domingo, 19 de abril de 2020

Día 31



Me pasa otra cosa estos días. Se me desdibuja el mundo. Y no como a Felipe, que le pasaba eso cuando tomaba helado, o como a mí, cuando veía a un hombre que me encantaba y Georgina se dio cuenta de que me pasaba eso, que se me desdibujaba el mundo como a Felipe.

No es que haya algo tan brillante que opaque el brillo del resto.

Es esta incertidumbre de no saber cómo será todo después. Empezando por ignorar cuándo empieza ese después. ¿Cúando volvemos a “la normalidad” ¿Seguirá existiendo, esa normalidad, tal como la conocemos? ¿O será diferente?

Circulan fotos en internet de animales que han recuperado territorio a los seres humanos. En mi casa no hay más pájaros que antes. Tampoco hay más mosquitos, o cucarachas. Por suerte, las ratas no han vuelto –hubo unos días hace unos meses en que todos los vecinos avistábamos ratas en nuestros patios, fue una semana en la que una tormenta había descuartizado la enredadera de un vecino y el vecino terminó desmalezando todo su jardín –las ratas, parece, tenían su base de operaciones en esas malezas y las desorientó la mudanza. La naturaleza no parece haber acusado los cambios en esta zona del mundo. Pero parece que sucede. ¿Qué pasará con los patos cuando se congela el lago de Central Park? ¿Adónde van? Lo mismo me pregunto de los animales que de repente pululan por espacios libres de humanos.

Pero no le dedico a eso demasiado tiempo.

Me pregunto más qué le pasará a los humanos cuando vuelvan a ver la luz del sol.

Cuando se enfrenten a otras bacterias, más prosaicas y que eran normalmente combatidas por nuestros cuerpos. O que ya no afectaban nuestros cuerpos.

Me pregunto si la recuperada libertad nos hará abusar de ella y, por ejemplo, meternos en la casa de los vecinos a ver si viven niños o si son grabaciones de voces de niños y en el fondo viven allí unos viejos muy viejos, que simplemente se toman un ácido y con esa música de niños recuerdan su propia infancia, o tienen la fantasía de estar rodeados de niños jugando –si vamos a ir a apagarles la música y sacarles el ácido porque así son más libres, sin las fantasías que los encadenan a lo que no existe. La gente tiende a sentirse aún más libre cuando le enseña a otro cómo se vive la vida.

O si vamos a atesorar lo maravilloso que es, simplemente, elegir salir a la mañana un sábado y caminar tranquila, haciendo compras, o ir a yoga, o quedarme echada en el sillón leyendo. O ir un domingo a comer asado a lo de mi viejo y usar esa libertad para preguntarle a Agus sobre la facultad y, sobre todo, para mirarla, para tratar de encontrar qué pasa por la cabeza de alguien tan joven y, por esas cosas de la vida, relacionada conmigo, esa persona tan joven que me quedaría tan lejos si no fuese por ese vínculo llegado del lado de mi padre y su novia. Si me voy a dar cuenta, si lo voy a registrar como maravilloso.

Si esta conciencia de la mortalidad, más acusada en estos tiempos, nos hará valorar más la vida siempre. La nuestra, la de los demás.

O si nos pelearemos por los pocos recursos y olvidaremos la libertad de los demás, y despreciaremos la vida.

O si habrá algo nuevo, nuevo del todo, para lo que no hay lenguaje aún.


En algún momento levanté la vista de la pantalla y vi el cielo y me recordó el cielo de Santorini. Tenía el mismo color que tuvo la primera tarde que pasamos ahí. Era muy celeste, casi azul, y yo veía la pared blanca de mi terraza, y la Santa Rita sobre esa pared blanca. Me pareció hermoso el cielo de Santorini en ese momento, me pareció hermoso hoy. Esa belleza fue como un latigazo de alegría y recordé algo que había leído en Knausgard, y cuando ya ese color no estaba, cuando había agotado hasta el último segundo de ese color, fui a buscar el libro, la parte donde lo había leído, pensando si no lo marqué, estoy muerta, porque el último tomo tiene más de mil páginas, y no lo había marcado, pero lo encontré.

“La alegría borra. La alegría deshace. La alegría desborda. Todo lo que es difícil, todo lo que suele reprimir o limitarnos desaparece en la alegría. A la larga resulta insoportable, porque no ofrece ninguna resistencia, si te apoyas en ella, te caes”.

Ya lo dije, y lo escribí –en esta suerte de diario de campaña, en las crónicas de R: me gusta Knausgard.

No hay mucha alegría últimamente. Nada se borra, nada se deshace, nada desborda, todo es difícil, todo reprime y nos limita.

Se me ocurre que somos más libres, de alguna manera retorcida, al no necesitar el apoyo de la alegría.


Hoy amaneció soleado, como toda la semana, y agradecí la luz, el aire limpio de estos días secos, el silencio de un domingo que sí es domingo.


Estuve escuchando las canciones del especial Global Citizens One world: together at home.

Viendo a los Rolling Stones, cada uno desde su casa, haciendo “You can´t always get what you want”, pensando tienen muchos años y nos los vencieron los excesos pero el tiempo alguna vez lo hará. Diciéndome todavía no, por suerte.

Lady Gaga y su cover de “Smile”, que me hizo sonreír, claro.

A Eddie Vedder con su piano, solo, la barba casi blanca, una gorrita azul, el recuerdo del recital al que Mateo no fue pero para el que nos regaló las entradas, todavía siento en los huesos la música de esa noche en el estadio de Ferro. Hoy se me cayeron unas lágrimas escuchando “River Cross”, pero no de tristeza sin nombre, sólo emoción ante la belleza.


