viernes, 3 de abril de 2020

Día 15




Hace unos días me llegó, por mail, la única cadena a la que me he prendido.

Desprecio las cadenas. Por whatsapp, por mail, por correo. En la primera casa de Tigre llegó una –llegó al buzón, traída por un cartero, en un sobre de papel, escrita a mano. Ya entonces me pareció absurdo.

Las típicas cadenas amenazan con la mala suerte eterna. Y, como la mejor manera de no ceder a las extorsiones es ignorarlas, ignoro la cadena , y sigo con mi vida, y si tengo mala suerte, supongo que es porque la suerte es suerte, y no podría haber hecho nada para cambiarla.

Esta vez me prendí. Había que mandarle un poema que nos hubiera impresionado en un momento difícil, a una sola persona.   

No leo poesía habitualmente. Me gusta. Pero si voy a comprar un libro, compro novelas o cuentos. Soy bastante bruta cuando se trata de poesía. Me prendí a la cadena, en realidad, para encontrar poesía nueva, que no hubiese leído alguna vez. Y porque estamos bastante al pedo, la verdad. Me dije mejor leer poesía que las cifras de la muerte.

En el ínterin, miré mi biblioteca. Montones de Shakespeare, algo de Borges, Idea Vilariño, Pessoa, Robert Frost, William Blake, Baudelaire, Jim Morrison, Gustavo Adolfo Bécquer. Es todo lo que tengo en papel. Ni siquiera tienen un estante propio (sería desperdiciar mucho espacio, porque no llenarían un estante). Y, en fotocopias, una antología de “Poesía lírica amatoria”, la lectura obligatoria de mis clases de Literatura Inglesa en la facultad.

Mandé un poema de Pessoa, de una antología que me regaló un brasilero hace más de veinte años. Un regalo inolvidable. Un momento inolvidable.

Y me quedé esperando alguna sorpresa, que no llegó nunca. Mario Benedetti. Mario Benedetti. Mario Benedetti. Tres mañanas seguidas abriendo mi correo y encontrando poemas de Mario Benedetti.

No tengo una sola copia de sus poemas en papel. Pero es probable que los conozca a todos.

Soy de las que tenían 16 en el año 1992. Soy de las que, entonces, leyeron Girondo, y Gelman, y Benedetti. Además, todavía vivía con mis padres, incluso mamá vivía, y la bilblioteca de la casa, la biblioteca que era de ellos, estaba llena de poesía.

Soy de las que nunca dejaron de estar enamoradas de Oliverio.

Todavía recuerdo esa escena. Él sentado a la mesa de un cabaret en Montevideo, con una cerveza, mirándola. Su voz en off recitando “No te salves”.  Ana sigue la letra en un papel, y cada tanto levanta los ojos y lo mira, hasta que termina el poema y camina hacia la mesa, hacia él.

Releo, entonces, Benedetti. Fue como esos discos que una ha escuchado hasta el hartazgo en una época. De esos que uno sabe, exactamente, en qué año salieron porque todo ese año, o todo ese verano, estuvo musicalizado por ese disco. Discos amados infinitamente, y después no tan infinitamente. Un día hay otro disco, otra fetiche. Pasa el tiempo, y de repente se escucha una canción de ese disco de hace años, y una sonríe, y quizás  cede a la tentación de buscarlo en Soptify, y se aburre a la tercera canción, o tal vez no, tal vez lo que pase en ese momento sea decir uhhh, qué buen disco era. O decir me aburre, pero que un estribillo, o una mera frase, devuelva una escena del pasado a la memoria.

Lucila leyendo Benedetti en voz alta, en Miramar, encerradas en un departamento diminuto. Eligiendo un poema que fuera una buena respuesta a otro poema. Lucila creía en el amor. Todas creíamos en el amor. Pero ella lo decía.

Yo tenía 16 años cuando vi El lado oscuro del corazón en el cine y, sin dudarlo, me hice el firme propósito de no salvarme nunca. Porque me quería quedar con Oliverio, porque no quería congelar el júbilo, ni querer con desgana. Porque quería llorar a lágrima viva. Porque quería ser una mujer que volara.

Veintiocho años después ya no me da tanta culpa cuando cada tanto deseo un rincón tranquilo. A lo sumo, un poco de tristeza.




No te salves

Mario Benedetti

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

jueves, 2 de abril de 2020

Día 14



Había decidido no reptar. Ni que el día lo hiciera.

Me levanté a las 7 de la mañana.

