<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8073734904593601722</id><updated>2011-11-16T07:39:51.745-05:00</updated><title type='text'>Hacer catleyas</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>María Santos</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>7</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8073734904593601722.post-7876673441741800396</id><published>2011-01-31T12:15:00.001-05:00</published><updated>2011-01-31T12:20:58.308-05:00</updated><title type='text'>Para hacer algo con tu vida</title><content type='html'>Miro a mis vecinos desde la ventanita de la cocina. A mi no me pueden ver. En cambio yo a ellos los veo de cuerpo entero. Al menos a los del edificio de justo enfrente de esta ventana, y muy bien a la señora que vive en el séptimo. Veo las paredes, pintadas de un color amarillo huevo espantoso, sin cuadros ni tapices. Los muebles que son pocos para poder mover la silla de ruedas. Es una señora vieja, a la que sientan frente a la tele o frente a la ventana. De a ratos parece que mirara hacia acá, pero está tan quieta y sus ojos tan fijos que temo que ve poco, nada. Una enfermera, vestida con uniforme azul petróleo, le hace compañía desde temprano: la sienta a la mañana, la levanta para la siesta, la vuelve a traer, la vuelve a sentar.&lt;br /&gt;En el otro piso, en el sexto, vive una familia. Reconozco a la señora dueña de casa -tiene una empleada a la que siempre le está dando instrucciones sobre cómo ordenar las rosas en el florero. En ese departamento hay gente entrando y saliendo todo el tiempo. Es que tienen una hija adolescente.&lt;br /&gt;En el octavo vive una pareja joven y él no se acerca siquiera a la cocina. Ella prepara elaborados platos que él termina en segundos.&lt;br /&gt;La vieja parece aburrirse. Pobre, la verdad es que su vida es una sucesión de sentadas frente a la tele, comer y dormir, y nada más. Me gustaría poder decirle a la enfermera que le hable un poco, aunque no la escuche, que no se pase el día tejiendo –lo debe hacer por plata, porque siempre está tejiendo algo distinto. Pobre vieja, seguro que trabajó toda su vida y ahora sus ahorros van a parar a esta chiruza que no le da pelota.&lt;br /&gt;Busqué mis binoculares en el depósito. La vieja se está levantando cada día más tarde, seguro que es culpa de la enfermera, que no llega a horario. Me la imagino con la mirada perdida, pobre vieja, esperando.&lt;br /&gt;Hace cinco días que sólo veo a la enfermera. Aparece cada tanto por el living, pero hoy ni siquiera ella aparece por ahí. Por eso me quedé en casa a mirar, para asegurarme de que al menos la vieja no está sola.&lt;br /&gt;Ahí está. Vestida de negro. ¿Se habrá muerto la vieja? Quizás tenía alguna enfermedad. Me voy a ver. La entrada de ese edificio está cerca. Voy como si nada, le pregunto al portero si la señora tan amable del séptimo está bien, que le mande mis saludos, etc. Si están de velorio seguro me dejan entrar.&lt;br /&gt;Sí. Voy. Pero primero me visto de negro, por si acaso. Pero así, un negro como si fuera de todos los días. Como nadie me conoce no tengo que estar muy elegante.&lt;br /&gt;El portero, qué amable. Me acompaña hasta el ascensor, serio, por si soy pariente, y sin que le pregunte me dice: “Es en el 708”.&lt;br /&gt;Me abre la puerta la enfermera, la muy hipócrita con cara de que le importa cuando ni le hablaba a la muerta. Me invita a pasar, después cierra con llave.&lt;br /&gt;Entro despacio, es la manera de entrar en un lugar donde hay un muerto. Se escuchan pisadas lentas, como las mías, y después el silencio –lo que yo asocio a un velorio y que enseguida me emociona. Siento la tristeza, el nudo en la garganta. La muerte de alguien, aunque sea tan viejo, siempre me pone así. No puedo evitar pensar en vidas de esfuerzos que van a terminar en esto.