Así estuvo la mañana, después de regar al sol y de cortar ramitas secas.


Y la tarde leyendo en el sillón, con Niqui a upa de a ratos.   




sábado, 18 de abril de 2020

Día 30



Cuando decidí hacer este blog pensaba que el encierro duraría poco, me dije no va a ser grave, lo puedo hacer –el blog, y a eso de mantener la dignidad durante el encierro. Tendría algo a lo que dedicarme, siempre escribo, la tarea de corregir un poco esos escritos me vendría bien como ejercicio. Con el blog le sumaba a mi lista de actividades diarias una que me resultaba familiar, en lugar de ponerme a grabar videos, o seguir cursos de ikebana online para pasar las horas.

Que podía ser, además de un diario público, una suerte de diario de campaña de los días anteriores a la explosión del planeta en mil pedazos –porque, ¿quién no quiere ser testigo de eso? Y resulta que nadie. Se la pasa como el culo todo el día, tratando de evadir la realidad  (en lugar de atestiguarla a través de una pantalla), porque la realidad muestra cadáveres en las calles de las ciudades, hospitales repletos de futuros muertos. En la realidad tengo un miedo espantoso de morirme de alguna cosa gástrica que nunca sufro pero que seguro sufriré y nadie atenderá, o de un paro cardíaco en mi casa. La realidad está compuesta, en estos días, por todos los miedos: el sufrimiento o la muerte de las personas amadas, la soledad de esa muerte, más sola que cuando uno puede visitar al enfermo en hospitales, el miedo a la propia muerte, y encima todo por culpa de una gripe salida de una película apocalíptica clase B.

Que se me ocurrirían ideas, porque estando todo el día al pedo a una se le ocurren ideas todo el tiempo –generalmente son pedorras, pero igual son ideas. Que tendría el tiempo para pensarlas, darlas vueltas por todos los costados, elaborarlas y quizás, tal vez, no eran tan malas después de todo. También tendría ese lujo del tiempo para escribirlas.

Pero resulta que hasta las ideas sobre ponerle cebolla a una salsa se escapan en estos días.

Agradezco que el blog exista. Agradezco tener una excusa para mover mi culo desde el sillón de abajo a la silla giratoria de mi escritorio en la planta de arriba. Sobre todo, agradezco que al menos una de las tareas del día esté definida, en lugar de, como me sucede a veces, pasarme una hora yendo de un lado al otro de mi casa, evaluando si leer al sol, o limpiar la casa, o ponerme a tejer –porque en esos momentos me pregunto por la productividad. Si soy productiva, la culpa se diluye. Me siento menos contingente. Hago “algo”. Y entonces leer nunca gana. Y cuando lo hace, debo hacer, contrariamente a lo que me suele suceder, un esfuerzo enorme por seguir sentada y quieta –al sol, en el sillón, en la mecedora.

Pero hay días en que ser el anillo de Sauron ya no es atractivo: demasiados días escribiendo demasiadas banalidades para justificar la existencia del blog.

Y encima no estoy disfrutando de la lectura al sol porque le dedico toda mi atención (escasa últimamente), a un blog que de todas maneras no tiene atractivo. Le echo la culpa al blog, entonces, porque es más fácil eso que pensar que no puedo, que no estoy preparada, que en el fondo me están ganando el encierro y la locura.

Entonces un día me dije vamos a ver qué pasa si me tomo unas mini vacaciones. Escribí dos entradas una tarde, y al día siguiente no tenía esa obligación. Podía dedicarme a corregir un cuento, o a escribir uno nuevo. Podía simplemente leer, como si estuviese de vacaciones. Podía pasarme el tiempo sin hacer absolutamente nada productivo.

Fue un día horrible. Me pregunté, entonces, si era solamente un tema del encierro o de mi vida en general, lo de no poder quedarme quieta y en paz. Y admito que en general me cuesta quedarme quieta, pero normalmente amo quedarme quieta con un libro sobre la falda.

Como todo en estos tiempos, no he encontrado una definición.

Ni dónde está la verdad, ni quiénes son los malos y quiénes los buenos.

Sobre todo, no sé cómo armar una vida cotidiana como la de antes. Es decir, una vida en la que venzo al fantasma de la incertidumbre en todos los asaltos.




viernes, 17 de abril de 2020

Día 29



Cada vez que hablo con la gente corajuda que lee noticias me entero de que hasta septiembre nada va a ser como antes, y ni siquiera en septiembre. En esas ocasiones me digo mejor que las cosas no sean como antes, los cambios son buenos, etcétera, pero como eso no le funciona muy bien a mis ánimos, entonces paso a evaluar el cambio de lugar de las macetas, o del ropero –sólo para decirme a  mí misma que el problema no son los cambios.

Yo carezco del coraje para consumir realidad televisada. Leo lo mínimo indispensable, o echo mano de los amigos que tienen valentía. Jamás le he tenido confianza a los políticos, tampoco a los medios. Entiendo la mitad de las cosas que dicen –no porque mi cerebro no pueda asimilar la información, sino porque en general no tiene sentido lo que dicen unos y otros. El mundo de la posverdad me resulta muy interesante para una de esas novelas de ciencia ficción distópica que me encanta leer pero que jamás quise vivir.  

Cuando me animo, las pocas veces que me he animado, me sucede que toda la preocupación del mundo se me junta en la cabeza en el mismo momento: la guita, la falta de trabajo, la gente que no se va a morir infectada sino de hambre, mi cuenta bancaria, la de mis amigas, y la inviabilidad de que todos estemos mirando la tele y sintiéndonos héroes con eso. En pocos minutos empiezo a toser y a tener dolor de cabeza. No apago la tele, solamente dejo de leer números y estadísticas, y se me pasan todas las dolencias. Como la realidad es tan espantosa, consumo ficción. En estos días descubro que debería apagar la tele para siempre.  

