viernes, 8 de mayo de 2020

Día 50




8.30 de la mañana.

Dice la pantalla: sensación térmica 9.9° C Hoy va a haber sol, de nuevo, por suerte.

Me siento frente a esta computadora con la idea de hacer algo.

¿Qué?

El diario, siempre, aunque haya algunos días en los que, si no fuese por el blog, escribiría “querido diario: hoy comí hamburguesas de lentejas y me cambié el color de las uñas de lila a morado”.

También chequearé algunas cuestiones administrativas de la oficina (esa “oficina” que funciona remotamente, aunque hay un edificio que solía contener ese concepto, un edificio que está cerrado desde hace 50 días, y al que ninguno de nosotros, los que componíamos esa “oficina” va desde hace 60 días).

Es curioso cómo todo parece estar pendiente, ser precario, un vamos viendo continuo. Tiene que ver con los planes que no podemos hacer, con ese futuro que nos resulta incierto porque esperamos que todo cambie. En realidad, esperamos que todo vuelva a ser como antes. Con suerte, será parecido. Y nos convenceremos de que está bien, de la misma manera en que últimamente me levanto y me convenzo a mí misma de que está bien esto, este encierro, es mejor para todos, nos cuidamos mejor, esquivamos la Parca.
Ya puse ropa a lavar, abrí todas las ventanas a este frío intenso de la mañana, ventilo. Siempre ventilo, lo hacía antes de esta pandemia. Ahora soy un poco más exigente nomás. Prendí un sahumerio también. Para tapar el olor a lavandina, a alcohol y a desinfectante que tienen todas las superficies.

Me digo, como todas las mañanas en que me levanto temprano, podría escribir el cuento del personaje que camina por la vereda con su perro. Una idea de cuento que se me ocurrió un día, hace no mucho, y a la que le di unas vueltas en la cabeza y me gustaba. O empezar otra novela, una que siempre escribo y nunca escribo.

Pero en estos tiempos, aun cuando las ideas a veces siguen gustándome, la escritura de ficción me resulta difícil. En realidad, escribir más de unas tres o cuatro páginas es lo imposible. La concentración larga, la quietud necesaria. Me siento y enseguida la máquina de lavar la ropa termina el ciclo. Cuelgo la ropa y encuentro yuyos en las macetas. Me vuelvo a sentar y la idea se escurrió. Trato de volver a ella y lo logro, por segundos, pero entonces me pregunto ¿por qué ese punto de vista, no será mejor en primera persona?, y ya no recuerdo los motivos para haber elegido la tercera persona, o los motivos para descartar la primera.

Me digo es el sueño de la piba, es mi sueño, tener todas estas horas por delante para escribir, sin necesidad de salir a ningún lado. Y me repito todos los sueños, siempre, tienen truco.

Hoy se cumplen 50 días. No pensé que duraría solamente 15. Pero tampoco se me ocurrió que serían 50.

Cada tanto me pregunto por la resiliencia. O por esas cosas que ayudan a vivir. Siempre llego a la conclusión de que al final son nocivas.


9.30 am.

Me había olvidado lo duro que resulta colgar ropa empapada cuando el aire es frío. Me había olvidado de cómo quedan las manos. Las pongo debajo del agua caliente y es apenas caliente pero parece que quemara, porque la piel está helada.

En Rodeo cada tanto me levantaba y la ropa estaba congelada. Quedaba muy limpia y alguna vez el Hormi comentó que un señor de Levi´s, quizás el mismo Sr. Levi, decía que los jeans no se lavaban, que debían ser puestos en el freezer.


10.30 am.    

Ya hice cuadros y anoté saldos y esas cosas, lo poco que hayque.


11.30 am.

Se despiertan del letargo. Es la hora en la que empiezan los llamados y los whatsapps.


1.30 pm

Logré escribir un poco. Muy poco.

A las 3 viene Erne. A buscar la plata que le depositan en mi cuenta y que ya saqué de los cajeros.

Me hace ilusión verlo un rato, aunque sea en la vereda.




jueves, 7 de mayo de 2020

Día 49



Sigue el aire frío. Pero hay sol. Y es maravilloso. Amo el verano. La luz, el sol que quema la piel.

El invierno me encierra más adentro de mi casa, y adentro de mí misma. Me desalienta el gris del cielo, entonces me quedo adentro para evitar ese gris, para escaparle al frío, y después me agobia el encierro. Era así en tiempos normales.

Ahora me agobia el encierro. Y no puedo elegir salir.

Pero cuando amanece y no veo nubes desde mi cama, cuando la promesa es de día soleado, me dan muchas más ganas de levantarme, de estar despierta, de estar viva, que los días oscuros.

Hay sol, mis crisantemos morados contrastan con las hojas verde oscuro de la planta. Las flores de la Santa Rita siguen saliendo y se ven nítidas contra la pared blanca, algunos malvones desorientados florecen a destiempo

Se instala el invierno, de a poco.

Pero todavía aprovecho la corriente de buen humor y esperanza que me dieron el paseo en bici, y el reencuentro con mi padre e Hila, y este sol maravilloso que no me quema pero sigue calentano  algunas horas, y no me desanimo.

Me digo la vida sigue.

Me lo confirma una mina que trabaja para un cliente. Está embarazada, me dice. Yo hago cuentas. No las habría hecho en otros tiempos –en otros tiempos el mero anuncio de un embarazo no me habría resultado una rareza. Me digo si ya se lo dice a los proveedores es porque pasaron tres meses. Entonces quedó embarazada cuando la pandemia no se había esparcido malignamente a nuestras costas. No quedó embarazada durante el encierro. Por aburrimiento, o porque se quedaron sin preservativos.

En estos tiempos, yo no necesito comprar preservativos. Y, ya lo dije, lo más probable es que no los necesite nunca más. Lpm.

