lunes, 27 de abril de 2020

Día 39



Pensando en la lluvia de París, recordé París. Me dieron unas ganas,  dolorosas de tan fuertes, de volver a caminar por las calles de esa ciudad que nunca entendí pero que amé con una fuerza inusitada.

Y en algún momento de mi ataque de nostalgia parisina, vino a la memoria mi amiga Hana, una bosnia a la que conocí el primer día de clases en el 101 del Boulevard Raspail.

A lo largo de los años, la busqué en Facebook e Instagram, a veces en otras páginas. Aun sabiendo perfectamente que su nombre tiene una sola “n”, lo busqué con dos. O con una h al final. Por si acaso. Nunca la encontré. Antes de ayer se me ocurrió googlear su nombre, y ver qué aparecía –alguna vez lo había hecho, y aparecían las mismas Hanas de Facebook que no eran ella, o textos, textos publicitarios, o de diarios y revistas, sin fotos, escritos en bosnio. Y, así de la nada, apareció una foto. Pasaron 20 años y podría dudar, la Hana de la foto tiene unos anteojos grandes, de marcos negros, y la Hana del año 2000 no usaba anteojos. Pero no dudo. Es ella, al lado de su padre, el pintor Safet Zec.

Y recuerdo que en esos últimos días en París me perseguía el hecho (me sigue persiguiendo) de deberle, encore, una pinta de cerveza.

La última vez que nos vimos fue el 21 de marzo del año 2000, el día del comienzo de la primavera en París. Hacía un frío de muerte, como todos los días desde nuestra llegada, pero había un sol maravilloso. Hana y yo decíamos que en París había sol un día y medio por semana de promedio. Entonces nos fastidiábamos cuando, estando en clase, las nubes se iban, porque sabíamos que estábamos perdiendo un tercio del sol semanal.

Ese día salimos de clase y nos fuimos a Belleville en metro. Nos conseguimos una pizza, unas latas de Pepsi, y nos instalamos en el Parc Belleville. Después de comer y de deambular por el parque, es un parque con escalinatas, nos fuimos caminando hasta la Place de la Bastille, donde todos los parisinos estaban sentados en las mesas de las terrazas. Hicimos lo mismo. Nos tomamos una pinta de Kronenbourg y cuando llegó la hora de pedir otra, yo me había quedado sin efectivo. Hana invitó, y acepté, claro, nos veríamos en clase al día siguiente. Nunca más la vi. Ni supe de ella.

El primer día de clases se había sentado al lado mío. No era la única silla disponible. Eligió sentarse a mi derecha. Así fueron todos los demás días.

Me pregunto por Hana.

En realidad, me pregunto qué hago ahora que tengo una dirección de mail de la editorial de catálogos y arte, fundada por ella y su marido, un tal Federico. Después de mucho buscar en links y más links, de incluso leer una entrevista traducida por Google del bosnio (una traducción claramente incomprensible), y acercándome de a poco a páginas en francés, logré finalmente saber algo de ella.

En esa entrevista dicen que vive en París, que está casada, que tiene hijas. ¿Cuántas posibilidades hay de que ese Federico no sea el mismo del que vi una foto hace 20 años?

Tengo una dirección de mail de esa editorial. Seguramente ella no lee esos correos. Pero podría escribir igual, un mail informativo, formal, pasarle mis datos, pedir los de ella, de la misma manera que Rodrigo, el amigo brasilero de Ernesto, llamó al estudio del Pancho una vez.

Podría.

Saco de la memoria imágenes de ella. De nuestra vida en París.

Fuimos a ver Le dernier métro al cine de la Alianza. Fuimos con Ernesto esa vez. Él y yo habíamos estado, antes, en el Museé d´Orsay. Y a la salida nos sentamos los tres en un café y Hana y yo pedimos chocolate caliente, y Ernesto una cerveza.

En un teatro pequeño y viejo, muy prolijo, tan chic, vimos La chambre bleu, con Daniel Auteuil. Me puse los zapatos forrados de raso que había llevado, por si acaso los necesitaba, en mi mochila de mochilera. Fue la única vez que los usé. Tenía una falda negra y mi tapado negro. Estábamos solas, y a la salida nos tomamos una media pinta de cerveza (un demi) porque se acercaba la hora de cierre del subte y al día siguiente había que ir a clases.

Una noche fui a comer a su casa. Vivía en un departamento de un ambiente en el barrio de la Ópera. Un departamento de una amiga de su familia. Se lo habían prestado, Hana se quedaría en París dos meses, o tres, o más. Me preparó una pasta maravillosa que el padre le había llevado desde Venecia, donde vivían, tomamos chianti, fumamos hachís. Me mostró unas fotos del novio Federico, un italiano, y el catálogo del trabajo que hacía. Hana era diseñadora gráfica. 

Conversamos durante horas y en algún momento me fui. Yo, que no entendía París, ni conocía a los parisinos, caminando desde lo de Hana, tuve esa noche –helada, húmeda, las calles desiertas, el metro cerrado– el deseo de vivir en ese momento siempre, incluso en esa ciudad que me resultaba inasequible. Nunca pude describir (sigo sin poder hacerlo) el fotograma del instante en que vislumbré una belleza cegadora. No sé si era la luz que había en ese barrio. Si los edificios. O las calles adoquinadas. O si fue el hecho de haber comido en casa de una amiga que vivía sola –ella tenía dos años más que yo, pero yo habitaba todavía un mundo de padres y hermanos, nadie tenía casa propia, nadie llenaba su propia heladera. No sé qué fue. Sé que el encantamiento duró toda la caminata, y que si cierro los ojos y convoco la imagen, siento todavía resabios de ese encantamiento. No tiene nombre, pero sonrío.

