miércoles, 13 de mayo de 2020

Día 55



Hoy pasaron muchas cosas.

Afuera de mi casa. Donde no las puedo ver, ni tocar.

Me levanté tarde. El de anoche fue un insomnio con todos los ingredientes. Monstruos, alienígenas y ruidos ominosos desde el centro mismo de la Tierra. La almohada no sirve. No. Es el colchón. Hace mucho frío. Hace mucho calor.

El día, por suerte, lindo, lindo, lindo.

Hay pocas cosas mejores para terminar de ahuyentar a los fantasmas de la noche que sentarse al sol a leer.

También moví unos muebles de lugar.

Hablé con una amiga.

Más tarde vi una charla sobre ciencia ficción. Le presté atención porque uno de los que hablaban, el Pastuso, es casi del todo culpable por mi adicción al género. Porque es amigo, de esos a los que querría ver siempre y con los que conversar es un placer. Porque todo de él me gusta. Pero además le presté atención porque fue de veras buena. Quizás algún día lo cuente. Pero todavía estoy masticando algunos conceptos.


Y todo el día, además de las distopías y de cómo se describe al mundo, con qué palabras, exactamente, estuve pensando en eso de que hay gente que nace. Y que en general me chupa un huevo. Pero cada tanto me emociona. De veras me emociona. Y sonrío, sonrío, sonrío…

Miro las fotos de Lua y de Pipe y siento todo lo bueno puede suceder.  




martes, 12 de mayo de 2020

Día 54



Ayer me quedé pensando que mi máquina del tiempo podía ser usada como un órgano de ánimos Penfield. Ese es un aparato que tienen Deckard y su mujer en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, en el que se marcan diversos “programas” y se produce un estímulo cerebral específico.

Se puede marcar 481: conciencia de las múltiples posibilidades que el futuro ofrece. En el 382 se puede percibir intelectualmente la soledad pero no sentirla. 594: reconocimiento satisfactorio de la sabiduría del marido en todos los temas (juro que dice eso, y a pesar del disgusto, sigo amando a Phillip K. Dick). O se le puede pedir una actitud creativa y nueva hacia el trabajo.  Se ponen volúmenes más altos o más bajos, dependiendo de cómo uno quiera despertarse, y se marcan con anticipación (el estímulo puede programarse para horas más adelante) teniendo en cuenta la agenda del día –día difícil de trabajo, sábado de compras, etc.

Pensé que uno podía tener una lista de momentos que le generaran determinados ánimos, y que con mi máquina del tiempo se podrían replicar esos ánimos.

Después descarté la idea. Mi máquina del tiempo me encanta, pero no es tan precisa como el órgano de ánimos Penfield.

Revivir un momento feliz me haría sentir feliz, claro, y por un rato, al volver de esa hora de felicidad, quedarían resabios en mi cuerpo. Pero corro el riesgo de comparar esa felicidad con el momento presente, que puede no serlo tanto, y en esa comparación deprimirme absolutamente. O depender del contraste, y entonces revivir, en lugar de los mejores momentos, los malos, los habitados por miedos e incertidumbre, las horas más tristes, ese instante de decepción, o de enojo, para que al volver de esa hora me sienta mejor con el presente, porque la comparación convertiría al presente en algo mejor.

Estuve, entonces, buscando recuerdos de distintos signos. Por si lograba armar mi máquina del tiempo. Qué momentos repetiría para conseguir determinados ánimos. Suponiendo, de todas maneras, que el ánimo se quedaría, suponiendo que no funcionaría por contraste.

Se me ocurrió, entonces, que no tiene ningún sentido cargarle a mi máquina del tiempo los malos momentos. Había pensado que para la tristeza podía revivir la vuelta a casa después del entierro de mamá, ese instante de comprensión de la ausencia, una ausencia para siempre.

Para la decepción, el momento en que el Chino me dijo creo que va a ser lo mejor, y yo tuve que preguntarle qué iba a ser lo mejor, porque él ni siquiera quería hacerse cargo de esa frase, de decir quiero separarme. Y a la decepción por el amor perdido, la decepción que me produjo su cobardía.

Para el miedo a secas: la noche en que entraron ladrones a la casa de Georgie. Luna, su perra, ladraba enloquecida, y no eran los ladridos de siempre. Eran furiosos, eran desesperados. Luna nos despertaba, a Georgie y a mí, para avisarnos de la invasión, y para que los ladrones supieran que ella estaba ahí, que sólo por sobre su cadáver. Era una perra maravillosa Luna, y revivir esa noche sería revivir el miedo al ver a los tipos saltar la reja, pero también el amor de ese bicho, e inmediatamente la pena por su muerte, años más tarde.

Para la desesperación física: la primera vez que me quedé enganchada al arnés, debajo de la vela. Había sido advertida, cuando me enseñaron a usar el arnés, de un error habitual. Si te caés al agua, y quedás debajo de la vela, enganchado el arnés al strap de la botavara, desenganchate primero. Eso me habían dicho. Pero no, hice lo que específicamente me dijeron que no hiciera. Intenté salir de debajo de la vela a respirar, al menos un poco, pero claro que no podía, no da la distancia si una está enganchada, y en lugar de tomar aire respiré una profunda bocanada de agua de río podrido que vino, derecho a mi boca y a mi nariz, en una ola gigante. Eso disparó el ahogo, una tos de agua, más desesperación por respirar, y el error de querer salir, otra vez. Es horrible la sensación de vomitar agua por la nariz.

