viernes, 24 de abril de 2020

Día 36



Ya no sé qué contar.

Siento que la vida pasa. Y no sé si estoy en la vida. Algo así.

Tejo. Destejo.

Miro series.

Riego. Saco las hojas secas, saco yuyos.

Limpio la casa.

Cocino.

Como.

Fumo.

A veces escribo.

A veces leo.

Cayeron unas gotas esta mañana. Muy poquitas.

Después el cielo se puso muy negro, y parecía que finalmente llovería. Se quedó negro mucho rato.

Después llovió. Menos de lo prometido por esa negrura del cielo.





jueves, 23 de abril de 2020

Día 35


Suena el timbre y bajo las escaleras rápido. Me pongo el barbijo, busco las llaves más limpias del mundo (se alimentan a base de alcohol y lavandina), y salgo por el pasillo.

Ella está en la vereda, su bici ya acomodada.

Por unos segundos es raro el encuentro. Pero ella sabe cómo. Me acerca el codo, sólo el codo, y yo adivino su sonrisa pícara a través del barbijo. La veo en sus ojos, que se achican y brillan. Le acerco el mío. Chocamos codos. Un sucedáneo del abrazo que nos habríamos dado en otro momento. Pero ese mínimo contacto nos pone en marcha.

Miramos el camión que levanta el producto de la poda de algún vecino. Está ahí desde que ella llegó. La grúa hace mil movimientos. Nos decimos era más fácil agarrar esas tres ramas entre dos. La grúa le pega a los cables que atraviesan la calle.  

Me da las bolsas de comida que me trajo, atravieso el pasillo y las dejo en el freezer, vuelvo con un vaso de agua para ella.

Mira el frente de la casa de los vecinos, me dice es gigante. Es donde siempre hay niños, donde siempre hay voces, donde acaso haya mujeres bailando salsa, o tomando vino bajo el cielo de la noche.

Viene un hombre con barbijo, nos muestra una boleta de Agip, nos pregunta por el titular. Nos dice dejó la camioneta en la puerta de mi casa, tiene las puertas abiertas, está llena de cosas, de herramientas y ropa, y saqué esta boleta de ahí. La boleta decía la dirección donde estábamos paradas. Le dije acá, hace más de siete años, vivía un Jonathan. Pero no tengo la menor idea de por dónde anda.

Dijimos nosotras nos quedaríamos con las herramientas.

Siempre gana quien sabe amar –creo que es una frase de Herman Hesse. Una frase que me asegura que ella va a ganar.

Ella se sentó en el escalón de la entrada.

Yo me quedé parada. Todo el día me la paso sentada.

Le muestro mis canas. El color de mi pelo sin tintura. La deformidad de mi cabellera.

Me dice tenés bien la piel. Yo me bajo el barbijo y le muestro un herpes en la pera.

Me dice te suele pasar, ¿no? ¿es el de siempre?

El de siempre cuando mi cerebro hace algún cortocircuito.

Llega la vecina de mi edificio, hoy me tocó ir a trabajar, nos dice. Después sale con su hija adolescente, las dos con bolsas de compra.

Pasa un señor grande, con un perro enorme, al que jamás había cruzado. Pasa dos veces por entre nosotras, acomodadas a la distancia necesaria.

Hablamos de estos días, de los calendarios para retomar la normalidad.

Me da mucha tristeza, dice.

Yo le digo me lloro todo con algunas películas.

La vereda de la entrada de mi casa no tiene fresnos, pero sí hojas secas, caídas, que rodean nuestros pies.

El policía pasa como cuatro veces, siempre por la vereda de enfrente.

Ella está linda. Se baja el barbijo y me muestra: se pintó los labios.  

Le cuento que tejo y destejo.

Una vecina sale con un carro de compras, y vuelve son su carro lleno.

En algún momento aparecen los mosquitos.

De repente largamos las dos, al mismo tiempo, una risa interminable. De esas que te dejan respirando fuerte.

Su bici es blanca.

Hace años que no vamos en bici juntas a ningún lado. Hubo un tiempo en que era la única manera en que nos movíamos.


Ella es una de mis Margaritas. Y además de felicitarme por tenerla en mi vida, me felicito porque no necesito de ninguna peste, ni de catástrofes, ni de grandes movimientos planetarios, para saber que su amor es un privilegio. 

miércoles, 22 de abril de 2020

Día 34


Me levanté con energía. Temprano, cuando todavía el aire estaba fresco de veras. Niqui se acostumbró en estos tiempos a levantarse más tarde. Miraba, como desconcertada, mientras yo me vestía. Enseguida se le pasó la confusión, o la fiaca, y después de estirarse, empezó a sacudir la cola. Le rasqué el cuello un ratito, ella volvió a estirarse. 

Abrí la reja y salí al patio. Le puse la comida en su escudilla, me preparé el Nesquik.


No me vestí con las babuchas, ni con el pantalón de corderoi. Me puse unos jeans, botas, un pullover menos rotoso, la campera, los artilugios anti bacterias.

Saqué las dos bolsas de basura (la del container negro, la del container verde) y empecé la caminata.

Pensaba ir solamente al cajero y a comprar queso. Pero me dije qué importa que apenas puedas respirar con el barbijo, o que sea incómodo, o que te parezcas a una IA haciendo compras con una perra eléctrica –había recordado al gato de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, un gato que no está en la película. Me dije soy una replicante con una perra eléctrica. Y me encantó la idea. Pero después me dije que eso no era posible. Si fuese una replicante, no necesitaría barbijo, ni guantes, y sería tan guapa como Rachel, o Pris. Pensé que podría haberme maquillado, un maquillaje bien dramático, como el de Pris en sus últimas horas en la casa de muñecas de Sebastian. 