A alguien de HBO se le ocurrió que era buena idea hacer maratones. La primera que seguí fue Game of thrones. Con escapadas a la terraza, a la cama, a la cocina, sin seguirla de veras entera, pero atenta a los capítulos, porque a algunos no los había visto un millón de veces sino solamente dos o tres, y quería repetirlos por ese motivo, o por las escenas imperdibles, como el momento en el que Cersei toma vino tinto mirando cómo revienta el Septo de Baelor.

Sex and the city es una serie que yo miraba cuando tenía una veintena de años, vivía en Tigre con mi padre y mis hermanos, y yo era más joven que los personajes. En ese entonces, la serie me parecía fabulosa. La ropa, las calles de Nueva York, los restaurantes y bares, las diferencias entre las minas y cómo encaraba, cada una de ellas, sus relaciones con los hombres, en el laburo, entre ellas. Todo me resultaba maravilloso.

A esta altura es una perogrullada decir que el discurso sobre el sexo, en un grupo de amigas, no fue nunca igual después de Sex and the city. En lugar de comprar la Cosmo porque daba “tips” sobre cómo prepararse para una entrevista de trabajo, o cómo maquillarse, y leerla en realidad y con culpa,  por los “tips” para mantener a un tipo interesado en la cama, resultaba que se podía hablar con las amigas y que era incluso más divertido.

No es que me creyera todo. De ninguna manera Carrie puede pagarse la ropa que usa. Ni siquiera en la primera temporada, donde no hay tanto derroche y ella usa siempre el mismo tapado. Tampoco una se creía que tuviesen tanta suerte. La verdad es que, aún en los mejores tiempos de mi cuerpo y el de mis amigas, no conozco a nadie que se levantara un tipo en cada salida.  Y, salvo algunas ocasiones en que mejor no encontrarse con los personajes que ellas se encuentran, en general todos eran bastante más glamorosos que los que me encontraba yo cuando salía a tomar cerveza. Después, y supongo que por motivos de audiencia, hay novios que vuelven y vuelven y vuelven y en la vida real no sólo no sucede sino que además es de agradecer que no suceda.

Pero de todas maneras, era una serie que me gustaba mucho y que en estos días me pareció una buena idea para esas horas en las que la cabeza no me da para leer, ni escribir y mucho menos ver noticias de la actualidad. Esas horas en las que la cabeza se va a la deriva mientras tejo.

Entonces vi algunos capítulos, vi varios en realidad, y llegué a la conclusión de que el que decidió que era una buena idea hacer maratón de Sex and the city es mala persona. Seriamente: un hijo de puta.

Puedo solucionar en 15 minutos el hecho de que ellas están vestidas de puta madre y yo ando con las babuchas deshilachadas. Me cambio, me maquillo y me pongo un sombrero para no verme las canas.

También puedo pensar que si bien Buenos Aires no es tan cinematográfica, es de suponer que San Telmo sigue en su lugar, que el Malba sigue existiendo, que el Teatro Colón está ahí, a dos cuadras del Obelisco, y que al Cabildo le siguen faltando un montón de partes que me hacían dibujar de chica y que no he visto nunca en la realidad.

Las estaciones del año se suceden en la serie, también lo hacen en mi vida. Miro mi planta de crisantemos y le veo los capullos de las flores: el otoño se ha instalado. Mis crisantemos son morados.

Con mis amigas hablo, continuamos una conversación eterna. Me cuentan de sus hijos, de sus parejas, de sus proyectos o frustraciones, de sus amores o su falta de amor. Aunque todo parece detenido, o ralentizado, la realidad es que seguimos viviendo (aunque sea un sucedáneo de vida, es vida) y seguimos hablando de las mismas cosas, con pocas variaciones, desde hace muchos años.

Soy de las que siguen trabajando y aunque en cualquier momento se van a dar cuenta de que es una beca, por ahora tengo una tarea que cumplir en mi vida cotidiana que se parece a las que cumplía en la cotidianeidad antes del encierro.

Hasta ahí, todo bien. Las comparaciones no resultan tan odiosas.

Las cosas empiezan a ponerse feas cuando se las ve entrar en bares y restaurantes. Cuando miran vidrieras. Cuando caminan al sol, sin barbijo ni guantes que huelen a preservativos. Cuando se amontonan en boliches y bailan. Piden un Martini o un Cosmopolitan. Suben a taxis, se mojan con la lluvia.

Pero me digo ya pasará, un día volveré a caminar hasta un poco más allá que el negocio de cercanías.

Lo verdaderamente malo es la certeza de que nunca más en la vida voy a tener sexo.

Esos que miran noticias me dicen que hasta junio me olvide de salir de la jaula. Y que recién en septiembre se normalizará todo, y que no del todo. No habrá bares, ni cines, ni restaurantes, excepto con reserva y de a dos.

Tampoco es que saliera tanto antes como para extrañar esas actividades. Ya lo sé, lo que importa es la libertad de decir no voy a los bares, pero puedo pasar de esa libertad si de todas maneras puedo caminar cinco kilómetros y conversar con alguien que no sea el almacenero.

Pero entonces, ¿qué hacemos con los barbijos? Todas las chicas de Sex and the city, y yo también, concuerdan en que el mejor momento de la primera cita es la emoción del momento anterior al primer beso (suponiendo, claro, que el muchacho de esa cita es deseable de alguna manera), y de cómo ese beso casi que lo define todo. Porque si no besa bien, no funciona. Porque la química, o la falta de química, es notoria recién ahí. Si besa bien, entonces se escuchan aleluyas en el cielo –al menos hasta la siguiente cita, donde ya todos nos portamos más libremente y por lo tanto es posible ser menos gustables.

