sábado, 28 de marzo de 2020

Día 9



Bienvenida al mundo de mi abuela.


Después de hacerle el desayuno a mi abuelo, de tomarlo junto a él, y seguramente una pava o dos de mate, mi abuela Irma levantaba la mesa, limpiaba la cocina primero y luego el cuarto, el baño, y seguía. No era una casa grandísima, pero era lo suficientemente grande como para que todas las mañanas tuviera que dedicarle unas horas a la limpieza.

El recuerdo que tengo de la casa de mis abuelos en Rafaela es muy preciso, a pesar del paso del tiempo. La cocina, que tenía una gran mesada de acero inoxidable, era igual a la de esas imágenes de limpiadores súper poderosos, imágenes que están retocadas digitalmente porque esa limpieza no existe, porque en la realidad no le salen destellos a los bordes de las hornallas. En la casa de mi abuela sí había destellos. Eran de verdad.

Hoy me levanté, tomé el desayuno, me vestí con mis babuchas impresentables, y después de poner cada cosa en su lugar, limpié la casa, otra vez.

Tambíén hacía compras en la mañana, mi abuela, con esas bolsas tejidas de plástico, o con un carrito, y al volver, cocinaba. No existían los alimentos congelados, ni tenía en el freezer más que hielos, o helado. Era famosa por sus milanesas. Pero todo lo que ella cocinaba era exquisito. Me acuerdo de pasar unas semanas, sola con ellos, antes de que se nos uniera el resto de mi familia, y que me recibiera no solamente con mi comida preferida, sino con una lata enorme llena de alfajores de maicena que había preparado.

Mis abuelos comían a las 12.30. Ella servía lo que hubiese cocinado, comía con mi abuelo, después el postre –normalmente frutas–, levantaba la mesa, llevaba todo a la cocina y limpiaba, de nuevo.

Pasado el mediodía –seguramente mi abuela arrancaba más temprano- me puse a cocinar.

Después era la hora de la siesta. A las 4, mi abuelo se levantaba y ella ya tenía preparada la primera pava de mate. Tomaban el mate de todas las tardes, mirando la novela del momento.

Entonces ella tejía.

Los dulces de mi abuela eran deliciosos. Sus milanesas eran perfectas. Su casa era la publicidad de Mr. Músculo. Incluso tenía plantas en el patio de atrás. En un pueblo donde el agua era escasa, mi abuela tenía todo un sector del patio con sombra natural.
Pero lo que mejor hacía, creo, era tejer. Un año era un pullover para mamá. Al año siguiente me tocaba a mí. Pero antes de eso era sólo para mamá –sigo teniendo una blusa tejida por ella que le hizo a mamá antes de que yo naciera, y dos bufandas que he visto, nuevas, en fotos Polaroid. También tengo una suerte de tapado de lana que me hizo a mí cuando era chica. Lo uso como saco, y es el saco que me pongo encima todos los días de invierno cuando estoy en casa.

La tele prendida, y ella le daba a las agujas con una rapidez que no he visto en nadie.  
Saltándome la siesta –soy de las que no duermen siesta –prendí la tele y me puse a tejer.

No sólo no soy tan buena como mi abuela sino que ni siquiera logré ser tan buena como Eva, la profesora de Tejido en Rodeo, habría querido que yo fuese.

Yo no iba a las clases siempre –eso de aprender a tejer era una manera de pasar el invierno en Rodeo, de pasar las horas, las interminables horas, sin nada que hacer. Pero para mí eso no empezaba en marzo, ni con el primer frío. Para mí, eso de pasar las horas de la tarde empezaba cuando se terminaba el viento.

O, en la primera casa donde viví, donde no había tele, ni internet, tejer era una manera de gastar menos en libros. Prendía la salamandra y me ponía, muy torpemente, a tejer. Tenía un cuaderno, siempre, sobre la mesa, y cada tanto anotaba ideas que se me ocurrían. Para cuentos, para algún capítulo de la novela, para las Crónicas de R. Cuando tuve tele, tejía mirando la tele. Pero no mirando algo nuevo, ni que me interesara, sino alguna película vista mil veces. Tejía, y escuchaba las palabras, y cada tanto levantaba la cabeza y miraba una escena. Eso hice hoy, con la temporada 7 de GOT de fondo.

Y el cuaderno, siempre, a mano.

Alguna vez, no en aquella primera casa donde lo único que se oían eran las agujas entrechocándose y el crepitar del fuego adentro de la salamandra, sino en la otra casa, al lado de una chimenea, con la pantalla prendida enfrente, pensaba en mi abuela. Pensaba en que yo tenía la cabeza llena de ideas, de una conversación interna que podía estar, o no, relacionada con lo que pasaban en la tele, o con lo que sucedía a mi alrededor.

Se me ocurrió, esa vez, que ella se escapaba de mi abuelo, de sus hijos, y de todo, mientras tejía. Que la novela de la tarde era una excusa. Que incluso el tejido lo era. Que habitaba, por un rato, un mundo sólo de ella.

Nadie se ocupaba tanto de la realidad, de la vida cotidiana, como mi abuela. Debía saber los precios de todos los cortes de carne, de la verdura, del pan. Con qué se lavaba mejor la ropa, con qué tratar a las plantas si tenían una peste. Y supongo que también sabría, mucho antes de que sus hijos tuvieran hijos, cómo cuidarlos cuando estaban enfermos, o cómo consolarlos cuando se raspaban las rodillas. Todo lo que se necesita para que la vida fuese posible, ella lo conocía.

Me pregunté si le gustaría tanto tejer. O si lo que le gustaba era la cantidad inmensa de halagos que recibían sus creaciones. O si le gustaba mimarnos a mi madre, su niña, y a mí.