No hay motivos para revivir ese momento. Con saberlo, con recordarlo, basta: en el agua desesperarse es la peor elección, siempre.

En realidad, no hay motivos para desear revivir ninguno de esos momentos. Lo que yo quería, ayer, era el momento de la foto, bajando al agua desde la guardería, la primera navegada, el invierno yéndose, el viento Sur ganándole al Zonda, y toda la hora que le seguía al instante de la foto.

También había empezado a hacer un listado de otras horas, no necesariamente buenas en sí, pero que podrían dejarme con el ánimo más arriba.

Pensé si alguna vez me siento insegura en el laburo, puedo revivir una mañana en Jáchal, el pueblo cercano a Rodeo donde yo hacía trámites bancarios y las compras del complejo de hotel y cabañas para el que trabajaba. Esa mañana en especial había logrado, en las 4 horas que tenía hasta el cierre por siesta, solucionar un problema con el homebanking, comprar todo lo de la lista en los lugares habituales (chiringuito de artículos de limpieza, mayorista de lácteos, mayorista de gaseosas, un supermercado, otro supermercado, la farmacia donde le compraba al jefe sus anti-alérgicos, la cera de depilar a una amiga, y el esmalte de uñas para mí). Y además un pedido a último momento, por teléfono, justo cuando estaba por ir a la estación de servicio a cargar nafta, ir al baño y conseguirme el café que tomaría volviendo a Rodeo por el Camino de la Muerte (Jáchal queda cerca pero se hacen largos los 45 km por camino de cornisa). Debía conseguir unas pelotitas (tienen nombre específico olvidado), para rellenar los pufs de la pileta del complejo. Y en la cuarta ferretería a la que fui, los encontré.

Era casi imposible la lista original. No solamente porque el tiempo era ajustado, sino porque muchos de los ítems no se conseguían nunca en Rodeo, ni en Jáchal, a veces ni siquiera en San Juan. Y esas bolsas de pelotitas malparidas fueron las únicas bolsas que esa ferretería había comprado. Odié esas pelotitas después, porque las pocas que se escaparon de una bolsa se quedaron dando vueltas en le camioneta por meses.

Era imposible hacerlo todo. Pero lo hice. E hice más. Claro que no reviviría ningún momento de esa mañana si fuese por el mero placer. Hacía un calor de muerte en Rodeo, donde todavía no soplaba el viento –en Jáchal era peor. No tomaba agua ni gaseosa ni nada en esos viajes porque no había tiempo de ir al baño, al menos no hasta que todo se hubiese terminado. Sentía la piel resquebrajándose, la boca seca, y el sol en la cabeza. No podía despegar mi atención de las listas ni medio segundo, ni desviarme del camino trazado para no perder tiempo.

No querría vivir esas mañanas de nuevo. Pero si alguna vez no me sintiera capaz, con ese recuerdo bastaría para convencerme de que lo soy. También serviría para eso revivir la vez que me enterré en el barro con el auto de mi padre, bajo una lluvia torrencial y, más allá de quedar cubierta de barro de los pies a la cabeza, logré sacar el auto.

Para sentir ternura no necesito los momentos precisos de abrazos de Pedro, Dante, Titi, o una vez que Amadeo me miró y me sonreía, me acuerdo de sus ojos, Amadeo tiene ojos bellos. Me gustaría estar de nuevo ahí algunas veces. Pero para sentir hoy ternura me basta sentirla a upa a Niqui, esas noches en que miro tele y ella se duerme con un abandono absoluto sobre mi regazo.

Para el amor y esa cosa emocionante mezcla de anhelo y miedo, empezaría el repeat en los minutos anteriores al primer beso con Jon, un inglés del que me enamoré hasta el infinito.

Para creer que la Humanidad no está fregada del todo, cualquier momento de comprensión entre mis amigas.

Para no desanimarme: la vuelta, caminando, hasta lo de Etelvina, después de haberme despedido de Helena, por quinta vez en la vida, sintiendo que hay amistades que duran toda la vida. Para la inmortalidad.

Para sentir absoluta calma: la noche del cuarto o quinto día en Mar del Sur, el momento en el que ya no hayque nada, el momento en el que se toma vino con un libro al lado del fuego, o se lee echada en la playa, sólo el sonido de las olas de fondo, nada pendiente.

Así, cualquier asado en familia, o reunión con amigas, incluso alguna tarde con el Chino, antes de la decepción. Una caminata con Erne por la orilla del Sena, el cumpleaños de Carmencita que terminó en La Cantina, con un maravilloso y psicodélico clericó hecho por la tía Conga, la tía Conga cortando las frutas en la galería de la casa de Tigre, para otro clericó, el de Navidad –esas horas, algunas más felices que otras, que nos pasábamos arreglando la casa para la fiesta.

Volver de los momentos tristes en estos días no me haría más feliz por contraste. Quizás sí me ayudaría volver de momentos difíciles, de desafío. (Estoy tan desesperada por meterme al agua que hasta ahogarme un poquito tiene su encanto.)