Me dije qué pérdida de tiempo habría sido eso. Y después me dije que la próxima vez que saliera podría hacerlo, porqué no, si total tiempo es lo que sobra.

Busqué excusas. Compré semillas de girasol en el naturista de siempre, y en el nuevo, más cerca de casa, conseguí unas hamburguesas de lentejas que me encantan. Fui a la verdulería de más lejos, la que uso cuando normalmente me bajo del colectivo a la vuelta del laburo. No caminé mucho más de lo planeado, solamente hice todo con más pausa.

Y entonces vi las hojas de los fresnos, caídas, armando montones en las veredas, las hojas tan amarillas de los fresnos que cuando los vecinos del barrio no están encerrados, barren casi inmediatamente y entonces muy pocas veces se ven tantas. Las hojas caídas suelen juntar mugre, por eso las barren. Por eso las barro yo en mi patio, aunque qué lindos esos montones amarillos refulgiendo en la mañana gris.

Recordé esas últimas palabras de Roy. Dice que todas esas maravillas que vio se van a perder con su muerte, como lágrimas en la lluvia. Pensé que por eso yo le saco fotos obsesivamente al mar cuando sale el sol, a la cordillera cuando se va, a mi padre y mis hermanos cuando estamos de viaje, o todas esas fotos que les sacaba a mis amigas cuando nos pasábamos las horas en mi cuarto de la casa de Tigre. Para que no se diluyan. Para vencer la muerte.

Pensé que tendría que haber llevado el teléfono a mi excursión, para sacarle una foto a las hojas caídas de los fresnos.

Recordé que el actor que hace de Roy, Rutger Hauer, se murió en 2019, el año en el que sucede Blade runner, estrenada en 1982. Rutger Hauer se muere el mismo año que su personaje, Roy Batty.

El tiempo no sobra nunca, me dije, y los replicantes lo saben mejor que los humanos. Pero no apuré el paso.

El Ulises esperará. Voy a releer ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? En estos tiempos le he huido a la ciencia ficción. De repente se había convertido en realista, o algo así. Pero con los replicantes voy a estar bien.

Volvimos a casa y después de pasarle alcohol a todo y lavarme las manos y la cara, por si acaso, aunque entre los guantes y el barbijo recuerdo siempre no tocarme la cara, después de cambiarme las botas por un par de zapatillas rotosas y más cómodas, limpié la casa. De nuevo todo huele a lavandina mezclada con Poett, lavandina mezclada con Cif, lavandina.

Subí al escritorio a escribir pero, sobre todo, a no oler la lavandina. Niqui vino conmigo. A veces se sienta en su almohadón (tiene uno arriba), a veces se queda en el descanso de la escalera, tomando sol mientras cuida mi puerta.

Hoy a la mañana no hubo sol, así que se quedó adentro, mientras yo escapaba a la lavandina con la excusa de trabajar, y después escribir. Ahora le ladra vaya uno a saber qué. A veces me figuro que tiene un Netflix interno, que alguna parte de su cerebro genera estímulos. O simplemente escucha el ladrido lejano de un perro, acaso un llamado. Ella tampoco se acerca a los otros perros. Soy la única criatura a su alrededor, todas las horas.


Suena el timbre. Espero a Marga. Me voy, pues, a verla, a escucharle la voz, al menos un rato, aunque sea en la vereda y sin champagne. Me hace ilusión. Me sonrío de sólo saber que está a un pasillo de distancia.

martes, 21 de abril de 2020

Día 33



Ayer el horóscopo me dijo que debía pasar tiempo en la naturaleza y,  si eso se complicaba, que pusiera paisajes de bellos bosques y ríos suaves en youtube, para generar los mismos sentimientos que produce la naturaleza.
Ni los horóscopos le escapan a los DNU.

Caí en la tentación de Fauda. Otra vez. Reviso los capítulos viejos antes de ver la tercera temporada. Me maravillo de nuevo (y me da envidia) la capacidad narrativa de los realizadores: a los 15 minutos del primer capítulo, me sudan las manos.
Después me deprimo un poco. No vamos a dejar de matarnos.
Y cuando dejo de dramatizar (la capacidad narrativa del prójimo o las consideraciones sobre las guerras interminables), me dan ganas de ir a Ramallah, y a Haifa. Me pregunto por ese sol inclemente, por el mar que se ve en uno de los capítulos.

Me acuerdo del mar de Mar del Sur. Me digo no quiero un bosque ni mucho menos un río suave. Río suave, qué disparate. Los ríos que me gustan son torrentosos, o tienen olas.

Fantaseo con salir del encierro e ir directamente a meterme al mar. Viajo con el bikini puesto debajo de los jeans. Ir, así, de una, del auto al agua, sacándome la ropa como en la secuencia del comienzo de Tiburón, que mirábamos en Súper 8 en la casa de mi prima Marga, todos los primos reunidos, todos gritando escandalizados y fascinados cuando la chica se va desnudando. Después se la come un tiburón, pero a mí no me va a comer ningún bicho en ese mar.
Y no me va a importar nada que el frío afuera sea tenaz.

Porque a veces las fantasías son ir a comer un asado a lo de mi padre, o ver a mis amigas – lo que normalmente hago todo el tiempo. Y a veces son fabulosas, como meterse al mar, o volver a navegar en Rodeo, o ir a Riyahd a visitar a una amiga, o Ramallah y Haifa.
Es curioso que, de alguna manera, las fabulosas son fantasías corrientes. Siempre tengo esas fantasías. En cambio las otras, que normalmente son deseos que duran poco porque se realizan enseguida, en estos días parecen inasequibles y perdieron su ordinariez.