Pero incluso antes del beso. Antes de la cita. Antes de todo. Con el barbijo ni me doy cuenta de si un chico que me cruzo andando en bicicleta me sonríe. Imagino que me mira, porque si estamos yendo uno para un lado y el otro para el otro, sería de agradecer que estuviese mirando al frente él, y yo también, por eso de evitar accidentes y no llenar los hospitales de idiotas cuando hay pandemia. Me voy a creer que todos me miran, o me voy a creer que nadie lo hace. En los dos casos, lo de concertar una cita es peliagudo.

Supongamos entonces que logro descifrar el lenguaje de Tinder y voy a una cita. Y él cuenta un chiste. No digo que yo lo cuento porque soy tan mala contando chistes que ni se me ocurriría. Él cuenta un chiste, o hace un comentario gracioso. Yo sonrío. Detrás del barbijo. El pobre pibe va a remarla toda la noche pensando que no me saca una sonrisa.

Y suponiendo que sí sabe que sonrío, y que nos llevamos bien y crece la ilusión de ese primer beso, ¿nos sacamos el barbijo y tiramos a la basura meses de encierro por un beso? ¿o le decimos vamos derecho a coger, sin besos, como Julia en Mujer Bonita?

Odio Sex and the city.


jueves, 16 de abril de 2020

Día 28



Hoy es el cumpleaños de una amiga.

Me pregunté, mientras acomodaba mi cuarto, el living, e iba por toda la casa levantando objetos –ayer tuve un día desordenado, de esos en los que me voy a dormir sin lavar la vajilla, sin guardar los libros que caminaron de un lado al otro, el tejido sobre la mesa, al lado de las migas de las galletitas de la tarde, etc –cómo sería lo de pasar un cumpleaños encerrada.

Me puse a pensar, entonces, qué es lo que gusta de los cumpleaños, a aquellos a los que nos gustan los cumpleaños, para ver si era tan grave eso de estar encerrada en casa –más allá de lo grave de estar encerrada en sí, pero ni bien empiezo a pensar en las diferencias entre en sí y para… debo detenerme, o sigo hasta que me saquen de la jaula.

Enseguida me dije no es grave, he tenido miles de cumpleaños que no se festejaron el mismo día, la mayoría de las veces el día señalado una sigue su vida normalmente, va al laburo, vuelve del laburo, recibe llamadas y mensajes, come la misma ensalada de todas las noches, y después se va a dormir, como cualquier otro día. 

Es posible que se tengan pensamientos relacionados con la fecha, que se diga caramba, cómo pasa el tiempo, qué vieja estoy, o qué buena estoy para los años que tengo, y un montón de frases manidas, algunas nacidas del lado luminoso, otras del lado oscuro, quizás creyéndolas, quizás olvidándolas a los dos segundos. 

Y después llegan el viernes, o el sábado, las fechas en que se “hace algo”. Ir a beber, salir a comer, un asado en familia, una juntada de amigas. Ese día se canta el feliz cumpleaños, se soplan velitas, se brinda por el año pasado, se desea todo para el siguiente, y si uno es elevado, o tiene amigos elevados, se festeja haberle dado otra vuelta al sol.  

En mi caso, siempre hago algo. No es que festeje con gente en mi casa siempre, aunque eso me gusta y suelo hacerlo. Pero alguna vez he hecho lo de simplemente juntarme con Georgie y Lu.

Una fecha cualquiera, de esa semana, contiene la ilusión del festejo de cumpleaños. Regalos, rica comida, rica bebida, unas horas de diversión con las amigas, o con la familia.

Los regalos importan, claro. Soy de las convencidas de que importan. Pero no por el objeto en sí mismo, que puede ser tan prosaico como una bolsita llena de Sugus. Lo que importa, realmente, de los regalos, es el tiempo ocupado en pensarlos y comprarlos.

Porque lo que me importa a mí de los cumpleaños, en realidad, es que el otro tenga al menos un pensamiento dedicado a mí. El día del cumpleaños una tiene derecho, o cree tenerlo, a ser egocéntrica sin ser criticada por ello, y sobre todo, sin culpa y descaradamente.Una siente que es el día en el que todos van a estar pensando en una. La gente llamando y escribiendo y haciéndole creer a una que una ocupa espacio en la vida del otro.

De manera que estar encerrada, o no, no hace ninguna diferencia.

Me han comentado de cumpleaños por zoom. No se me hubiese ocurrido lo de festejar mediante una pantalla, pero no está mal la idea. Pienso en el caso de una amiga con la que disfrutamos el champagne: le mostraría a través de la cámara la botella, y seguramente ella tendría una en su casa. Yo me tomaría mi botella, ella la otra. Está claro que es mejor un cumpleaños por zoom para los bebedores. No tienen ni que concentrarse en el camino por el que va el taxi de vuelta. Del cumpleaños, directo a la cama.

Le muestro la botella, ella me muestra la de ella. Quizás hasta me compro un alfajor, como si fuese un pedazo de torta de cumpleaños, y busco una vela de esas que tengo en verano porque vivo en un barrio donde cortan la luz cada tanto. O puedo aventurarme por la ciudad, barbijo, guantes y todo, a buscar en el supermercado una vela que tenga purpurina, y unas papas fritas. 

Pongo la mesa antes del horario establecido de conexión. En un bowl, las papas. Una copa de champagne, la botella, y después de un rato de charla con un grupo de personas en cuadrados en la pantalla, saco el alfajor, lo pongo en un plato, y arriba la vela. Quizás para entonces mi planta de crisantemos tenga flores y pueda poner una en agua, sobre la mesa, y además tener decoración.