Al final, mi máquina del tiempo es más parecida a la convocatoria de fantasmas amables con los que pasar una tarde de pintura que al órgano de ánimos Penfield…

En estos días de encierro, creo que querría cualquiera de los dos aparatos. En realidad, quiero los dos.

Programaría confianza en el futuro y calma absoluta en el Penfield. Y a la tarde, justo cuando el sol se está yendo, me metería al agua. Una y otra vez. Todos los días. Aunque sea solamente una hora.

lunes, 11 de mayo de 2020

Día 53



Hoy tengo muchas ideas.

Ninguna se queda.

Estuve buscando más gente en internet. Encontré a varios personajes a los que no veo desde hace unos 17 o 19 años. A algunos los he amado, a otros les tengo un cariño infinito por haber sido testigos de algún tiempo mágico. Miro sus fotos, busco y busco. No le escribí a Hana. Pero mandé una solicitud en Instagram a su editorial. Uno de estos días me animo y le escribo.

Buscando una tarjeta de puntos en los cajones de mi escritorio, encontré en cambio la tarjeta de presentación  de un rubio muy rubio y de veras alto, que una mañana de amontonamiento en el bondi me cedió su lugar y se quedó formando una barrera a mi alrededor, sin tocarme. Cuando se estaba por bajar, me dijo me gustaría que me llamaras, y me dio su tarjeta. No la guardé para llamarlo. La guardé para recordar el momento. Hacía tanto frío y yo estaba de tan espantoso, horrible y desmadrado malhumor. Y Marcelo, así dice la tarjeta que se llama, me hizo sonreír y esa sonrisa le cambió el signo al día.

A la mañana fui a la verdulería. Quería aventurarme con alguna tarta distinta. Comí ensalada.

Ayer pensé que debía reorganizarme. Poner horarios para todo. Recalcular. Eso. Una rutina bien definida, sin huecos donde la neurosis pueda anidar. Estoy segura de que funcionará mejor. No lo hice, claro. No creo que lo haga.

La panza de Niqui hace muchos ruidos. Tanto huesito de asado. Estará a dieta estos días.

Los vecinos han estado ruidosos hoy. Los niños salieron a jugar. Uno tuvo un berrinche –gritaba y gritaba y Niqui empezó a ladrarle. Le grité yo a Niqui. Ella se calló, el niño, no.

Puse el disco Pet sounds, de los Beach boys, en Spotify. Esta mañana me desperté con “God only knows” en la cabeza. No tengo la menor idea de lo que hacía allí, esta mañana, esa canción.

Estuve buscando un texto perdido en los archivos de la computadora. En cambio me encontré una foto del comienzo de la temporada 2017 – 2018. Adivino la lycra negra debajo del neoprén, el neoprén más abrigado (5/3) debajo de la lycra fucsia, por arriba. Tenía el pelo largo, o más largo que ahora. Debía ser septiembre, porque soplaba Sur. Todo en la foto sugiere un frío atroz. También se ve la ilusión de la primera navegada después del invierno.

No me deprimí mirando la foto. Un día elegí volver de Rodeo, y desde entonces me perdí dos comienzos de temporada. El encierro, esta vez, no es el culpable.

Igual, la foto me hace sentir más encerrada. Pero si me concentro, me puedo ver haciendo lo mismo, pronto, después del invierno. Me gusta esa fantasía. Me quedo con esa idea.

La lycra fucsia me la regaló Chufi. Extraño a Chufi.

Al fondo de la foto se la ve a Iru, cuando recién empezaba a corromperse. Ahora salta olas en Chile.

Quiero una máquina del tiempo. No el DeLorean. Tampoco la de Wells. Sería una máquina donde poner repeat a momentos elegidos. Como si fuesen tracks de un CD. Momentos de no más de una hora –para no quedarse pegados. En esa hora se volvería a vivir, exactamente, lo mismo que se vivió en el momento elegido. No es para observarse a una misma de lejos, ni para incidir en las acciones del momento y así cambiar el rumbo del destino. Ni siquiera para analizar esas acciones, o los pensamientos o sentimientos. Nada de todo eso. Simplemente volver a vivir, en ese momento, siendo la misma persona que se era. Se puede hacer eso una vez por día.

Quiero repetir esa navegada, empezando por el instante que retrata la foto. Bajando, abrigada con todos los chiches, con el equipo, al dique. Ese es el comienzo. Y la hora que le sigue. Quiero sentir esa ilusión, esas ganas, esa alegría, quiero estar en el agua ese día frío, congelándome los pies en el agua helada, el viento en la espalda, a sotavento la cordillera, y surcar, rápido, el agua.

Ni el frío le cambiaría.

Haré yoga hoy. O quizás no. La comparación con ese momento deja a cualquier sesión de yoga muy mal parada.

O siga buscando personajes del pasado en internet.

O cocine una tarta distinta.

O lea.

Probablemente mire tele.

Está linda la luz del anochecer en la ventana.




domingo, 10 de mayo de 2020

Día 52




Sol y algo parecido a la rutina de los tiempos anteriores a la distopia.

