martes, 28 de abril de 2020

Día 40




Una tormenta como corresponde. Agua y más agua cayendo. Truenos. Relámpagos. Oscuridad. Hay sonidos sin fin de la naturaleza. Una maravilla espectacular.



Eso pensé al abrir los ojos. Recordé el amor por las tormentas cuando era chica. Recordé el desamor después de una tormenta en Tigre, un viento que llevaba, lluvia, inundación, y al día siguiente ser testigo de los destrozos –árboles rotos, ramas caídas, motores quemados, patios mugrientos, ratas. Como todas las pasiones, ésta también se cobraba su precio.  

Con el tiempo el desamor se diluyó un poco, y volví a disfrutar de las tormentas, aunque siempre con un dejo de desasosiego. Hay gente muy consciente de la destrucción causada por el viento y el agua. Hay gente que lo ignora. Ningún navegante ignora el poder de esas dos fuerzas combinadas.

Pensaba eso, y que escribiría y leería todo el día, tranquila, con esa tormenta tan sonora, cuando al entrar al baño descubrí que no tenía luz.



No hay luz, el mundo está oscuro a pesar de que ya son las 8.30 de la mañana. Ni luz para ver bien, ni internet, ni televisión.

No sería tan espantoso si al menos la oscuridad no fuera amenazadora. Estoy en el lugar más luminoso de la casa y aun así es oscuro. Tampoco me volvería tan loca si no tuviese el freezer lleno de comida. Nunca tengo tantas cosas en el freezer –es sólo en estas épocas, porque no se puede salir, y salgo poco y compro para toda la semana.

Tampoco ayuda que desde hace años solamente escribo en computadoras, con teclados amables. Seis párrafos y ya me duele la mano. Yo solía tener un callo en el dedo mayor de la mano derecha, justo al lado del comienzo de la uña. Era en los tiempos en los que no usaba computadora. Hace mucho que no lo tengo. Los callos de mis manos, ahora, son de agarrar la botavara. Son callos de los que mi ex se quejaba, el huevón, porque lo “raspaba” cuando le daba la mano. Después de la separación, me hice un auto regalo de divorcio. Me compré una tabla de windsurf. Y amo los callos de mis manos. Cuando las tengo suaves es porque hace mucho que no navego. Entonces desprecio esa suavidad.



Hablo con Edesur. En realidad, marco números en el teclado y me habla una máquina. Sé que no es un problema de ellos. Es la térmica del pasillo. Es mi casa. Mi responsabilidad.

Hablo con el único electricista que conozco, y en realidad no lo conozco. Me pasaron su contacto en verano, cuando yo quería arreglar la lámpara para la que vi un millón de tutoriales y a la que todavía no me le animo, y para que chequeara una tecla del baño que se resiste a veces, y nunca coincidieron nuestros horarios.

Sí, está activo, sí, tiene permiso. Pero está en San Fernando y su auto está roto. Me cuenta del hombro de su madre. Me cuenta de su auto. Yo, como siempre, demasiado amable para cortarle y decirle man, me quedo sin batería en el teléfono. Pero mi amabilidad garpa, o eso quiero creerme cuando, al fin, me dice que me va a pasar el contacto de otro electricista del barrio, el contacto de Jorge, que quizás él pueda venir.

Llamo a Jorge. Jorge puede. Jorge viene después del mediodía, dice, y yo estoy al borde del llanto de la emoción, de la angustia contenida. Le digo del freezer, le digo de la oscuridad. Le digo un montón de cosas que no solamente no necesita saber para arreglar mi problema sino que además estoy segura de que las sabe mejor que yo. Y para confirmar eso me dice “y además, nena, sin Netflix en este momento y con este día…” Me hace reír. O quizás es una risa nerviosa.

Ahora toca esperar. .



Cae y cae agua y yo trato de figurarme que vivo como en los tiempos de la colonia. Tengo velas. Cuando llegue la noche podré seguir escribiendo o leyendo a la luz de las velas.

Podría leer ahora. Podría relajarme. Pero no. Claro que no. Escribo para escaparle a la desesperación.



Estoy por bajar a hacerme un café, pero de repente llueve más, mucho más. Las gotas engordaron y caen con más fuerza. Suenan truenos. Uno atrás del otro. Miro el piso de la terraza. Las gotas hacen globitos. Mi abuela Elvira decía que si hacían globitos significaba que seguiría lloviendo.