Enseguida me dije es el cumpleaños de Helena. Fue curioso recordarlo tan instantáneamente después de haber abierto los ojos. No porque no suela hacerlo, sino porque en estos días me cuesta distinguir el paso del tiempo. Se hace de día, se hace de noche. Hay mañana, hay tarde, y se ve la luz del sol moviéndose por la terraza.  Pero la equivalencia de los días hace que no se registren. Ni el agobio de los miércoles, ni la alegría del viernes de enamorado, ni la lentitud tan maravillosa de los domingos. Los días son indefinibles. Entonces también lo es el paso del tiempo.

Me vestí, menos zaparrastrosamente que el resto de los días, y me fui al Carrefour.

Salí con botas. Hacía frío. Soplaba el viento. No lo confirmé, pero no necesito hacerlo: seguro es del Sur, o Sudoeste. Sólo así podrían haberse ido todas las nubes, el agua, y haber dejado el aire eléctrico y helado.

Me soplaba el viento en la cara y pensé debí ponerme un gorro. Pero caminaba al sol, y veía cómo las hojas secas se arremolinaban en la vereda, y de repente me encontré sonriendo. Estaba mirando el mundo.  

Es la segunda vez que me pasa lo siguiente en el supermercado: la persona adelante mío en la cola para entrar es después la persona que tengo adelante en la cola para pagar. Pero no puedo definir si todos tardan lo mismo que yo en hacer una compra, o si en el fondo tardamos lo mismo porque en los dos casos éramos gente de edad parecida, y claramente solos.

Viviendo sola, nunca he tardado más de media hora en el supermercado. Y eso exagerando. Voy con la lista, compro siempre lo mismo, busco algún que otro precio, pero soy rápida. Conozco muy bien los supermercados.

En estos tiempos hago cola para entrar. Después tengo que buscar y rebuscar opciones. Sigo la lista, pero debo ponerme creativa. No hay ricota, entonces crema. No hay fideos largos, busco y decido por los resortes –los moños me recuerdan la comida del colegio, y no me gustaba la comida del colegio. Y al final, otra cola para pagar.

Ahora tardo en el supermercado casi una hora y media. Si fuese así el resto del año, sería fanática de los deliverys. En este momento, aprovecho y miro a la gente. Escucho sus conversaciones.

Los de atrás en la cola se quejaban amargamente de un compañero de laburo que se comía todo y no pagaba nada. Vas a ver ahora, le decía uno a otro, que no va a pagar nada de lo que compremos para el desayuno. Y se lo va a comer todo. A mí no me molesta, ¿viste?, darle una mano a un tipo que no tiene un mango, pero éste ni siquiera se rescata.

La de adelante hablaba por teléfono con la mamá. Le decía no tiene sentido que te pongas los guantes y el barbijo y después dejes que la peluquera entre a tu casa y no se lave las manos ni tome alguna precaución. Mamá, estás haciendo todo mal. Mamá, pero si te toca la cabeza, y te lava el pelo. Mamá, no jodas. Mamá. Mamá. Bueno, hacé lo que quieras.

Tuve ganas de decirle que era un caso perdido en el momento en el que dijo “mamá, estás haciendo todo mal”. Pero no le dije nada, claro. Y sonreía para mis adentros. La señora madre de esta mujer recibe a la peluquera en su casa para que le tiña el pelo. Y yo con mis canas al aire, evaluando de qué color sale lo que no es blanco.

En la verdulería tardé poco. Había una sola persona. Un hombre más joven que yo, cuya lista era interminable. No acopiaba. No se llevó 8 atados de rúcula. Se llevó nada más que uno. Pero llevó rúcula, tomates redondos, tomates cherry, bananas, peras, manzanas, lechuga, brócoli, espinacas, limones, jengibre, un maple de huevos, cebollas, papas, calabaza, zapallitos, berenjenas, apio, zanahoria, albahaca. Salvo paltas, son muy caras, dijo, se llevó de todo. Incluso mandarinas, y eso que la verdulera le dijo son las primeras, no están tan buenas.

Este hombre tenía una lista de las ensaladas que iba a comerse. Es que estoy empezando una dieta nueva, le dijo a Jenny, y le mostró la lista, y le explicó. Jenny, que es tan flaca como un espárrago, lo miró y le dijo a las mujeres nos gustan carnosos. No se lo dijo para seducirlo, ni para hacerle un chiste. Jenny hablaba en serio. Yo miraba, a la distancia más higiénica posible en la vereda, el intercambio. Me acordé de la panadera de Rodeo, que una noche, saliendo de un bar, dijo, de un hombre del que una amiga estaba enamorada, que ese hombre era medio pavito, que le faltaba carne. Nunca supimos vez si lo decía en sentido literal o filosófico. Era flaco, es cierto, pero yo siempre creí que a ese chico le faltaba sustancia y que a eso se refería ella. En realidad, me parecía un bobo.