Me pregunté, incesantemente, qué notas habría tomado en su cuaderno (un cuaderno imaginario, claro). ¿En qué pensaba mi abuela todas esas horas?

Estos días cocino, limpio, cuido de las plantas de mi terraza, tejo. Mi casa está impecable, he comido milanesas, y canelones, y tartas, todo hecho por mí. Las plantas no tienen un solo yuyo.  

Hablo con mis amigos, y veo las fotos que postean en las redes. Una de ellas me mandó una foto de sus plantas, diciendo que las pobrecitas no entienden porqué de repente sufren tantos cuidados. Hay fotos de bifes a la criolla, de pollo al horno con papas, de budines de naranja. O de frascos perfectamente etiquetados con las especies que contienen.

La vida de mi abuela.

Después ya había que empezar de nuevo a cocinar. Dejaba el tejido y ponía manos a la obra. Y comía, junto con mi abuelo, y limpiaba una última vez antes de irse a dormir.

Hasta el día siguiente.

Todos los días, todos los años.  

viernes, 27 de marzo de 2020

Día 8



Hoy no voy a hacer yoga. Ya hice demasiado ejercicio a la mañana. Y quedé exhausta. Caminé diez cuadras en total. Y sudé como si hubiese caminado, a paso de marcha olímpica, cien veces ese tramo. Niqui no cree lo mismo. Pero en cambio su alegría fue tanta como si lo hubiese sido.

Me levanté a las 7. Quise quedarme en la cama un rato más. Pero ayer, después de pensarlo mucho, había decidido que iría a la farmacia, a la verdulería y al almacén. Que ya no podía aplazar esas compras. En realidad, sólo la verdulería era necesaria. Pero más que nada, quería salir, llevar a Niqui a dar una vuelta. Sé que los dueños de perros podemos darnos una vueltita corta. Pero ella tiene patio, y terraza, y a mí, para hacerla corretear de un lado al otro. 

Yo quería cumplir bien con las normas.

Me levanté y me tomé la chocolatada y salí al afuera, eso que no hago desde hace una semana.

Niqui estaba tan contenta. Me hizo reír verla, me hizo reír más todavía cuando se me ocurrió pensarla como una versión de Julie Andrews en el comienzo de The sound of music, pero no en los Alpes, sino en el pasillo del PH, y con la cadencia de una canción de los Ramones. Sheena is a punk rocker. Creo que Niqui escuchaba eso en su cabeza mientras corría todo el largo hasta la puerta de calle, y de vuelta hacia mí, y de nuevo, y otra vez hasta que yo llegué, finalmente, y agarré la correa y abrí la puerta. A veces patinaba en los cerámicos, de tan exaltada que estaba (nunca patina, siempre controla bien el freno). Así de feliz la ponía salir.

Sigue pareciendo domingo. Digamos que la hora tan temprana a la que salí puede explicar que, además de ser domingo, hubiese tan poca gente en la calle.

Vi un auto, y ese auto, que iba rápido, tenía un hombre adentro. Le señalé a Niqui con la mano, le expliqué: hay un humano ahí adentro.

Justo en ese momento una señora salió de un edificio. Nos miramos, de lejos, había no menos de cinco metros entre nosotras. Me hizo una señal con la cabeza. Algo así como un violento sí. Supuse que era el sucedáneo del buenos días que habríamos intercambiado en otros tiempos. Un buenos días libre de fluidos.

Até a Niqui a la reja de la casa de al lado. No había nadie adentro de la farmacia, ni haciendo cola. Era lo que yo había buscado. Por eso esa hora. Para que no hubiese gente.

La voz del farmacéutico tenía cuerpo de hombre.

La voz de la chica de la caja tenía cuerpo de mujer. Y la cara de ese cuerpo estaba maquillada.

Vi a una chica esperar el bondi. Esperó todo el tiempo que yo estuve en la farmacia. Había querido ir a la de acá cerca, pero estaba cerrada  -no sé si porque no pueden competir con Farmacity o porque era demasiado temprano. Así que había ido a la de San Martín, sudando del miedo que me producen ahora todas las bacterias del universo. Una amiga me dijo que tiene zapatos especiales para salir. Que esos zapatos no entran en su casa, y que cuando lo hacen, lo hacen rociados. No tengo eso. No sé con qué sustancia rociarlos. Ni siquiera tenía guantes de látex antes de la excursión de hoy.

Vi pasar un hombre en bicicleta con guantes de invierno y barbijo.

En la puerta del almacén, una señora muy vieja, vestido floreado hasta la rodilla, saco de lana, medias y pantuflas, pañuelo en la cabeza, barbijo, se me coló. Había un cartel de papel que decía una sola persona por vez, y adentro estaba el distribuidor de La Serenísima arreglando cuentas con el almacenero, así que yo, que ya había atado a Niqui por segunda vez, esperaba afuera. La señora se explicó: es que me escapé de mi casa, me dijo riendo, y yo le imaginé una sonrisa enorme detrás del barbijo. Quise decirle en realidad, por su edad. Pero lo dejé así. No sólo porque no quise decirle sos vieja y eso te confiere derecho de paso. Estaba demasiado cerca. Me hablaba demasiado cerca. Y yo pensando si estoy infectada, esta señora se va a morir en 15 días.

En la verdulería, mientras Wilson llenaba mi bolsa de frutas, me pregunté porqué la señora vieja había tenido más forma de ser humano que los otros. Porqué su existencia me había resultado tanto más contundente que la de los de la farmacia. Por qué ella no era una voz con cuerpo, como ellos. Porqué se me había hecho tan real, cuando los demás, a pesar de provocarme gozo el mero verlos, me habían resultado simples cuerpos rodeando voces.