Sería feliz si tuviese luz. Eso me digo. Hasta que me doy cuenta de que hace 41 días que tengo luz en esta casa –antes tenía, también, en la cabaña que me había alquilado para las vacaciones que interrumpí para encerrarme acá, más cerca de todos, en mi casa. Y que si bien nunca ha llovido con tanta intensidad, sí ha llovido. Seguro que me habría preocupado por el olor a perro mojado que dejaría Niqui en sus entradas y salidas. O por el malvón con esa maceta que drena tan mal. O, simplemente, porque no fui feliz los últimos 40 días.

Quizás debería haberlo sido.


¿Cuál es la diferencia entre ser una agradecida de la vida y una esquizofrénica?
¿Cuál es el límite entre la eterna insatisfacción y una ligera insatisfacción antes los problemas reales?
A pesar del encierro, ¿no tendría que al menos haberme sentido satisfecha de tener una heladera llena, luz para ver y calentar, internet y cable?
¿Es la mera satisfacción suficiente para la felicidad?



Amaina un poco y bajo a hacerme un café. Niqui me sigue. Ella siempre está cerca. Ella nunca duerme en su cucha de abajo si estoy arriba. Subo con tres galletitas. Una es para ella. Le gustan las galletitas de cereales con semillas.

La pava eléctrica no es absolutamente necesaria. Me hago un café instantáneo con agua que caliento en un cacharro. Igual puteo.



En una hora viene el electricista. Falta una hora. No más. Y de nada sirve preocuparse por los repuestos que necesite y quizás no se consigan en el barrio. O por la plata que no sé si me va a alcanzar. Me digo iré al cajero. Me mojaré, pero si tengo luz, quizás hasta lo disfrute.



La lluvia aumenta.



La lluvia amaina. Pero el mundo se ha oscurecido un poco más. Me había puesto a leer. Pero he parado porque debía forzar la vista para ver las letras. Escribir cuesta menos. Lo hago de memoria. Después me costará entender las palabras. Me cuesta cuando escribo normalmente –así de horrible es mi caligrafía. Pero el acto, con poca luz, es posible. Hojas blancas, lapicera negra, letras grandes.



Suena el teléfono y veo que es él, Jorge, el electricista.

lunes, 27 de abril de 2020

Día 39



Pensando en la lluvia de París, recordé París. Me dieron unas ganas,  dolorosas de tan fuertes, de volver a caminar por las calles de esa ciudad que nunca entendí pero que amé con una fuerza inusitada.

Y en algún momento de mi ataque de nostalgia parisina, vino a la memoria mi amiga Hana, una bosnia a la que conocí el primer día de clases en el 101 del Boulevard Raspail.

A lo largo de los años, la busqué en Facebook e Instagram, a veces en otras páginas. Aun sabiendo perfectamente que su nombre tiene una sola “n”, lo busqué con dos. O con una h al final. Por si acaso. Nunca la encontré. Antes de ayer se me ocurrió googlear su nombre, y ver qué aparecía –alguna vez lo había hecho, y aparecían las mismas Hanas de Facebook que no eran ella, o textos, textos publicitarios, o de diarios y revistas, sin fotos, escritos en bosnio. Y, así de la nada, apareció una foto. Pasaron 20 años y podría dudar, la Hana de la foto tiene unos anteojos grandes, de marcos negros, y la Hana del año 2000 no usaba anteojos. Pero no dudo. Es ella, al lado de su padre, el pintor Safet Zec.

Y recuerdo que en esos últimos días en París me perseguía el hecho (me sigue persiguiendo) de deberle, encore, una pinta de cerveza.

La última vez que nos vimos fue el 21 de marzo del año 2000, el día del comienzo de la primavera en París. Hacía un frío de muerte, como todos los días desde nuestra llegada, pero había un sol maravilloso. Hana y yo decíamos que en París había sol un día y medio por semana de promedio. Entonces nos fastidiábamos cuando, estando en clase, las nubes se iban, porque sabíamos que estábamos perdiendo un tercio del sol semanal.

Ese día salimos de clase y nos fuimos a Belleville en metro. Nos conseguimos una pizza, unas latas de Pepsi, y nos instalamos en el Parc Belleville. Después de comer y de deambular por el parque, es un parque con escalinatas, nos fuimos caminando hasta la Place de la Bastille, donde todos los parisinos estaban sentados en las mesas de las terrazas. Hicimos lo mismo. Nos tomamos una pinta de Kronenbourg y cuando llegó la hora de pedir otra, yo me había quedado sin efectivo. Hana invitó, y acepté, claro, nos veríamos en clase al día siguiente. Nunca más la vi. Ni supe de ella.