Jenny vio mi sonrisa, perdida en el recuerdo del fuerte acento sanjuanino de la montaña, y supuso que yo estaba de acuerdo con ella. Si no, preguntale a ella, le dijo al hombre joven, que se vio acorralado por dos flacas supuestamente en desacuerdo con que hiciera dieta. Me miró apenas, y se rió nervioso.

Y me volví a casa, a colgar la ropa que había dejado lavándose y a sentarme a trabajar un poco, a escribir otro poco, y a rumiar cómo se enciende la invención de Morel de la casa de al lado –si funciona con calor, o si funciona cuando no hay viento.

Había pensado que tal vez el sol activaba las voces sin cuerpo de mis vecinos. Pero no, porque hoy no se escuchan. Descarto: no se activa con el sol, no se activa con el viento, tampoco con lluvia. Por ahora, parece que solamente con calor. Queda ver si con un poco de calor o con calor de muerte.

Jugué dos veces al Tetris. No más. El Tetris es como la tele. Cuando abuso, empieza a aburrirme. Aunque me obsesiona. Quiero romper al menos el más bajo de mis records. Y sigo hasta que lo logro. Hoy no. No rompí ninguno, y no seguí. Es curioso lo muy chota que sigo siendo a pesar de los años que hace que lo juego. Desde que había fichines en Pibelandia en Miramar. Hasta recuerdo a mi primo Oso contándome trucos.

También me puse a ordenar el ropero. No quería hacer eso hasta que se acercara el cambio de temporada –tengo ropero pequeño, así que la ropa de invierno hiberna en un baúl, de donde siempre todo sale con un ligero olor a humedad, además de un nada ligero aplastamiento.

Y de nuevo escribí un rato, aunque no más que apuntes, algunas murmuraciones. Me pregunté, entre otras cosas, cómo se escribía un poema. Le iba a preguntar a Google, pero no lo hice. Seguro que Google sabe.

Y como hice tantas cosas, tan productivas, entonces me sentí menos parásito y me puse a hacer yoga. 

Ahora voy a tejer. Tejo igual que juego al Tetris. Es un hecho. Pero insisto.

Porque así soy: del lado luminoso, persistente. Del lado oscuro, terca como una mula. 

Pero si decido no reptar, entonces no repto.

miércoles, 1 de abril de 2020

Día 13



Hoy el día se arrastra.

El viento me hizo despertar con una sonrisa torcida.

Las sonrisas torcidas no son buen augurio nunca. Pero al menos son sonrisa.

Después llovió. De esas lluvias que me encantan. Un chaparrón durísimo contra el patio, las hojas de la Santa Rita arrastradas por la corriente. La abuela Elvira decía que cuando las gotas hacían globitos, seguiría lloviendo.  No hacían globitos.

Y ya no llovió.

No se escuchan los niños de la casa de al lado.

Alguien, en algún lugar de la manzana, martillea.

Puedo pintar, si me alcanza la pintura, uno de los baúles.

Ya hice una bufanda y un gorro. Pienso deshacer otra bufanda, y hacer un cuello.

Pienso escribir.

Pero sólo lo pienso.

En estos días las palabras son siempre la misma.

martes, 31 de marzo de 2020

Día 12



Llueve. Sopla Sudeste. Mis gurúes del viento tenían razón.

Estos días de sudestada me acuerdo de Martín, un abogado del estudio que no entendía porqué íbamos a navegar en días tan horribles como el de hoy, en lugar de ir los días de sol. Le explicábamos: los días de Sudeste son los días de viento perfecto, y para hacer windsurf necesitamos viento. No sol, ni calor. Y el Sudeste es así: trae nubes, y lluvia, y frío.

Llovió. Y escuché las gotas caer sobre el patio. Desde la cama. Suele gustarme eso. Hoy también me gustó. Pero no tanto como me habría gustado un feriado normal, de esos en los que una está desesperada por pasarse el día echada, una manta por arriba, una mano sacando el libro desde debajo de la cueva. Eso se puede hacer todos los días en estos tiempos. Y no lo hago.