Pero la vida sigue.

Nunca paró.

Lo que pasa es que hay que recalcular.




miércoles, 6 de mayo de 2020

Día 48



Imaginen.

Una noche me fui a dormir con la idea de que al día siguiente comería carne a la parrilla en casa de mi padre. En su compañía y la de mi hermano Hilario.

Hacía tres días que me dedicaba a una lista de cosas para llevar, de compras, de tareas pendientes. Hacía tres días había empezado a llenar la mochila –las llaves del departamento, por ejemplo, para que no tuvieran que bajar a abrirme.

Hacía más días, casi seis, había inflado la bicicleta y había chequeado, todas las mañanas, que no se hubiesen desinflado las gomas.

Esa noche me metí en la cama antes de las 12. Intenté hacer eso todos los días del encierro, y fracasé. También fracasaron mis trucos para evitar el insomnio, trucos que hasta el encierro habían cumplido mi deseo de dormir seis horas seguidas. Ya no funcionan siempre. Tampoco lo hicieron esa noche. Di vueltas sin dormirme, prendí la luz, abrí el Kindle, apagué la luz a las 3.30.

A las 8 de la mañana estaba tomando mi Nesquik del desayuno, con el ceño fruncido: el cielo estaba gris, soplaba un viento inclemente, y el frío era intenso. El asador va a putear. El asador va a tener razón si dice hoy no es buen día. Y yo no le puedo pedir, con este clima, que se ponga a mover brasas de un lado para el otro en el balcón terraza de un séptimo piso. El viento no era lo grave. Lo malo era el aire helado que empujaba.

Me dediqué a algunas tareas laborales, moví cosas de un lado al otro de la casa, esperé hasta las 10 de la mañana. Mandé un whatsapp a esa hora. Dijimos vemos en un rato. Si no, lo pasamos para otro día. Dije sí, sin problemas, sintiendo cómo se desinflaba mi vida. Pero duró poco, porque enseguida me llamó papá y me dijo que él no tenía problemas en asar, que en su casa había sol.

Y resultó cierto, no había sido el habitual optimismo ligeramente esquizofrénico de mi padre. El viento se había llevado el gris, dejando el aire helado, pero sin nubes.

A la hora señalada, y habiéndole pedido consejo a los ciclistas experimentados, (Marga, claro, y mi hermano Ernesto), salí con mi mochila y mi bicicleta, esa que en Rodeo me resultaba tan amiga y que en la ciudad he usado para ir hasta la Plaza Irlanda nomás (5 cuadras), porque me dan miedo los colectivos y los taxis y todos los vehículos a motor. Además mi bici no tiene espejos retrovisores, ni bocina, ni luces de giro.

Guantes, gorro de lana, barbijo, anteojos de sol, que además cubren los ojos del viento helado, de ese que hace llorar. Pero me los tuve que sacar, porque se empañan los vidrios, y más se empañan cuando se va rápido, cuando se pedalea rápido.

Hice una primera parada en lo de Marga, de donde me llevé unas tres docenas de raviolones. Charlamos un rato, ella sentada en el escalón de una casa, yo en el escalón de la casa de al lado. Miramos a la gente en la cola del kiosco de la esquina, ella le dijo a un hombre que le gustaba su pinta. El man tenía unos pantalones rojos, botines marrones, un chaleco azul, un sombrero lila. Debajo del sombrero salía un pelo negro ensortijado. Había estado en esa cola del kiosco y habíamos comentado los detalles. Creo que lo desconcertó Marga, o las dos, ahí piropeando su atuendo. Igual le adivinamos una sonrisa.

Después seguí camino. Era la peor calle, a la que le tenía más miedo, porque suele ser un caos de autos y colectivos. Pero eran tan pocos que no parecía ser ella misma, Jorge Newbery, tan despejada.

El puente es empinado, pero de última lo subís caminando, me había dicho Erne, y yo me dije veremos cuando llegue. Lo encaré de una, no tenía autos atrás, ni adelante. Lo subí con esfuerzo, pero lo logré. Y la bajada es una maravilla. Dejar las piernas quietas y deslizarse por la bajada, y la curva y recorrer casi toda la cuadra con el impulso, la cara al viento.

Recordé las bajadas famosas de Miramar, la que llamábamos la de la muerte porque siempre alguien se caía y quedaba lleno de raspones. La de la llegada al colegio, yendo rápido por Dardo Rocha, el puente sobre el río, la bajada y la curva a la derecha –esa no se disfrutaba tanto porque justo ahí, a menos de media cuadra, estaba la entrada al colegio. Había que frenar casi enseguida, pero era linda, con la calle llena de las florecitas amarillas de las tipas, el río a un costado.

Llegué y metí la bici en el garaje, y subí en el ascensor. Abrió la puerta papá, y nos miramos a la distancia reglamentaria. Empecé a desensillar mientras me rociaba alcohol en las botas, en la campera. Me lavé las manos, me puse alcohol en gel.

Estaba Hila, y quiso el abrazo. Y le dije que no, de ninguna manera, hay que estar alejados.

Estaba Hila, y yo quería su abrazo.

Pero no le di rienda suelta a lo perdido, a esos gestos de cariño que para él lo son todo y no son posibles ahora, quizás no lo sean por un tiempo largo.

No le di rienda suelta a la tristeza porque yo estaba ahí, porque ellos estaban ahí, porque los veía, sus cuerpos consistentes y reales. Sus voces. Sus maneras de caminar, de moverse, de hacer.

Papá hablaba por teléfono con un cliente, así que bajé a comprar el carbón y al volver ya había empezado con eso de prender el fuego con la ayuda del viento. Me serví una copa de vino, él se preparó un dry Martini. Le hice compañía en el balcón, entramos mientras todo se prendía, volvimos a salir.