El primer día de clases se había sentado al lado mío. No era la única silla disponible. Eligió sentarse a mi derecha. Así fueron todos los demás días.

Me pregunto por Hana.

En realidad, me pregunto qué hago ahora que tengo una dirección de mail de la editorial de catálogos y arte, fundada por ella y su marido, un tal Federico. Después de mucho buscar en links y más links, de incluso leer una entrevista traducida por Google del bosnio (una traducción claramente incomprensible), y acercándome de a poco a páginas en francés, logré finalmente saber algo de ella.

En esa entrevista dicen que vive en París, que está casada, que tiene hijas. ¿Cuántas posibilidades hay de que ese Federico no sea el mismo del que vi una foto hace 20 años?

Tengo una dirección de mail de esa editorial. Seguramente ella no lee esos correos. Pero podría escribir igual, un mail informativo, formal, pasarle mis datos, pedir los de ella, de la misma manera que Rodrigo, el amigo brasilero de Ernesto, llamó al estudio del Pancho una vez.

Podría.

Saco de la memoria imágenes de ella. De nuestra vida en París.

Fuimos a ver Le dernier métro al cine de la Alianza. Fuimos con Ernesto esa vez. Él y yo habíamos estado, antes, en el Museé d´Orsay. Y a la salida nos sentamos los tres en un café y Hana y yo pedimos chocolate caliente, y Ernesto una cerveza.

En un teatro pequeño y viejo, muy prolijo, tan chic, vimos La chambre bleu, con Daniel Auteuil. Me puse los zapatos forrados de raso que había llevado, por si acaso los necesitaba, en mi mochila de mochilera. Fue la única vez que los usé. Tenía una falda negra y mi tapado negro. Estábamos solas, y a la salida nos tomamos una media pinta de cerveza (un demi) porque se acercaba la hora de cierre del subte y al día siguiente había que ir a clases.

Una noche fui a comer a su casa. Vivía en un departamento de un ambiente en el barrio de la Ópera. Un departamento de una amiga de su familia. Se lo habían prestado, Hana se quedaría en París dos meses, o tres, o más. Me preparó una pasta maravillosa que el padre le había llevado desde Venecia, donde vivían, tomamos chianti, fumamos hachís. Me mostró unas fotos del novio Federico, un italiano, y el catálogo del trabajo que hacía. Hana era diseñadora gráfica. 

Conversamos durante horas y en algún momento me fui. Yo, que no entendía París, ni conocía a los parisinos, caminando desde lo de Hana, tuve esa noche –helada, húmeda, las calles desiertas, el metro cerrado– el deseo de vivir en ese momento siempre, incluso en esa ciudad que me resultaba inasequible. Nunca pude describir (sigo sin poder hacerlo) el fotograma del instante en que vislumbré una belleza cegadora. No sé si era la luz que había en ese barrio. Si los edificios. O las calles adoquinadas. O si fue el hecho de haber comido en casa de una amiga que vivía sola –ella tenía dos años más que yo, pero yo habitaba todavía un mundo de padres y hermanos, nadie tenía casa propia, nadie llenaba su propia heladera. No sé qué fue. Sé que el encantamiento duró toda la caminata, y que si cierro los ojos y convoco la imagen, siento todavía resabios de ese encantamiento. No tiene nombre, pero sonrío.

Pasamos muchas tardes caminando por la ciudad, nos sentamos en cafés a comer al mediodía, o a tomar chocolate caliente a la tarde –algunas veces una cerveza. Nos reímos preguntándonos, en el café Procope, si de veras esa mesa había sido usada por Voltaire, y comentamos la locura de las liquidaciones en las Galeries Lafayette.

Hana hizo que por primera vez entendiera que el horror no se describe mencionando al horror. Me estaba contando de su perro amado. El bicho se había perdido cuando empezaron a caer bombas. Se asustó, enloqueció y se fue. Un día lo encontraron. Había sido entrenado para detectar bombas. Fue lo único que me contó de la guerra en Sarajevo. Eso, y que desde 1992 vivía con su familia en Venecia.

¿Cómo me veía ella entonces? ¿Cómo me veía yo, en esa época, a los ojos de los demás? Sé que yo no me hacía esas preguntas. Sí me las hacía con respecto al otro, y Hana me parecía sofisticada. Porque el padre era pintor, porque ella se vestía bien, y se maquillaba mejor, porque vivía sola, porque ya había trabajado haciendo algo que le gustaba, porque tenía una seguridad de la que yo carecía, una seguridad que no estaba llena de certezas ciegas sino de deseos con nombre y apellido.