Pasamos muchas tardes caminando por la ciudad, nos sentamos en cafés a comer al mediodía, o a tomar chocolate caliente a la tarde –algunas veces una cerveza. Nos reímos preguntándonos, en el café Procope, si de veras esa mesa había sido usada por Voltaire, y comentamos la locura de las liquidaciones en las Galeries Lafayette.

Hana hizo que por primera vez entendiera que el horror no se describe mencionando al horror. Me estaba contando de su perro amado. El bicho se había perdido cuando empezaron a caer bombas. Se asustó, enloqueció y se fue. Un día lo encontraron. Había sido entrenado para detectar bombas. Fue lo único que me contó de la guerra en Sarajevo. Eso, y que desde 1992 vivía con su familia en Venecia.

¿Cómo me veía ella entonces? ¿Cómo me veía yo, en esa época, a los ojos de los demás? Sé que yo no me hacía esas preguntas. Sí me las hacía con respecto al otro, y Hana me parecía sofisticada. Porque el padre era pintor, porque ella se vestía bien, y se maquillaba mejor, porque vivía sola, porque ya había trabajado haciendo algo que le gustaba, porque tenía una seguridad de la que yo carecía, una seguridad que no estaba llena de certezas ciegas sino de deseos con nombre y apellido.

Yo deambulaba por mi vida con deseos imprecisos, con certezas efímeras.

Yo recién descubría que el mundo en el que yo viviera sería un mundo que yo creara. Y ni siquiera lo tenía tan claro. Era más bien un atisbo de la libertad, y de las consecuencias de la libertad.

Hana tuvo gripe los últimos días de clase. Ernesto y yo nos fuimos a Barcelona y en alguno de los vaivenes de nuestros equipajes gigantes (libros y revistas y discos llenaban un bolso nuevo), perdí el teléfono del departamento donde ella vivía. No habíamos intercambiado direcciones de e-mail. Una no los intercambiaba naturalmente en esos tiempos, porque no se usaban más que para escribirle a gente que vivía lejos, y nosotras vivíamos cerca en París, y nos veíamos todos los días. Tampoco habíamos intercambiado los teléfonos de nuestras casas en Venecia y Buenos Aires.

Me pregunto si ella reconocería en mi persona a la criatura deforme que era entonces. Me gustaría preguntarle eso. Si algo de mí hoy se veía hace veinte años, si ha quedado algo. Pero es sólo un momento, porque en realidad lo que me gustaría es volver a caminar las calles de París con ella, y mirarla a ella, y sentarnos a la tarde en un café a tomar chocolate caliente.  

Me digo no le voy a escribir.

No sé si alguna vez la quise. Sé que la admiraba, que su presencia a mi lado, caminando por París, acallaba inquietudes, que yo me sentía más yo con ella.

Tampoco sé si la extrañé en algún momento.

Sé que se quedó en mi memoria con una precisión afilada.

Y que no tengo, en realidad, nada para decirle.



domingo, 26 de abril de 2020

Día 38



Terminé de tejer un chaleco.

Justo cuando parece que estaré en la jaula hasta el final del otoño. Lo usaré en primavera, me digo.

Me digo tendré tiempo de podar mis plantas, de dejar la Santa Rita prolijamente pelada, sin hojas que cubran el sol en esa parte del patio. Donde en verano se agradece la sombra, y donde ubico, precisamente, la mesa del patio, en invierno es preferible dejar pasar el sol.

No me va a quedar otra que intentar arreglar el cableado de mi lámpara.

No es que me hubiese agarrado por sorpresa, la noticia, como sí me sucedió la vez anterior. Pero de todas maneras no puedo evitar desinflarme.

Tengo esta sensación continua de espera. Espero a que todo se termine, a que todo se normalice. Espero para retomar mis actividades habituales.

Además de esa espera, en el fondo de esa espera, está el ruido constante del miedo. Hago hasta lo más inverosímil en este personaje que soy yo (como arreglar cables) para apagar ese ruido. Tejer y destejer, ordenar un poco, ordenar mucho, pintar muebles que no necesitan pintura. Convocar fantasmas amigables (eso no es inverosímil) que me hablen de otras épocas, de épocas felices. (Los fantasmas malos ni aparecen: pierden la competencia con la realidad, y no les gusta perder.)

He descubierto que ni siquiera es libertad lo que quiero.

Lo que de veras quiero es mi vida de antes, igualita a como estaba.

Conocida, manejable.

Poblada de miedos e incertidumbre, de insatisfacciones, de decepciones y desamores, de a veces un gris tan plano.

Llena de batallas idiotas contra enemigos invisibles.

Repleta de peleas con los eventos más ordinarios de la realidad.

Habitada por innumerables momentos olvidables.

Deslizándome, a veces, por la ciudad atestada de gente y yo acompañada por una soledad pesada, casi siempre fría, en ocasiones triste.