Desde hace días que mi universo está compuesto por voces. Los vecinos seguro tienen cuerpos, pero no los veo. Los niños gritan, ríen, cantan. Las madres los llaman a comer, hacen clases de salsa online. Pero si estuviesen poniendo una grabación, algo inventado por un escritor de comedias costumbristas medio pelo, yo no me daría cuenta. El señor de la farmacia podría haber sido una IA. Diciendo lo justo, manteniendo la distancia, haciendo todo lo más rápido posible.  

El pañuelo en la cabeza escondía ruleros. Mis abuelas hacían eso. Recuerdo a Elvira en la casa de la calle 22, con un pañuelo azul. Me dije es eso. Es el recuerdo de alguien de carne y hueso, de alguien amado.  

Pero después, cuando llegaba a casa, felicitándome por no haberme tocada la cara nunca, y veía en mi cabeza el lavatorio con el jabón antibacterial y el aire bien ventilado de mi casa como si fuesen la luz al final del túnel, me di cuenta de que la vieja, a diferencia de todos nosotros, era libre. Que le chupaba un huevo. Que no tenía miedo. Llevaba sus guantes, y su barbijo, y no estaba tan cerca de mí en realidad –sólo que estaba más cerca que la otra, que ni siquiera abrió la boca para decir hola. Había sido cuidadosa. Pero no estaba, como yo, aterrada por las bacterias que mataron a los marcianos de La guerra de los mundos.

Yo quería cumplir con las normas. Pero, más que nada, tenía miedo.

Los de la farmacia, la señora del edificio, Wilson y su mujer, y yo, sobre todo yo, incómoda con mi cuerpo, sintiendo que estaba invadiendo territorio enemigo en lugar de estar por las calles de mi barrio, comprando en los negocios de toda la vida, haciendo, en definitiva, lo que hago siempre, estábamos actuando como autómatas. O éramos actores  a los que les habían dado papeles para una obra de teatro donde la historia no era verosímil, donde nada tenía sentido. Sabíamos las palabras, puede que incluso conociéramos las marcas. Pero no teníamos la menor idea de aquello de lo que trataba la obra. Por si acaso, lo hacíamos rápido, sin convicción.

Pensé que iba a mirar los crespones de colores de la calle de la verdulería. No los vi. No me di cuenta, en realidad, porque no creo que los hayan derribado a todos.

Pensé que iba a conversar con alguien y sentir que el timbre de la voz me iba a sonar afortunadamente distinto del que suena por las pantallas. Pero no me interesaba hablar con nadie, porque hablar ralentiza la escena.

A la vieja, en cambio, le voy a recordar la voz, y su pañuelo, que no era azul como el de la abuela Elvira, sino gris y negro.

jueves, 26 de marzo de 2020

Día 7



Hoy puse un segundo rollo de papel higiénico.

Yo solía ser de las que despreciaban a las bacterias. Es decir: siempre me han chupado un huevo. Soy una persona limpia, me lavo las manos con frecuencia, me baño todos los días, y no voy por el mundo tosiéndole en la cara al prójimo. Considero que los picaportes de todas las puertas, los pasamanos de las escaleras mecánicas del subte, las anillas y travesaños de los colectivos, los manillares de los carritos del supermercado, todas esas superficies, son tocables, agarrables y de hecho están ahí para hacerme la vida más fácil.

Ahora, en la ciudad, veo bacterias en todos lados. No en mi casa. No solamente porque limpio más concienzudamente que antes, sino porque acá, se supone, voy a estar bien.

El útero. Nada me va a pasar en tanto y en cuanto no salga al mundanal ruido. Aunque últimamente el mundanal puede que esté, no lo sé, porque no he salido, pero con certeza el ruido está ausente.

(Me encanta eso. Una de las cosas que más me pesan de la ciudad son sus decibeles. Y su olor.)

Mientras me quede guardada, ningún monstruo va a atacarme.

Pensaba eso estos días. Lo sigo pensando. Por eso no he salido más que a sacar la basura, con mi pobre perra, que ama correr en el parque, contentísima porque caminamos para una esquina, luego hasta la otra, y después a casa.

También pensaba, cuando decidí que haré público esto que no debería ser público y que si creen que no sufre censura, creen mal, que la interacción con los demás a través de pantallas es más limpia no solamente porque no intercambiamos fluidos. Es más limpia porque las posibilidades de lastimarnos unos a otros son menores. Sí, tengo malhumor cada tanto. Se me soltó la cadena un poco cuando vi tanto huevón agradeciendo en nombre del medioambiente sin darse cuenta de que agradecían también la posible muerte de seres humanos. No es así, lo sé, pero en eso consiste mi malhumor, en irme al extremo y no definir bien los contornos de las definiciones. Un círculo vicioso donde en el fondo no se sabe cuál es el origen, y después todo, lo que se lee, lo que se escucha, se convierte en origen de ese malhumor.

Me preocupaba que también esto significara no sólo un intervalo en la cosa productiva de los seres humanos sino también, progresivamente, en la vida de los seres humanos. No vamos a trabajar (pocos privilegiado extrañan el laburo en sí). No nos vemos con nadie. No nos lastima nada. Ni las bacterias, ni la gente.

Pero no porque hayamos conseguido un idilio entre seres tal como el de Juan Raro y sus amigos (gente súper inteligente que se comunica por telepatía, una novela de Olaf Stapledon). Ni porque hayamos erradicado del planeta todas las posibilidades de enfermarnos o agredirnos. O las de caer en estupideces tales como enamorarse.