Yo deambulaba por mi vida con deseos imprecisos, con certezas efímeras.

Yo recién descubría que el mundo en el que yo viviera sería un mundo que yo creara. Y ni siquiera lo tenía tan claro. Era más bien un atisbo de la libertad, y de las consecuencias de la libertad.

Hana tuvo gripe los últimos días de clase. Ernesto y yo nos fuimos a Barcelona y en alguno de los vaivenes de nuestros equipajes gigantes (libros y revistas y discos llenaban un bolso nuevo), perdí el teléfono del departamento donde ella vivía. No habíamos intercambiado direcciones de e-mail. Una no los intercambiaba naturalmente en esos tiempos, porque no se usaban más que para escribirle a gente que vivía lejos, y nosotras vivíamos cerca en París, y nos veíamos todos los días. Tampoco habíamos intercambiado los teléfonos de nuestras casas en Venecia y Buenos Aires.

Me pregunto si ella reconocería en mi persona a la criatura deforme que era entonces. Me gustaría preguntarle eso. Si algo de mí hoy se veía hace veinte años, si ha quedado algo. Pero es sólo un momento, porque en realidad lo que me gustaría es volver a caminar las calles de París con ella, y mirarla a ella, y sentarnos a la tarde en un café a tomar chocolate caliente.  

Me digo no le voy a escribir.

No sé si alguna vez la quise. Sé que la admiraba, que su presencia a mi lado, caminando por París, acallaba inquietudes, que yo me sentía más yo con ella.

Tampoco sé si la extrañé en algún momento.

Sé que se quedó en mi memoria con una precisión afilada.

Y que no tengo, en realidad, nada para decirle.



domingo, 26 de abril de 2020

Día 38



Terminé de tejer un chaleco.

Justo cuando parece que estaré en la jaula hasta el final del otoño. Lo usaré en primavera, me digo.

Me digo tendré tiempo de podar mis plantas, de dejar la Santa Rita prolijamente pelada, sin hojas que cubran el sol en esa parte del patio. Donde en verano se agradece la sombra, y donde ubico, precisamente, la mesa del patio, en invierno es preferible dejar pasar el sol.

No me va a quedar otra que intentar arreglar el cableado de mi lámpara.

No es que me hubiese agarrado por sorpresa, la noticia, como sí me sucedió la vez anterior. Pero de todas maneras no puedo evitar desinflarme.

Tengo esta sensación continua de espera. Espero a que todo se termine, a que todo se normalice. Espero para retomar mis actividades habituales.

Además de esa espera, en el fondo de esa espera, está el ruido constante del miedo. Hago hasta lo más inverosímil en este personaje que soy yo (como arreglar cables) para apagar ese ruido. Tejer y destejer, ordenar un poco, ordenar mucho, pintar muebles que no necesitan pintura. Convocar fantasmas amigables (eso no es inverosímil) que me hablen de otras épocas, de épocas felices. (Los fantasmas malos ni aparecen: pierden la competencia con la realidad, y no les gusta perder.)

He descubierto que ni siquiera es libertad lo que quiero.

Lo que de veras quiero es mi vida de antes, igualita a como estaba.

Conocida, manejable.

Poblada de miedos e incertidumbre, de insatisfacciones, de decepciones y desamores, de a veces un gris tan plano.

Llena de batallas idiotas contra enemigos invisibles.

Repleta de peleas con los eventos más ordinarios de la realidad.

Habitada por innumerables momentos olvidables.

Deslizándome, a veces, por la ciudad atestada de gente y yo acompañada por una soledad pesada, casi siempre fría, en ocasiones triste.

Perdiendo el tiempo en naderías. O simplemente perdiendo el tiempo en la parada del metrobus.

Perdiendo la apuesta por la escritura, como la pierdo desde hace años. Jugando igual, porque el vicio es inclemente.

Puteando por la falta de plata, por los arreglos de la casa. Por un par de botas demasiado caras, por una cita de Tinder que fue un fiasco tan huevón que no da ni para un cuento.

Frustrándome, una tarde, y otra, y otra, cuando el Sudeste sopla y no estoy en el río.

Vencida de cansancio, en esas semanas en las que lo hice todo para tener un sábado en paz, y un domingo de asado.