No sé si es la cantidad de información que consumo, o el interminable intercambio de mensajes, o la angustia, o la ansiedad, o si el encierro despierta en mi organismo un desorden de la atención. Innumerables horas por delante pero ni siquiera he logrado ver una película. Porque una película es larga. Las series no lo son. Y tampoco he visto nuevas series. Ah. Sí. Vi como 4 capítulos de La casa de papel, que sé que tiene años pero yo no la había visto.

No me muero por bajar a sentarme en la mecedora, con Niqui a upa, a verla. No logro determinar si la serie no es tan fabulosa como me habían dicho que era, o si es este desorden de atención nomás.

Leo diarios y Facebook e Instagram (cosas que normalmente hago sólo cuando voy en subte al laburo).

Miro los números. Tantos números. Busco entre esos números una explicación. No la encuentro. Tampoco encuentro tranquilidad, ni consuelo.

El horóscopo me dice que la comunicación con los amigos es importante hoy. Que quizás haya ideas que quiera compartir. Que las amistades son importantes. Caramba, la de instrucciones que da el horóscopo hoy.  

Hablo con mis amigas. Me cuentan de sus vidas.  

Hablo con mi tía Conga, que me cuenta su vida, y me mantiene al tanto de las de otros.

Hablo con papá. Le digo sí hay viento, sí es SE.

Nos decimos esto de ser héroes quedándonos en la cama mirando Netflix nos está resultando muy duro.

Yo pienso que más duro es ir con armaduras y espadas por los caminos entre King´s Landing y Winterfell. Pero hoy se me antoja maravilloso. Por lo de caminar mucho, por espacios amplios, ir conociendo gente, entregarse a una batalla feroz, con sangre, mucha sangre salpicándolo todo.  

A esta altura todo tiene una cierta deformidad.

Incluso las convicciones están desconcertadas.

En un grupo de whatsapp de Rodeo uno de los chicos mandó una foto, con un señor que dizque está infectado y se escapó del Hospital Rawson. Foto, nombre y apellido.

Me quedé preguntándome si el señor es un pelotudo importante o un reverendo hijo de mil putas. O si tiene en su casa a alguien a quien no puede dejar. Claro que va a contagiar a ese alguien, pero quizás ni se le acerca. Quizás solamente necesite gestionar un par de asuntos para que ese alguien esté bien. Quizás no puede dejar de trabajar, porque de lo contrario él, o su familia, no pueden comer.  

Ese señor, además, se va a morir.

Y quizás es una fake news. Y alguien, con mucha dedicación por el prójimo, cayó en la trampa de esa fake news y lo denunció. Para proteger a los demás. Por altruismo.

En ninguna novela de aventuras, en ninguna serie de héroes de espadas, en ninguna película, las delaciones son por el bien común.

En Colombia a los buchones les dicen sapos. Nunca pregunté porqué. En Colombia siempre tienen lindos nombres para cosas horribles.

En fin, que es de héroes quedarse echado en la cama. Y que se es una persona preocupada por el prójimo si uno delata a otro ser humano.

Y esa conclusión me deja tan deprimida que prefiero deprimirme pensando en el Sudeste que no estoy aprovechando.

O tejiendo.

Y pensarme una heroína. Como Sansa cuando le dice a Tyrion que en ese momento lo mejor que pueden hacer es darse cuenta de que no pueden hacer nada. (Ellos están protegidos en la cripta, mientras el Ejército de la Noche ataca y los héroes sacan espadas, arcos y flechas, cuchillos y lucen feroces, sudorosos y mugrientos).

Y rogando que no me toque tomar decisiones, porque no entiendo nada.

Porque no sé quiénes son los buenos y quiénes los malos.




lunes, 30 de marzo de 2020

Día 11



Ayer lo anunciaron. 14 días más. O 13. No sé bien cómo se cuenta eso. ¿13 de abril inclusive? Es decir, ¿el 13 a las 0 hs salimos en malón? ¿O el 14?

Imagino la fila india compuesta por los integrantes de las dos familias vecinas, y yo. Eso suponiendo que no nos vamos a amontonar a las 0 hs en el pasillo, empujando para abrir la puerta de calle, que abre para adentro, y masacrarnos justo ese día.

Hugo, Sandra, Violeta, Julieta, su perro León. Laura, Diego, Martín, su perro Ramón. Santos y Niqui. Así imagino el orden de la fila. Por descarte. Hugo va a ir primero, seguro, porque él es el macho del edificio y va a liderar la vanguardia. Y yo voy a ir última. Un poco por el miedo a las bacterias (en último lugar sólo me acerco por un flanco a los otros seres humanos), pero más que nada para poner cara de que no me importa tanto, de que tengo todo bajo control. Salir desesperada no contribuiría a esa imagen de mí misma.