Los fines de semana esa fantasía es más posible. No hay que preocuparse los fines de semana. Nunca. No hay que mirar los saldos de los bancos, ni hacer pagos, ni levantarse temprano. Los fines de semana no debe uno ser productivo. Entonces lo de comer alfajores mirando Netflix, o lo de leer al sol, es lo único que hayque. Desconectarse de la realidad, eso que en estos tiempos sucede solamente en las pantallas, es más fácil. Obviamente, la vocecita que repite el día entero “el planeta va a explotar” no se calla nunca. Pero es más fácil ignorarla si se olvida todo aquello que uno no está haciendo.

Ayer a la mañana mi cuerpo todavía sufría la noche pasada bajo los efectos de los anuncios oficiales. Me había costado dormir a pesar de haberme levantado temprano el viernes. Después me desperté una vez, por un ruido en el patio o en mi cabeza, y ya no pude volver a dormir hasta el amanecer, cuando la luz del sol empezaba a notarse en mi ventana, cuando me dije me levanto ya, es de día, y dejo de batallar contra el insomnio –esa es la hora en que los insomnes dormimos, cuando nos damos por vencidos, cuando decidimos que ya no dormiremos.

Así que me levanté tarde ayer. Me dio pena al ver el sol radiante. Me dije no seas boluda, es sábado, uno de los días oficiales para levantarse tarde, y me senté a escribir, con un rico café hecho en la cafetera de verdad, esos cafés de lujo, de días de indulgencia. Tranquila, sin perseguirme con los hayques, repitiéndome  es sábado, ayer fue un buen día, mañana (hoy) será otro buen día.

A la tarde, después de mover algunas cosas de un lado para el otro en mi casa, subí a la terraza y me dediqué a jardinear. No podé, no todavía, aunque uno de los días fríos pensé quizás ya es hora de ayudar a las plantas a guardar energías. Saqué yuyos, removí la tierra de algunas macetas. También barrí juiciosamente, juntando con la pala las flores muertas de las rosas chinas.

Y después me acomodé en uno de los sillones de la terraza y me puse a leer.

A la noche vi tele un rato, quise dormirme temprano pero esa levantada tan tarde no ayudó.

Igual hoy me levanté temprano. Quizás esta noche pueda dormir bien.  

Como la iba a abandonar a Niqui un buen rato, decidí concederle una caminata. Salimos y caminamos, ella feliz, yo un poco agobiada con el barbijo. Pero el sol estaba lindo, era temprano y las calles estaban vacías, los ruidos apagados, como siempre los domingos, como siempre antes del encierro.

Y después volví, me desinfecté, incluso me duché, para estar segura de no acarrear bacterias en mi cuerpo, chequeé las gomas de la bici, armé la mochila, esta vez era pequeña, y me fui al asado familiar en Moldes.

En el camino estuve pensando si le ponía un nombre a la bici. O si seguirá siendo “la bici”, porque es la única.

No sólo le tenía menos miedo a la calle y sus múltiples obstáculos, sino que además había menos gente caminando, menos gente en auto, en moto, o en colectivo. Era una mañana verdaderamente quieta. Sin viento, sin gente, sin motores. Atravesé calles y avenidas y seguí andando, feliz con mi bici, sin sufrir sobresaltos.

Hablando con Erne, él me dijo que quizás tenga, él, la antigua fascinación por la bici de cuando era chico. No sé si es eso, o al menos no lo reconozco tan fácilmente en mi caso, pero sí que es lindo andar en bici. Ir sola, al sol, el aire revolviendo el pelo.
Llegué a Moldes, dejé la bici en el garaje, me desinfecté, y volví a salir, con el carrito de las compras a cuestas. Un supermercado chino, otro, el Carrefour, el Día. Volví y Erne estaba con su bici en la puerta.

Papá le dijo a Erne hoy sos el invitado, aso yo. Hace años era papá el asador, siempre. Después, no sé en qué momento preciso, cambió, y si estaban los dos, la tarea era de Ernesto. Papá hacía el fuego a veces, sólo el fuego, y en general se había movido al lugar del que trae el vino y hace los tragos. Esta vez declaró sos el invitado y Erne se sentó.

Nos tocó el mejor día del otoño. La temperatura ideal, nada de viento, sol. Una luz maravillosa sobre las tipas y los jacarandás y los liquidambar de esa calle. Las vías enfrente, el cielo azul con alguna que otra nube algodonosa a lo lejos. Silencio y quietud, una placidez de asado de domingo en familia.

Hablamos de series, de películas, de actores y actrices (de Jeanne Moreau y Rita Hayworth, de Charlize Theron y Meryl Streep, de John Cazale, Christopher Walken, de Al Pacino y DeNiro, de Laura Linney), de la pandemia, de personajes de la historia que nunca ninguna película o serie retrata de manera amable (Nixon, por ejemplo). Hablamos de presidentes gringos impresentables, del conflicto en Palestina, de lo imposible de entender que nos resulta.

Hablamos y comimos asado de tira y bifes anchos.  