Todos los detalles, toda la mugre, todas esas acciones iguales a sí mismas y conducentes a la nada, las miserias propias, las ajenas.

Quiero que me devuelvan todo eso.

Quiero mi vida.

Ya vendrá, me digo.

Y entonces vuelvo a empezar.




sábado, 25 de abril de 2020

Día 37



Pienso en las lluvias de los tiempos anteriores a la peste.

En Rodeo eran una rareza. Sucedía dos o tres días al año, en enero siempre. Eran chaparrones violentos, el agua cayendo a chorros durante una hora, o dos. Después paraba, y al rato todo estaba seco de nuevo. La lluvia no se quedaba en el aire nunca.

En París siempre estaba nublado o lloviznaba. Una tarde, en una tienda cercana a St. Michel, me compré un sombrero para la lluvia. Parecía un capricho, y eso insinuó Ernesto cuando se lo mostré, tan ilusionada, de vuelta en el hotel de estudiantes donde vivíamos. Lo sigo teniendo, y lo uso los días de lluvia.

En Bogotá lloviznaba o llovía a cántaros. El verde del Parque del Virrey era espeso en las tardes de lluvia. Los cerros orientales se escondían detrás del agua. Bogotá tenía buenos arcoíris. Era la tierra donde habitaban los tesoros secretos. Probablemente lo siga siendo.

En Londres me compré un paraguas amarillo. Lo perdí al poco tiempo de volver a Buenos Aires. Nunca más tuve un paraguas que me gustara tanto.

El que tengo ahora lo compré al llegar de Rodeo, es fucsia y gris.

Llevar paraguas es normalmente un incordio. Llevarlos en la cartera, o colgando de la mano, o abiertos cubriendo la cabeza. Se es mucho más consciente de la necesidad de las dos manos, y de ese objeto molesto ocupando una.

Pero en cambio me gusta mirar paraguas en las veredas.

Es que la lluvia me gusta.

Y hoy descubro algo curioso de mi gusto por la lluvia, algo de lo que alguna vez he tenido un indicio de esos que uno deja pasar –una suerte de susurro que llega desde el aire, o desde muy adentro, y al que no se le presta atención.

No me gusta sólo por el ruido que hace contra los techos de chapa, ni contra el piso del patio, o contras las hojas de los árboles.

Ni siquiera es por el sonido de los truenos. En Mar del Sur, los últimos años, se me dio por contar los segundos entre los relámpagos y los truenos. Para saber cuán cerca caen los rayos. Eso me digo, pero no tengo la menor idea de cómo se mide.

Tampoco es esa limpieza flotando en el aire. O la sensación, tan suave a la piel, de ese aire húmedo. O la limpieza de las calles y las veredas, donde una buena lluvia arrasa con el polvo, las meadas de los perros, incluso los soretes que no han sido levantados.  

Hay algo de desafío, o de aventura, en la lluvia. La lluvia no deja indiferente. No se llega a la oficina en estado de abulia y aburrimiento cuando llueve.

Hay que saltar charcos, tratando de no pifiarle al cálculo y meter el pie derecho en la parte más honda. Debo estar atenta al auto ese, tan rápido, tan ciego, y esquivar la salpicadura alejándome del cordón, tratando de no llevarme a nadie por delante cuando reculo de repente.

Si además sopla un viento fuerte, de costado, es necesario encontrar el ángulo preciso del paraguas, el punto justo para que al mismo tiempo de cumplir la función de taparme, no se dé vuelta y se vaya volando.

Me he quedado parada en esquinas con techo –a veces esperando una de esas pausas que conceden las tormentas, a veces mirando, fascinada, pequeños ríos en los bordes de las calles.

He decidido seguir adelante, y llegar a destino chorreando agua, las medias empapadas, el frío en los huesos.

Tampoco hay abulia al llegar a casa atravesando la lluvia. Dejar el paraguas colgado afuera, para que chorree tranquilo en el patio y se seque un poco. Sacarme el calzado ni bien entro a la casa, para no dejar el piso de madera marcado, para no ensuciarlo, para seguir manteniendo el refugio seco y limpio. Cambiarse por ropa seca y cómoda, a veces ducharse para quitarle a los huesos  esa humedad helada. Y entonces quedarse adentro, respirar hondo, y escuchar aliviada el ruido de afuera, el caos del que ya no hay que escapar.

La lluvia ofrece un sucedáneo de pelea contra la naturaleza que normalmente nosotros, las ratitas de ciudad, no enfrentamos nunca.