No tengo rosales. Cuando fui a buscar el año pasado en el vivero del barrio, todavía no los vendían. Parece que si no tienen flores, la gente no los compra, entonces los viveros no ponen rosales a la venta. Y después no los quise comprar porque me iría de vacaciones y correrían el riesgo de morirse de sed en mi terraza. Después me encerré. No tendré rosas hasta el verano que viene.
En cambio los jazmines, los malvones y rosas chinas, la Santa Rita, todos esas plantas están fuertes y no dan sensación de haber acusado el otoño.

Me pregunto si empezar el Ulises o leer algo menos demandante. Me digo si logro engancharme, es de esas novelas con las que el planeta puede explotar y yo no darme cuenta. Eso es buena idea –lo de no darme cuenta. Pero primero tiene que engancharme, y con el desorden de atención nacido del encierro, es casi imposible. Por si acaso, la saqué del estante.

Ayer a la noche las voces de las vecinas se escucharon hasta tarde. Tarde de veras. Como hasta las 2 de la mañana estuvieron trajinando. Sólo ellas. Ni los hombres, que casi no se escuchan, ni los niños. No se oían nítidas sus voces. Imaginé la escena: sentadas bajo el cielo quieto de anoche, en sillas de jardín blancas, sin ningún niño alrededor, una botella de vino, tinto seguro, y las copas. Era un buen plan.

Hoy está más fresco que ayer. Yo esperaba Sudeste. Pero fue Sur, Sudoeste. Mejor. Total, no puedo navegar, y este viento mantiene al sol destapado.

Hoy las vecinas no saldrán al jardín. O quizás sí. Estaré atenta.



lunes, 20 de abril de 2020

Día 32



Hace dos años que volví de Rodeo a la ciudad.

Prefiero celebrar esa fecha a celebrar el mes de encierro.

El invierno en Rodeo era complicado.

No era solamente el frío. Aunque la temperatura a la noche bajara tanto y la leña fuese cara, y la electricidad más aún. Había que levantarse tarde, y meterse adentro de la casa antes de las 6 para prender la chimenea y que la casa no se enfriara. Una hora antes de ir a dormir, prender la estufa eléctrica en el cuarto, y dejarla prendida si se podía pagar, y aun así meterse debajo de varias mantas pesadas. Era desesperante despertarse en mitad de la noche con ganas de hacer pis, y tener que salir del capullo calentito que era la cama y meterse en un baño al que no calentaban ni la chimenea ni la estufa eléctrica. Aún en los peores inviernos porteños, si me despierto para ir al baño, prefiero el piso frío en los pies que andar buscando dónde dejé las zapatillas. En Rodeo las zapatillas duermen al lado de la cama, acomodadas casi milimétricamente en el lugar adonde irán a parar los pies.

Tampoco era el viento. Al menos no para mí, ni para los que fuimos buscando viento. Ni siquiera odiaba el Zonda, aunque el Zonda es odioso. No me importaba que se oyeran todo el día los vidrios retumbando, ni los álamos entrechocándose. No me importaba el polvo que se colaba por todos los resquicios cuando soplaba Zonda, ni el polvo de los días normales, los días de Sur. No me importaba que la ropa, de cualquier color, tuviera pinta de no haber sido lavada en años a la media hora de ponérmela.
No era el silencio, ni las lunas enormes, o las noches donde se ven estrellas que no he visto nunca en ningún otro cielo. No era ver la cordillera nevada hasta la base, ni un poco nevada. No era ver la cordillera, que incluso se veía mejor en invierno porque no la tapaban las hojas de los álamos. No eran, claro que no, los atardeceres de Zonda, unos cielos rojos que no he parado de fotografiar.

Lo malo del invierno en Rodeo tampoco era que no se pudiera navegar. Era duro, es cierto, pero si se le ponía un poco entusiasmo, y mucho de descaro, se podía ir uno al dique con un millón de capas de lana cubriendo todos las partes del cuerpo excepto los ojos (necesitados para manejar la moto), e ir hasta la playa, cambiarse rápido, ponerse aún más rápidamente el neoprén, y meterse al agua. No más de 40 minutos. Porque los pies se ponían azules a pesar de las botitas, y las manos dolían. Había que ir con alguien, eso sí era absolutamente necesario. Por si ocurría un accidente. El dique es una pileta, siempre se llega a alguna costa. Pero flotar en el agua a 5° C es sinónimo de hipotermia, así que había que ir con alguien que al menos mirara desde la costa, un alguien que pudiera llamar a Seguridad Náutica para el rescate. Y si faltaban el entusiasmo, o el descaro, o alguien que hiciera compañía, igual nunca pasaba mucho tiempo sin navegar.

Mi cuerpo tiene todavía el recuerdo de salir del agua, completamente helada, los pies y las manos tiesas y ligeramente azules, subirme al auto de una amiga, ir a las termas,  y meter ese cuerpo helado y apaleado por el ejercicio, en el agua mágica de Pismanta. Esos días era la pileta de 42° C. Después echarse en una tumbona, envuelta en una toalla, recuperar el ritmo cardíaco, luego vestirse e ir, casi desmayada pero feliz, a comer. Una botella de vino, charla de amigas. Pocas veces he dormido mejor que cuando los días terminaban así.