Perdiendo el tiempo en naderías. O simplemente perdiendo el tiempo en la parada del metrobus.

Perdiendo la apuesta por la escritura, como la pierdo desde hace años. Jugando igual, porque el vicio es inclemente.

Puteando por la falta de plata, por los arreglos de la casa. Por un par de botas demasiado caras, por una cita de Tinder que fue un fiasco tan huevón que no da ni para un cuento.

Frustrándome, una tarde, y otra, y otra, cuando el Sudeste sopla y no estoy en el río.

Vencida de cansancio, en esas semanas en las que lo hice todo para tener un sábado en paz, y un domingo de asado.

Todos los detalles, toda la mugre, todas esas acciones iguales a sí mismas y conducentes a la nada, las miserias propias, las ajenas.

Quiero que me devuelvan todo eso.

Quiero mi vida.

Ya vendrá, me digo.

Y entonces vuelvo a empezar.




sábado, 25 de abril de 2020

Día 37



Pienso en las lluvias de los tiempos anteriores a la peste.

En Rodeo eran una rareza. Sucedía dos o tres días al año, en enero siempre. Eran chaparrones violentos, el agua cayendo a chorros durante una hora, o dos. Después paraba, y al rato todo estaba seco de nuevo. La lluvia no se quedaba en el aire nunca.

En París siempre estaba nublado o lloviznaba. Una tarde, en una tienda cercana a St. Michel, me compré un sombrero para la lluvia. Parecía un capricho, y eso insinuó Ernesto cuando se lo mostré, tan ilusionada, de vuelta en el hotel de estudiantes donde vivíamos. Lo sigo teniendo, y lo uso los días de lluvia.

En Bogotá lloviznaba o llovía a cántaros. El verde del Parque del Virrey era espeso en las tardes de lluvia. Los cerros orientales se escondían detrás del agua. Bogotá tenía buenos arcoíris. Era la tierra donde habitaban los tesoros secretos. Probablemente lo siga siendo.

En Londres me compré un paraguas amarillo. Lo perdí al poco tiempo de volver a Buenos Aires. Nunca más tuve un paraguas que me gustara tanto.

El que tengo ahora lo compré al llegar de Rodeo, es fucsia y gris.

Llevar paraguas es normalmente un incordio. Llevarlos en la cartera, o colgando de la mano, o abiertos cubriendo la cabeza. Se es mucho más consciente de la necesidad de las dos manos, y de ese objeto molesto ocupando una.

Pero en cambio me gusta mirar paraguas en las veredas.

Es que la lluvia me gusta.

Y hoy descubro algo curioso de mi gusto por la lluvia, algo de lo que alguna vez he tenido un indicio de esos que uno deja pasar –una suerte de susurro que llega desde el aire, o desde muy adentro, y al que no se le presta atención.

No me gusta sólo por el ruido que hace contra los techos de chapa, ni contra el piso del patio, o contras las hojas de los árboles.

Ni siquiera es por el sonido de los truenos. En Mar del Sur, los últimos años, se me dio por contar los segundos entre los relámpagos y los truenos. Para saber cuán cerca caen los rayos. Eso me digo, pero no tengo la menor idea de cómo se mide.

Tampoco es esa limpieza flotando en el aire. O la sensación, tan suave a la piel, de ese aire húmedo. O la limpieza de las calles y las veredas, donde una buena lluvia arrasa con el polvo, las meadas de los perros, incluso los soretes que no han sido levantados.  

Hay algo de desafío, o de aventura, en la lluvia. La lluvia no deja indiferente. No se llega a la oficina en estado de abulia y aburrimiento cuando llueve.

Hay que saltar charcos, tratando de no pifiarle al cálculo y meter el pie derecho en la parte más honda. Debo estar atenta al auto ese, tan rápido, tan ciego, y esquivar la salpicadura alejándome del cordón, tratando de no llevarme a nadie por delante cuando reculo de repente.

Si además sopla un viento fuerte, de costado, es necesario encontrar el ángulo preciso del paraguas, el punto justo para que al mismo tiempo de cumplir la función de taparme, no se dé vuelta y se vaya volando.

Me he quedado parada en esquinas con techo –a veces esperando una de esas pausas que conceden las tormentas, a veces mirando, fascinada, pequeños ríos en los bordes de las calles.

He decidido seguir adelante, y llegar a destino chorreando agua, las medias empapadas, el frío en los huesos.

Tampoco hay abulia al llegar a casa atravesando la lluvia. Dejar el paraguas colgado afuera, para que chorree tranquilo en el patio y se seque un poco. Sacarme el calzado ni bien entro a la casa, para no dejar el piso de madera marcado, para no ensuciarlo, para seguir manteniendo el refugio seco y limpio. Cambiarse por ropa seca y cómoda, a veces ducharse para quitarle a los huesos  esa humedad helada. Y entonces quedarse adentro, respirar hondo, y escuchar aliviada el ruido de afuera, el caos del que ya no hay que escapar.

La lluvia ofrece un sucedáneo de pelea contra la naturaleza que normalmente nosotros, las ratitas de ciudad, no enfrentamos nunca.

Se siente heroico llegar a destino. Y es un lujo poder quedarse en la cueva.