Mi malhumor ni siquiera la tocó a Niqui, porque ella es mágica y me mira y yo sonrío y todo se pasa. Pero es la única criatura en el mundo con ese poder. Mi malhumor no tocó a nadie porque no hay nadie a quien tocar.

Pensaba en eso, cuando no pensaba en si le pongo, o no, nuez moscada al puré. En cómo sigue la vida. Por eso mi intento de organizar mis horas. Para que la vida siga. Al mismo tiempo, esa sensación de estar resguardada de todo. Incluso de lo bueno. El útero debió ser un lugar muy cómodo. Pero de veras, ¿quién quiere estar flotando en líquido calentito? La muerte debe ser igual de cómoda.

Uno de estos días, en los que estaba procrastinando, seguramente, le escribí a un ex amante del que nunca dejo de estar enamorada. Terminé de escribirle y me quise golpear la cabeza como el emoji de whatsapp –un gesto que no hacía antes de la existencia del emoji.

Hoy me contestó. Pienso si le escribo una respuesta, o lo dejo ir. Y no sé porqué no lo puedo dejar ir. O no quiero. Eso es. No quiero dejarlo ir. Pero más claro que lo que me mandó, imposible. Me quiere mucho, pero no tanto. No es que haya dicho eso. Dijo que los encuentros conmigo lo desestabilizan. Y yo, pensando que él me hace bien precisamente porque no me pone en el lugar de la que ordena, de la que limpia, de la que organiza y deja todo en su lugar. Pensando que, precisamente, por eso él me hace a mí tanto bien, porque me conecta con una parte más primitiva, menos controlada, más animal e infinitamente menos neurótica. Y justo eso, que es algo que nadie, excepto él, ha tenido, él no lo quiere.

La vida sigue. Por suerte.

Día 6


Por eso las voy a poner en el blog. No solamente porque me lo pidió Maggie.

Para mirarnos, alguna vez.

O para que me vean.

Por narcicismo.

Por exhibicionismo.

Y mientras, trataré de que los textos no estén tan mal escritos.

Y en una de esas logro escribir alguna idea no tan huevona. Ni tan evidente. Pero no creo que eso suceda. En general, lo que uno piensa a lo largo de un día no sale de la huevonada y la evidencia.

Ayer llovió.

Hoy está nublado.

Ya no me duele el hombro.

Y me paso horas, literalmente, un montón de horas para diseñar una vaina que no me resulta atractiva ni a mí misma.

“¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?”

Con lo contenta que podría estar leyendo y haciendo nada más que leer, o escribir sin pensar en el otro…

Porque acá encerrada, que es el tesoro al final del arcoíris, descubro que no puedo dejar de pensar en el otro.  Que es más fácil ignorarlos cuando están. Que los miro, a algunos incluso los veo, que sus afanes son espejo de los míos. Que sus vidas son en la mía el aleteo de la mariposa, o el tsunami al otro lado del mundo. Pero ahí andan, siempre.

Para combatir la soledad. O para engañar la evidencia de soledad.

Al final, es como el anillo de Sauron. Para atraerlos.


Día 5



Hoy me subí al techo del estudio, que es el techo más alto al que puedo acceder en mi casa. Recordé al Pata, recordé una lista de recomendaciones que habíamos leído. No hacer cosas que pongan en peligro tu salud o tu cuerpo, porque cualquier problema contribuye a la saturación del sistema sanitario. Por culpa de la pierna rota de una pelotuda subida a un techo,  se puede morir uno de neumonía. Lo recordé cuando subía. Lo recordé cuando bajaba. La única diferencia con el resto de las veces que he subido a ese techo fue que mis movimientos fueron considerablemente más torpes. Eso sí, más conscientes.

Quería sacar fotos. La luz estaba bien. Quería mirar el universo que me rodea desde el punto más alto que encontré. Es más bien escueto mi universo. Cien metros a la redonda. Y ni un solo movimiento. Si había seres humanos detrás de las ventanas que hay en los edificios que se ven desde ahí, debían estar durmiendo, o quietos, de manera tal que ni sus sombras se veían.

Era temprano. El sol se reflejaba oblicuo sobre los techos con membrana. Más que las hojas que barro todos los días, el otoño se ve en la luz. La que más me gusta. Lo he dicho un millón de veces. Pero no dejo de pensarla la mejor luz. Y eso que anuncia, con la misma contundencia que los Stark: Winter is coming. Y yo detesto el invierno.

Yo no estaba en Buenos Aires en el invierno de la Gripe A. Estaba en Bogotá y a nadie allá le preocupaba. Me acuerdo que una prima me dijo que acá era horrible, que si tosías en el bondi la gente te miraba con cara de odio, como si fueses un asesino serial.

Una cosa es cuidarnos los unos a los otros. Por eso estoy encerrada. Por eso le hago más upa a Niqui. Por eso le compré uno de esos juguetes que no suelo comprar nunca porque, como los bebés de Mastercard, después termina jugando con cualquier porquería. Si le dejara el cantero de la Santa Rita sin tapar, sería la perra más feliz del mundo.

Otra cosa es juzgar al otro. O denunciar.

Los vecinos de la cuadra tenemos un grupo de whatsapp. No sé cuál fue el objetivo con el que lo crearon. Me agregaron cuando volví de Rodeo, hace dos años, y me dio terror un grupo de tanta gente desconocida. Pero no fue grave. En general es para chequear quiénes tienen luz, quiénes no, para decirnos que hicimos los reclamos, para compartir lo que Edesur tiene para decir en cada caso.

El primer día una mina pidió que no la denunciáramos, que ella sale porque trabaja en un hospital.

Supongo que yo miraría a los vecinos que pasan por la calle, si tuviera vista a la calle. Pero no los miraría para ver quién cumple las normas y quién no lo hace. Mucho menos para denunciarlos.