Nadie diría que no hice al menos un poco de trabajo pensando en el otro.

Está claro que el regalo no es lo único que falta. Besos, abrazos, y esos gestos tan contaminantes están vetados hasta, aparentemente, el fin de los tiempos, así que los sacamos de la lista para ir acostumbrándonos. Lo que falta es, por ejemplo, eso de compartir. Quiero comprar un rico champagne, y no porque me guste a mí, sino porque le gusta a la cumpleañera. ¿La velita quién la apaga? Todavía no le enseñé a Niqui a hacer eso. ¿Cómo hago para deleitarme con las tortas maravillosas que hacen las amigas de mis amigas? O que compran las amigas de mis amigas… Che, le digo a una, qué rico este Terrabusi. Y ella se está comiendo un Jorgito… Una seguro que se hace una súper carne al horno con papas. Y yo pongo las papas fritas de paquete en el bowl para disimular que tengo una tarta de zapallitos que me gusta a mí, y a nadie más, porque lo mejor de esa tarta son los escasísimos minutos que tardo en prepararla. Bueno, le puedo poner onda y comer bife con ensalada. Que al menos no parezca de dieta.

Al final, sólo sería no compartir bebida, no compartir comida, no dar regalos, ni que el prójimo sople velitas (por eso de las bacterias). Y tiene esa ventaja inigualable que es terminar el cumpleaños y hacer eses en privado hasta la lejanía de la cama.

Así que no encuentro motivos de queja verdadera. ¿No era lo más importante creer que una es el centro del universo? Si es así, no necesitamos vernos cara a cara… Llamás, escribís y ya está. De hecho un cumpleaños por zoom es un despilfarro de plata y energías, con todo eso que hay que organizar.

No hay ninguna queja, pero igual me convenzo de que en septiembre seré libre.





miércoles, 15 de abril de 2020

Día 27



Hoy salí a la calle con un barbijo que le compré a la amiga de una vecina del grupo de whatsapp.

Había pensado hacerme uno. Vi un montón de tutoriales. Saqué  la bolsa de retazos del baúl. Encontré gasa floreada, o quizás sea otro material, que no sé de dónde salió, ni a qué corresponde. Esa bolsa es de las cosas que siempre pienso en tirar cuando decido que tengo que ordenar la casa, limpiarla y sacar todo aquello que no uso. Pero es tan chica esa bolsa, tiene tan pocos retazos, ¿para qué tirarla? Casi no ocupa espacio, y nunca se sabe cuándo habrá una pandemia para la que necesite ponerme a coser pedazos de tela. Uno de estos días me dije qué bien que no tiré el contenido de esta bolsa.

Otro día me dije que por más tutoriales que mire, la costura no es lo mío.

Le escribí un whatsapp a la persona cuyo anuncio nos había pasado la vecina. No conozco personalmente a la vecina. Tampoco a la que hace barbijos. De hecho, el contacto está guardado en el teléfono como “Barbijos”. Pensé que intercambiaríamos nombres, pero al final no sucedió, y a nadie le importó. Me escribió a las 9.30, que pasaría a las 10.30. Desde lejos, como si fuésemos las dos unas apestadas, me entregó la bolsa de barbijos y yo le entregué la plata. Sólo registré de ella que tenía una de esas cabelleras espesas, de mil rulos que salen para todos lados.

Después, vestida para el aire fresco de estos días, cuello y gorro de lana, botas, mis anteojos de sol, guantes de látex, y barbijo, salí a la calle.

Había gente en la calle, mucha más de la que esperaba. Nada del quilombo habitual de autos y colectivos de la esquina de San Martín y JB Justo. Pero sí un montón de gente. En la cola del rapipago, en la cola de la verdulería, también esperaban en la tienda naturista, donde suelo comprar las hamburguesas de lentejas, donde normalmente nunca somos más de dos.

El sol estaba lindo a pesar del aire frío, los ruidos de la ciudad apagados, una esquina llena de voces  -nunca se escuchan las voces en ese cruce. Pero lo más llamativo, de todas maneras, eran los barbijos. O, más bien, el hecho de que con los barbijos apenas se notaba quién caminaba junto a uno, quién estaba en la cola. Entre la abundancia de ropa por culpa del frío, más los barbijos, todos podíamos haber sido la misma persona.

No sólo no se notaba si éramos mujeres u hombres. Tampoco eran discernibles arrugas, color de ojos, gestos.

De nuevo esa sensación de ser inteligencias artificiales realizando tareas específicas, sin ningún otro propósito más que el de cumplir un objetivo concreto.

Salir a comprar no es disfrutar de la charla con algún vecino, o de intercambiar recetas para el pan integral. Mucho menos para disfrutar del sol en la piel, ni la bocanada de aire fresco después de muchos días de encierro. La idea es ir, comprar las hamburguesas de lentejas, pasar por la farmacia y comprar más guantes, ir a la verdulería y llevar bananas de vuelta. Lentejas. Guantes. Bananas. Lentejas. Guantes. Bananas.

El orden tiene sentido. Empezando desde el local más alejado a casa, para ir llenando la bolsa y no caminar demasiadas cuadras cargada, y terminando en el más cercano a casa. Todo eficientemente corto y sin complicaciones tales como sentir un poco de placer en la caminata. El barbijo ayudaba. Seguramente es de los que me protegerán de la bomba atómica, como mínimo, porque apenas podía respirar. Me cubría las bacterias, el aire, y la luz del sol.

Una de las ventajas de vivir en la ciudad es, normalmente, el anonimato, pero esto era ya demasiado. No era alguien más en un montón. No era una persona distinguible de la de al lado aunque igual al resto de los 4 millones que habitan la ciudad. Era un robot. Y además parecía uno.