Hoy me despertó el ruido de la lluvia. Y a pesar de no haber sorteado obstáculos, de la ausencia de heroísmo, fue un privilegio leer con esa música de fondo.

viernes, 24 de abril de 2020

Día 36



Ya no sé qué contar.

Siento que la vida pasa. Y no sé si estoy en la vida. Algo así.

Tejo. Destejo.

Miro series.

Riego. Saco las hojas secas, saco yuyos.

Limpio la casa.

Cocino.

Como.

Fumo.

A veces escribo.

A veces leo.

Cayeron unas gotas esta mañana. Muy poquitas.

Después el cielo se puso muy negro, y parecía que finalmente llovería. Se quedó negro mucho rato.

Después llovió. Menos de lo prometido por esa negrura del cielo.





jueves, 23 de abril de 2020

Día 35


Suena el timbre y bajo las escaleras rápido. Me pongo el barbijo, busco las llaves más limpias del mundo (se alimentan a base de alcohol y lavandina), y salgo por el pasillo.

Ella está en la vereda, su bici ya acomodada.

Por unos segundos es raro el encuentro. Pero ella sabe cómo. Me acerca el codo, sólo el codo, y yo adivino su sonrisa pícara a través del barbijo. La veo en sus ojos, que se achican y brillan. Le acerco el mío. Chocamos codos. Un sucedáneo del abrazo que nos habríamos dado en otro momento. Pero ese mínimo contacto nos pone en marcha.

Miramos el camión que levanta el producto de la poda de algún vecino. Está ahí desde que ella llegó. La grúa hace mil movimientos. Nos decimos era más fácil agarrar esas tres ramas entre dos. La grúa le pega a los cables que atraviesan la calle.  

Me da las bolsas de comida que me trajo, atravieso el pasillo y las dejo en el freezer, vuelvo con un vaso de agua para ella.

Mira el frente de la casa de los vecinos, me dice es gigante. Es donde siempre hay niños, donde siempre hay voces, donde acaso haya mujeres bailando salsa, o tomando vino bajo el cielo de la noche.

Viene un hombre con barbijo, nos muestra una boleta de Agip, nos pregunta por el titular. Nos dice dejó la camioneta en la puerta de mi casa, tiene las puertas abiertas, está llena de cosas, de herramientas y ropa, y saqué esta boleta de ahí. La boleta decía la dirección donde estábamos paradas. Le dije acá, hace más de siete años, vivía un Jonathan. Pero no tengo la menor idea de por dónde anda.

Dijimos nosotras nos quedaríamos con las herramientas.

Siempre gana quien sabe amar –creo que es una frase de Herman Hesse. Una frase que me asegura que ella va a ganar.

Ella se sentó en el escalón de la entrada.

Yo me quedé parada. Todo el día me la paso sentada.

Le muestro mis canas. El color de mi pelo sin tintura. La deformidad de mi cabellera.

Me dice tenés bien la piel. Yo me bajo el barbijo y le muestro un herpes en la pera.

Me dice te suele pasar, ¿no? ¿es el de siempre?

El de siempre cuando mi cerebro hace algún cortocircuito.

Llega la vecina de mi edificio, hoy me tocó ir a trabajar, nos dice. Después sale con su hija adolescente, las dos con bolsas de compra.

Pasa un señor grande, con un perro enorme, al que jamás había cruzado. Pasa dos veces por entre nosotras, acomodadas a la distancia necesaria.

Hablamos de estos días, de los calendarios para retomar la normalidad.

Me da mucha tristeza, dice.

Yo le digo me lloro todo con algunas películas.

La vereda de la entrada de mi casa no tiene fresnos, pero sí hojas secas, caídas, que rodean nuestros pies.

El policía pasa como cuatro veces, siempre por la vereda de enfrente.

Ella está linda. Se baja el barbijo y me muestra: se pintó los labios.  

Le cuento que tejo y destejo.

Una vecina sale con un carro de compras, y vuelve son su carro lleno.

En algún momento aparecen los mosquitos.

De repente largamos las dos, al mismo tiempo, una risa interminable. De esas que te dejan respirando fuerte.

Su bici es blanca.

Hace años que no vamos en bici juntas a ningún lado. Hubo un tiempo en que era la única manera en que nos movíamos.


Ella es una de mis Margaritas. Y además de felicitarme por tenerla en mi vida, me felicito porque no necesito de ninguna peste, ni de catástrofes, ni de grandes movimientos planetarios, para saber que su amor es un privilegio. 

miércoles, 22 de abril de 2020

Día 34


Me levanté con energía. Temprano, cuando todavía el aire estaba fresco de veras. Niqui se acostumbró en estos tiempos a levantarse más tarde. Miraba, como desconcertada, mientras yo me vestía. Enseguida se le pasó la confusión, o la fiaca, y después de estirarse, empezó a sacudir la cola. Le rasqué el cuello un ratito, ella volvió a estirarse. 

Abrí la reja y salí al patio. Le puse la comida en su escudilla, me preparé el Nesquik.


No me vestí con las babuchas, ni con el pantalón de corderoi. Me puse unos jeans, botas, un pullover menos rotoso, la campera, los artilugios anti bacterias.

Saqué las dos bolsas de basura (la del container negro, la del container verde) y empecé la caminata.