Hila me acompañó a la baulera a buscar las pantallas de la lámpara de pie que arregló San Jorge y a la que pintaré en estos días. Me dijo que estaba un poco aburrido. Lo vi un poco bajoneado, pero lo hice reír un rato, con alguna huevada que le dije, y se le iluminaron los ojos, y sonrió.

Hila está más canoso que nunca. O quizás se nota porque no tiene el pelo tan corto, porque no se está afeitando y entonces se le ven las canas en la barba. Tiene también en las cejas, unas cejas que a diferencia de las mías siempre fueron escuetas, finitas. Hila va a cumplir 47 años en noviembre. Más para espantar los miedos que por otra cosa me digo pronto le organizaré la fiesta de los 50 años.

Papá pone los bifes en la parrilla, yo lavo los tomates, Hila pone la mesa.

No ignoramos nada de nuestras vidas cotidianas. Hablamos seguido por teléfono, nos contamos. No es necesario informarnos mutuamente de cómo se soluciona la comida, o el lavado de ropa, o la limpieza de la casa. Tampoco de las series que miramos, o de las películas que encontramos. Ni siquiera de las noticias necesitamos hablar.

Pero igual lo hacemos, porque de repente es una fiesta si estamos sentados a la misma mesa.

Cada uno en una esquina, nos repartimos la carne. Papé decide que el mejor bife es para mí, porque soy la invitada, y yo lo acepto. La carne no sólo es deliciosa sino que además es a la parrilla y papá es buen asador. Le digo la última vez que comí carne a la parrilla fue punta de espalda (un corte sanjuanino que los porteños no desculamos a qué parte de la vaca corresponde), hecha por el Pata, en Rodeo. Hace de eso unos 48 días.

Pongo música desde mi teléfono, la banda de sonido de Motherless Brooklyn. A papá le gusta una canción de Thom Yorke. Después pone música él, Muse.

Yo no como postre, y además no me puedo mover de tanta carne con ensalada, pero ellos sí. Hila come media banana, el Pancho dulce de membrillo con queso.

Hila levanta la mesa antes de irse a dormir la siesta y me entrega sus anteojos. Tiene una de las patillas rotas y yo estoy por ir a dar vueltas por el barrio de ellos, dar vueltas para conseguir cosas.

La óptica es con turno. Anoto los números.

Voy al kiosco, consigo cigarrillos. Voy a la farmacia y le compro al Pancho sus ayudameavivires y uno de los pontingues para la piel de mi cara. Voy al cajero y consigo efectivo. La pescadería está cerrada.

La avenida Cabildo da impresión. Hay algunos autos, hay algunos buses. Pero yo la reconozco como esas avenidas donde en cualquiera de sus esquinas hay gente, mucha gente, esperando para cruzar. Había algunos paseantes. Pero pocos, y las esquinas estaban vacías. El sol iba y venía con ese viento tan fuerte, iban y venían las nubes.

Volví pronto y después de ayudarlo a papá a redactar una furibunda carta, emprendí la vuelta.

Me vestí con el abrigo, con los protectores antibacterias.

No quise pensar en cuándo volvería a verlos. Hacía 10 semanas, casi exactas, que no los veía. Papá me había dejado en la estación de Retiro el 5 de marzo. Cuando volví, sin el equipo de windsurf  porque salí de Rodeo como huyendo, no le pedí que me buscara en la terminal. Ya era riesgoso meterse en lugares con gente, no necesitaba más que un taxi normal, yo tenía miedo de haberme infectado en el bus, tantas horas, tan lleno de gente, un espacio tan chico. Así que desde ese 5 de marzo hasta ayer no había visto a mi padre, ni a mi hermano.

No quise pensar que me quería quedar más horas, o que quería volver al día siguiente. 

Me dije ya volveré. Tengo el permiso de circulación, no me preocupa mucho contagiarlos porque me he cuidado hasta la obsesión en mis salidas, y además fueron pocas veces. No los estoy poniendo en riesgo mientras yo no me ponga en riesgo.

No quise pensar en nada más que en lo bien que me había hecho la compañía de ellos esas horas.

El aire estaba helado, pero no lo sentí en el viaje. El puente a la vuelta costó más y me dije no es el bife a la parrilla, ni el vino tinto, es el viento en contra. En la bajada me reía, y no supe si por la mentira tan absurda que me había contado, o por el mero disfrute de las bajadas en bici.

Le pifié a un par de calles a la vuelta y terminé recorriendo adoquines. Son lindas las calles adoquinadas. Pero no son amables con los culos de los ciclistas. Me dije debo encontrar caminos alternativos mientras rebotaba. Pero hasta rebotar me hacía reír.

Llegué a casa y Niqui me saludó como si me hubiese ido un mes entero. Entre mi vuelta y los huesitos que le traje, estaba más feliz de lo acostumbrado.

No sé si lograron imaginarse el día. La ilusión de un asado en familia. El sol en un cielo alternativamente celeste o con nubes blancas y espesas. El viento helado. La sonrisa debajo del barbijo pedaleando los 5.88 km que separan mi casa de la de mi padre. El abrazo que no me di con Hila pero que adiviné de cientos de miles de abrazos anteriores. La charla en vivo con papá, ese gesto de darme el mejor bife, el rico vino que me convidó. El amor de ambos, mi amor a ellos.

No sé si lograron imaginarse algo de todo eso.

Así fue mi día ayer.

Y no necesito imaginar nada, porque todavía lo siento en los huesos.





martes, 5 de mayo de 2020

Día 47



Casi enseguida de empezar este aislamiento, este encierro, uno de los windsurfistas que vive en Rodeo publicó en Instagram una foto vieja de él navegando, o bajando al agua con el equipo, y una pregunta: ¿ya nos dimos cuenta de lo felices que éramos cuando teníamos libertad?