Y cuando terminamos de comer e Hila se había ido a dormir la siesta, nos acomodamos los tres restantes donde el sol da en la cara y nos quedamos conversando, sin apuro, sin preocupaciones, disfrutando de ese aire tan limpio, de la luz de otoño cuando el sol se pone, del simple estar ahí, juntos, los fantasmas alejados por la mera presencia del otro, con la vida como siempre. O quizás con una nueva vida, distinta del todo de la de antes, pero con el mismo querer.




sábado, 9 de mayo de 2020

Día 51




Ayer me levanté tan temprano, y me organicé tan juiciosamente, a pesar de este vaivén de decisiones intrascendentes que llenan el día, que cuando Erne tocó el timbre yo ya había escrito, trabajado, limpiado la casa, cocinado y comido.

Todo muy poco. Pero todo.

Hay otros días en que la pantalla de la tele se cansa de pasar imágenes mientras yo destejo y tejo. El tejido avanza poco, el día se consume rápido, bastante inútilmente, y alejo esa culpa por la poca productividad por ser deprimente, porque no puedo combatir la certeza de mi inutilidad en estos tiempos –en ningún tiempo– con argumentos sólidos –soy de las que gustan de argumentos sólidos.

Así pasan los días.

Erne llegó, tocó timbre y salimos, Niqui y yo, listas para caminar. Metimos la bici de él en el pasillo del edificio y nos fuimos. Siempre a cinco cuadras de casa. Primero para un lado, después para el otro, paradas estratégicas para que Niqui huela las huellas dejadas por sus amigos, para sus necesidades escatológicas.

Los dos con barbijo, caminando siempre por la vereda del sol.

Se cortó el pelo. Y también tiene canas, aunque menos que yo, y mucho menos que Hila. No soy la única que sospecha un lejano pero cierto parentesco de este muchacho, mi hermano menor, con Dorian Gray.

Caminamos y conversamos y nos sacamos los miedos de encima. Unos los sacamos con la presencia del otro ahí, cerca aunque no tanto. Otros los sacamos hablando.

Decidimos que porqué no un asado los cuatro en lo del Pancho, si nos podemos sentar afuera, lejos unos de otros. Decidimos que si el domingo no sopla el viento inclemente que convierte el balcón terraza de ese séptimo piso en lugar hostil, nos vemos los cuatro, ahí, juntos, pero alejados –en el balcón terraza es posible la lejanía.

Me ilusiona la mera imagen. Esa imagen repetida hasta el infinito desde hace años. Imagen que ha cambiado el fondo pero no los personajes, esos cuatro que somos desde hace tantos años ya. Asados en Tigre, en Levene, en Moldes, en Rodeo en mi casa, en Rodeo en cabaña alquilada. Alguna vez, cuando tenía parrilla, se hizo asado acá –y el único motivo por el que querría tener parrilla hoy es para invitarlos, aunque sea dos veces al año. Comidas en ciudades distantes, en pueblos perdidos, en restaurantes de carretera, en hoteles y aeropuertos.

Las mismas cuatro voces, los gestos repetidos, las tareas o roles que cumple cada uno, iguales, siempre.

Antonio Fosca, el personaje de Todos los hombres son mortales, dice que no le interesa mirar la luna. Que hace 400 años que es la misma luna. Yo me convencí, allá lejos en el tiempo, cuando leí por primera vez esta novela, de que era buena cosa ser mortal, de que era bueno no cansarse de mirar la luna, de temer el momento en que no se la mirará más. Estaba segura de que la mortalidad me hacía inmune a la pérdida de sentido de los placeres del mundo.

Nunca ignoré el placer de estar los cuatro juntos, comiendo, o viajando. Pero a veces sí que me daba pereza. Hubo algún que otro domingo en que lo único que quería era quedarme encerrada en casa, escribiendo, leyendo, jardineando o simplemente descansando, frente a la tele.

Me da mucho miedo el contagio. Me da miedo la idea de que se mueran por esta gripe pedorra y asesina.

Pero no es eso, no es la posible mortalidad de mi padre y mis hermanos la que hace que la imagen brille más de lo normal.

Es la ausencia.

Seguro alguien dice la ausencia es una forma de la muerte.

Acaso sea cierto, no lo sé.




viernes, 8 de mayo de 2020

Día 50




8.30 de la mañana.

Dice la pantalla: sensación térmica 9.9° C Hoy va a haber sol, de nuevo, por suerte.

Me siento frente a esta computadora con la idea de hacer algo.

¿Qué?

El diario, siempre, aunque haya algunos días en los que, si no fuese por el blog, escribiría “querido diario: hoy comí hamburguesas de lentejas y me cambié el color de las uñas de lila a morado”.

También chequearé algunas cuestiones administrativas de la oficina (esa “oficina” que funciona remotamente, aunque hay un edificio que solía contener ese concepto, un edificio que está cerrado desde hace 50 días, y al que ninguno de nosotros, los que componíamos esa “oficina” va desde hace 60 días).

Es curioso cómo todo parece estar pendiente, ser precario, un vamos viendo continuo. Tiene que ver con los planes que no podemos hacer, con ese futuro que nos resulta incierto porque esperamos que todo cambie. En realidad, esperamos que todo vuelva a ser como antes. Con suerte, será parecido. Y nos convenceremos de que está bien, de la misma manera en que últimamente me levanto y me convenzo a mí misma de que está bien esto, este encierro, es mejor para todos, nos cuidamos mejor, esquivamos la Parca.
Ya puse ropa a lavar, abrí todas las ventanas a este frío intenso de la mañana, ventilo. Siempre ventilo, lo hacía antes de esta pandemia. Ahora soy un poco más exigente nomás. Prendí un sahumerio también. Para tapar el olor a lavandina, a alcohol y a desinfectante que tienen todas las superficies.