Pensaba ir solamente al cajero y a comprar queso. Pero me dije qué importa que apenas puedas respirar con el barbijo, o que sea incómodo, o que te parezcas a una IA haciendo compras con una perra eléctrica –había recordado al gato de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, un gato que no está en la película. Me dije soy una replicante con una perra eléctrica. Y me encantó la idea. Pero después me dije que eso no era posible. Si fuese una replicante, no necesitaría barbijo, ni guantes, y sería tan guapa como Rachel, o Pris. Pensé que podría haberme maquillado, un maquillaje bien dramático, como el de Pris en sus últimas horas en la casa de muñecas de Sebastian. 

Me dije qué pérdida de tiempo habría sido eso. Y después me dije que la próxima vez que saliera podría hacerlo, porqué no, si total tiempo es lo que sobra.

Busqué excusas. Compré semillas de girasol en el naturista de siempre, y en el nuevo, más cerca de casa, conseguí unas hamburguesas de lentejas que me encantan. Fui a la verdulería de más lejos, la que uso cuando normalmente me bajo del colectivo a la vuelta del laburo. No caminé mucho más de lo planeado, solamente hice todo con más pausa.

Y entonces vi las hojas de los fresnos, caídas, armando montones en las veredas, las hojas tan amarillas de los fresnos que cuando los vecinos del barrio no están encerrados, barren casi inmediatamente y entonces muy pocas veces se ven tantas. Las hojas caídas suelen juntar mugre, por eso las barren. Por eso las barro yo en mi patio, aunque qué lindos esos montones amarillos refulgiendo en la mañana gris.

Recordé esas últimas palabras de Roy. Dice que todas esas maravillas que vio se van a perder con su muerte, como lágrimas en la lluvia. Pensé que por eso yo le saco fotos obsesivamente al mar cuando sale el sol, a la cordillera cuando se va, a mi padre y mis hermanos cuando estamos de viaje, o todas esas fotos que les sacaba a mis amigas cuando nos pasábamos las horas en mi cuarto de la casa de Tigre. Para que no se diluyan. Para vencer la muerte.

Pensé que tendría que haber llevado el teléfono a mi excursión, para sacarle una foto a las hojas caídas de los fresnos.

Recordé que el actor que hace de Roy, Rutger Hauer, se murió en 2019, el año en el que sucede Blade runner, estrenada en 1982. Rutger Hauer se muere el mismo año que su personaje, Roy Batty.

El tiempo no sobra nunca, me dije, y los replicantes lo saben mejor que los humanos. Pero no apuré el paso.

El Ulises esperará. Voy a releer ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? En estos tiempos le he huido a la ciencia ficción. De repente se había convertido en realista, o algo así. Pero con los replicantes voy a estar bien.

Volvimos a casa y después de pasarle alcohol a todo y lavarme las manos y la cara, por si acaso, aunque entre los guantes y el barbijo recuerdo siempre no tocarme la cara, después de cambiarme las botas por un par de zapatillas rotosas y más cómodas, limpié la casa. De nuevo todo huele a lavandina mezclada con Poett, lavandina mezclada con Cif, lavandina.

Subí al escritorio a escribir pero, sobre todo, a no oler la lavandina. Niqui vino conmigo. A veces se sienta en su almohadón (tiene uno arriba), a veces se queda en el descanso de la escalera, tomando sol mientras cuida mi puerta.

Hoy a la mañana no hubo sol, así que se quedó adentro, mientras yo escapaba a la lavandina con la excusa de trabajar, y después escribir. Ahora le ladra vaya uno a saber qué. A veces me figuro que tiene un Netflix interno, que alguna parte de su cerebro genera estímulos. O simplemente escucha el ladrido lejano de un perro, acaso un llamado. Ella tampoco se acerca a los otros perros. Soy la única criatura a su alrededor, todas las horas.


Suena el timbre. Espero a Marga. Me voy, pues, a verla, a escucharle la voz, al menos un rato, aunque sea en la vereda y sin champagne. Me hace ilusión. Me sonrío de sólo saber que está a un pasillo de distancia.

martes, 21 de abril de 2020

Día 33



Ayer el horóscopo me dijo que debía pasar tiempo en la naturaleza y,  si eso se complicaba, que pusiera paisajes de bellos bosques y ríos suaves en youtube, para generar los mismos sentimientos que produce la naturaleza.
Ni los horóscopos le escapan a los DNU.

Caí en la tentación de Fauda. Otra vez. Reviso los capítulos viejos antes de ver la tercera temporada. Me maravillo de nuevo (y me da envidia) la capacidad narrativa de los realizadores: a los 15 minutos del primer capítulo, me sudan las manos.
Después me deprimo un poco. No vamos a dejar de matarnos.
Y cuando dejo de dramatizar (la capacidad narrativa del prójimo o las consideraciones sobre las guerras interminables), me dan ganas de ir a Ramallah, y a Haifa. Me pregunto por ese sol inclemente, por el mar que se ve en uno de los capítulos.

Me acuerdo del mar de Mar del Sur. Me digo no quiero un bosque ni mucho menos un río suave. Río suave, qué disparate. Los ríos que me gustan son torrentosos, o tienen olas.