Tampoco era tan grave eso de no trabajar. Los trabajos de temporada –guarderías, bares, restaurantes, cabañas, hoteles– se terminan cuando se va el último turista. A veces terminan antes, porque los turistas pueden seguir yendo aun cuando hace frío, pero qué sentido tiene tener un restaurant abierto en abril, si con suerte funcionará, con 2 mesas, un sábado perdido. Los dueños de los bares, o de las cabañas, además, ya no necesitan ayuda para esas fechas. No era grave porque en general el trabajo en la temporada era de miles de horas seguidas, sin descanso (en mi caso, podía no descansar pero siempre navegaba), y cuando llegaba marzo ya todos estábamos agotados, y en abril teníamos las montañas, el dique, todo para nosotros, y el gozo era indescriptible. Sólo navegar, sin ninguna obligación y con todo el día por delante. Sacábamos la llave de la guardería de su escondite y nos metíamos al agua, sin nadie que nos preguntara nada sobre Rodeo, el turismo o el viento. No se hablaba de eso ya.

Los que no navegaban porque no daban el entusiasmo y el descaro tenían las clases de Tejido, las de Carpintería (nunca llegué a tiempo a la inscripción, pero me hubiese gustado y siempre sospeché que habría sido mejor carpintera que tejedora), las clases de yoga de Carito en Las Flores, las de Pali en su casa (terminaba la clase y tenías una butaca de primera fila a la mejor vista de Rodeo), y los caminos de ripio para caminatas interminables. Montañas y cuevas para explorar. Con una camioneta, se podía ir del otro lado del dique y buscar leña y creerse los leñadores de las películas. También hemos ido de excursión y nunca llegué a San Guillermo, pero está ahí, cerca, aunque sea de tan difícil acceso.

Yo, además, aprovechaba las mañanas y escribía, o leía. La vida soñada: escribir a la mañana, salir a navegar a la tarde, volver y leer al lado de la chimenea.

Todos los sueños tienen truco.

Ninguno de esos obstáculos era insalvable.

Sí lo era, en cambio, la poca gente.

Llegaba marzo y los turistas eran cada vez menos, excepto en fines de semana largos como Semana Santa, o Carnaval. Cada vez menos hasta que un día ya no quedaban turistas. Nos gustaba marzo, a mí me gustaba mucho marzo. Porque si bien había gente, no era la ausencia tan desolada del invierno.

En invierno se empezaban a ir incluso los amigos. Se iban a Brasil o Hawaii, o Canarias. Se iban a Córdoba, a Rosario, a Buenos Aires. Yo también me venía a la ciudad un rato. Un invierno pasé 4 meses en la ciudad. Una amiga se quejaba por whatsapp porque yo estaba acá, y Maggie en Maui, y ella se juntaba con “los amigos de invierno”, que era toda gente que no nos gustaba mucho, pero con la que igual ella se juntaba ese año, y yo el año anterior, y el siguiente. Porque de repente ni siquiera quedaba el staff estable. Ni siquiera el equipo de rugby (yo le decía así porque calculaba que éramos 15) llegaba a estar presente.

No eran siempre los mismos los que se quedaban, los que se iban. Era variable. Y algunos se iban unos meses, otros se iban antes, o más tarde. Entonces éramos muy pocos. Íbamos a las clases de esto o aquello. Nos juntábamos para comer asado, o puchero, hacíamos caminatas. Hacíamos muchas cosas juntos, y a veces ese juntos era con gente muy conocida (después de todo, es fácil conocerlos a todos si “todos” son quince), pero no necesariamente querida. En Rodeo, en invierno, funciona mucho el “es lo que hay”, y por ver el vaso medio lleno siempre uno termina comiendo un asado con un grupo de personas a las que no solamente no quiere sino a la que además quizás desprecia un poco. Porque una es snob, o porque esa gente no es buena gente, o una cree que no lo es. O, simplemente, es gente que no tiene nada que ver con una y una se termina preguntando qué hago acá.  O no se lo pregunta, y se cree que la pasó bien, porque lo único que se buscaba esa noche era compañía. Otro intento de evitar la evidencia de la soledad.

La misma gente. La misma historia, los mismos personajes, las mismas voces contándola. Año tras año. Las mismas obsesiones. Los mismos rencores. Las mismas rivalidades. Los mismos grupos. Un tema único, repetido hasta el hartazgo.

La sordera buscada ante esa repetición –para no aburrirse, se deja de escuchar esa misma historia. Y después, la sordera total –llega un día en el que de tanto esfuerzo por no escuchar, se convierte uno en sordo.  Las cosas que te ayudan a vivir y eventualmente te terminan matando.

Al llegar a Rodeo no me di cuenta. Después fui definiendo esa sordera que atacaba a la gente. Esa sordera que hacía que nada más que lo que estaba en sus cabezas existiera. Así fuesen pensamientos profundos sobre la naturaleza humana, amor por la vida, conciencia del disfrute de la eterna luz del sol, solidaridad interminable en los pueblos donde todo es tan arduo y donde todos son conscientes de la ayuda que necesita a veces el otro, de la que uno mismo necesita. O pensamientos de rencor a esa amiga que ya no te escucha, porque fue captada por la sordera, pero todavía no te diste cuenta de que vos también lo estás, de que ya no la escuchás, de que ya no hay timbre de voz que te saque de tu propio discurso sobre ella, ni a ella del que tiene sobre una. Pensamientos de desprecio hacia el que no se da cuenta de que está enroscado en su propia realidad, y que es una realidad paralela, distinta de “la real” pero, más que nada, de la propia.