Y entonces salimos, los ocho humanos y los tres perros que vivimos en este edificio, y en la vereda nos juntamos con los de la entrada independiente, otros cuatro humanos sin perro. Doce personas paradas en la vereda, con tres perros tironeando de las correas, o mordisqueándose entre ellos. Y ahí vemos al resto de los vecinos, haciendo lo mismo. Alguno va a tener que bajarse a la calle porque no entramos todos en la vereda.

Nos miramos las caras, sonreímos, ya no pasan vehículos gritándonos instrucciones, órdenes, leyes, amenazas.

Podemos hacer una fiesta, ahí nomás, podemos incluso intercambiar fluidos, (después de todo, si hicimos las cosas bien, somos los que no se han contagiado, ¿no?, ¿no?).

Podemos salir a correr, a caminar hasta que nos salgan ampollas.

Podemos sentarnos en el cordón de la vereda y conversar con el otro.

Podemos todo, de nuevo.

Así que nos miramos, sonreímos, y nos decimos me voy a dormir, es tarde.

O a las 0 hs. del día señalado nos tomamos, cada uno en su casa, hasta el agua de los floreros, festejando la felicidad indecible, y al día siguiente tenemos una resaca tan espantosa que puteamos porque hay que salir a trabajar.

O el 13, o 14, salimos, en el horario habitual, cada uno a su trabajo, y el viernes de esa semana nos juntamos con amigos y festejamos que podemos hacer lo que queramos. Y entonces hacemos lo que siempre hicimos.

Pero para eso faltan 13 o 14 días.

Ayer, después de escribir, terminé de ver la última temporada de GOT, tejido en mano. Es la temporada que menos veces he visto, así que dejaba de tejer todo el tiempo.

Me acuerdo de Topillo preguntándome, después de haber leído la primera novela, qué personajes me gustaban más, cuáles menos. Se sorprendió cuando le dije que amaba a Jaime Lannister. Podía ser mi cinismo lo que me llevó a decir eso entonces. Era un personaje fácilmente despreciable, y además ligeramente bobo.

Sigue siendo uno de mis personajes favoritos. El tipo sabe que ama a una mujer odiosa, que por ella ha hecho cosas aún más odiosas, e incluso que ella no lo hace feliz. Pero al final recorre la mitad del mundo sólo para estar con ella y morir juntos, y decirle “nothing else matters, only us”, mientras la escuda del mundo cayéndose a su alrededor, y hace que ella deje de llorar, histérica –el  único momento en el que Cersei contempla la derrota, en el que admite su vulnerabilidad. Él la escuda de eso y ella, antes de morir, vuelve a estar en el lugar de quien todo lo puede, sólo porque él está ahí.

Es tan cursi y meloso que nadie puede acusarme de cinismo: amo a Jaime Lannister.

Hubo nubes, la promesa de la lluvia sigue aunque haya salido el sol, también la de sudestada.

Hace calor. De veras calor. Cuando salgamos, el otoño llevará días de haber empezado. No habremos visto ese momento en el que las hojas empiezan a caer sino que veremos los árboles pelados. Quizás haga frío. Ya hay menos luz. No me gusta el invierno. Y estoy hibernando hasta que llegue.

Hay un millón de desafíos. La mejor foto de las mejores vacaciones. Videos, innumerables videos de una aplicación que no bajo porque mi teléfono apenas tiene memoria para ser teléfono.

Me invitaron a un intercambio de poesía. A quién se le ocurre, caramba. Y sin embargo, acá estoy, leyendo poesía. Y empernando a 22 personas de mis contactos con el mismo intercambio. Total, tiempo es lo que sobra.

Consejo

de Fernando Pessoa

Cerca de grandes muros quien te sueñas,
Después, donde el jardín se deja ver,
a través de las rejas de la entrada,
pon cuantas flores sean las más risueñas,
y sólo así te pueden conocer.
Donde no lo han de ver, no pongas nada.

Haz arriates cual los que otros tienen
donde, al mirarlo, puedan entrever
tu jardín cual lo quieres tú mostrar.
Mas donde estás, y donde nunca vienen,
Deja a la flor que el suelo da crecer,
y a las hierbas silvestres prosperar.

De ti mismo haz un doble ser guardado;
y a nadie, si te mira o si te observa,
a ver más de un jardín nunca le des –
que eres un jardín visible y reservado
donde la flor nativa, entre la hierba,
roza a la pobre hierba que no ves.