&lt;br /&gt;Siento un poco de curiosidad: esta es la parte del departamento que no se ve desde mi casa. El pasillo es oscuro, aunque puedo ver que la pared está pintada con el mismo amarillo huevo espantoso. Tiene más habitaciones de lo que parecía. Desde adentro, aunque con olor a viejo, a muerte y desinfectante, todo parece menos pobre de lo que yo creía. En una estantería al fondo veo libros, fotos, pero la enfermera me indica una puerta.&lt;br /&gt;Entro en el dormitorio, saco un pañuelo blanco del bolsillo de mi saco y camino hacia el cajón. Pienso en las fotos. En que después, mientras esperemos la hora del entierro, podré verlas tranquila.&lt;br /&gt;No me pongo a admirar las flores, quedaría mal, aunque veo un estallido de colores totalmente inapropiado en la esquina de la habitación. Me acerco con la cabeza baja, siento la emoción y miro hacia adentro.&lt;br /&gt;Está vacío.&lt;br /&gt;Levanto la cabeza y leo la inscripción de la corona de flores: “Para hacer algo con tu vida.”&lt;br /&gt;Escucho la silla de ruedas, los pasos de la enfermera. Me doy vuelta.&lt;br /&gt;Las dos me miran. Sonríen.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8073734904593601722-7876673441741800396?l=hacercatleyas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/feeds/7876673441741800396/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2011/01/para-hacer-algo-con-tu-vida.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/7876673441741800396'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/7876673441741800396'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2011/01/para-hacer-algo-con-tu-vida.html' title='Para hacer algo con tu vida'/><author><name>María Santos</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8073734904593601722.post-2749565738243128607</id><published>2010-08-04T20:37:00.001-05:00</published><updated>2010-08-04T20:39:51.977-05:00</updated><title type='text'>Ella sí. Él no. O al revés.</title><content type='html'>Se van a cruzar en algún momento. Ella camina hacia el este. Él hacia el oeste.&lt;br /&gt; Ella no está apurada, pero el viento se mete por debajo de  la falda, le da frío, acelera. Le gusta sentir el viento en la cara, le gusta caminar de noche, la oscuridad expectante de las esquinas sin luz. &lt;br /&gt; Él camina despacio. Su andar es desparejo pero tranquilo. Pareciera que da una vuelta por la playa en lugar de por el centro. Que no hubiera nadie más que él, que las esquinas atestadas de gente que quiere cruzar, de vendedores ambulantes, de locos y mendigos, no existieran. O que no los ve. Y que han sido apagados todos los ruidos.  &lt;br /&gt; Ella va mirando a todos, les arma historias, los esquiva en su marcha pareja. Se fija en los zapatos, en la estatura, en si llevan las manos en los bolsillos. Si fija, sobre todo, en dónde tienen las manos: si colgando de los brazos al costado del cuerpo, si aprietan la cartera, si cruzan los brazos.&lt;br /&gt; Él lo ve todo, pero no imagina nada. Todas las noches es lo mismo. De vuelta en su casa, sentado en una vieja poltrona, recorre las imágenes, los sonidos, y se pregunta si las manos en los bolsillos, si colgando de los brazos al costado del cuerpo, si aprietan la cartera.&lt;br /&gt; Ella camina ahora despacio, el viento ha dejado de soplar. Se mira las uñas, piensa de nuevo en la manicura, en que detesta los salones de belleza, pero sí, los soporta. Ha entrado en una calle tranquila –sabe que ahora las calles, hasta que llegue, tendrán cada vez menos gente.&lt;br /&gt; Él no se sorprende, tampoco recuerda. No piensa que todos duermen, ni se pregunta adónde han ido.&lt;br /&gt; Ella dobla hacia el norte, esquivando esas baldosas que al pisarlas salpican siempre.&lt;br /&gt; El dobla hacia el sur y no la ve –mira hacia un farol apagado.