Me pareció exagerado. También me resultaba obvio, y claro que sí, yo me había dado cuenta, siempre lo había sabido. Era exagerado (habían pasado sólo 2 o 3 días) y era obvio. E igual me enamoraba su pregunta. Porque en general me enamoran los hombres que se preguntan por la libertad.

Con el paso de los días di vuelta el problema. Lo que no me había dado cuenta era, en realidad, lo que me costaba la falta de libertad. Lo sabía en los papeles (por eso me enamora quien se lo pregunta), pero no lo sabía en el cuerpo.

Me da claustrofobia leer 1984, El cuento de la criada, Farenheit 451, etc., y enseguida me rebelo ante lo que se me ocurre un recorte a mis libertades.

Sin embargo, me sacaron la posibilidad de moverme por el mundo y de encontrarme con gente y dije bueno, está bien, tienen razón. Concedí, voluntariamente, mi encierro.

Sigo sin tener dudas de que es la medida más prudente.

Pero hoy, por primera vez en 47 días, sentí que había recuperado mi libertad.

Y se sintió de puta madre.



lunes, 4 de mayo de 2020

Día 46



Llueve. De nuevo.

Los días se suceden. Uno y otro y otro.

Ayer fue domingo. Mañana será martes.

Hoy trabajé a la mañana.

Hice facturas que no sé si los clientes pagarán.

Hice cuentas y cuadros.

Hice planes.

Pocos planes. Y ninguno está asegurado.

Una de las ausencias más dolorosas de este encierro es la de los planes.

No hay fechas, no hay organización posible de ningún evento. No sabe uno si podrá, o no. Si nos moveremos para un lado, o para el otro.

Nos robaron el futuro. O, más bien, nos robaron la ilusión de que controlamos el futuro.

Nos gusta mirar el pasado, creemos que controlamos el futuro.

Lo del pasado lo podemos hacer, lo de mirarlo, pero en estos tiempos a veces es duro, porque la comparación con el presente hace que todos los recuerdos, incluso los malos, sean luminosos. Es eso de haberse sentido libres, eso de no sentirse la amenaza de la peste, de no temer la muerte, lo que los hace luminosos, y que en cambio esta existencia luzca tan difícil, aun comiendo alfajores frente a Netflix.

Frost dice, en su famoso poema Carpe diem, “Se vive siempre menos en el presente que en el futuro, y mucho menos en esos dos juntos que en el pasado. El presente es demasiado para los sentidos, demasiado concurrido, demasiado confuso, demasiado presente para imaginar”.


“It lives less in the present
Than in the future always,
And less in both together
Than in the past. The present
Is too much for the senses,
Too crowding, too confusing-
Too present to imagine.”


Al final, este encierro nos condena al presente. Siempre es hoy.


Y hoy llueve, de nuevo.

domingo, 3 de mayo de 2020

Día 45



Hoy salí, de nuevo. Me digo que las chances de morirme aumentan proporcionalmente con la cantidad de veces que salgo. Eso me dije desde el primer día, eso me sigo diciendo. Pero en el día 45 ya no me convence. No. No es eso. Me sigue convenciendo, estoy segura de que es así. De la misma manera en que sigo estando segura de mi preferencia sobre la vida. Lo que pasa es que ya no aguanto no salir.

No me hice unos ojos negros. Pero usé el rizador de pestañas, porque es importantísimo tenerlo durante la peste, seguro que con eso me muero menos. Y después me puse máscara de pestañas. Y me vestí normalmente, como cualquier otro domingo, aunque los domingos no voy al supermercado nunca. De hecho, casi toda la semana está organizada para no tener que ni acercarme los domingos. A lo sumo, el sábado después de yoga, porque queda ahí nomás, pero sólo si no hay forma de evitarlo.

No me encontré con el amigo humano del siberiano. La verdad, me hubiese gustado. Hice las tres cuadras hasta el supermercado pensando en esa cara que no vi porque estaba tapada por un barbijo. En sus ojos, que creo que eran negros, o marrones muy oscuros. Al perro lo vi muy bien, a él no. Me gustó, en realidad, su mirada sobre mí.
Me pregunté porqué me había gustado. Qué lo había diferenciado de otros hombres, o mujeres, que me miraron ese día. ¿Por qué él, y no otro?

En la cola del supermercado no pensé más en el asunto. Nos vi, a todos los que estábamos esperando para entrar, con los barbijos, algunos con máscaras de plástico más barbijo, a algunos con guantes, otros sin. Unos hablando por teléfono, otros leyendo el teléfono. Respetando las marcas de distancia sobre el piso, con sus propios carros. Sin carros. Con bolsas. Con nada.

Entré, miré, compré, hice otra vez cola, las marcas en el piso, la música del supermercado.

Volví al sol de la vereda cargada. Por eso no me puse plataformas hoy, para no tener que caminar sobre los zancos llevando además peso. No odio tanto a mis rodillas.

Decidí que iba a dar una vuelta con Niqui. Hacía mucho que no dábamos una vuelta por el mero hecho de darla. Total, ya había salido. Ya había contaminado mis botas, la ropa, mi cuerpo.

Dejé las compras en la mesada de la cocina, las rocié con alcohol, les pasé un trapo. Me lavé las manos antes de hacer eso. Me las lavé después. Alcohol en gel. Me había destrabado el barbijo después de lavarme la primera vez, me lo ajusté bien al salir de nuevo.

Tampoco me encontré al siberiano. Estaba segura de que no lo encontraría. De que nunca más lo volveré a ver.

Cada tanto me pasa eso. Encuentros fugaces, intrascendentes, con algún desconocido. Encuentros que, por algún motivo, se quedan para siempre en la memoria. O alguno de los detalles –circunstancias, personajes, sentires. O, todo entero, el momento. A veces son encuentros cortos, precisos, otros han durado horas –terminados esos momentos, el desconocido sigue siéndolo, y lo será siempre.