Comí fideos con salsa rosa y queso parmesano.

Creo que debería limpiar la casa de nuevo.

Creo que debería ir a hacer compras.

Todos los días, el mismo día.

Está empezando el viento. ¿Será del Sudeste ya?

No sé cómo logro que mi escritorio sea un espacio abierto y limpio cuando me siento a escribir, y que sea un caos de papeles, libros marcados con señaladores, o pedazos de algún papel, o biromes en el medio, o llaves, o el celular, libros cerrados porque ya los consulté pero no los volví a guardar, cables de cargador de computadora, y de celular, apoyavasos, cenicero, lima de uñas.

Hace años decidí que mejor era tener un escritorio pequeño, para que solamente alcanzara para un cuaderno al lado de la computadora. Pero no me gustó. Parece que el caos, o el fluir del caos más bien, me resulta mejor. Y no tiene ningún sentido que eso sea así en mi caso. Pero parece que lo es, con algunas cosas, en algunos momentos. Algo así.



domingo, 29 de marzo de 2020

Día 10



Dizque hoy es el último día de sol. Después habrá nubes, incluso lluvia.

Hace demasiado calor para ponerme al sol en la terraza.

La lluvia me gusta. Me gustó siempre, pero más después de haber vivido en el desierto. El ruido que hace contra el techo de chapa en mi casa de la playa, contras las hojas de los árboles, o cuando cae, fuerte, sobre el patio.

Igual espero que no llueva. No sé si me gusta tanto como para agregarla de condimento a este encierro. O que llueva por un día, limpie el aire, las calles, y al día siguiente salga el sol. Para al menos tener luz.  

También dicen, los gurúes que consulto, que el martes va a haber una sudestada maravillosa. Me pregunto si los que viven cerca del río irán a navegar. ¿Quién los puede agarrar? ¿Prefectura? Ir rápido, con una tabla chica, y meterse entre los juncos cuando aparezca un barco. Quizás no son más de quince minutos de navegada. Pero eso minutos, hoy, me valdrían horas enteras. No digo salir de una guardería. Digo salir de una de las orillas mugrientas del Río de la Plata.

Una vez, no sé porqué papá no tenía los equipos en una guardería, fuimos con él al río, a una de las pocas bajadas libres. En realidad, ni siquiera era una bajada. Era un pedazo de tierra sin construcciones, lleno de juncos y bastante basura, con salida al río. Era tan espantoso que él mismo le decía “el basural”. Aunque, más que espantoso, era desprolijo. Una orilla deshabitada del Río de la Plata, en zona norte, cerca de la Reserva.

Era de esos lugares que en las películas se usan para tirar cadáveres. Todas las veces que veo una película o serie donde tiran un cuerpo al río, o lo entierran en el desierto, me digo para eso es necesario un río con una corriente hacia el medio de la nada, o un espacio abierto muy grande, de esos que escasean en las ciudades.

“El basural” tenía pinta de ser un buen sitio para descartar un cadáver.

Esa vez que fuimos con papá y Alberto al “basural”, estaban también mi hermano Ernesto y un amigo suyo, un chico de Luxemburgo, un chico blanco, muy blanco, con pelo rubio paja, los ojos celestes, los modos impecables.

No sé cómo será la costa de otros ríos. El piso  de la costa en zona norte suele tener un lodo espeso, bastante maloliente cuando el río está bajo. Si se lo mira del lado bueno, es una suerte de chocolate derretido que se mete entre los dedos de los pies. Uno se hunde un poco, casi hasta el tobillo, en ese chocolate espeso. Un poco más adentro ya no está blando, ni pegajoso.

Hacía calor, el sol se reflejaba en el río, soplaba viento.

No encontramos ningún cadáver. Pero, en cambio, encontramos una suerte de rayuela con una gallina hipnotizada en donde estaría el cielo.

Estábamos bajando los equipos del auto y buscando un buen lugar donde acomodarnos. De repente vimos esta gallina, inmóvil en el medio de unos pastos altos. Nos acercamos, y la gallina seguía ahí, tiesa. No podía estar muerta, porque estaba bien erguida sobre sus patas, y tenía los ojos abiertos. Pero no reaccionaba ante nuestra presencia. No se movió. Más de cerca notamos la cuadrícula parecida a la de una rayuela, la gallina en la punta, donde estaría el cielo.