Otra cosa me llamó la atención. He visto gente comentando lo bien que le hace esto al medioambiente. El planeta pidiendo un respiro de los afanes humanos. No me queda duda de que el planeta más que pedir, exige a gritos. Pero esa misma gente que comentaba tan ufana lo bien que le hace al planeta que el ser humano deje de trabajar es la misma que no puede vivir sin el trabajo del ser humano. ¿O creen que fue la contemplación filosófica de las estrellas lo que inventó internet? ¿O que los que hacen la larguísima lista de películas y series que consumen son fans del aire puro?

La abulia es el pico medio del lado oscuro, un escalón más arriba está el malhumor. El más alto es la tristeza sin nombre. Esa que no se sabe de dónde sale.

Así que mejor me pongo a hacer algo.

Bajo las fotos del teléfono. Miro viejas fotos. Miro mi viejo blog, al que le saqué todo, un día al volver de Bogotá. El único motivo para mantenerlo así como está es la pereza que me da diseñar una de estas vainas. Además de ser horrible en eso de diseñar, me cuesta un huevo la cosa tecnológica. No entiendo a lo que se refieren la mayor parte del tiempo. Cuando necesito cualquier ayuda le escribo a Chu, o a Ayala. Sigo sin saber cómo bajar libros de internet sin pagarlos. Y eso que me han dado un montón de instrucciones. De repente siempre hay una ventana que se abre y con suerte entiendo lo que me preguntan. En general no tengo suerte.

Escucho una clase de salsa. Y risas. Risas todo el tiempo. Son las vecinas. También tiene esa otra curiosidad la familia de al lado, la del verde y los niños que nunca dejan de ser niños. Sólo las voces de las mujeres se oyen. Conozco a quien diría que las mujeres gritan. Puede ser, porque en general les hablan a los niños y los niños están en el jardín y ellas adentro de la casa. Pero más me gusta pensar que en esa casa las mujeres hacen, todo el tiempo, y que también son las que dicen siempre. Presto atención y me doy cuenta de que siguen una clase de salsa online. Y se ríen. Pero no sé porqué. Entonces las imagino sintiéndose un poco ridículas, torpes, y que la risa es porque son absolutamente cómplices en los crímenes de torpeza y absurdidad.

Y estoy por saltar derecho a la tristeza sin nombre cuando me digo, y no me miento (porque a veces me digo y me miento descaradamente) que tengo un montón de cómplices. O bueno, no un montón, pero algunos. Que no puedo quejarme de no tener amor, o complicidad.

Estaba por saltar derecho a la tristeza sin nombre por recordar una mirada entre mis padres, hace un millón de años, quizás un par más, viendo una escena de El Padrino. Vito le dice a Michael que les faltó tiempo. Papá y mamá se miraron. Mamá se moría. No fue tanto lo que dice Vito, ni el hecho de que mamá estuviera muriéndose. Sino el hecho de que se miraran, mamá y papá, el uno al otro, en ese mismo segundo.

No es necesario que la complicidad sea tan filosófica. Recuerdo mirar a Chu cuando la risa de Nicolás estalló esa noche de invierno. Es ese momento en el que uno sabe que el otro sabe. El instante en el que queda de manifiesto lo mucho que el otro nos conoce. Incluso nuestras muy humanas miserias.

Marga, la que vive acá cerca, me conoce hasta el más mínimo gesto.

Y se siente tan bien.

Mis amigas se quejan de la escuela online. Ni en pedo los chicos hacen todo esto en un día en el colegio. Detestan la plataforma. Una de ellas me dijo que ella es del papel y el lápiz, que no entendía nada (qué puedo decir yo, si ni siquiera distingo el peso de un archivo de texto del de una foto), pero que el hijo, claro, la entendió enseguida.

Hay quienes hacen las compras online desde siempre.

Yo he intentado flirtear por chat. Fracasé estrepitosamente y estoy segura de que en Tinder hablan un lenguaje que yo no conozco. Sánscrito, por ejemplo.

Pienso en una peli en la que tenían sexo virtual para no intercambiar fluidos. Me digo el futuro está acá. IUJU! Lpm.

Día 4



Escucho música clásica. Hace unos minutos sonó Claro de luna, de Beethoven. Mamá. Siempre vuelven sus gestos cuando escucho ese piano.

Me levanté a las 9. Tomé la chocolatada, tendí la cama, lavé la vajilla que anoche dejé sucia porque el dolor en el hombro era espantoso, y subí a la terraza a leer. Sigue el dolor en el hombro, aunque a diferencia de ayer no es espantoso y por lo tanto no necesito salir a comprar más diclofenac en la farmacia. No necesito salir.

Después comí. Y limpié la casa. Otra vez. El otoño empieza a notarse, a pesar de que ha comenzado hace dos días. Las hojas y las flores de la Santa Rita cubren todos los días su parte de patio.

Limpié este cuarto, que no limpiaba juiciosa desde antes de mis vacaciones.

Decidí tirar la impresora. Ya no funciona. Y ocupa espacio, y junta polvo, y veo los stickers que tiene pegados, los corazones de Andrés Carne de Res, una banderita de Canadá, otro de Severne, y me recuerdan tiempos felices, pero no tantos recuerdos, ni tanta felicidad como para necesitarlos en esa impresora vieja.

Hoy estoy un poco abúlica la verdad. Y hace demasiado calor para seguir al sol en la terraza, como a la mañana.

Busco gente en Facebook. Y en Instagram. Me pregunto si los agregaré. Gente que hace años no veo. Tienen cuentas privadas, como yo, así que no los puedo ver sin ser vista. ¿Por qué habrían de aceptarme? Me digo que por el mismo motivo por el que yo los agregaría. Para que los pueda ver. Para que me puedan ver a mí. Para vernos las vidas. O eso que decidimos mostrar de nuestras vidas.