Después de definirla, pensé que la podía evitar. Que no sería nunca sorda, que no me enroscaría con un mismo tema, que a mí no me pasaría. Que no me dejaría convencer por las palabras de alguien diciendo yo tengo razón sólo porque resulta más cómodo dejarse convencer que combatir esa postura, porque combatirla significa, quizás, quedarse afuera del grupo que come puchero.

Nunca desdeñé el poder de las ciudades para generar preguntas. Pero les di a los libros, a las películas, a todos los textos que pululan por internet, el poder de sacarme del mundo encerrado de 3 o 4 personas diciendo lo mismo siempre. Supuse que la ficción (escrita por mí, o por otros) le concedería a mi cerebro la apertura suficiente –si bien no tanta como en las ciudades, la necesaria para no ser sorda. Que no necesitaba más que unas semanas por año de cine y museos. El resto estaría en el ciberespacio, o en los libros que me llevaba todos los años para allá.

No la pude evitar.

Recuerdo el momento en el que me di cuenta. Era un asado, de noche, el mundo afuera era helado, nosotros tomábamos vino al lado de la chimenea, la misma donde se cocinaba la carne. El dueño de casa había puesto música, se estaba bien adentro, íbamos a comer rico.

Nos pasamos una hora entera hablando de una mina a la que conocíamos pero no era amiga, ni siquiera “amiga de invierno”. Una sanjuanina que solía estar casi toda la temporada en Rodeo, o yendo y viniendo, nunca supe bien, y que había terminado trabajando en Rodeo. Era kitera ella, y no nos veíamos en la playa nunca, a veces de noche, en alguna fiesta, de esas fiestas en las que se baila y no se intercambian más que saludos. Me parecía ñoña, pero buena onda.

La charla empezó porque se comentó que estaba de novia con un señor que todos considerábamos impresentable. No porque no era guapo, eso no –aunque es de veras feúcho. El señor en cuestión tenía fama de golpeador, de machista, y además era mucho más grande que esta mina.

En toda esa hora, lo único que hicimos fue, cada uno, decir el motivo por el cual ella estaba con él. Uno decía es el poder que tiene este tipo (el señor impresentable era uno de los atornillados a la Municipalidad). Otra decía es impresentable pero chamuya bien, te convence. La otra decía tiene guita. Yo decía lo elige porque es lo que hay y prefiere mal acompañada a sola.

Cuando volví a mi casa, donde todavía el fuego estaba prendido, cuando me estaba por acostar, pensé mejor habría sido quedarme acá. Me había aburrido tenazmente todo el asado. Repasé los momentos, las charlas, para buscar el motivo de ese aburrimiento, si no había sido un asado con esos personajes que no me gustaban, había sido un asado con gente que me caía bien, con quienes la pasaría bien siempre, y no solamente en un invierno en Rodeo, cuando no hay nada más.

Unos días después me encontré a esta mina con este señor impresentable, y ella estaba sonriente, y él tenía cara de haberse ganado la lotería, y me deprimí. Porque la decepción que sentí de mí misma fue inmensa. Yo no creía que ella prefiriera estar mal acompañada porque yo hubiese preferido lo mismo. Yo creía eso porque a mí me habría gustado compañía, pero yo era, me creía, menos permeable a ese “es lo que hay” del pueblo chico que se reduce aún más en invierno. Yo me creía inmune, y había cometido el pecado de sordera y de construir en mi cabeza el mundo de ellos dos. En lugar de mirarlos, de escucharlos, había zanjado la cuestión con todos los prejuicios pedorros de costumbre –y me había creído todo ese discurso, mi discurso, sin ninguna realidad que le diera cuerpo. Ni siquiera había considerado las otras teorías, ni que el man fuese poderoso, ni rico, ni bueno chamuyando.

En los días siguientes me presté atención. Me había quedado sorda.

Eso era Rodeo. El encierro dentro de la propia cabeza.

Por eso me fui.

Por eso necesito creer que el invierno se terminará alguna vez.





domingo, 19 de abril de 2020

Día 31



Me pasa otra cosa estos días. Se me desdibuja el mundo. Y no como a Felipe, que le pasaba eso cuando tomaba helado, o como a mí, cuando veía a un hombre que me encantaba y Georgina se dio cuenta de que me pasaba eso, que se me desdibujaba el mundo como a Felipe.

No es que haya algo tan brillante que opaque el brillo del resto.

Es esta incertidumbre de no saber cómo será todo después. Empezando por ignorar cuándo empieza ese después. ¿Cúando volvemos a “la normalidad” ¿Seguirá existiendo, esa normalidad, tal como la conocemos? ¿O será diferente?

Circulan fotos en internet de animales que han recuperado territorio a los seres humanos. En mi casa no hay más pájaros que antes. Tampoco hay más mosquitos, o cucarachas. Por suerte, las ratas no han vuelto –hubo unos días hace unos meses en que todos los vecinos avistábamos ratas en nuestros patios, fue una semana en la que una tormenta había descuartizado la enredadera de un vecino y el vecino terminó desmalezando todo su jardín –las ratas, parece, tenían su base de operaciones en esas malezas y las desorientó la mudanza. La naturaleza no parece haber acusado los cambios en esta zona del mundo. Pero parece que sucede. ¿Qué pasará con los patos cuando se congela el lago de Central Park? ¿Adónde van? Lo mismo me pregunto de los animales que de repente pululan por espacios libres de humanos.

Pero no le dedico a eso demasiado tiempo.

Me pregunto más qué le pasará a los humanos cuando vuelvan a ver la luz del sol.

Cuando se enfrenten a otras bacterias, más prosaicas y que eran normalmente combatidas por nuestros cuerpos. O que ya no afectaban nuestros cuerpos.