Fantaseo con salir del encierro e ir directamente a meterme al mar. Viajo con el bikini puesto debajo de los jeans. Ir, así, de una, del auto al agua, sacándome la ropa como en la secuencia del comienzo de Tiburón, que mirábamos en Súper 8 en la casa de mi prima Marga, todos los primos reunidos, todos gritando escandalizados y fascinados cuando la chica se va desnudando. Después se la come un tiburón, pero a mí no me va a comer ningún bicho en ese mar.
Y no me va a importar nada que el frío afuera sea tenaz.

Porque a veces las fantasías son ir a comer un asado a lo de mi padre, o ver a mis amigas – lo que normalmente hago todo el tiempo. Y a veces son fabulosas, como meterse al mar, o volver a navegar en Rodeo, o ir a Riyahd a visitar a una amiga, o Ramallah y Haifa.
Es curioso que, de alguna manera, las fabulosas son fantasías corrientes. Siempre tengo esas fantasías. En cambio las otras, que normalmente son deseos que duran poco porque se realizan enseguida, en estos días parecen inasequibles y perdieron su ordinariez.

No tengo rosales. Cuando fui a buscar el año pasado en el vivero del barrio, todavía no los vendían. Parece que si no tienen flores, la gente no los compra, entonces los viveros no ponen rosales a la venta. Y después no los quise comprar porque me iría de vacaciones y correrían el riesgo de morirse de sed en mi terraza. Después me encerré. No tendré rosas hasta el verano que viene.
En cambio los jazmines, los malvones y rosas chinas, la Santa Rita, todos esas plantas están fuertes y no dan sensación de haber acusado el otoño.

Me pregunto si empezar el Ulises o leer algo menos demandante. Me digo si logro engancharme, es de esas novelas con las que el planeta puede explotar y yo no darme cuenta. Eso es buena idea –lo de no darme cuenta. Pero primero tiene que engancharme, y con el desorden de atención nacido del encierro, es casi imposible. Por si acaso, la saqué del estante.

Ayer a la noche las voces de las vecinas se escucharon hasta tarde. Tarde de veras. Como hasta las 2 de la mañana estuvieron trajinando. Sólo ellas. Ni los hombres, que casi no se escuchan, ni los niños. No se oían nítidas sus voces. Imaginé la escena: sentadas bajo el cielo quieto de anoche, en sillas de jardín blancas, sin ningún niño alrededor, una botella de vino, tinto seguro, y las copas. Era un buen plan.

Hoy está más fresco que ayer. Yo esperaba Sudeste. Pero fue Sur, Sudoeste. Mejor. Total, no puedo navegar, y este viento mantiene al sol destapado.

Hoy las vecinas no saldrán al jardín. O quizás sí. Estaré atenta.



lunes, 20 de abril de 2020

Día 32



Hace dos años que volví de Rodeo a la ciudad.

Prefiero celebrar esa fecha a celebrar el mes de encierro.

El invierno en Rodeo era complicado.

No era solamente el frío. Aunque la temperatura a la noche bajara tanto y la leña fuese cara, y la electricidad más aún. Había que levantarse tarde, y meterse adentro de la casa antes de las 6 para prender la chimenea y que la casa no se enfriara. Una hora antes de ir a dormir, prender la estufa eléctrica en el cuarto, y dejarla prendida si se podía pagar, y aun así meterse debajo de varias mantas pesadas. Era desesperante despertarse en mitad de la noche con ganas de hacer pis, y tener que salir del capullo calentito que era la cama y meterse en un baño al que no calentaban ni la chimenea ni la estufa eléctrica. Aún en los peores inviernos porteños, si me despierto para ir al baño, prefiero el piso frío en los pies que andar buscando dónde dejé las zapatillas. En Rodeo las zapatillas duermen al lado de la cama, acomodadas casi milimétricamente en el lugar adonde irán a parar los pies.

Tampoco era el viento. Al menos no para mí, ni para los que fuimos buscando viento. Ni siquiera odiaba el Zonda, aunque el Zonda es odioso. No me importaba que se oyeran todo el día los vidrios retumbando, ni los álamos entrechocándose. No me importaba el polvo que se colaba por todos los resquicios cuando soplaba Zonda, ni el polvo de los días normales, los días de Sur. No me importaba que la ropa, de cualquier color, tuviera pinta de no haber sido lavada en años a la media hora de ponérmela.
No era el silencio, ni las lunas enormes, o las noches donde se ven estrellas que no he visto nunca en ningún otro cielo. No era ver la cordillera nevada hasta la base, ni un poco nevada. No era ver la cordillera, que incluso se veía mejor en invierno porque no la tapaban las hojas de los álamos. No eran, claro que no, los atardeceres de Zonda, unos cielos rojos que no he parado de fotografiar.

Lo malo del invierno en Rodeo tampoco era que no se pudiera navegar. Era duro, es cierto, pero si se le ponía un poco entusiasmo, y mucho de descaro, se podía ir uno al dique con un millón de capas de lana cubriendo todos las partes del cuerpo excepto los ojos (necesitados para manejar la moto), e ir hasta la playa, cambiarse rápido, ponerse aún más rápidamente el neoprén, y meterse al agua. No más de 40 minutos. Porque los pies se ponían azules a pesar de las botitas, y las manos dolían. Había que ir con alguien, eso sí era absolutamente necesario. Por si ocurría un accidente. El dique es una pileta, siempre se llega a alguna costa. Pero flotar en el agua a 5° C es sinónimo de hipotermia, así que había que ir con alguien que al menos mirara desde la costa, un alguien que pudiera llamar a Seguridad Náutica para el rescate. Y si faltaban el entusiasmo, o el descaro, o alguien que hiciera compañía, igual nunca pasaba mucho tiempo sin navegar.