Me digo, como todas las mañanas en que me levanto temprano, podría escribir el cuento del personaje que camina por la vereda con su perro. Una idea de cuento que se me ocurrió un día, hace no mucho, y a la que le di unas vueltas en la cabeza y me gustaba. O empezar otra novela, una que siempre escribo y nunca escribo.

Pero en estos tiempos, aun cuando las ideas a veces siguen gustándome, la escritura de ficción me resulta difícil. En realidad, escribir más de unas tres o cuatro páginas es lo imposible. La concentración larga, la quietud necesaria. Me siento y enseguida la máquina de lavar la ropa termina el ciclo. Cuelgo la ropa y encuentro yuyos en las macetas. Me vuelvo a sentar y la idea se escurrió. Trato de volver a ella y lo logro, por segundos, pero entonces me pregunto ¿por qué ese punto de vista, no será mejor en primera persona?, y ya no recuerdo los motivos para haber elegido la tercera persona, o los motivos para descartar la primera.

Me digo es el sueño de la piba, es mi sueño, tener todas estas horas por delante para escribir, sin necesidad de salir a ningún lado. Y me repito todos los sueños, siempre, tienen truco.

Hoy se cumplen 50 días. No pensé que duraría solamente 15. Pero tampoco se me ocurrió que serían 50.

Cada tanto me pregunto por la resiliencia. O por esas cosas que ayudan a vivir. Siempre llego a la conclusión de que al final son nocivas.


9.30 am.

Me había olvidado lo duro que resulta colgar ropa empapada cuando el aire es frío. Me había olvidado de cómo quedan las manos. Las pongo debajo del agua caliente y es apenas caliente pero parece que quemara, porque la piel está helada.

En Rodeo cada tanto me levantaba y la ropa estaba congelada. Quedaba muy limpia y alguna vez el Hormi comentó que un señor de Levi´s, quizás el mismo Sr. Levi, decía que los jeans no se lavaban, que debían ser puestos en el freezer.


10.30 am.    

Ya hice cuadros y anoté saldos y esas cosas, lo poco que hayque.


11.30 am.

Se despiertan del letargo. Es la hora en la que empiezan los llamados y los whatsapps.


1.30 pm

Logré escribir un poco. Muy poco.

A las 3 viene Erne. A buscar la plata que le depositan en mi cuenta y que ya saqué de los cajeros.

Me hace ilusión verlo un rato, aunque sea en la vereda.




jueves, 7 de mayo de 2020

Día 49



Sigue el aire frío. Pero hay sol. Y es maravilloso. Amo el verano. La luz, el sol que quema la piel.

El invierno me encierra más adentro de mi casa, y adentro de mí misma. Me desalienta el gris del cielo, entonces me quedo adentro para evitar ese gris, para escaparle al frío, y después me agobia el encierro. Era así en tiempos normales.

Ahora me agobia el encierro. Y no puedo elegir salir.

Pero cuando amanece y no veo nubes desde mi cama, cuando la promesa es de día soleado, me dan muchas más ganas de levantarme, de estar despierta, de estar viva, que los días oscuros.

Hay sol, mis crisantemos morados contrastan con las hojas verde oscuro de la planta. Las flores de la Santa Rita siguen saliendo y se ven nítidas contra la pared blanca, algunos malvones desorientados florecen a destiempo

Se instala el invierno, de a poco.

Pero todavía aprovecho la corriente de buen humor y esperanza que me dieron el paseo en bici, y el reencuentro con mi padre e Hila, y este sol maravilloso que no me quema pero sigue calentano  algunas horas, y no me desanimo.

Me digo la vida sigue.

Me lo confirma una mina que trabaja para un cliente. Está embarazada, me dice. Yo hago cuentas. No las habría hecho en otros tiempos –en otros tiempos el mero anuncio de un embarazo no me habría resultado una rareza. Me digo si ya se lo dice a los proveedores es porque pasaron tres meses. Entonces quedó embarazada cuando la pandemia no se había esparcido malignamente a nuestras costas. No quedó embarazada durante el encierro. Por aburrimiento, o porque se quedaron sin preservativos.

En estos tiempos, yo no necesito comprar preservativos. Y, ya lo dije, lo más probable es que no los necesite nunca más. Lpm.

Pero la vida sigue.

Nunca paró.

Lo que pasa es que hay que recalcular.




miércoles, 6 de mayo de 2020

Día 48



Imaginen.

Una noche me fui a dormir con la idea de que al día siguiente comería carne a la parrilla en casa de mi padre. En su compañía y la de mi hermano Hilario.

Hacía tres días que me dedicaba a una lista de cosas para llevar, de compras, de tareas pendientes. Hacía tres días había empezado a llenar la mochila –las llaves del departamento, por ejemplo, para que no tuvieran que bajar a abrirme.

Hacía más días, casi seis, había inflado la bicicleta y había chequeado, todas las mañanas, que no se hubiesen desinflado las gomas.