Se siente heroico llegar a destino. Y es un lujo poder quedarse en la cueva.

Hoy me despertó el ruido de la lluvia. Y a pesar de no haber sorteado obstáculos, de la ausencia de heroísmo, fue un privilegio leer con esa música de fondo.

viernes, 24 de abril de 2020

Día 36



Ya no sé qué contar.

Siento que la vida pasa. Y no sé si estoy en la vida. Algo así.

Tejo. Destejo.

Miro series.

Riego. Saco las hojas secas, saco yuyos.

Limpio la casa.

Cocino.

Como.

Fumo.

A veces escribo.

A veces leo.

Cayeron unas gotas esta mañana. Muy poquitas.

Después el cielo se puso muy negro, y parecía que finalmente llovería. Se quedó negro mucho rato.

Después llovió. Menos de lo prometido por esa negrura del cielo.





jueves, 23 de abril de 2020

Día 35


Suena el timbre y bajo las escaleras rápido. Me pongo el barbijo, busco las llaves más limpias del mundo (se alimentan a base de alcohol y lavandina), y salgo por el pasillo.

Ella está en la vereda, su bici ya acomodada.

Por unos segundos es raro el encuentro. Pero ella sabe cómo. Me acerca el codo, sólo el codo, y yo adivino su sonrisa pícara a través del barbijo. La veo en sus ojos, que se achican y brillan. Le acerco el mío. Chocamos codos. Un sucedáneo del abrazo que nos habríamos dado en otro momento. Pero ese mínimo contacto nos pone en marcha.

Miramos el camión que levanta el producto de la poda de algún vecino. Está ahí desde que ella llegó. La grúa hace mil movimientos. Nos decimos era más fácil agarrar esas tres ramas entre dos. La grúa le pega a los cables que atraviesan la calle.  

Me da las bolsas de comida que me trajo, atravieso el pasillo y las dejo en el freezer, vuelvo con un vaso de agua para ella.

Mira el frente de la casa de los vecinos, me dice es gigante. Es donde siempre hay niños, donde siempre hay voces, donde acaso haya mujeres bailando salsa, o tomando vino bajo el cielo de la noche.

Viene un hombre con barbijo, nos muestra una boleta de Agip, nos pregunta por el titular. Nos dice dejó la camioneta en la puerta de mi casa, tiene las puertas abiertas, está llena de cosas, de herramientas y ropa, y saqué esta boleta de ahí. La boleta decía la dirección donde estábamos paradas. Le dije acá, hace más de siete años, vivía un Jonathan. Pero no tengo la menor idea de por dónde anda.

Dijimos nosotras nos quedaríamos con las herramientas.

Siempre gana quien sabe amar –creo que es una frase de Herman Hesse. Una frase que me asegura que ella va a ganar.

Ella se sentó en el escalón de la entrada.

Yo me quedé parada. Todo el día me la paso sentada.

Le muestro mis canas. El color de mi pelo sin tintura. La deformidad de mi cabellera.

Me dice tenés bien la piel. Yo me bajo el barbijo y le muestro un herpes en la pera.

Me dice te suele pasar, ¿no? ¿es el de siempre?

El de siempre cuando mi cerebro hace algún cortocircuito.

Llega la vecina de mi edificio, hoy me tocó ir a trabajar, nos dice. Después sale con su hija adolescente, las dos con bolsas de compra.

Pasa un señor grande, con un perro enorme, al que jamás había cruzado. Pasa dos veces por entre nosotras, acomodadas a la distancia necesaria.

Hablamos de estos días, de los calendarios para retomar la normalidad.

Me da mucha tristeza, dice.

Yo le digo me lloro todo con algunas películas.

La vereda de la entrada de mi casa no tiene fresnos, pero sí hojas secas, caídas, que rodean nuestros pies.

El policía pasa como cuatro veces, siempre por la vereda de enfrente.

Ella está linda. Se baja el barbijo y me muestra: se pintó los labios.  

Le cuento que tejo y destejo.

Una vecina sale con un carro de compras, y vuelve son su carro lleno.

En algún momento aparecen los mosquitos.

De repente largamos las dos, al mismo tiempo, una risa interminable. De esas que te dejan respirando fuerte.

Su bici es blanca.

Hace años que no vamos en bici juntas a ningún lado. Hubo un tiempo en que era la única manera en que nos movíamos.