Me pregunto si la recuperada libertad nos hará abusar de ella y, por ejemplo, meternos en la casa de los vecinos a ver si viven niños o si son grabaciones de voces de niños y en el fondo viven allí unos viejos muy viejos, que simplemente se toman un ácido y con esa música de niños recuerdan su propia infancia, o tienen la fantasía de estar rodeados de niños jugando –si vamos a ir a apagarles la música y sacarles el ácido porque así son más libres, sin las fantasías que los encadenan a lo que no existe. La gente tiende a sentirse aún más libre cuando le enseña a otro cómo se vive la vida.

O si vamos a atesorar lo maravilloso que es, simplemente, elegir salir a la mañana un sábado y caminar tranquila, haciendo compras, o ir a yoga, o quedarme echada en el sillón leyendo. O ir un domingo a comer asado a lo de mi viejo y usar esa libertad para preguntarle a Agus sobre la facultad y, sobre todo, para mirarla, para tratar de encontrar qué pasa por la cabeza de alguien tan joven y, por esas cosas de la vida, relacionada conmigo, esa persona tan joven que me quedaría tan lejos si no fuese por ese vínculo llegado del lado de mi padre y su novia. Si me voy a dar cuenta, si lo voy a registrar como maravilloso.

Si esta conciencia de la mortalidad, más acusada en estos tiempos, nos hará valorar más la vida siempre. La nuestra, la de los demás.

O si nos pelearemos por los pocos recursos y olvidaremos la libertad de los demás, y despreciaremos la vida.

O si habrá algo nuevo, nuevo del todo, para lo que no hay lenguaje aún.


En algún momento levanté la vista de la pantalla y vi el cielo y me recordó el cielo de Santorini. Tenía el mismo color que tuvo la primera tarde que pasamos ahí. Era muy celeste, casi azul, y yo veía la pared blanca de mi terraza, y la Santa Rita sobre esa pared blanca. Me pareció hermoso el cielo de Santorini en ese momento, me pareció hermoso hoy. Esa belleza fue como un latigazo de alegría y recordé algo que había leído en Knausgard, y cuando ya ese color no estaba, cuando había agotado hasta el último segundo de ese color, fui a buscar el libro, la parte donde lo había leído, pensando si no lo marqué, estoy muerta, porque el último tomo tiene más de mil páginas, y no lo había marcado, pero lo encontré.

“La alegría borra. La alegría deshace. La alegría desborda. Todo lo que es difícil, todo lo que suele reprimir o limitarnos desaparece en la alegría. A la larga resulta insoportable, porque no ofrece ninguna resistencia, si te apoyas en ella, te caes”.

Ya lo dije, y lo escribí –en esta suerte de diario de campaña, en las crónicas de R: me gusta Knausgard.

No hay mucha alegría últimamente. Nada se borra, nada se deshace, nada desborda, todo es difícil, todo reprime y nos limita.

Se me ocurre que somos más libres, de alguna manera retorcida, al no necesitar el apoyo de la alegría.


Hoy amaneció soleado, como toda la semana, y agradecí la luz, el aire limpio de estos días secos, el silencio de un domingo que sí es domingo.


Estuve escuchando las canciones del especial Global Citizens One world: together at home.

Viendo a los Rolling Stones, cada uno desde su casa, haciendo “You can´t always get what you want”, pensando tienen muchos años y nos los vencieron los excesos pero el tiempo alguna vez lo hará. Diciéndome todavía no, por suerte.

Lady Gaga y su cover de “Smile”, que me hizo sonreír, claro.

A Eddie Vedder con su piano, solo, la barba casi blanca, una gorrita azul, el recuerdo del recital al que Mateo no fue pero para el que nos regaló las entradas, todavía siento en los huesos la música de esa noche en el estadio de Ferro. Hoy se me cayeron unas lágrimas escuchando “River Cross”, pero no de tristeza sin nombre, sólo emoción ante la belleza.


Así estuvo la mañana, después de regar al sol y de cortar ramitas secas.


Y la tarde leyendo en el sillón, con Niqui a upa de a ratos.   




sábado, 18 de abril de 2020

Día 30



Cuando decidí hacer este blog pensaba que el encierro duraría poco, me dije no va a ser grave, lo puedo hacer –el blog, y a eso de mantener la dignidad durante el encierro. Tendría algo a lo que dedicarme, siempre escribo, la tarea de corregir un poco esos escritos me vendría bien como ejercicio. Con el blog le sumaba a mi lista de actividades diarias una que me resultaba familiar, en lugar de ponerme a grabar videos, o seguir cursos de ikebana online para pasar las horas.

Que podía ser, además de un diario público, una suerte de diario de campaña de los días anteriores a la explosión del planeta en mil pedazos –porque, ¿quién no quiere ser testigo de eso? Y resulta que nadie. Se la pasa como el culo todo el día, tratando de evadir la realidad  (en lugar de atestiguarla a través de una pantalla), porque la realidad muestra cadáveres en las calles de las ciudades, hospitales repletos de futuros muertos. En la realidad tengo un miedo espantoso de morirme de alguna cosa gástrica que nunca sufro pero que seguro sufriré y nadie atenderá, o de un paro cardíaco en mi casa. La realidad está compuesta, en estos días, por todos los miedos: el sufrimiento o la muerte de las personas amadas, la soledad de esa muerte, más sola que cuando uno puede visitar al enfermo en hospitales, el miedo a la propia muerte, y encima todo por culpa de una gripe salida de una película apocalíptica clase B.