&lt;br /&gt; Ella lo ve de lejos, lo mira caminar, sus ojos grandes, su pelo tan negro –y mucho, se dice, mucho pelo para un hombre. Y que no la mira, aunque se vayan a cruzar, aunque sean los únicos caminando en esta vereda, y hasta es posible que lleguen a tocarse, es una de las veredas angostas del barrio. &lt;br /&gt; Ella ve que él tiene manos pequeñas, le parecen suaves, una colgada del tirante de la mochila, lánguida, como por costumbre –vive acá, decide ella. La otra en el bolsillo del pantalón y ella decide entonces que en realidad no sabe qué hacer con sus manos mientras camina. O tal vez tenga frío.&lt;br /&gt; Él la ve cuando ella está a pocos metros. &lt;br /&gt; Ella lo mira fijo, buscando si es frío o incomodidad, y le sonríe, porque decide es frío, y el frío le gusta. El sigue mirándola, caminando parejo.&lt;br /&gt; Finalmente se cruzan. &lt;br /&gt; Ella dobla al oeste, él pisa las baldosas sueltas.&lt;br /&gt; Él luego tratará de recordar su perfume, mientras sentado en la poltrona piense en las manos de ella, con las uñas vino tinto gastadas, colgando sueltas a los costados. Pero en cambio recordará un momento de vacilación, un tomar aire para decir algo. Y se preguntará el motivo, y quizás lo relacione con su mirada, qué curioso, tan intensa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8073734904593601722-2749565738243128607?l=hacercatleyas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/feeds/2749565738243128607/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2010/08/ella-si-el-no-o-al-reves.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/2749565738243128607'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/2749565738243128607'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2010/08/ella-si-el-no-o-al-reves.html' title='Ella sí. Él no. O al revés.'/><author><name>María Santos</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8073734904593601722.post-4567781759280179288</id><published>2010-02-03T16:25:00.002-05:00</published><updated>2010-02-03T16:30:14.865-05:00</updated><title type='text'>El Circo</title><content type='html'>En primer grado jugábamos al circo. Cuando sonaba el timbre salíamos corriendo al parque hacia nuestro banco del rincón. Habíamos elegido ese banco hecho de cemento junto a la pared porque de allí podían saltar los acróbatas y podíamos ver al presentador mientras hacía su número. El presentador tenía una galera violeta, decía, y se la sacaba y la revoleaba haciendo círculos con el brazo. Recuerdo que gesticulaba ampulosamente –la voz grave y las palabras importantes.&lt;br /&gt;Mi mejor amiga y yo, que éramos las bailarinas, decíamos tener un tutú blanco, con diademas de brillantes en la cabeza, y un rodete bien tirante. No sabíamos que en los circos no había bailarinas de ballet –o quizás sí pero no nos importaba. Estaba el que leía poesía y recitaba seriamente en el banco –nunca supimos cómo se aprendía esos poemas de memoria. Él también estaba vestido como correspondía: un traje negro, con bastón y corbata, para diferenciarse del presentador, que había contado que lo suyo era un moño haciendo juego con la galera. A veces cambiábamos los colores –de tanto en tanto queríamos un tutú rosado en vez de blanco, o el presentador se aburría del violeta y lo transformaba en un brillante dorado con solapas verdes. Y lentejuelas, todos los trajes tenían lentejuelas y tules y sedas.&lt;br /&gt;Había también payasos y trapecistas, domadores de leones y quienes hacían caminar perros en dos patas o en una sola. Todos éramos algo, ninguno se quedaba afuera. Era nuestro juego preferido. No hacíamos nunca una función entera –practicábamos, sólo eso. Mirábamos a quien estaba haciendo su número, y ese quizás lo hacía hasta tres veces en un recreo. El número tenía que salir perfecto –perfecto era cuando el artista lo decidía. Pero a veces, sin mirar a nadie, practicábamos nuestro número. Cada uno concentrado en lo suyo, durante los cinco recreos que teníamos a lo largo del día. Esas veces nadie se subía al banco –salvo los que caminaban en la soga, claro, haciendo equilibrio con unos palos largos –de bambú, porque eso comían los pandas.