El más ridículo de todos fue esa vez, creo que lo conté en alguna Crónica de R, en que bajé una de las miles de escaleras de mármol del interior de la Facultad de Derecho con el culo. Vaya uno a saber qué fue lo que le pasó a mis pies. Me caí, y bajé con el culo una escalera interminable. Se me acercó al que recuerdo como el hombre más guapo del mundo, a preguntarme si estaba bien y le dije, con todo el orgullo que pude fingir, que sí, que no había sido nada. Me dolía tanto el culo que apenas podía moverme. Pero caminé, erguida, hasta el primer baño que encontré, para llorar de dolor, o vergüenza, o las dos. El muchacho había sido amable, además de guapo, y yo había salido corriendo. Era chica yo, no había cumplido todavía 20 años. Querría tener el DeLorean para contestarle al muchacho que estaba bien, salvo que no iba a ser fácil sentarme en el tren de vuelta a Tigre esa tarde, ni ninguna tarde de la siguiente semana, pero que lo único que se había roto en mil pedazos era mi orgullo. O volver en el tiempo para simplemente reírme de mí misma, eso que aprendí a hacer de grande.

De ese encuentro, además de mi orgullo machucado, recuerdo el pelo negrísimo de él, su preocupación, su mirada en mí. De veras me había mirado, de veras quería ayudarme. Yo lo desprecié por eso mismo. Por su mirada en mí justo en ese momento. Más tarde, después de haberme secado las lágrimas, me di cuenta de que no había sido grave, de que a él no le había parecido tan ridícula, o sí ridícula, pero no fea, para nada. Que yo podría al menos haber sido amable en lugar de la perra cortante que fui. Muchos años después me di cuenta de que no sólo no fui amable sino que además había sido absurda. No ridícula, sino absurda. Había creído que mi culo había sido el único culo en lustrar esos escalones. El único en lustrar los escalones de cualquier escalera de cualquier parte del mundo. Nunca más me lo encontré.


Hubo un encuentro que me hace sonreír todavía. Victoria Train Station. Londres. Había ido en subte desde mi hostel a tres cuadras de Carnaby St.  Mi mochila pesaba una barbaridad y quise uno de los carritos. Ya la había cargado, ya estaba ahí nomás, pero quise un carrito. Puse la moneda y no lograba sacarlo. Se me ocurrió mirar la hora. En esas épocas yo llegaba tarde a todos lados. De veras tarde, de veras siempre. Jamás me había perdido un tren, ni un avión, ni un bus. Pero era impuntual para todo lo demás. Mirando el reloj de la estación descubrí que era mucho más tarde de lo que yo creía, no sabía dónde estaba el andén, y el carrito era indispensable para poder moverme libremente en busca del andén. Y no salía. No salió nunca. Pero había un chico, tan joven como yo, que me miraba curioso mientras yo me peleaba con el carrito, la moneda, la mochila pesadísima (llevaba alfajores para media España, y dulce de leche, y más ropa de la que necesitaba, claro, además de unos, de muchos, CDs comprados en Londres). May I help you? preguntó. Yo, a diferencia de la vez de las escaleras, le dije que no sabía si me podía ayudar. Que no sabía dónde estaba el andén, que mi mochila pesaba una barbaridad, que el carrito no salía. Y, por algún motivo, seguramente relacionado con el hecho de que estaba en la ciudad de los sueños, haciendo el viaje más deseado de mi vida, le sonreí. Él se comportó como el estereotipo del inglés en mi cabeza. Con un aplomo y una calma absoluta, se puso la mochila en la espalda, me preguntó a qué hora salía el tren, y el número de andén, me dijo vamos y me acompañó hasta el tren. Subió conmigo y acomodó la mochila en uno de los estantes más bajos, así yo no tenía que hacer fuerza al sacarla, me explicó, porque tu mochila pesa mucho, agregó, y no se le había despeinado ni un mechón, ni se había puesto rojo con el esfuerzo y mucho menos sudar. Me bajo antes de que me lleve, dijo enseguida, y se bajó rápido, dejándome a mí petrificada en la escalera, sin saber qué hacer, hasta que reaccioné y le grité, yo, que nunca grito, “thank you!” a las espaldas de él, que caminaba tranquilo. Se dio vuelta con una sonrisa enorme, inclinó la cabeza, y hasta hoy pienso que si hubiese tenido un sombrero se lo habría sacado, se dio media vuelta y siguió caminando.


Otro parecido, aún más fugaz, fue el saxofonista en el medio del puente que une la Ile de la Cité con la Ile Saint Louis. Tocaba algo que sonaba bello y triste. Él era bello, París es hermosa y me resultaba melancólica, y justo ese día yo andaba recordando amores perdidos, o nunca encontrados, y le pasé por al lado, y fue una sola mirada y supe que debía quedarme. No me quedé. Los ojos de ese chico sí los recuerdo. Eran verdes.


Una noche en Miramar la dejé sola a Marga. No recuerdo si se había quedado en La Cantina y yo ya quería volver, o si estaba charlando con algún muchacho que le interesaba y yo me sentía en el medio. Lo cierto es que volví, sola desde el muelle, caminando (esa era la otra rareza, además de estar sin Marga, porque siempre íbamos en bici a todas partes). En la peatonal decidí entrar en Central Park, uno de los lugares de videojuegos a los que ya no entraba (era esa edad en que se decide que una no está para fichines). Fui al Tetris, claro, que es el único juego de mi vida que me ha obsesionado. Se paró al lado mío un joven que, creí, estaba esperando para jugar y cuando perdí le hice seña para dejarle el lugar frente a la pantalla. Me dijo te esperaba a vos, no al juego. ¿Te quedan fichas? Me quedaban, pero le dije que no tenía más, y que era hora de irme. Te acompaño unas cuadras, dijo. Caminamos mucho más que unas cuadras, conversamos toda la noche, y finalmente me acompañó hasta la puerta de la casa de la 22, donde nos dimos un beso largo. Había zaguán, pero el beso fue en la vereda, del lado de afuera de la reja. Hablábamos bajito aunque estoy segura de que Pira, cuya cama estaba debajo de la ventana frente a la que nosotros nos despedíamos, podía escucharnos. Claro que eso lo pienso hoy y por suerte no lo pensé entonces.