Lo único que me salvó de la completa deshumanización fue Niqui. También ella estaba abrigada con su chalequito floreado, pero tenía las orejas al viento, y movía la cola como si le hubiese dado cuerda un año entero. Y, sobre todo, el almacenero, que no me había reconocido, y me había mirado como si fuese un cliente de paso, finalmente sonrió y dijo buenos días con entusiasmo, cuando la vio a ella, no antes, atada a la reja de la puerta, la lengua afuera y controlando mis movimientos como si su mundo dependiera de mi presencia.




martes, 14 de abril de 2020

Día 26



Acá estoy, sintiendo en la cara el viento. Oeste, Noroeste.

Lo siento porque abrí la ventana. Es un viento seco y helado y estoy tomando un poco de frío. Pero en este momento viene bien.

Siempre son momentos. Pero como que están ralentizados en estos tiempos de encierro.

Escucho la banda sonora de Motherless Brooklyn.

Hay sol afuera y el cielo está del mismo azul celeste de siempre, con unas nubes algodonosas y blanquísimas que pasan rápido por la ventana.

Los momentos del encierro…

Estoy muy atenta al crecimiento de mi pelo en todas direcciones. También al color, tanto más oscuro, del original, y eso que yo creía que me teñía de mi color. A las canas, que parecen muchas pero quizás no sean tantas.

A las plantas de mi terraza.

Al clima. Siempre lo miro. Siempre estoy pendiente de la dirección del viento, de los cambios de temperatura derivados de esos vientos. O de las nubes que impiden el calor del sol.

A los ruidos que producen mis vecinos, a los intercambios entre ellos.

A los pocos camiones que pasan por la vereda –imagino que son camiones, porque suenan a grandes motores en grandes carrocerías.

Muchas de esas actividades que hoy realizo con tiempo suelen ser aquellas a las que les quito atención durante la vida cotidiana de antes. A las que me saco de encima cuanto antes, mejor.

Me saco de encima la compra volviendo del laburo. Me saco de encima la comida con una ensalada pedorra. Todo eso rápido y apurada y con fastidio.

Hay cosas que, simplemente, no me gusta hacer. Más allá de limpiar, que detesto, soy de las que no encuentran placer en cocinar. Tampoco, estrictamente hablando, en hacer compras. Me saco de encima esas actividades porque no me gustan. Me gusta tener la casa limpia. Me gusta comer algo más que un tomate con una palta. No más.

Escucho esta banda de sonido de Motherless Brooklyn. La vi en el cine. Porque Lethem y Edward Norton eran una combinación irresistible para mí.

Ayer hablábamos con Ernesto de la música en los tiempos anteriores a Internet. De por quién y cómo uno llegaba a conocer bandas que no sonaban en la radio.

De la emoción de comprarse un disco y ponerlo en el equipo, ni bien uno llegaba a su cuarto, y escucharlo entero en ese momento, sin hacer más que escucharlo. Después ese disco sonaba a todo volumen durante muchos días.

De absorber toda información que uno pudiera encontrar. En revistas, en los canales de música. En la radio.

De cómo alguien nos gustaba más si ese alguien escuchaba y buscaba y tenía música o datos sobre las bandas, sobre las influencias de esas bandas.

De cómo sabíamos los nombres de todos los integrantes, quién cantaba, quién estaba en el bajo, porque los leíamos en los libritos de los CDs, o en los desplegables esos que venían con los cassettes.

De cuando llegué a Musimundo a comprarle a mi viejo el CD de Tom Waits, Mule variations, y de cómo el vendedor quiso hacer gala de conocimientos con una mina a la que seguramente se quería levantar, y me dio un montón de datos de Tom Waits, y yo, que en lugar de conmoverme o emocionarme (cosa que me hubiese sucedido si me hubiese dado información desconocida), me fastidié con su arrogancia y le di más datos, y pobrecito se quedó mustio el muchacho, y seguramente odiándome porque fui más arrogante que él.

A mí me gustaban más los chicos que amaban la música. Y sabía que los amantes de la música gustaban más de mí que de otras a las que no les gustara.

Ya no es un valor agregado.

Y ya no hay emoción al comprar un disco.

Pero en cambio, encerrada, le dedico ese tiempo que normalmente no tengo, a buscar música, como hace años no hacía.

Y me alegro, inesperadamente, al descubrir que al menos he recuperado esa parte de mí misma.

Porque después, todos esos momentos que desacelero porque el tiempo parece eterno, como cocinar, limpiar, y comprar, siguen siendo igual de aburridos.

Y encima el tiempo no es eterno. Ni siquiera ahora, que se le parece tanto.

Pero en cambio la música sí lo es.



lunes, 13 de abril de 2020

Día 25



Estos días, desde hace una semana ya, me pregunto por la trivialidad de mi existencia.

No es que no me lo hubiese preguntado antes. Cada tanto me lo pregunto, más o menos seriamente, y siempre me respondo que mi existencia es absolutamente trivial, y que está bien que así lo sea. No me genera angustia pensar en Sísifo, ni me produce vacío el sinsentido. Esto es lo que hay, soy apenas un minúsculo ser en un universo infinito, y mis acciones no generan siquiera lo que el aleteo de la mariposa al otro lado del mundo –al menos no en ese infinito.

Pero “esto que hay” es lo único que hay. De ese argumento pedorro y simplista, deduzco que no hay nada que valga más que la vida. La propia, la ajena. Lo único innegociable es la vida. Que sea trivial o no, no es una característica que contradiga su valor.

Así las cosas, encuentro la pregunta un poco más insidiosa que en los tiempos en los que no estaba encerrada. No porque crea que la vida haya perdido valor. Tampoco estoy en la búsqueda de un sentido, ni de algo en qué creer.

