito. Astor suena a dos canciones, con precisión. “Persiana americana”. Porque, obsesionados, juntos, solos él y yo dando vueltas por el Buenos Aires News (un territorio más bien desconocido para ambos), discutíamos sobre la primera frase. Y se la preguntábamos a los desconocidos. Un final de noche rarísimo por dos motivos. Primero: ¿qué hacíamos Astor y yo en el News? Estaba Erne, seguro, pero no con nosotros en ese momento. Segundo: ¿Por qué nos obsesionamos con una canción de Soda Stereo, una banda que nos gustaba moderadamente pero que no entraba, ni de cerca, en la lista de los fetiches? La otra canción es una canción que me guardo. No doubt. Una noche, en un entorno más compatible con nosotros (una fiesta en algún lado que no era boliche). Estábamos parados, uno al lado del otro, fumando un porro.

A Guido podría ponerlo en la lista de la Velvet, junto con Luciana, porque Erne, o Corina, había decretado que Scorsese era dios, y la noche en que decidimos poner "Heroin" para esa fiesta del año 2000, escuchando la voz de Lou Reed, y esa guitarra distorsionada, Guido gritó Lou es el nieto de Scorsese (and i feel just like Jesus´son), y nos reímos un rato largo de su exabrupto. Pero Guido llega con Bunbury. Porque de regalo de algún cumpleaños hace años, recibí, de Guido, una entrada al último recital de Bunbury al que fui.

Y aparece, inesperadamente, Lucho, un personaje de otra vida. Odiaba Héroes del silencio. No sé qué pensará hoy del descaro de su fantasma apareciendo feliz con la voz de Enrique de fondo. No sé nada de la vida de Luciano, cuando supe saberlo todo, hace más de veinte años. Lo imagino trajinando con poesías y traducciones, y en realidad, si me pregunto seriamente sobre su opinión con respecto a su fantasma, sé que reiría. La risa de Luciano me encantaba.

Erne suena a Louise Attack porque eso musicalizaba las noches de París. Donde estábamos solos, donde los sueños se convertían en realidad, donde nadie miraba nunca.

A “Karma police”, porque aún hoy, cuando escucho en mi cabeza la canción, es la voz de él, y no la Thom Yorke, la que resuena en mis oídos. Su voz en aquellos tiempos en que la practicaba con su banda en el cuarto lila de Tigre.

A The Doors, siempre, todo The Doors.

Deli llega con Oasis. Por una tarde pasada en la casa de Voltaire, escuchando Definitely maybe.

Carmencita llega a la fiesta sin que la música la traiga. Ella llega porque le gusta bailar, porque le gusta estar al sol con sus primas. Y entonces le busco una canción que no suena nunca en mis listas, pero que si sonara, alguna vez, en algún lado, se me aparecería sin dudas la misma imagen. “Selva”, de La portuaria. Todavía la veo bailando en el gimnasio del colegio en Canadá. Y, como en “El perseguidor”, ese recuerdo va de a segundos, no es una imagen fija que contiene todo. Es ella, todos sus movimientos, al ritmo de “Selva”.

Con The Cure aparecen personajes curiosos. Primo José, casi un colado. Escuchaba The Cure en los auriculares en un auto de mi padre. Nosotros íbamos a Mar del Sur, y él se iría a Miramar, supongo, a la casa de su madre, o a la casa de sus abuelos. No tengo la menor idea de cómo fue que José estaba en ese auto. Tenía un walkman y la Bic para rebobinar. Era el colmo de la tecnología, y yo creí esa vez que José era un chico muy grande.

También Mauge y Chu, porque fuimos juntas a River cuando finalmente se le pasó a Robert Smith el espanto de la primera vez que habían tocado en Buenos Aires.

E Izzy, la ex novia inglesa de Erne, a quien yo apenas conocía entonces, y estaba esa noche en el recital, y nos explicaba del sticker que decía The witch is dead en la guitarra de Robert. Había muerto Margaret Thatcher. La bruja está muerta.

“Like a Stone”. En el cumpleaños el Pancho preguntó si el que cantaba era el novio de Mateo. Le dije que no, que el novio es el otro. Pero hay otra música que haría llegar el fantasma del Pancho si la pusiera. El bolero de Ravel. Porque en esa hora anterior a salir a mi fiesta de 15 años, él vestido de impecable traje con pajarita, quizás fuese un smoking, yo con un vestido blanco muy años ochenta (tenía mangas abullonadas y escote corazón, ojo), los dos solos en casa porque mamá, mis hermanos y mis abuelos ya habían salido para la fiesta, por eso de que las quinceañeras entrábamos cuando ya estaban todos ahí, puso a todo volumen el Bolero de Ravel. Fue el primer “aguante” de mi vida. La música antes de la música.