Mi cuerpo tiene todavía el recuerdo de salir del agua, completamente helada, los pies y las manos tiesas y ligeramente azules, subirme al auto de una amiga, ir a las termas,  y meter ese cuerpo helado y apaleado por el ejercicio, en el agua mágica de Pismanta. Esos días era la pileta de 42° C. Después echarse en una tumbona, envuelta en una toalla, recuperar el ritmo cardíaco, luego vestirse e ir, casi desmayada pero feliz, a comer. Una botella de vino, charla de amigas. Pocas veces he dormido mejor que cuando los días terminaban así.

Tampoco era tan grave eso de no trabajar. Los trabajos de temporada –guarderías, bares, restaurantes, cabañas, hoteles– se terminan cuando se va el último turista. A veces terminan antes, porque los turistas pueden seguir yendo aun cuando hace frío, pero qué sentido tiene tener un restaurant abierto en abril, si con suerte funcionará, con 2 mesas, un sábado perdido. Los dueños de los bares, o de las cabañas, además, ya no necesitan ayuda para esas fechas. No era grave porque en general el trabajo en la temporada era de miles de horas seguidas, sin descanso (en mi caso, podía no descansar pero siempre navegaba), y cuando llegaba marzo ya todos estábamos agotados, y en abril teníamos las montañas, el dique, todo para nosotros, y el gozo era indescriptible. Sólo navegar, sin ninguna obligación y con todo el día por delante. Sacábamos la llave de la guardería de su escondite y nos metíamos al agua, sin nadie que nos preguntara nada sobre Rodeo, el turismo o el viento. No se hablaba de eso ya.

Los que no navegaban porque no daban el entusiasmo y el descaro tenían las clases de Tejido, las de Carpintería (nunca llegué a tiempo a la inscripción, pero me hubiese gustado y siempre sospeché que habría sido mejor carpintera que tejedora), las clases de yoga de Carito en Las Flores, las de Pali en su casa (terminaba la clase y tenías una butaca de primera fila a la mejor vista de Rodeo), y los caminos de ripio para caminatas interminables. Montañas y cuevas para explorar. Con una camioneta, se podía ir del otro lado del dique y buscar leña y creerse los leñadores de las películas. También hemos ido de excursión y nunca llegué a San Guillermo, pero está ahí, cerca, aunque sea de tan difícil acceso.

Yo, además, aprovechaba las mañanas y escribía, o leía. La vida soñada: escribir a la mañana, salir a navegar a la tarde, volver y leer al lado de la chimenea.

Todos los sueños tienen truco.

Ninguno de esos obstáculos era insalvable.

Sí lo era, en cambio, la poca gente.

Llegaba marzo y los turistas eran cada vez menos, excepto en fines de semana largos como Semana Santa, o Carnaval. Cada vez menos hasta que un día ya no quedaban turistas. Nos gustaba marzo, a mí me gustaba mucho marzo. Porque si bien había gente, no era la ausencia tan desolada del invierno.

En invierno se empezaban a ir incluso los amigos. Se iban a Brasil o Hawaii, o Canarias. Se iban a Córdoba, a Rosario, a Buenos Aires. Yo también me venía a la ciudad un rato. Un invierno pasé 4 meses en la ciudad. Una amiga se quejaba por whatsapp porque yo estaba acá, y Maggie en Maui, y ella se juntaba con “los amigos de invierno”, que era toda gente que no nos gustaba mucho, pero con la que igual ella se juntaba ese año, y yo el año anterior, y el siguiente. Porque de repente ni siquiera quedaba el staff estable. Ni siquiera el equipo de rugby (yo le decía así porque calculaba que éramos 15) llegaba a estar presente.

No eran siempre los mismos los que se quedaban, los que se iban. Era variable. Y algunos se iban unos meses, otros se iban antes, o más tarde. Entonces éramos muy pocos. Íbamos a las clases de esto o aquello. Nos juntábamos para comer asado, o puchero, hacíamos caminatas. Hacíamos muchas cosas juntos, y a veces ese juntos era con gente muy conocida (después de todo, es fácil conocerlos a todos si “todos” son quince), pero no necesariamente querida. En Rodeo, en invierno, funciona mucho el “es lo que hay”, y por ver el vaso medio lleno siempre uno termina comiendo un asado con un grupo de personas a las que no solamente no quiere sino a la que además quizás desprecia un poco. Porque una es snob, o porque esa gente no es buena gente, o una cree que no lo es. O, simplemente, es gente que no tiene nada que ver con una y una se termina preguntando qué hago acá.  O no se lo pregunta, y se cree que la pasó bien, porque lo único que se buscaba esa noche era compañía. Otro intento de evitar la evidencia de la soledad.

La misma gente. La misma historia, los mismos personajes, las mismas voces contándola. Año tras año. Las mismas obsesiones. Los mismos rencores. Las mismas rivalidades. Los mismos grupos. Un tema único, repetido hasta el hartazgo.