Pero es que en estos días encuentro que además de trivial, soy inútil. Es decir, normalmente me considero una persona útil, o que realiza tareas que son útiles. Y resulta que no. Que puedo ser una babosa que se desliza de un ambiente al otro de la casa, haciendo un montón de cosas, o simplemente leyendo y cambiando la locación de la lectura, y seguir viviendo, y nada de todo eso genera absolutamente nada. Ni en el mundo, ni en el universo, ni siquiera afuera de las paredes donde repto el día entero.

Entonces comparo esta vida de ahora con la de antes y los resultados no son muy diferentes. En lugar de deslizarme sin dejar rastros por mi casa, agrando el espacio de deslizamiento. Lo hago a través de la ciudad, a veces dentro de la misma provincia de Buenos Aires, e incluso me he deslizado a otras provincias o países.  

Salvo la libertad de movimientos, nada ha cambiado.

¿Por qué, entonces, me preguntaba menos por mi inutilidad?

Y no es que de repente haya descubierto que los médicos son personas más útiles que yo. Eso lo supe siempre. Y no me da pudor ni arrepentimiento no haber elegido ser médica.

Quizás en el continuo movimiento por la ciudad olvido la inutilidad de mis afanes. O tal vez está más relacionado, ese olvido, con que no siento para nada inútil una noche pasada con mi prima Margarita, tomando vino y hablando de amor. O conversando con mis amigas, entre el barullo que hacen sus hijos, de los laburos, igual de inútiles que el mío, o de las mil banalidades a las que nos dedicamos normalmente.

No lo sé.

Lo que sí sé es que mi existencia es trivial. Que en general soy una inútil. Y está bien.



domingo, 12 de abril de 2020

Día 24


Pascuas.

Una palabra rara esa. Pascuas.

Para mí, que soy atea, nunca significaron más que aquello que yo misma construyera. Pensando en las anteriores, las normales, me encontré con cuatro tipos definidos de Pascuas en mi vida.

Las que pasábamos en Rafaela. Las que pasaba con mis amigas en Miramar. Las que laburaba como esclava en Rodeo. Todas las demás. En cualquiera de los casos, por los motivos más diferentes, eran esperadas con ilusión.


Rafaela era un lugar donde, de niña, me encantaba ir. Lo único malo de Rafaela eran las siestas.

Se comía temprano en lo de mis abuelos. Nunca más tarde de las 12.30. A veces estábamos solamente mis padres, mis dos hermanos, ellos, y yo. A veces venían mis tíos y mis tres primos. Cuando ellos se sumaban a la comida, mi abuela ponía una mesa en la cocina, que estaba ahí, al lado del comedor, y en esa mesa nos sentábamos los chicos. A veces, pocas porque el sol en Rafaela era implacable, comíamos afuera, en el patio. Una parte del patio tenía sombra. Mi abuela tenía un tanque que juntaba agua de lluvia para regar sus plantas. Llovía tan poco que no recuerdo una sola vez que lloviera, aunque seguramente alguna vez sucedió.

Después de comer, la siesta. Ni siquiera mis primos se quedaban para jugar. Ellos también dormían siesta. Yo no entendía qué tenía de bueno eso de dormir en el medio del día. No tenía nunca sueño a esa hora, el sol brillaba, porqué había que ponerse el pijama e ir a la cama.

Jugaba, entonces, en el patio, a pleno sol, con mis hermanos. Pero debíamos hacerlo en voz baja, muy baja, porque las ventanas de los dos cuartos, donde dormían mis abuelos y mis padres, daban justo al patio. Inventábamos carreras en el pasillo, nos subíamos al techo, nos subíamos al tanque que guardaba el agua de lluvia. A veces jugábamos con una pelota. Nosotros, que estábamos acostumbrados a ser solamente tres chicos, y que no nos aburríamos en casa, considerábamos esas horas de siesta un castigo inmerecido.

Un día mi abuela me dio Mujercitas, la copia que había sido de mi madre. Se la había regalado una tal Letty para un cumpleaños. La dedicatoria dice “Cuatro son las mujercitas, y contigo, Susana, que serás la lectora, van a ser cinco. Con el cariño de siempre, Letty. 17/5/54”.

Yo debía tener menos de once años. Porque a los once ya iba a la biblioteca de Tigre a buscar otros libros. Debía tener menos años, y sé que no terminé la novela en la semana de Pascuas en Rafaela. Me la llevé a mi casa de Tigre para terminarla. Es el libro que más tiempo me ha acompañado. Sigue estando en mis estantes, apenas lo abro para mirar la dedicatoria una vez más, sólo para eso, porque es tan viejo que temo que se desarme. Miro la fecha de impresión, 1952 –un objeto de 68 años.

La siguiente vez fue Papaíto piernas largas. Pero para ese entonces, yo ya estaba corrompida con la lectura. Había descubierto que las horas de la siesta eran ideales para leer sin que nadie me rompiera las pelotas. A partir de ese momento, Rafaela fue el lugar perfecto.


La primera vez que fuimos con mis amigas a Miramar, nos instalamos en la casa de la calle 22. Una casa grande, con un jardín interminable, varios cuartos y baños, un living comedor con capacidad para veinte personas. Tenía lavadero, televisión, estufas a gas, chimenea, parrilla.

Pero sólo fuimos una vez a esa casa. Era demasiado grande. ¿Para qué queríamos una casa que alojaba veinte personas si éramos solamente cuatro? ¿Para qué tantas comodidades adentro cuando lo que queríamos era estar en la playa? Así que las siguientes veces nos instalamos en un departamento de unos 35 metros cuadrados, con dos ventanas que daban de costado al mar, en el piso séptimo de un edificio. El baño era diminuto, la cocina más pequeña aún, y para sentarnos las cuatro a la mesa había que ajustarse un poco.  