“El novio de Mateo” es Edddie Veder. Papá lo llama así porque Mateo ama Pearl Jam. Y claro que Mateo entra a la fiesta, una botella de whisky en la mano, cuando suena “Alive”.

Red hot chilli peppers. Juan. Un verano volvió de Miramar a Buenos Aires para el primer recital de la banda, en los tiempos de Blood, sugar, sex, magic. Con ese gesto hizo que yo no dejara nunca de mirarlo, a mi primo Juan, de buscarle esos momentos donde es menos racional de lo que parece. O en los que lo sigue siendo: razonablemente apasionado por algo.

Pepe llega desde Madrid. Por otro recital de Red Hot Chilli Peppers en Vélez (la segunda vez de la banda en Argentina). Un recital al que nunca llegamos porque nos quedamos varados en la Gral. Paz a causa de una lluvia torrencial que inundó la ciudad, las carreteras, las autopistas. Lo escuchamos por la radio, el sonido era atroz. Nos habíamos visto antes con él, en Madrid. Habíamos pasado unos días en la playa. Pero esas horas encerrados en el auto definieron algo que continuó en el tiempo: Pepe y yo nos podemos quedar horas conversando.

Iggy Pop. Primo Manuel. Me doy cuenta de que no sé bien qué música le gustaba a Manu ni qué le gusta ahora, pero me resulta imposible no verlo bailando “Passenger”, en una de esas fiestas en Tigre.

Siempre hay colados en las fiestas. La tía Marta llegó con “Estranged”, de Guns n´Roses. Ella nos molestaba, porque eso hacía ella. Y nosotros la molestábamos a ella. Al mediodía, cuando volvíamos a casa del colegio para almorzar, una horita entre las clases de la mañana y las de la tarde, mamá nos dejaba poner la tele en la cocina, y nosotros poníamos Music21 o MTV. Eran los tiempos de Ruth Infarinato. Y era el año del video de “Estranged” –el de los delfines, el de Slash saliendo del agua con su Gibson chorreando agua. Y cuando Marta hablaba, o cuando hablaba de algo que nos irritaba, nosotros subíamos el volumen. Seguramente cualquier cosa que dijera por encima de la guitarra de Slash nos irritaba. A veces extraño a Marta. No es que ocupase espacio por ser así de molesta como era. Ocupaba espacio por ser molesta. Pero más que nada ocupa espacio en mi memoria, hoy, porque la imagen que tengo de ella es de una mujer que nunca reservó un rincón tranquilo. La tía Marta jamás se durmió sin sueño. Y de ninguna manera va a pintar ni lijar. Marta se toma un trago, y siente en la piel el sol de la tarde.

1280 almas. Caramba, Pastuso, con tus ideas… Habíamos estado en un recital de 1280 almas y al salir una mujer bonita que nos acompañaba dijo no quiero más cerveza, quiero marihuana. Y entonces ahí fue el Pastuso, a ver si conseguía marihuana. Y el man vendedor de cigarrillos, y golosinas, le respondió pues qué pena con usted, a esta hora marihuanita ya no me queda, sólo perico.

Ayala, darling, siempre vas a ser metal. Pero más que nada, Tool. Y como excepción maravillosa, una salsa. Porque alguna vez gritaste, ahí en el Dos mundos, en esos arranques que te dan a veces a vos,  que cómo era que yo movía tan bien el culo siendo argentina.

Y con In flames…

¿Cómo es que puse Tool e In flames en la playlist de un cumpleaños de día al sol? ¿Cómo es que nadie puteó?

Ese amante. El de siempre. Por un llanto inesperado. Caminaba desde su casa hasta donde vivía yo en esos días. Escuchaba, a pesar de que a la noche no camino escuchando música en los auriculares, “Come clarity”. Caminaba, supuestamente hasta encontrar un taxi, pero habían pasado un par de taxis vacíos, el cigarrillo se había terminado hacía rato, y yo seguía caminando. Porque me iba, otra vez. Sin dejarlo ir, yo me iba. Y entonces lloré.

“Under pressure”. Georgie. Estuvo toda la fiesta, en realidad, porque llegó cuando apenas pensé en lo de hacer listas, y grabaciones. Y todas, o casi todas las canciones, la llaman. Horas, miles de horas en mi cuarto, escuchando música. Más horas en el auto, yendo a la facultad, yendo a bares. En la ruta. Años, en realidad. Siempre. Amé Queen por ella, que los amaba más.


Está claro: la realidad nunca me resultó menos atractiva que estos días.  

Mis fantasmas y yo nos hemos pasado el día al sol cantando, bailando, limpiando, lijando y pintando muebles. Estuvimos escribiendo esta lista de momentos.

Ahora nos vamos a tejer, o a mirar los últimos dos capítulos de Giri/Haji.