Que se me ocurrirían ideas, porque estando todo el día al pedo a una se le ocurren ideas todo el tiempo –generalmente son pedorras, pero igual son ideas. Que tendría el tiempo para pensarlas, darlas vueltas por todos los costados, elaborarlas y quizás, tal vez, no eran tan malas después de todo. También tendría ese lujo del tiempo para escribirlas.

Pero resulta que hasta las ideas sobre ponerle cebolla a una salsa se escapan en estos días.

Agradezco que el blog exista. Agradezco tener una excusa para mover mi culo desde el sillón de abajo a la silla giratoria de mi escritorio en la planta de arriba. Sobre todo, agradezco que al menos una de las tareas del día esté definida, en lugar de, como me sucede a veces, pasarme una hora yendo de un lado al otro de mi casa, evaluando si leer al sol, o limpiar la casa, o ponerme a tejer –porque en esos momentos me pregunto por la productividad. Si soy productiva, la culpa se diluye. Me siento menos contingente. Hago “algo”. Y entonces leer nunca gana. Y cuando lo hace, debo hacer, contrariamente a lo que me suele suceder, un esfuerzo enorme por seguir sentada y quieta –al sol, en el sillón, en la mecedora.

Pero hay días en que ser el anillo de Sauron ya no es atractivo: demasiados días escribiendo demasiadas banalidades para justificar la existencia del blog.

Y encima no estoy disfrutando de la lectura al sol porque le dedico toda mi atención (escasa últimamente), a un blog que de todas maneras no tiene atractivo. Le echo la culpa al blog, entonces, porque es más fácil eso que pensar que no puedo, que no estoy preparada, que en el fondo me están ganando el encierro y la locura.

Entonces un día me dije vamos a ver qué pasa si me tomo unas mini vacaciones. Escribí dos entradas una tarde, y al día siguiente no tenía esa obligación. Podía dedicarme a corregir un cuento, o a escribir uno nuevo. Podía simplemente leer, como si estuviese de vacaciones. Podía pasarme el tiempo sin hacer absolutamente nada productivo.

Fue un día horrible. Me pregunté, entonces, si era solamente un tema del encierro o de mi vida en general, lo de no poder quedarme quieta y en paz. Y admito que en general me cuesta quedarme quieta, pero normalmente amo quedarme quieta con un libro sobre la falda.

Como todo en estos tiempos, no he encontrado una definición.

Ni dónde está la verdad, ni quiénes son los malos y quiénes los buenos.

Sobre todo, no sé cómo armar una vida cotidiana como la de antes. Es decir, una vida en la que venzo al fantasma de la incertidumbre en todos los asaltos.




viernes, 17 de abril de 2020

Día 29



Cada vez que hablo con la gente corajuda que lee noticias me entero de que hasta septiembre nada va a ser como antes, y ni siquiera en septiembre. En esas ocasiones me digo mejor que las cosas no sean como antes, los cambios son buenos, etcétera, pero como eso no le funciona muy bien a mis ánimos, entonces paso a evaluar el cambio de lugar de las macetas, o del ropero –sólo para decirme a  mí misma que el problema no son los cambios.

Yo carezco del coraje para consumir realidad televisada. Leo lo mínimo indispensable, o echo mano de los amigos que tienen valentía. Jamás le he tenido confianza a los políticos, tampoco a los medios. Entiendo la mitad de las cosas que dicen –no porque mi cerebro no pueda asimilar la información, sino porque en general no tiene sentido lo que dicen unos y otros. El mundo de la posverdad me resulta muy interesante para una de esas novelas de ciencia ficción distópica que me encanta leer pero que jamás quise vivir.  

Cuando me animo, las pocas veces que me he animado, me sucede que toda la preocupación del mundo se me junta en la cabeza en el mismo momento: la guita, la falta de trabajo, la gente que no se va a morir infectada sino de hambre, mi cuenta bancaria, la de mis amigas, y la inviabilidad de que todos estemos mirando la tele y sintiéndonos héroes con eso. En pocos minutos empiezo a toser y a tener dolor de cabeza. No apago la tele, solamente dejo de leer números y estadísticas, y se me pasan todas las dolencias. Como la realidad es tan espantosa, consumo ficción. En estos días descubro que debería apagar la tele para siempre.  

A alguien de HBO se le ocurrió que era buena idea hacer maratones. La primera que seguí fue Game of thrones. Con escapadas a la terraza, a la cama, a la cocina, sin seguirla de veras entera, pero atenta a los capítulos, porque a algunos no los había visto un millón de veces sino solamente dos o tres, y quería repetirlos por ese motivo, o por las escenas imperdibles, como el momento en el que Cersei toma vino tinto mirando cómo revienta el Septo de Baelor.

Sex and the city es una serie que yo miraba cuando tenía una veintena de años, vivía en Tigre con mi padre y mis hermanos, y yo era más joven que los personajes. En ese entonces, la serie me parecía fabulosa. La ropa, las calles de Nueva York, los restaurantes y bares, las diferencias entre las minas y cómo encaraba, cada una de ellas, sus relaciones con los hombres, en el laburo, entre ellas. Todo me resultaba maravilloso.

A esta altura es una perogrullada decir que el discurso sobre el sexo, en un grupo de amigas, no fue nunca igual después de Sex and the city. En lugar de comprar la Cosmo porque daba “tips” sobre cómo prepararse para una entrevista de trabajo, o cómo maquillarse, y leerla en realidad y con culpa,  por los “tips” para mantener a un tipo interesado en la cama, resultaba que se podía hablar con las amigas y que era incluso más divertido.