La sordera buscada ante esa repetición –para no aburrirse, se deja de escuchar esa misma historia. Y después, la sordera total –llega un día en el que de tanto esfuerzo por no escuchar, se convierte uno en sordo.  Las cosas que te ayudan a vivir y eventualmente te terminan matando.

Al llegar a Rodeo no me di cuenta. Después fui definiendo esa sordera que atacaba a la gente. Esa sordera que hacía que nada más que lo que estaba en sus cabezas existiera. Así fuesen pensamientos profundos sobre la naturaleza humana, amor por la vida, conciencia del disfrute de la eterna luz del sol, solidaridad interminable en los pueblos donde todo es tan arduo y donde todos son conscientes de la ayuda que necesita a veces el otro, de la que uno mismo necesita. O pensamientos de rencor a esa amiga que ya no te escucha, porque fue captada por la sordera, pero todavía no te diste cuenta de que vos también lo estás, de que ya no la escuchás, de que ya no hay timbre de voz que te saque de tu propio discurso sobre ella, ni a ella del que tiene sobre una. Pensamientos de desprecio hacia el que no se da cuenta de que está enroscado en su propia realidad, y que es una realidad paralela, distinta de “la real” pero, más que nada, de la propia.

Después de definirla, pensé que la podía evitar. Que no sería nunca sorda, que no me enroscaría con un mismo tema, que a mí no me pasaría. Que no me dejaría convencer por las palabras de alguien diciendo yo tengo razón sólo porque resulta más cómodo dejarse convencer que combatir esa postura, porque combatirla significa, quizás, quedarse afuera del grupo que come puchero.

Nunca desdeñé el poder de las ciudades para generar preguntas. Pero les di a los libros, a las películas, a todos los textos que pululan por internet, el poder de sacarme del mundo encerrado de 3 o 4 personas diciendo lo mismo siempre. Supuse que la ficción (escrita por mí, o por otros) le concedería a mi cerebro la apertura suficiente –si bien no tanta como en las ciudades, la necesaria para no ser sorda. Que no necesitaba más que unas semanas por año de cine y museos. El resto estaría en el ciberespacio, o en los libros que me llevaba todos los años para allá.

No la pude evitar.

Recuerdo el momento en el que me di cuenta. Era un asado, de noche, el mundo afuera era helado, nosotros tomábamos vino al lado de la chimenea, la misma donde se cocinaba la carne. El dueño de casa había puesto música, se estaba bien adentro, íbamos a comer rico.

Nos pasamos una hora entera hablando de una mina a la que conocíamos pero no era amiga, ni siquiera “amiga de invierno”. Una sanjuanina que solía estar casi toda la temporada en Rodeo, o yendo y viniendo, nunca supe bien, y que había terminado trabajando en Rodeo. Era kitera ella, y no nos veíamos en la playa nunca, a veces de noche, en alguna fiesta, de esas fiestas en las que se baila y no se intercambian más que saludos. Me parecía ñoña, pero buena onda.

La charla empezó porque se comentó que estaba de novia con un señor que todos considerábamos impresentable. No porque no era guapo, eso no –aunque es de veras feúcho. El señor en cuestión tenía fama de golpeador, de machista, y además era mucho más grande que esta mina.

En toda esa hora, lo único que hicimos fue, cada uno, decir el motivo por el cual ella estaba con él. Uno decía es el poder que tiene este tipo (el señor impresentable era uno de los atornillados a la Municipalidad). Otra decía es impresentable pero chamuya bien, te convence. La otra decía tiene guita. Yo decía lo elige porque es lo que hay y prefiere mal acompañada a sola.

Cuando volví a mi casa, donde todavía el fuego estaba prendido, cuando me estaba por acostar, pensé mejor habría sido quedarme acá. Me había aburrido tenazmente todo el asado. Repasé los momentos, las charlas, para buscar el motivo de ese aburrimiento, si no había sido un asado con esos personajes que no me gustaban, había sido un asado con gente que me caía bien, con quienes la pasaría bien siempre, y no solamente en un invierno en Rodeo, cuando no hay nada más.

Unos días después me encontré a esta mina con este señor impresentable, y ella estaba sonriente, y él tenía cara de haberse ganado la lotería, y me deprimí. Porque la decepción que sentí de mí misma fue inmensa. Yo no creía que ella prefiriera estar mal acompañada porque yo hubiese preferido lo mismo. Yo creía eso porque a mí me habría gustado compañía, pero yo era, me creía, menos permeable a ese “es lo que hay” del pueblo chico que se reduce aún más en invierno. Yo me creía inmune, y había cometido el pecado de sordera y de construir en mi cabeza el mundo de ellos dos. En lugar de mirarlos, de escucharlos, había zanjado la cuestión con todos los prejuicios pedorros de costumbre –y me había creído todo ese discurso, mi discurso, sin ninguna realidad que le diera cuerpo. Ni siquiera había considerado las otras teorías, ni que el man fuese poderoso, ni rico, ni bueno chamuyando.

En los días siguientes me presté atención. Me había quedado sorda.

Eso era Rodeo. El encierro dentro de la propia cabeza.

Por eso me fui.

Por eso necesito creer que el invierno se terminará alguna vez.