Se llamaba Matías. No recuerdo nada de su cara. Ni de su cuerpo. Era uno o dos años más grande que yo, así que debía tener 18 o 19 años. Incluso a esa edad, esa noche, pensé que habíamos jugado un juego. El juego era el de los enamorados. Ninguno estaba enamorado del otro. A ninguno lo había flechado un Cupido emprendedor y obstinado. Pero seguimos las reglas del juego. Y se sintió bien. Y todavía recuerdo su voz, raspaba un poco.


Una de las últimas clases de Teoría y análisis literario me senté, muy temprano, en el aula 218. O quizás era la 217. No me fui al fondo de todo, me fui a la mitad. Era una clase tan concurrida que una podía pasar desapercibida aún en la mitad. Panesi hablaba con micrófono. Hablaba y fumaba y algunos en las primeras filas osaban hacerle preguntas pero eran siempre los mismos y se sentaban cerca de él. A mí me intimidaba tanto él que nunca fui a darle los saludos que le mandaba mi tía Conga, que había cursado con él la carrera, hacía unos treinta o treinta y cinco años. Me senté a tres sillas de un chico al que no le presté atención al principio. Noté que me miraba una vez, dos veces. Yo lo espié mientras buscaba en mi bolso el cuaderno, o los chicles. Tenía una mata de pelo castaño, casi dorado aunque no era rubio. Una mata de ondas espesas y que lucían suaves. Un poco de barba, la piel muy blanca. Recuerdo eso, y que me miraba. Yo me obstiné en mirar al frente, o a mi cuaderno. No supe, en realidad, qué hacer. Cuando terminó la clase me di vuelta para mirarlo, de una buena vez. Había estado toda la clase juntando coraje para mirarlo sin pudor. Se había ido. Lo busqué, disimuladamente, las veces siguientes. Nunca más lo vi.


Hay una noche a la que le sigo dando vueltas y vueltas y más vueltas. No hay angustia, ni tristeza, ni decepción. Es una noche a la que le doy vueltas por deformación profesional. Una noche en la que todo pudo haber cambiado. Lo sé. Y entonces no dejo de preguntarme, ociosamente, qué hubiese pasado si.

En una de esas épocas en que las cosas no iban bien con el Chino, entré en el bar donde se celebraba el cumpleaños de una amiga y desde que me senté y me pedí un mojito, me pasé toda la noche esquivando la mirada de un hombre. Yo lo había visto  antes que él a mí. Lo vi y tuve la sensación de que sería un problema. Y en algún momento me miró, me miró a los ojos y en esos segundos de miradas cruzadas, supe, sin dudarlo, que ese hombre iba a ser un problema. No era simplemente mi ego de entonces (lo extraño a ese ego de entonces, era invencible). Sigo creyendo, aún hoy, que si no lo hubiese esquivado, que si hubiese dejado que el problema se materializara, yo, por ejemplo, no habría ido nunca a Bogotá. No conocería a mis amigas colombianas, no me habrían enseñado a amar la ciencia ficción mis amigos el Pastuso y Ayala, no me habría hecho un auto regalo de divorcio consistente en una tabla, no me habría ido nunca a Rodeo.  Todavía siento la atracción de esos ojos. Y no hay una sola parte del cuerpo y de la cara de ese hombre que haya olvidado.


Pienso nunca sucede como en las películas, eso de volver a encontrarse, en la verdulería, por ejemplo. Pero se me ocurrió, caminando con Niqui, que estando tan al pedo podría salir a buscar al siberiano y su amigo. Salir en diferentes horas, caminar siempre por la misma vereda, o la misma manzana, tentar a la suerte.

También pensé, escribiendo esto, que todos esos hombres son, y seguirán siendo, perfectos.

Y, sobre todo, que yo lo seré para ellos, siempre.




sábado, 2 de mayo de 2020

Día 44



A pesar del buen clima, los vecinos han estado silenciosos.

Los ruidos de la calle han aumentado esta mañana. Ya no se escuchan.

Mi humor sigue del lado de la Fuerza.

Me conseguí un permiso de circulación y me iré a dar una vuelta hasta lo de mi padre, uno de estos días.

Mañana voy a ir al supermercado y después cocinaré. Quizás.

El primer mes sin ERRE del año. Son cuatro. Son los meses de poda. Pero no todavía.  Las rosas chinas, los malvones, la Santa Rita, tienen flores todavía. Hay un tiempo en el que conviven con los crisantemos, ya florecidos del todo. Mientras mi terraza tenga tantos colores, no voy a podar.

Estuve reorganizando la bilbioteca. Saqué pelos de Niqui, polvo, ordené los libros que había sacado en estos tiempos y que no habían vuelto a sus lugares.

Me dije esto es peligroso, esto termina con la relectura de Guerra y paz (muchas de las reorganizaciones de la biblioteca han terminado con mi mano yendo, derecho, a sacar Guerra y paz del estante, llevarlo abajo y leerlo hasta quedarme bizca, o hasta terminarlo, lo que suceda primero). Recordé que lo había prestado, así que no había peligro.

Leí párrafos sueltos de algunos libros. Nada en particular. Todo. Es decir, no buscaba algo, una frase, un párrafo, un autor, y me encontré con todo. Con los amores de mi vida. Esa pasión perdurable.