Conozco a muy pocos que muestran sus miserias. Yo no lo hago. Con suerte las nombro para mí misma. Recuerdo que leyendo Knausgard escribí de él que una de las cosas que más me gustaba era el detalle con el que describía sus miserias, y la humanidad de las mismas. Esa misma humanidad, eso que no debería mostrarse porque no es la virtud, porque no es motivo de orgullo, porque no es nada de lo que describiría al héroe, me conmovía.

Pero claro, está tan bien escrito…

Quería ligereza. No me di cuenta de eso hasta que la perdí. Hasta que registré porqué volverme me resultaba tan horrible. Cuando me despedí de los chicos en la playa, cuando los vi irse en la moto y me quedé ahí, al comienzo del camino de tierra de vuelta a la cabaña, me di cuenta de que había estado ligera. Sin familia, sin responsabilidades, sin nada de lo que ocuparme excepto mí misma. Que había disfrutado pensar –pensar e imaginar y perderme en la fantasía que sabía nunca sería real– si flirteaba o no con uno de ellos. Y me había costado mucho lo de no considerar más que lo que deseaba. Pero lo había logrado. En realidad, lo que había conseguido era esta ligereza que se deshizo en segundos. Ahora todo está como siempre.

Casi.

Día 3



Los vecinos, anoche, hicieron de cuenta de que era un sábado como cualquier otro. Pusieron música a todo volumen después del Himno y de aplaudir, ritual que han cumplido todas las noches, incluso desde el día que llegué.

Una mina le gritaba a otra que tenía dos botellas de vino y una de Campari. No sé dónde estaba una, dónde estaba la otra. Se escuchaban risas, ruidos de cubiertos. Hacían asado.

Y hoy se despertaron como si fuese un domingo normal, y es domingo, pero no es normal. Los ruidos que hacen los niños no se escucharon casi hasta el mediodía, y la cortadora de pasto no se oyó hasta antes de comer.

Me duele tanto el hombro que me tomé una pastilla de Diclofenac. Hoy no voy a hacer yoga. Hoy no puedo hacer casi nada, en realidad.

Más allá de Maggie, ¿quién podría leerme? O, más bien, ¿por qué alguien querría leerme?

¿Qué tengo para decir? Nada más que lo que han dicho millones, antes que yo, y mejor que yo. Eso siempre lo supe. Pero contar historias, que es lo que quiero hacer, lo que más me gusta, es algo que no puedo evitar –incluso creo que escribir diarios es absurdo, porque ni yo vuelvo a leerlos, excepto cuando hago limpieza de la biblioteca y abro, en cualquier hoja, un viejo cuaderno, pero acá estoy, haciendo lo que hago casi todos los días de mi vida –aunque por lo general con menos tiempo, y siempre, siempre, cuando me voy de viaje. ¿Para qué?

En mi caso, porque hay tantas y tantas palabras dándome vueltas que algunas se tienen que quedar quietas. Algo así.

Porque ordenan mi mundo. Porque lo crean.

Porque pocas cosas me divierten tanto.

Y por otro lado la fantasía, la lectura de la ficción, es algo que, para mí, es irresistible. Yo querría que hubiese siempre más. Sé que la biblioteca universal es inabarcable. Que quizás podríamos vivir sin nuevos escritores durante años, si se mantuvieran los libros de ficción que hay hasta hoy. Y aún así, me gusta que haya más y más. Esa característica de inabarcable que tiene la biblioteca universal la acerca a la infinitud. Al menos para un ser humano común y corriente; es decir, una servidora.

Pero esto no sería ficción, de la misma manera que no lo eran las Crónicas bogotanas ni las Crónicas de R.

¿Qué hay de diferente en esta experiencia nueva que los demás quieran saber? Las Crónicas bogotanas surgieron por una necesidad de responderle a la gente una serie de preguntas que era la misma. Mi suegra de entonces preguntaba lo mismo que una tía, que mis amigas, que todos los que poblaban mi universo porteño antes de irme a Bogotá. ¿Qué tal el hotel? ¿Cómo va la búsqueda de departamento? ¿Cómo es la comida? ¿Cómo son los colombianos? ¿Cómo es el clima? ¿Cómo se adapta Oli a vivir en departamento? Me encontré un día escribiendo la respuesta a un mail y copiando y pegando partes de otro mail que había escrito hacía minutos. Las crónicas me ahorraban un montón de trabajo. Y me resultaba infinitamente más divertido escribirlas. Con el tiempo se convirtieron en un ejercicio de escritura más. Las hubo mejores, otras francamente malas. Algunas más divertidas, o emocionantes, otras una serie de datos sobre la presión y la temperatura –papá odiaba esas, porque contenían incluso menos información que la que ya le había dado por Skype.

Nada de lo que yo experimente en estos días será distinto de lo que el resto experimentará. Todos lidiaremos mejor, o peor, con las interminables horas de encierro.

Yo voy a escribir esto. Pero no será diferente de lo que hago habitualmente. ¿Por qué exhibirlo?

Hablando de las redes sociales, mi hermano Ernesto me dijo una vez que era una cuestión de narcicismo. Que quienes posteaban todo el tiempo necesitaban del alimento que les suponía la respuesta, las reacciones.

Yo pensé que era exhibicionismo. Pero la verdad es que no conozco gente menos exhibicionista que Mauricio Koch. Y sus Cuadernos de crianza, una serie de relatos sobre la vida con su niña, recién nacida, me parecían imposibles de dejar cada vez que me los encontraba en Facebook.