Esa noche me metí en la cama antes de las 12. Intenté hacer eso todos los días del encierro, y fracasé. También fracasaron mis trucos para evitar el insomnio, trucos que hasta el encierro habían cumplido mi deseo de dormir seis horas seguidas. Ya no funcionan siempre. Tampoco lo hicieron esa noche. Di vueltas sin dormirme, prendí la luz, abrí el Kindle, apagué la luz a las 3.30.

A las 8 de la mañana estaba tomando mi Nesquik del desayuno, con el ceño fruncido: el cielo estaba gris, soplaba un viento inclemente, y el frío era intenso. El asador va a putear. El asador va a tener razón si dice hoy no es buen día. Y yo no le puedo pedir, con este clima, que se ponga a mover brasas de un lado para el otro en el balcón terraza de un séptimo piso. El viento no era lo grave. Lo malo era el aire helado que empujaba.

Me dediqué a algunas tareas laborales, moví cosas de un lado al otro de la casa, esperé hasta las 10 de la mañana. Mandé un whatsapp a esa hora. Dijimos vemos en un rato. Si no, lo pasamos para otro día. Dije sí, sin problemas, sintiendo cómo se desinflaba mi vida. Pero duró poco, porque enseguida me llamó papá y me dijo que él no tenía problemas en asar, que en su casa había sol.

Y resultó cierto, no había sido el habitual optimismo ligeramente esquizofrénico de mi padre. El viento se había llevado el gris, dejando el aire helado, pero sin nubes.

A la hora señalada, y habiéndole pedido consejo a los ciclistas experimentados, (Marga, claro, y mi hermano Ernesto), salí con mi mochila y mi bicicleta, esa que en Rodeo me resultaba tan amiga y que en la ciudad he usado para ir hasta la Plaza Irlanda nomás (5 cuadras), porque me dan miedo los colectivos y los taxis y todos los vehículos a motor. Además mi bici no tiene espejos retrovisores, ni bocina, ni luces de giro.

Guantes, gorro de lana, barbijo, anteojos de sol, que además cubren los ojos del viento helado, de ese que hace llorar. Pero me los tuve que sacar, porque se empañan los vidrios, y más se empañan cuando se va rápido, cuando se pedalea rápido.

Hice una primera parada en lo de Marga, de donde me llevé unas tres docenas de raviolones. Charlamos un rato, ella sentada en el escalón de una casa, yo en el escalón de la casa de al lado. Miramos a la gente en la cola del kiosco de la esquina, ella le dijo a un hombre que le gustaba su pinta. El man tenía unos pantalones rojos, botines marrones, un chaleco azul, un sombrero lila. Debajo del sombrero salía un pelo negro ensortijado. Había estado en esa cola del kiosco y habíamos comentado los detalles. Creo que lo desconcertó Marga, o las dos, ahí piropeando su atuendo. Igual le adivinamos una sonrisa.

Después seguí camino. Era la peor calle, a la que le tenía más miedo, porque suele ser un caos de autos y colectivos. Pero eran tan pocos que no parecía ser ella misma, Jorge Newbery, tan despejada.

El puente es empinado, pero de última lo subís caminando, me había dicho Erne, y yo me dije veremos cuando llegue. Lo encaré de una, no tenía autos atrás, ni adelante. Lo subí con esfuerzo, pero lo logré. Y la bajada es una maravilla. Dejar las piernas quietas y deslizarse por la bajada, y la curva y recorrer casi toda la cuadra con el impulso, la cara al viento.

Recordé las bajadas famosas de Miramar, la que llamábamos la de la muerte porque siempre alguien se caía y quedaba lleno de raspones. La de la llegada al colegio, yendo rápido por Dardo Rocha, el puente sobre el río, la bajada y la curva a la derecha –esa no se disfrutaba tanto porque justo ahí, a menos de media cuadra, estaba la entrada al colegio. Había que frenar casi enseguida, pero era linda, con la calle llena de las florecitas amarillas de las tipas, el río a un costado.

Llegué y metí la bici en el garaje, y subí en el ascensor. Abrió la puerta papá, y nos miramos a la distancia reglamentaria. Empecé a desensillar mientras me rociaba alcohol en las botas, en la campera. Me lavé las manos, me puse alcohol en gel.

Estaba Hila, y quiso el abrazo. Y le dije que no, de ninguna manera, hay que estar alejados.

Estaba Hila, y yo quería su abrazo.

Pero no le di rienda suelta a lo perdido, a esos gestos de cariño que para él lo son todo y no son posibles ahora, quizás no lo sean por un tiempo largo.

No le di rienda suelta a la tristeza porque yo estaba ahí, porque ellos estaban ahí, porque los veía, sus cuerpos consistentes y reales. Sus voces. Sus maneras de caminar, de moverse, de hacer.

Papá hablaba por teléfono con un cliente, así que bajé a comprar el carbón y al volver ya había empezado con eso de prender el fuego con la ayuda del viento. Me serví una copa de vino, él se preparó un dry Martini. Le hice compañía en el balcón, entramos mientras todo se prendía, volvimos a salir.

Hila me acompañó a la baulera a buscar las pantallas de la lámpara de pie que arregló San Jorge y a la que pintaré en estos días. Me dijo que estaba un poco aburrido. Lo vi un poco bajoneado, pero lo hice reír un rato, con alguna huevada que le dije, y se le iluminaron los ojos, y sonrió.