La verdad, hoy hice de todo un poco, que es lo mismo que nada. Salvo reorganizar la biblioteca, que estaba tan bien organizada que todo el movimiento consistió en sacar unos pocos libros de un lado y ponerlos en otro, todo lo demás fueron cosas sueltas, sin orden, sin fin.

Prendí sahumerios.

Guardé la ropa que estaba en el perchero de la puerta de mi cuarto.

Colgué la cartera linda que había usado el día luminoso de paseo y que había dejado sobre una silla.

Leí al sol, en el patio, debajo de la Santa Rita, después de desayunar en esa misma mesa, sin sentir la obligación de hacer algo en particular.

Ahora, desde hace un rato, tipeo palabras, un poco al tuntún, registrando el paso de otro día más de encierro, tratando de retener al menos en la memoria las horas que se van en este encierro. De que algo, algún movimiento, logre definir un día del otro.

Me pasa, me ha pasado desde la segunda semana, que no sé cuándo ha sucedido una cosa, cuándo la otra. No sé si fueron tres días, cuatro, o una semana, desde que me quedé sin luz. Acaso haya sido esta mañana. No, no fue esta mañana, de eso estoy segura, porque esta mañana desayuné al sol, con un café de cafetera de verdad, y esa cafetera es eléctrica, y el día sin luz fue un día de lluvia y oscuridad y hoy siempre hubo luz.

De a poco se va, la luz. De a poco se acerca la hora en que bajo al living y leo con Niqui a upa, o tejo frente a la tele. Estoy tratando de terminar un tejido que empecé tres veces ya. Y eso que es simplemente un cuello. No más que tejer derecho, con el punto más fácil del mundo. Pero tres veces lo empecé porque no me gustaba el ancho, o porque los cambios de lana eran desparejos.

De a poco se termina otro día.




viernes, 1 de mayo de 2020

Día 43



Quizás fue la influencia benigna de San Jorge, me dije en algún momento.

El día más espantoso, el de la lluvia sin luz, no terminó mal. No fue un día alegre, ni feliz. Pero no me fui a dormir con la sensación de odiar al mundo por malo, hostil y feo. Ni odiaba, ni estaba desanimada. Un poco cansada, nomás. Acaso triste.

El día siguiente amaneció con un sol que rajaba la tierra, una temperatura amable, el aire seco. Hice a la mañana todo el trabajo de la oficina que no había hecho por la falta de luz el día anterior, puse ropa a lavar, barrí la terraza. Después de comer seguí con la limpieza de todos los rincones. El viento había llevado flores caídas de la Santa Rita a lugares insólitos como debajo de mi cama. Barrí, pasé el trapo, limpié la cocina.

En condiciones normales de presión y temperatura, como decía la profesora de Química del colegio, si me hubiesen dicho que me pasaría el día trabajando y limpiando, me habría deprimido. No conozco a nadie a quien le guste limpiar. Hay a quienes les molesta menos, otros que detestan la mera palabra. Recuerdo decir una noche que lo que menos me molestaba era limpiar vidrios y justo eso era algo que prima Ani detestaba. Todos queremos la casa limpia. A algunos les gusta más limpia que a otros. Pero nadie dice con fruición y embeleso “¡tengo un maravilloso día de limpieza por delante!”

Esa misma noche me teñí el pelo y me pinté las uñas. Y ayer salí con toda la ilusión del mundo a comprar aceite para los goznes de las rejas. No me iba a comprar una cartera Prada, ni un vestido para la mejor fiesta del mundo. No iba a la librería a llevarme cinco libros. Iba a la ferretería y a la farmacia.

Googleo San Jorge. Ah, sí, me digo, es el de la cruz esa, roja, de una de las banderas de Inglaterra. Es el santo guerrero, es el que mata al dragón. No parecería combinar mucho con quedarse en casa y sentirse un héroe mirando Netflix y comiendo alfajores. Un guerrero. Jorge de Capadocia era. Linda Capadocia. Muy linda.  ¿Será que es el santo patrono de los que batallamos con los molinos adentro de nuestras casas?

Nunca tuve un santo preferido. Sé que el de mi abuela Elvira, el de las tías, era San Antonio, patrono de los matrimonios y al que se le pide un novio. Dice Google que el 13 de junio hay que comprar una imagen y pedirle un novio. Dice Google que en algunas partes de América las chicas lo ponen patas para arriba al pobre santo cuando el deseo no es concedido.

La primera vez que estuve en Barcelona, salí con Conga a caminar por la ciudad. En la catedral ella le prendió una vela a Santa Marta. Yo no hice preguntas pero me resultó de lo más curioso. Pensé que no había santos preferidos en la generación de ellas. Busqué, también, en Google. Aparecieron las playas de Colombia. Recuerdo Santa Marta, el agua, a una colombiana diciendo que estaba movida, el Chino y yo nos miramos, el agua parecida estancada de tan quieta. ¿Qué le pediría la tía Conga a Santa Marta por aquellos tiempos?

No creo en santos, ni dioses.  

Sin embargo, sí entiendo que las fantasías mueven el mundo. O quizás no tanto como el mundo, pero sí ponen en marcha muchos motores.

Cuando ayer le respondí al Pancho porqué salía maquillada y con plataformas, le dije que porque me iba a encontrar a Ryan Gosling en el camino. No había chances de que eso sucediera. Pero mirá si sí sucede, y yo con estas mechas. Salí con la fantasía de que algo sucedería. No pasó nada, excepto el humano acompañando al perro siberiano gigantesco, un humano que se fijó en mí. Eso es tan pequeño que ni siquiera cuenta como suceso. Eso ni siquiera cambió el destino del día. Yo ya lo había cambiado, saliendo de mi casa con ilusión. No lo cambié porque me maquillé, ni porque tuviese el pelo sin canas. Lo cambié porque se me ocurrió que el día sería bueno.