Pensé, en ese entonces, que eso la hacía a su niña tan inmortal como Shakespeare quería que fuese la belleza del destinatario del famoso Soneto 18. Después pensé que en realidad lo de Mauricio era una manera de fijar ciertos momentos preciosos. De que se quedaran quietos, de que nunca se fueran.


Cociné. Terminé de cocinar toda la verdura que compré. Si no se corta la luz, tengo comida en el freezer para los 15 días. No es necesario salir. Pero me di cuenta de que no tengo analgésicos musculares. No pensé que los necesitaría. Planeo entonces una excursión al exterior. Pero por si acaso no me tomo la última pastilla del blíster, y soporto el dolor. Ningún estoicismo. Puteo tranquila. Total, no hay nadie a quien irriten mis quejas.  

Día 2



Ayer, mientras cocinaba a la mañana, se hizo intenso el tráfico de whatsapps. Era el primer día, y la sensación que me quedó fue de que todos lo habían estado esperando no tanto como un domingo, como dijo mi prima Margarita, como yo lo viví, sino como si fuese el comienzo de algo nuevo, raro y fabuloso. Con miedo. Con ilusión. El primer día de clases.

Innumerables memes, videítos, audios. Fotos de cada uno en su casa. Videollamadas. ¿Escuchás los gritos? ¿Ves las luces de colores?

Ayer a la noche los vecinos pusieron el Himno Nacional a todo volumen. Y después aplaudieron. Y gritaron. No lo comenté con nadie. Estaba cocinando, y aplaudí, pero desde mi patio nomás. Niqui ladraba. Los ruidos inesperados la enojan, creo. Fue el único intercambio humano del día para el que no necesité de una pantalla.

Uno de los chats de un grupo de whatsapp empezó con fotos de cada uno en su casa, y estaba basado en la serie de harapos que vestíamos. En mi caso eran harapos. Otra parecía estar en pijama. Maggie, a mi atuendo, lo llamó pre-pijama, una noche que cayó en casa sin avisar, cuando yo también vivía en Rodeo, con una botella de vino, y yo recién salía de la ducha, con unas babuchas deshilachadas y una camiseta de mangas largas de color indefinido y manchada de pintura –limpia, eso sí. Así estaba vestida ayer. Así estoy vestida hoy. Suelo tener esta ropa para después de bañarme y antes de acostarme. Suelo tener esta ropa para los días en que jardineo, o pinto, o limpio la casa. Mil veces uso esta ropa. Sólo que nadie la ve.

Una de las cosas que se me ocurrió antes de llegar, mientras musitaba musarañas en el micro, fue que no iba a poder ir a la peluquería a cortarme el pelo. Tenerlo corto es muy cómodo. Pero enseguida se deforma, así que la excursión a la peluquería es mensual.

Se deforma y queda feo, lo veo feo frente al espejo cuando me lavo la cara, cuando me maquillo para salir al laburo, cuando me limpio la cara al volver, cuando me lavo los dientes antes de irme a dormir. Y, sobre todo, siempre pienso, esas veces, que “se ve” feo. Lo ven feo los demás. Esos que hay que evitar ahora.

Tampoco me teñiré las canas. Me dije qué bien, mi pelo descansará de químicos y quizás me crezca lo suficiente para tenerlo corto pero no tanto.

¿Cuál será el límite entre lo veo feo y se ve feo? ¿Me gustaré a mí misma con canas y con una mata deforme? ¿Cuánto de la mirada del otro está en mí cuando me miro al espejo?


Hoy me levanté temprano. Pero di un par de vueltas antes de arrancar. No supe si ponerme a leer, o jardinear, o limpiar, u ordenar, o mirar las lanas que me quedan en el baúl.  

O escribir. Una suerte de crónica de estos días. Un poco porque lo pienso desde antes de volver, otro poco porque Maggie quiso leer mi diario de ayer y hoy volvió sobre el tema, que lo ponga online. Y yo pensando es mi diario. Y al mismo tiempo preguntándome porqué no, si ya he hecho algo parecido. ¿Lo pongo en el blog, hago un blog nuevo, lo mando por mail? Vaya uno a saber. Lo de no tener un destino preciso, es eso lo que me da vueltas. Me gustan los destinos precisos. Soy de esas, aunque me aburra a mí misma siéndolo.

Saqué las lanas del baúl. Decidí qué voy a tejer. Pero por ahora tejer no es lo que quiero. Hace demasiado calor además.

Barrí toda la casa y el patio.

Estuve sacando yuyos y limpiando la terraza. No sé quién le había dicho a mi padre que regar era una actividad que te conectaba con el presente. Yo sé que jardinear me conecta con el presente, pero eso no anula el continuo murmurar de mi cabeza.

Por suerte, los niños de la casa de al lado gritan y juegan y yo escucho sus zambullidas en la pileta, sus juegos con una pelota que cada tanto les devuelvo. Sus gritos, más que sacar yuyos o regar, me conectan con el presente.

Es curioso. Desde que compré esta casa, desde que me mudé, hay niños en la casa de al lado. Es la casa que le provee a mi terraza una vista verde maravillosa, y un jazmín que cuando está florecido se huele desde que entro al pasillo desde la vereda, a veces lo siento desde mi living. No sé cómo es posible eso de que no hayan crecido. Pero desde hace quince años esos niños juegan en la pileta, y cantan –son vecinos cantores, con buenas voces, y afinan y todo.

Y después  jugué al Tetris mientras pensaba qué escribir y qué no (haciendo de cuenta de que pensaba qué escribir y qué no, pero se disimula muy bien jugando al Tetris, seria la cara, concentrada en la pantalla de mi computadora).