No es que me creyera todo. De ninguna manera Carrie puede pagarse la ropa que usa. Ni siquiera en la primera temporada, donde no hay tanto derroche y ella usa siempre el mismo tapado. Tampoco una se creía que tuviesen tanta suerte. La verdad es que, aún en los mejores tiempos de mi cuerpo y el de mis amigas, no conozco a nadie que se levantara un tipo en cada salida.  Y, salvo algunas ocasiones en que mejor no encontrarse con los personajes que ellas se encuentran, en general todos eran bastante más glamorosos que los que me encontraba yo cuando salía a tomar cerveza. Después, y supongo que por motivos de audiencia, hay novios que vuelven y vuelven y vuelven y en la vida real no sólo no sucede sino que además es de agradecer que no suceda.

Pero de todas maneras, era una serie que me gustaba mucho y que en estos días me pareció una buena idea para esas horas en las que la cabeza no me da para leer, ni escribir y mucho menos ver noticias de la actualidad. Esas horas en las que la cabeza se va a la deriva mientras tejo.

Entonces vi algunos capítulos, vi varios en realidad, y llegué a la conclusión de que el que decidió que era una buena idea hacer maratón de Sex and the city es mala persona. Seriamente: un hijo de puta.

Puedo solucionar en 15 minutos el hecho de que ellas están vestidas de puta madre y yo ando con las babuchas deshilachadas. Me cambio, me maquillo y me pongo un sombrero para no verme las canas.

También puedo pensar que si bien Buenos Aires no es tan cinematográfica, es de suponer que San Telmo sigue en su lugar, que el Malba sigue existiendo, que el Teatro Colón está ahí, a dos cuadras del Obelisco, y que al Cabildo le siguen faltando un montón de partes que me hacían dibujar de chica y que no he visto nunca en la realidad.

Las estaciones del año se suceden en la serie, también lo hacen en mi vida. Miro mi planta de crisantemos y le veo los capullos de las flores: el otoño se ha instalado. Mis crisantemos son morados.

Con mis amigas hablo, continuamos una conversación eterna. Me cuentan de sus hijos, de sus parejas, de sus proyectos o frustraciones, de sus amores o su falta de amor. Aunque todo parece detenido, o ralentizado, la realidad es que seguimos viviendo (aunque sea un sucedáneo de vida, es vida) y seguimos hablando de las mismas cosas, con pocas variaciones, desde hace muchos años.

Soy de las que siguen trabajando y aunque en cualquier momento se van a dar cuenta de que es una beca, por ahora tengo una tarea que cumplir en mi vida cotidiana que se parece a las que cumplía en la cotidianeidad antes del encierro.

Hasta ahí, todo bien. Las comparaciones no resultan tan odiosas.

Las cosas empiezan a ponerse feas cuando se las ve entrar en bares y restaurantes. Cuando miran vidrieras. Cuando caminan al sol, sin barbijo ni guantes que huelen a preservativos. Cuando se amontonan en boliches y bailan. Piden un Martini o un Cosmopolitan. Suben a taxis, se mojan con la lluvia.

Pero me digo ya pasará, un día volveré a caminar hasta un poco más allá que el negocio de cercanías.

Lo verdaderamente malo es la certeza de que nunca más en la vida voy a tener sexo.

Esos que miran noticias me dicen que hasta junio me olvide de salir de la jaula. Y que recién en septiembre se normalizará todo, y que no del todo. No habrá bares, ni cines, ni restaurantes, excepto con reserva y de a dos.

Tampoco es que saliera tanto antes como para extrañar esas actividades. Ya lo sé, lo que importa es la libertad de decir no voy a los bares, pero puedo pasar de esa libertad si de todas maneras puedo caminar cinco kilómetros y conversar con alguien que no sea el almacenero.

Pero entonces, ¿qué hacemos con los barbijos? Todas las chicas de Sex and the city, y yo también, concuerdan en que el mejor momento de la primera cita es la emoción del momento anterior al primer beso (suponiendo, claro, que el muchacho de esa cita es deseable de alguna manera), y de cómo ese beso casi que lo define todo. Porque si no besa bien, no funciona. Porque la química, o la falta de química, es notoria recién ahí. Si besa bien, entonces se escuchan aleluyas en el cielo –al menos hasta la siguiente cita, donde ya todos nos portamos más libremente y por lo tanto es posible ser menos gustables.

Pero incluso antes del beso. Antes de la cita. Antes de todo. Con el barbijo ni me doy cuenta de si un chico que me cruzo andando en bicicleta me sonríe. Imagino que me mira, porque si estamos yendo uno para un lado y el otro para el otro, sería de agradecer que estuviese mirando al frente él, y yo también, por eso de evitar accidentes y no llenar los hospitales de idiotas cuando hay pandemia. Me voy a creer que todos me miran, o me voy a creer que nadie lo hace. En los dos casos, lo de concertar una cita es peliagudo.

Supongamos entonces que logro descifrar el lenguaje de Tinder y voy a una cita. Y él cuenta un chiste. No digo que yo lo cuento porque soy tan mala contando chistes que ni se me ocurriría. Él cuenta un chiste, o hace un comentario gracioso. Yo sonrío. Detrás del barbijo. El pobre pibe va a remarla toda la noche pensando que no me saca una sonrisa.

Y suponiendo que sí sabe que sonrío, y que nos llevamos bien y crece la ilusión de ese primer beso, ¿nos sacamos el barbijo y tiramos a la basura meses de encierro por un beso? ¿o le decimos vamos derecho a coger, sin besos, como Julia en Mujer Bonita?

Odio Sex and the city.