No quisimos verla bien, no nos acercamos lo suficiente. No tengo recuerdo de qué cosas había en cada uno de los cuadrados. Alguien dijo es una macumba, y nunca supe bien qué era eso, pero una gallina hipnotizada, al sol, en un lugar perfecto para tirar cadáveres, no presagiaba nada bueno. Así que seguimos de largo, y olvidamos la gallina.

Armamos los equipos y mientras papá navegaba, los chicos nos quedamos jugando en el agua. Ya no éramos tan chicos en realidad. Pero nos metimos al agua, y tomamos sol en la orilla.

No sé si hablábamos mucho. Recuerdo el sol, el agua, el barro. Recuerdo nadar, sentir el chocolate mugriento y suave en los pies, el gusto ligeramente químico del río, la piel acariciada por el viento.

No recuerdo qué hacía Ernesto. Ni qué hacía yo, específicamente.

Lo inolvidable de esa mañana fue Stephan. El más contento de todos era este muchacho de Luxemburgo. Se pasó las horas con los pies metidos en el barro, cayéndose de espaldas al agua, tirándose de costado, chapoteando como un niño, sacando del fondo las manos llenas de lodo, metiendo la cabeza debajo del agua. Recuerdo, también, su risa. Y no sé de qué se reía. Era, en ese momento, la criatura más feliz del universo.

Estaba en el agua un día de verano, hacía calor. Pero nosotros teníamos una pileta en casa, rodeada de un jardín perfecto, y todas las comodidades posibles, y nunca lo habíamos visto tan contento. No estaba solamente refrescándose.

Nunca supimos lo que él pensó ese día.

Quizás estaba contento porque iba a poder contarle a sus amigos que había visto la Latinoamérica que había esperado encontrar, en lugar de una ciudad como cualquier otra, caótica, acaso bella, u horrible, pero ciudad, como tantas otras. Iba a poder decir que sí existían el Coronel Aureliano y Remedios la Bella. Que él había podido verlos.

O tal vez no.

Me gusta pensar que la gallina, la basura que había acumulado la marea en la orilla, esa sensación de estar ocupando un lugar reservado a quienes esconden cuerpos, o practican magias oscuras, sumado al lodo maloliente pero que se siente tan bien en el cuerpo, y el agua que parece interminable en ese río, lo hicieron soltar amarras. Y sentir las infinitas posibilidades del mundo.

sábado, 28 de marzo de 2020

Día 9



Bienvenida al mundo de mi abuela.


Después de hacerle el desayuno a mi abuelo, de tomarlo junto a él, y seguramente una pava o dos de mate, mi abuela Irma levantaba la mesa, limpiaba la cocina primero y luego el cuarto, el baño, y seguía. No era una casa grandísima, pero era lo suficientemente grande como para que todas las mañanas tuviera que dedicarle unas horas a la limpieza.

El recuerdo que tengo de la casa de mis abuelos en Rafaela es muy preciso, a pesar del paso del tiempo. La cocina, que tenía una gran mesada de acero inoxidable, era igual a la de esas imágenes de limpiadores súper poderosos, imágenes que están retocadas digitalmente porque esa limpieza no existe, porque en la realidad no le salen destellos a los bordes de las hornallas. En la casa de mi abuela sí había destellos. Eran de verdad.

Hoy me levanté, tomé el desayuno, me vestí con mis babuchas impresentables, y después de poner cada cosa en su lugar, limpié la casa, otra vez.

Tambíén hacía compras en la mañana, mi abuela, con esas bolsas tejidas de plástico, o con un carrito, y al volver, cocinaba. No existían los alimentos congelados, ni tenía en el freezer más que hielos, o helado. Era famosa por sus milanesas. Pero todo lo que ella cocinaba era exquisito. Me acuerdo de pasar unas semanas, sola con ellos, antes de que se nos uniera el resto de mi familia, y que me recibiera no solamente con mi comida preferida, sino con una lata enorme llena de alfajores de maicena que había preparado.

Mis abuelos comían a las 12.30. Ella servía lo que hubiese cocinado, comía con mi abuelo, después el postre –normalmente frutas–, levantaba la mesa, llevaba todo a la cocina y limpiaba, de nuevo.

Pasado el mediodía –seguramente mi abuela arrancaba más temprano- me puse a cocinar.

Después era la hora de la siesta. A las 4, mi abuelo se levantaba y ella ya tenía preparada la primera pava de mate. Tomaban el mate de todas las tardes, mirando la novela del momento.

Entonces ella tejía.