Hila está más canoso que nunca. O quizás se nota porque no tiene el pelo tan corto, porque no se está afeitando y entonces se le ven las canas en la barba. Tiene también en las cejas, unas cejas que a diferencia de las mías siempre fueron escuetas, finitas. Hila va a cumplir 47 años en noviembre. Más para espantar los miedos que por otra cosa me digo pronto le organizaré la fiesta de los 50 años.

Papá pone los bifes en la parrilla, yo lavo los tomates, Hila pone la mesa.

No ignoramos nada de nuestras vidas cotidianas. Hablamos seguido por teléfono, nos contamos. No es necesario informarnos mutuamente de cómo se soluciona la comida, o el lavado de ropa, o la limpieza de la casa. Tampoco de las series que miramos, o de las películas que encontramos. Ni siquiera de las noticias necesitamos hablar.

Pero igual lo hacemos, porque de repente es una fiesta si estamos sentados a la misma mesa.

Cada uno en una esquina, nos repartimos la carne. Papé decide que el mejor bife es para mí, porque soy la invitada, y yo lo acepto. La carne no sólo es deliciosa sino que además es a la parrilla y papá es buen asador. Le digo la última vez que comí carne a la parrilla fue punta de espalda (un corte sanjuanino que los porteños no desculamos a qué parte de la vaca corresponde), hecha por el Pata, en Rodeo. Hace de eso unos 48 días.

Pongo música desde mi teléfono, la banda de sonido de Motherless Brooklyn. A papá le gusta una canción de Thom Yorke. Después pone música él, Muse.

Yo no como postre, y además no me puedo mover de tanta carne con ensalada, pero ellos sí. Hila come media banana, el Pancho dulce de membrillo con queso.

Hila levanta la mesa antes de irse a dormir la siesta y me entrega sus anteojos. Tiene una de las patillas rotas y yo estoy por ir a dar vueltas por el barrio de ellos, dar vueltas para conseguir cosas.

La óptica es con turno. Anoto los números.

Voy al kiosco, consigo cigarrillos. Voy a la farmacia y le compro al Pancho sus ayudameavivires y uno de los pontingues para la piel de mi cara. Voy al cajero y consigo efectivo. La pescadería está cerrada.

La avenida Cabildo da impresión. Hay algunos autos, hay algunos buses. Pero yo la reconozco como esas avenidas donde en cualquiera de sus esquinas hay gente, mucha gente, esperando para cruzar. Había algunos paseantes. Pero pocos, y las esquinas estaban vacías. El sol iba y venía con ese viento tan fuerte, iban y venían las nubes.

Volví pronto y después de ayudarlo a papá a redactar una furibunda carta, emprendí la vuelta.

Me vestí con el abrigo, con los protectores antibacterias.

No quise pensar en cuándo volvería a verlos. Hacía 10 semanas, casi exactas, que no los veía. Papá me había dejado en la estación de Retiro el 5 de marzo. Cuando volví, sin el equipo de windsurf  porque salí de Rodeo como huyendo, no le pedí que me buscara en la terminal. Ya era riesgoso meterse en lugares con gente, no necesitaba más que un taxi normal, yo tenía miedo de haberme infectado en el bus, tantas horas, tan lleno de gente, un espacio tan chico. Así que desde ese 5 de marzo hasta ayer no había visto a mi padre, ni a mi hermano.

No quise pensar que me quería quedar más horas, o que quería volver al día siguiente. 

Me dije ya volveré. Tengo el permiso de circulación, no me preocupa mucho contagiarlos porque me he cuidado hasta la obsesión en mis salidas, y además fueron pocas veces. No los estoy poniendo en riesgo mientras yo no me ponga en riesgo.

No quise pensar en nada más que en lo bien que me había hecho la compañía de ellos esas horas.

El aire estaba helado, pero no lo sentí en el viaje. El puente a la vuelta costó más y me dije no es el bife a la parrilla, ni el vino tinto, es el viento en contra. En la bajada me reía, y no supe si por la mentira tan absurda que me había contado, o por el mero disfrute de las bajadas en bici.

Le pifié a un par de calles a la vuelta y terminé recorriendo adoquines. Son lindas las calles adoquinadas. Pero no son amables con los culos de los ciclistas. Me dije debo encontrar caminos alternativos mientras rebotaba. Pero hasta rebotar me hacía reír.

Llegué a casa y Niqui me saludó como si me hubiese ido un mes entero. Entre mi vuelta y los huesitos que le traje, estaba más feliz de lo acostumbrado.

No sé si lograron imaginarse el día. La ilusión de un asado en familia. El sol en un cielo alternativamente celeste o con nubes blancas y espesas. El viento helado. La sonrisa debajo del barbijo pedaleando los 5.88 km que separan mi casa de la de mi padre. El abrazo que no me di con Hila pero que adiviné de cientos de miles de abrazos anteriores. La charla en vivo con papá, ese gesto de darme el mejor bife, el rico vino que me convidó. El amor de ambos, mi amor a ellos.

No sé si lograron imaginarse algo de todo eso.

Así fue mi día ayer.

Y no necesito imaginar nada, porque todavía lo siento en los huesos.