Y ya no quiero hacer yoga. Pero voy a hacer hoy también. Porque me niego a enroscarme en mi cabeza.

Hoy comienza el Otoño.

Día 1



Puse un rollo de papel higiénico nuevo. Lo anoto para ver si los que compraron paquetes y paquetes y paquetes tienen alguna razón.

No hay ruidos. Es viernes y este viernes suena como la mañana de un domingo de invierno. No se escuchan autos. No se escucha el rumor que a veces viene desde la avenida.  Una de mis Margaritas dijo que se preparaba para un domingo. Tenía razón.

Ella vive cerca. Veinticinco cuadras separan su casa de la mía. Hoy me digo, pese a que hay quienes piensan que será más tiempo, lo que nos separa son quince días. De la otra Margarita, la que dejé en las montañas, nos separa un año, quizás menos. Ojalá menos.

Pienso en lo cotidiano de siempre. No este cotidiano que trato de armar ahora, de ordenar, de controlar. Normalmente no veo a mis primas Carmen y Delia más que un par de veces al año, a pesar de que viven cerca. A mi amiga Georgina la veo también cada vez menos. Me preparo para muchos días de no ver más que a mi perra y sin embargo no suelo ver tanto a nadie, nunca.

Quedarse en Rodeo habría sido lo mismo, me digo. La misma sensación de encierro que he tenido algún invierno allá, cuando ya no quedaban turistas y los locales que podían se iban a Maui, a Jeri, a Pozo Izquierdo, dejando al “staff estable” más escueto que nunca.

Nunca se ve mucho a nadie, en ningún lado, excepto aquellos con quienes se trabaja. Me digo eso. Pero después me doy cuenta de que en la ciudad, al menos, se tiene esta idea de que se puede conocer a otro. El otro existe con mayor contundencia. En Rodeo el otro es siempre un otro menos extraño, casi el mismo siempre.

En la ciudad mi cabeza me da menos trabajo, eso pensé antes de volver. Pero no hay rutina de quedarse adentro. ¿Cuántas veces he deseado tener muchos días por delante y estar tranquila en casa, escribiendo y leyendo y sin nadie que me rompiera las pelotas? Los fines de semana largos, esos largos de veras, son como el tesoro al final del arcoíris. Los pienso como tales. Después esos cuatro días no me alcanzan, y querría más. Pero en esos cuatro días camino con Niqui, voy a la plaza, voy al vivero a comprar plantas para mi terraza. Quizás paso por la ferretería y compro un destornillador Phillips para los tornillos de los footstraps es que estos tornillos no salen con el típico destornillador negro y amarillo, le digo al ferretero, y el ferretero entonces me explica que en realidad hay un tamaño específico de destornillador para cada tamaño específico de tornillo y yo salgo sonriendo de la ferretería y al llegar al final de la cuadra le explico a Niqui que el señor tiene razón, que yo ya lo sabía, pero que en general me chupa un huevo eso, porque nunca necesito que estén tan bien apretados los tornillos. Quizás me cruce con mi vecina, que seguro se queja de la seguridad, o con el señor de pelo blanco, una mata espesa de pelo blanquísimo, los ojos celestes, la cara llena de arrugas, va con tres perros y sonríe, sonríe siempre, y parece el más feliz de los seres humanos cuando pasea a sus perros.

Y quizás no me encuentre a nadie conocido. Pero veo pasar gente, veo a todas esas personas comprar sus verduras, salir del templo (supongo que es un templo, los domingos a la mañana salen de allí bien vestidos, siempre a la misma hora), algunas personas caminan, algunas van con bolsas de compras, otras se suben a autos que las llevarán a algún lugar con pasto, o con parrilla. Están las que llegan a la plaza cuando Niqui y yo nos estamos yendo, llevan materas y paquetes de papel gris que en mi fantasía tienen medialunas de grasa recién hechas, de esas que todavía huelen.

En la ciudad estoy acostumbrada a mirar a la gente en sus afanes cotidianos.

La idea, estos días, es no encontrarlos siquiera. No cruzarse a nadie, mantener una distancia higiénica.

Hay un sol que raja la tierra. Pienso podría jardinear y tomar sol en la terraza, leyendo. Quizás sea mi oportunidad de leer Ulises. De releer En busca del tiempo perdido.

Se me ocurren muchas cosas.

Hay que ponerlas en práctica nomás.

Cocino. Mi freezer tiene el aspecto que no ha tenido nunca. Un Tetris de triángulos de tartas de espinacas y zapallitos, cuadrados de milanesas, rectángulos de canelones, medialunas de empanadas. En general sólo tiene una botella de vodka y hielos, siempre hay muchos hielos.

Hago una lista de cosas que puedo hacer. También una de cosas que debería hacer.

Miro la cuenta del banco. Decido no deprimirme, ni preocuparme tan pronto.  

Todavía no armé un horario. Pero sí decidí que debo variar las actividades del día.

Lo único bueno de este encierro es que no hay obligaciones. Pero eso tiene su truco. Sobre todo para una cabeza como la mía.

Ya son casi las 6 de la tarde. Hacer yoga o no. Un dolor en el hombro derecho. Nada muy grave. Pero duele y no sé si es aconsejable hacer ejercicio en este momento. Pero creo que si no hago algún ejercicio, por más tranquilo, aburrido, o absurdo que sea (pienso que una opción, por ejemplo, es poner música de esas que suelo despreciar y mover el culo una hora –mover el culo literalmente), creo que voy a enloquecer. Y enloquecer encerrada no es buena idea.

Niqui se va a deprimir sin caminar. Espero que echarse conmigo a leer le resulte un buen negocio. Ni siquiera hay gente a la que ladrarle. Nadie camina por el pasillo. Nadie sale a la calle.