Los dulces de mi abuela eran deliciosos. Sus milanesas eran perfectas. Su casa era la publicidad de Mr. Músculo. Incluso tenía plantas en el patio de atrás. En un pueblo donde el agua era escasa, mi abuela tenía todo un sector del patio con sombra natural.
Pero lo que mejor hacía, creo, era tejer. Un año era un pullover para mamá. Al año siguiente me tocaba a mí. Pero antes de eso era sólo para mamá –sigo teniendo una blusa tejida por ella que le hizo a mamá antes de que yo naciera, y dos bufandas que he visto, nuevas, en fotos Polaroid. También tengo una suerte de tapado de lana que me hizo a mí cuando era chica. Lo uso como saco, y es el saco que me pongo encima todos los días de invierno cuando estoy en casa.

La tele prendida, y ella le daba a las agujas con una rapidez que no he visto en nadie.  
Saltándome la siesta –soy de las que no duermen siesta –prendí la tele y me puse a tejer.

No sólo no soy tan buena como mi abuela sino que ni siquiera logré ser tan buena como Eva, la profesora de Tejido en Rodeo, habría querido que yo fuese.

Yo no iba a las clases siempre –eso de aprender a tejer era una manera de pasar el invierno en Rodeo, de pasar las horas, las interminables horas, sin nada que hacer. Pero para mí eso no empezaba en marzo, ni con el primer frío. Para mí, eso de pasar las horas de la tarde empezaba cuando se terminaba el viento.

O, en la primera casa donde viví, donde no había tele, ni internet, tejer era una manera de gastar menos en libros. Prendía la salamandra y me ponía, muy torpemente, a tejer. Tenía un cuaderno, siempre, sobre la mesa, y cada tanto anotaba ideas que se me ocurrían. Para cuentos, para algún capítulo de la novela, para las Crónicas de R. Cuando tuve tele, tejía mirando la tele. Pero no mirando algo nuevo, ni que me interesara, sino alguna película vista mil veces. Tejía, y escuchaba las palabras, y cada tanto levantaba la cabeza y miraba una escena. Eso hice hoy, con la temporada 7 de GOT de fondo.

Y el cuaderno, siempre, a mano.

Alguna vez, no en aquella primera casa donde lo único que se oían eran las agujas entrechocándose y el crepitar del fuego adentro de la salamandra, sino en la otra casa, al lado de una chimenea, con la pantalla prendida enfrente, pensaba en mi abuela. Pensaba en que yo tenía la cabeza llena de ideas, de una conversación interna que podía estar, o no, relacionada con lo que pasaban en la tele, o con lo que sucedía a mi alrededor.

Se me ocurrió, esa vez, que ella se escapaba de mi abuelo, de sus hijos, y de todo, mientras tejía. Que la novela de la tarde era una excusa. Que incluso el tejido lo era. Que habitaba, por un rato, un mundo sólo de ella.

Nadie se ocupaba tanto de la realidad, de la vida cotidiana, como mi abuela. Debía saber los precios de todos los cortes de carne, de la verdura, del pan. Con qué se lavaba mejor la ropa, con qué tratar a las plantas si tenían una peste. Y supongo que también sabría, mucho antes de que sus hijos tuvieran hijos, cómo cuidarlos cuando estaban enfermos, o cómo consolarlos cuando se raspaban las rodillas. Todo lo que se necesita para que la vida fuese posible, ella lo conocía.

Me pregunté si le gustaría tanto tejer. O si lo que le gustaba era la cantidad inmensa de halagos que recibían sus creaciones. O si le gustaba mimarnos a mi madre, su niña, y a mí.

Me pregunté, incesantemente, qué notas habría tomado en su cuaderno (un cuaderno imaginario, claro). ¿En qué pensaba mi abuela todas esas horas?

Estos días cocino, limpio, cuido de las plantas de mi terraza, tejo. Mi casa está impecable, he comido milanesas, y canelones, y tartas, todo hecho por mí. Las plantas no tienen un solo yuyo.  

Hablo con mis amigos, y veo las fotos que postean en las redes. Una de ellas me mandó una foto de sus plantas, diciendo que las pobrecitas no entienden porqué de repente sufren tantos cuidados. Hay fotos de bifes a la criolla, de pollo al horno con papas, de budines de naranja. O de frascos perfectamente etiquetados con las especies que contienen.

La vida de mi abuela.

Después ya había que empezar de nuevo a cocinar. Dejaba el tejido y ponía manos a la obra. Y comía, junto con mi abuelo, y limpiaba una última vez antes de irse a dormir.

Hasta el día siguiente.

Todos los días, todos los años.