Ella es una de mis Margaritas. Y además de felicitarme por tenerla en mi vida, me felicito porque no necesito de ninguna peste, ni de catástrofes, ni de grandes movimientos planetarios, para saber que su amor es un privilegio. 

miércoles, 22 de abril de 2020

Día 34


Me levanté con energía. Temprano, cuando todavía el aire estaba fresco de veras. Niqui se acostumbró en estos tiempos a levantarse más tarde. Miraba, como desconcertada, mientras yo me vestía. Enseguida se le pasó la confusión, o la fiaca, y después de estirarse, empezó a sacudir la cola. Le rasqué el cuello un ratito, ella volvió a estirarse. 

Abrí la reja y salí al patio. Le puse la comida en su escudilla, me preparé el Nesquik.


No me vestí con las babuchas, ni con el pantalón de corderoi. Me puse unos jeans, botas, un pullover menos rotoso, la campera, los artilugios anti bacterias.

Saqué las dos bolsas de basura (la del container negro, la del container verde) y empecé la caminata.

Pensaba ir solamente al cajero y a comprar queso. Pero me dije qué importa que apenas puedas respirar con el barbijo, o que sea incómodo, o que te parezcas a una IA haciendo compras con una perra eléctrica –había recordado al gato de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, un gato que no está en la película. Me dije soy una replicante con una perra eléctrica. Y me encantó la idea. Pero después me dije que eso no era posible. Si fuese una replicante, no necesitaría barbijo, ni guantes, y sería tan guapa como Rachel, o Pris. Pensé que podría haberme maquillado, un maquillaje bien dramático, como el de Pris en sus últimas horas en la casa de muñecas de Sebastian. 

Me dije qué pérdida de tiempo habría sido eso. Y después me dije que la próxima vez que saliera podría hacerlo, porqué no, si total tiempo es lo que sobra.

Busqué excusas. Compré semillas de girasol en el naturista de siempre, y en el nuevo, más cerca de casa, conseguí unas hamburguesas de lentejas que me encantan. Fui a la verdulería de más lejos, la que uso cuando normalmente me bajo del colectivo a la vuelta del laburo. No caminé mucho más de lo planeado, solamente hice todo con más pausa.

Y entonces vi las hojas de los fresnos, caídas, armando montones en las veredas, las hojas tan amarillas de los fresnos que cuando los vecinos del barrio no están encerrados, barren casi inmediatamente y entonces muy pocas veces se ven tantas. Las hojas caídas suelen juntar mugre, por eso las barren. Por eso las barro yo en mi patio, aunque qué lindos esos montones amarillos refulgiendo en la mañana gris.

Recordé esas últimas palabras de Roy. Dice que todas esas maravillas que vio se van a perder con su muerte, como lágrimas en la lluvia. Pensé que por eso yo le saco fotos obsesivamente al mar cuando sale el sol, a la cordillera cuando se va, a mi padre y mis hermanos cuando estamos de viaje, o todas esas fotos que les sacaba a mis amigas cuando nos pasábamos las horas en mi cuarto de la casa de Tigre. Para que no se diluyan. Para vencer la muerte.

Pensé que tendría que haber llevado el teléfono a mi excursión, para sacarle una foto a las hojas caídas de los fresnos.

Recordé que el actor que hace de Roy, Rutger Hauer, se murió en 2019, el año en el que sucede Blade runner, estrenada en 1982. Rutger Hauer se muere el mismo año que su personaje, Roy Batty.

El tiempo no sobra nunca, me dije, y los replicantes lo saben mejor que los humanos. Pero no apuré el paso.

El Ulises esperará. Voy a releer ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? En estos tiempos le he huido a la ciencia ficción. De repente se había convertido en realista, o algo así. Pero con los replicantes voy a estar bien.

Volvimos a casa y después de pasarle alcohol a todo y lavarme las manos y la cara, por si acaso, aunque entre los guantes y el barbijo recuerdo siempre no tocarme la cara, después de cambiarme las botas por un par de zapatillas rotosas y más cómodas, limpié la casa. De nuevo todo huele a lavandina mezclada con Poett, lavandina mezclada con Cif, lavandina.

Subí al escritorio a escribir pero, sobre todo, a no oler la lavandina. Niqui vino conmigo. A veces se sienta en su almohadón (tiene uno arriba), a veces se queda en el descanso de la escalera, tomando sol mientras cuida mi puerta.