¿Cómo funciona eso? No tengo la menor idea. Ya escribí que la igualdad de los días anulaba la ilusión. Ayer, por ejemplo, si hubiese sido un 30 de abril común y corriente, yo habría estado de lo más contenta pensando que era el último día de la semana, que tendría tres días de no ir a trabajar. De hecho, el mismo lunes 27 lo habría empezado con más ilusión que el resto de los lunes: sería una semana de trabajo corta, seguida de un fin de semana largo. Los fines de semana largos siempre estaban llenos de fantasías. Asados, o fiestas, o simplemente leer hasta quedarse bizca.

¿Por qué ayer tenía más ilusión que otros días?

En O negócio (la serie brasilera sobre tres prostitutas) una de las chicas dice que lo que venden es fantasía. Los manes las contratan para fiestas de despedidas de soltero y ellas se visten de egipcias, porque eso eligieron ellos, entonces una es Cleopatra, la más deseada.

Nunca entendí los fetiches sexuales habituales. La única vez que fui a un club de strippers para una despedida de soltera estaban todos vestidos de hombres con uniforme. Bomberos, marineros, policías, soldados. En esos tiempos, o en ese club, ni siquiera bailaban bien. Y ninguno tenía el carisma de Mathew McConaughey.

En otro capítulo, más adelante, otra le cuenta a una amiga no prostituta que lo que los hombres quieren, el secreto mejor guardado de la prostitución, es que lo que los hombres quieren  en realidad es cariño, cariño sin ataduras, afecto sin responsabilidad. Otra fantasía.

En el primer libro de Harry Potter, Harry se encuentra un espejo. El espejo de Erised. En el marco de arriba del espejo están grabadas las palabras “Erised stra ehru oyt ube cafru oyt on wohsi”. Hay que leer las letras al revés: “I show not your face but your heart´s desire”. Perdón, no lo tengo en castellano. La traducción es “No muestro tu cara sino el deseo de tu corazón”. Harry se mira en el espejo y ve a sus padres, muertos hace diez años, a su lado. Ron, en cambio, se ve siendo el más destacado de sus seis hermanos.  Albus Dumbledore le explica a Harry, le dice sólo el hombre más feliz se vería a sí mismo, tal como es, frente al espejo.

Me pregunto si esa criatura verdaderamente feliz existe. Sería una persona sin deseos en el corazón.

En una clase de Historia del secundario, o quizás era de Cívica, una profesora nos hizo leer a Agustín de Hipona. Otro santo. O quizás no era un texto de Agustín sino un texto sobre un texto de Agustín. Más o menos decía que el hombre no era feliz sin dios. La reprendieron por eso a la profesora. Era una clase de historia, no de religión.

No tengo ningún ánimo de despreciar la religión. No creo, carezco de eso que se llama fe. Sin embargo, soy fan de las fantasías. Leo, todo el tiempo, historias que nunca le sucedieron a alguien que nunca existió. Me levanto y la mera idea de que algo suceda me pone de buen humor. Así que no minimizo el poder de la religión si la comparo con una fantasía. Creo que las mías son más amables. No hay sistema de premios o castigos en mis fantasías. También es cierto que no hay reglas, que haberme portado bien no necesariamente me deja en paz conmigo misma. Hace 43 días que me porto bien, y la paz ha sido más escurridiza que nunca.

Aclaro eso para los que puedan sentirse ofendidos, pero ni siquiera estoy pensando en dioses. Simplemente recordé a mi profesora, y a las tías y sus San Antonios colgados en las casas de la 22 y Mar del Sur, a la Conga prendiéndole una vela a Santa Marta.
Pienso, simplemente, en el sistema por el cual las fantasías existen. Y lo que significa tenerlas o no. Creo que los budistas son los que creen, como Dumbledore, que sin deseos se es feliz. Porque si los deseos no se cumplen, no hay infelicidad.

Pienso en el motor del capitalismo, querer y querer y querer cosas.

Hegel decía que se deseaba el deseo del otro.

Pienso es un embole no desear nada, ni tener alguna fantasía. Pienso no necesariamente la frustración me hará infeliz.

Hegel creería que lo entendí: le doy vueltas al concepto de equilibrio. Nunca entendí a Hegel, no le encuentro ni los sujetos a sus frases.

Siempre me he preguntado por los augurios de Marco Aurelio. Era un hombre serio Marco Aurelio, a mi abuelo Antonio, otro hombre serio, le gustaba. Me pregunto si cuando veía unos pájaros, u otros, volando hacia acá, o allá, en realidad no se aferraba a la fantasía de que ganaría la batalla y era tan fuerte esa fantasía, ese deseo, que terminaba conquistándola –no por simplemente pedirle al universo, sino porque en su deseo tan fuerte hacía todo bien, y no cedía al desánimo.

O quizás, el rebote de buen humor de estos días tuvo que ver con que le gané al obstáculo más jueputa de la lluvia: la falta de luz ocasionada por un cable mojado.

Toda esa cosa desafiante de la lluvia los días normales no apareció: no tuve que saltar charquitos ni caminar por el pasillo del subte con calma porque el piso del túnel de la estación Carlos Pellegrini tiene unas baldosas que son resbaladizas con cualquier calzado, y son una pista de patinaje cuando están mojadas. No esquivé la salpicadura de los autos. No volví a mi casa a resguardarme después de haber vencido los elementos de la naturaleza.

Pero sí logré vencer otro tipo de obstáculo. Me dejó cansada la batalla, y un poco triste. Pero había ganado.

Y finalmente, el buen humor puede que haya nacido de este sol que raja la tierra. De ahí la fantasía y la ilusión de una mejora. De algo, sin nombre. Una promesa. Y con eso, sólo con eso, sentir menos agobio.

No lo sé.