Me gustaría decir que en alguno de esos viajes aprendí a hacer fideos. Pero yo no aprendí a cocinar hasta mucho tiempo después. No me interesaba aprender entonces –tampoco ahora, pero ahora reconozco las ventajas.

También me gustaría decir que aprendí a hacer equipajes, pero no. Llevaba una cantidad de ropa imposible. De veras imposible. Lo único que hoy pienso que era indispensable era el equipo de audio. Creo que escuchábamos música desde que nos levantábamos hasta que nos íbamos a dormir. Buena parte de nuestra vida giraba en torno a la música. Nos enojábamos cuando Sabrina nos despertaba con Marilyn Manson a todo volumen –la amábamos cuando ponía algo que nos gustaba a todas. Cantábamos las partes de las canciones que sabíamos. Bailábamos –o ellas bailaban y yo sacaba fotos. O nos quedábamos quietas, y en silencio, con la música de fondo de un silencio de esos que se comparten sólo con las mejores amigas.

No aprendí a cocinar, ni a hacer equipajes. Tampoco creo que haya aprendido a limpiar.

Sí aprendí, en cambio, cómo se convive con la gente amada. Aprendí que a veces bien, otras mal. Que son más los momentos en que los otros hacen demasiado ruido y estorban que las veces en que ayudan. Pero también que esas horas compartidas son las más preciadas.

Me enamoré una de esas Pascuas, todas nos enamoramos en uno de esos viajes, o en todos.


En Rodeo no hubo una sola Semana Santa en la que no estuviera contratada para trabajar. Más o menos responsabilidad, siempre trabajando.

Las Pascuas en Rodeo se esperaban con distintos ánimos entre mis amigos. Todos vivíamos del turismo. Algunos, como yo, éramos empleados. Los demás eran, son todavía, los dueños de los paradores y guarderías en la playa, los dueños o encargados de complejos de cabañas, de hoteles o posadas, de restaurantes o bares. El comienzo oficial de la temporada es el 12 de octubre. El final oficial de la temporada es menos rígido, porque a veces Semana Santa es más temprano. Pero en general, el final se siente con fuerza en Pascuas.

Es el último momento en que se hace plata. Después, las cervezas que quedan en las heladeras las compran los amigos, o se las toman los amigos cuando el dueño del restaurant los invita a comer, el restaurant ya cerrado, sin camareras contratadas, ni empleadas de limpieza.

Y además es el último gran esfuerzo. Porque Rodeo se llena de gente. Algunos son windsurfistas o kiteros, pero también hay muchos sanjuaninos que van a pasar el fin de semana. Los paradores funcionan desde temprano a la mañana hasta que se va el sol, los bares tienen fiesta todas las noches. Se cocina, se limpia, se organiza todo, siempre, a un ritmo frenético.

El lunes siguiente a Pascuas ya no queda más que el ruido del viento. Toca levantar todo, hasta el año siguiente. No se hace inmediatamente. Algunos turistas de San Juan siguen llegando por un tiempo, así que los paradores y las cabañas siguen operativos. Pero apenas.

Muertos de cansancio después de la temporada, hartos ya del vaivén continuo e implacable del laburo que nunca termina, el final era bienvenido por los locales. Íbamos a tener el dique para nosotros solos. Aún en espacios donde no trabajábamos, durante la temporada la gente nos preguntaba todo el tiempo ¿dónde es la fiesta hoy? ¿dónde me puedo depilar? ¿qué restaurant está abierto? ¿mañana sopla? ¿va a subir el viento? ¿con qué vela me meto? ¿tenés el teléfono de algún transfer? ¿tenés el teléfono de algún hotel en San Juan? ¿a qué hora salen los bondis?

Se terminaba todo. Y era maravilloso. No tener horarios fijos para hacer windsurf, el agua que no se había enfriado, el viento más estable, el sol menos duro. Quedarse en la playa después de navegar, en silencio, con los amigos, en lugar de salir corriendo porque los turistas no dejan descansar con tanta pregunta, o porque hay que volver al hotel, o porque los amigos deben volver a sus trabajos.

Pero era el fin. De a poco también se terminaba el viento, o se hacía demasiado frío, los amigos empezaban a irse a Jeri, a Pozo Izquierdo, a Maui. O simplemente a Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. Quedábamos pocos, sin nada que hacer, sin nadie a quien mirar más que a nosotros mismos. Nos inventábamos muchas actividades, y la pasábamos bien, pero cuando llegaba octubre éramos tan felices como cuando se acercaba Semana Santa.


Las otras, las que se pasaban sin salir de casa, también era esperadas con ilusión porque serían cuatro días enteros de descanso, o disipación sin culpa. O tenía fiestas desde el miércoles a la noche hasta el sábado, o citas con amantes, o asados en familia, o encuentros en bares con amigas con las que hablaríamos hasta cualquier hora, y nos emborracharíamos tranquilas, al día siguiente no era necesario levantarse. O significarían cuatro días de estar echada en un sillón leyendo, eso que no se conseguía el resto del año. O quizás, porqué no aunque no es época de sudestadas, uno de esos días soplaba lindo y se podía ir a navegar al Río de la Plata.


Este año no significaron nada. En realidad, esperaba que al terminarse la Semana Santa pudiera hacer alguna otra cosa, salir un rato al menos. Desplazarme por la ciudad.

Supe antes de que empezara el fin de semana que eso no sucedería. No serían los últimos cuatro días de este encierro.


La identidad de los días anula cualquier ilusión.