Hoy a la mañana no hubo sol, así que se quedó adentro, mientras yo escapaba a la lavandina con la excusa de trabajar, y después escribir. Ahora le ladra vaya uno a saber qué. A veces me figuro que tiene un Netflix interno, que alguna parte de su cerebro genera estímulos. O simplemente escucha el ladrido lejano de un perro, acaso un llamado. Ella tampoco se acerca a los otros perros. Soy la única criatura a su alrededor, todas las horas.


Suena el timbre. Espero a Marga. Me voy, pues, a verla, a escucharle la voz, al menos un rato, aunque sea en la vereda y sin champagne. Me hace ilusión. Me sonrío de sólo saber que está a un pasillo de distancia.

martes, 21 de abril de 2020

Día 33



Ayer el horóscopo me dijo que debía pasar tiempo en la naturaleza y,  si eso se complicaba, que pusiera paisajes de bellos bosques y ríos suaves en youtube, para generar los mismos sentimientos que produce la naturaleza.
Ni los horóscopos le escapan a los DNU.

Caí en la tentación de Fauda. Otra vez. Reviso los capítulos viejos antes de ver la tercera temporada. Me maravillo de nuevo (y me da envidia) la capacidad narrativa de los realizadores: a los 15 minutos del primer capítulo, me sudan las manos.
Después me deprimo un poco. No vamos a dejar de matarnos.
Y cuando dejo de dramatizar (la capacidad narrativa del prójimo o las consideraciones sobre las guerras interminables), me dan ganas de ir a Ramallah, y a Haifa. Me pregunto por ese sol inclemente, por el mar que se ve en uno de los capítulos.

Me acuerdo del mar de Mar del Sur. Me digo no quiero un bosque ni mucho menos un río suave. Río suave, qué disparate. Los ríos que me gustan son torrentosos, o tienen olas.

Fantaseo con salir del encierro e ir directamente a meterme al mar. Viajo con el bikini puesto debajo de los jeans. Ir, así, de una, del auto al agua, sacándome la ropa como en la secuencia del comienzo de Tiburón, que mirábamos en Súper 8 en la casa de mi prima Marga, todos los primos reunidos, todos gritando escandalizados y fascinados cuando la chica se va desnudando. Después se la come un tiburón, pero a mí no me va a comer ningún bicho en ese mar.
Y no me va a importar nada que el frío afuera sea tenaz.

Porque a veces las fantasías son ir a comer un asado a lo de mi padre, o ver a mis amigas – lo que normalmente hago todo el tiempo. Y a veces son fabulosas, como meterse al mar, o volver a navegar en Rodeo, o ir a Riyahd a visitar a una amiga, o Ramallah y Haifa.
Es curioso que, de alguna manera, las fabulosas son fantasías corrientes. Siempre tengo esas fantasías. En cambio las otras, que normalmente son deseos que duran poco porque se realizan enseguida, en estos días parecen inasequibles y perdieron su ordinariez.

No tengo rosales. Cuando fui a buscar el año pasado en el vivero del barrio, todavía no los vendían. Parece que si no tienen flores, la gente no los compra, entonces los viveros no ponen rosales a la venta. Y después no los quise comprar porque me iría de vacaciones y correrían el riesgo de morirse de sed en mi terraza. Después me encerré. No tendré rosas hasta el verano que viene.
En cambio los jazmines, los malvones y rosas chinas, la Santa Rita, todos esas plantas están fuertes y no dan sensación de haber acusado el otoño.

Me pregunto si empezar el Ulises o leer algo menos demandante. Me digo si logro engancharme, es de esas novelas con las que el planeta puede explotar y yo no darme cuenta. Eso es buena idea –lo de no darme cuenta. Pero primero tiene que engancharme, y con el desorden de atención nacido del encierro, es casi imposible. Por si acaso, la saqué del estante.

Ayer a la noche las voces de las vecinas se escucharon hasta tarde. Tarde de veras. Como hasta las 2 de la mañana estuvieron trajinando. Sólo ellas. Ni los hombres, que casi no se escuchan, ni los niños. No se oían nítidas sus voces. Imaginé la escena: sentadas bajo el cielo quieto de anoche, en sillas de jardín blancas, sin ningún niño alrededor, una botella de vino, tinto seguro, y las copas. Era un buen plan.

Hoy está más fresco que ayer. Yo esperaba Sudeste. Pero fue Sur, Sudoeste. Mejor. Total, no puedo navegar, y este viento mantiene al sol destapado.

Hoy las vecinas no saldrán al jardín. O quizás sí. Estaré atenta.