&lt;br /&gt;No había nada que nos parara salvo el viento porque en mi colegio, si había peligro de que se cayera alguna rama, no podíamos salir. Esas veces jugábamos a otras cosas, al poli-ladron en los pasillos, a la mancha. Volver al aula esas veces no costaba tanto como después de jugar al circo.&lt;br /&gt;Las maestras miraban de lejos –no opinaban ni se dejaban ver demasiado –sólo vigilaban. Hasta que un día la maestra de música se acercó. Nos pareció tan raro que nos quedamos quietos en nuestros lugares, esperando. Con una sonrisa nos dijo que lo que hacíamos era muy lindo y que podría ser aún más lindo si lo hacíamos por una buena causa. No creo que entendiéramos enseguida de qué se trataba lo de la buena causa, pero no importó porque ella siguió explicando. Que el colegio, nosotros sabíamos, iba a hacer una fiesta con kermesse para juntar la plata que necesitaba una escuela del barrio. Dijo que si nosotros hacíamos el circo iban a venir todos nuestros padres.&lt;br /&gt;Recuerdo que la mirábamos a ella y nos mirábamos entre nosotros. No sé porqué nos quedamos callados. No éramos un grupo callado pero ese día escuchamos con atención.&lt;br /&gt;Explicó cómo sería, las horas de práctica, las palabras para presentarnos. La seguimos mirando en silencio hasta que el presentador preguntó si se podía poner su galera violeta. Ella lo miró desconcertada y preguntó qué galera y él le contó con detalles cómo era su traje de presentador. Entonces ella contestó entusiasmada que sí, que podíamos ponernos disfraces de verdad. De repente empezamos todos a hacerle preguntas –si nosotras tendríamos nuestros tutús blancos y los rodetes bien altos, si los palos de los trapecistas serían de bambú –ella dijo que sí a todo y con la misma sonrisa. Que se iba a encargar de que las mamás los hicieran. El poeta preguntó si podía recitar el verso del pirata y la maestra dijo qué buena idea, pero que mejor era pedirle a la maestra de inglés que le enseñara uno para mostrarle a los padres lo mucho que había aprendido. Sonó el timbre y nos dijo que había que ponerse a trabajar lo antes posible.&lt;br /&gt;Al siguiente recreo fuimos a nuestro rincón pero en lugar de practicar nuestros números nos quedamos allí, hablando de cómo serían los disfraces, el escenario, los látigos de los domadores, los aplausos también. Hubo recreos en que sólo hacíamos eso: hablar excitados de cómo queríamos que fuera el circo.&lt;br /&gt;Un día ella comenzó a dirigirlo todo. Practicábamos en las horas de música y en las de lengua –lo que debía decir el presentador, que nosotras bailaríamos una parte del Lago de los Cisnes, antes de los acróbatas y después del poema. No sé si le dábamos mucha importancia a las indicaciones que ella nos daba. De tanto en tanto, igual, ella insistía sobre la duración de cada número, las voces que no se escuchaban o entendían y nos decía todo el tiempo que abriéramos bien la boca al hablar. Recuerdo que con mi amiga no hablábamos y además la coreografía nos la había armado la profesora de danzas, así que bailábamos en un costado sin que nadie nos dijera nada. A veces, en los recreos, alguna maestra nos decía que aprovecháramos para ensayar, como antes.&lt;br /&gt;El entusiasmo nos duró hasta el final, aun cuando un día ella gritó que el domador de leones no parecía estar domando a un león y que debía hacer de cuenta de que había un león de verdad. Sólo recuerdo de ese momento al domador –nos miraba a nosotros, y dijo muy bajito que no entendía. Y recuerdo que en ese momento, por primera vez, vi que no teníamos los trajes sino los uniformes, tan grises y azules.&lt;br /&gt;La mañana de la fiesta había mucho sol. Los artistas debíamos llegar unos minutos antes y disfrazados, así que de a poco nos fuimos juntando con los otros para mostrarnos nuestros trajes. Excitados, señalábamos los detalles que más nos gustaban –el presentador dijo que la mamá había dicho que tul en un frac no iba, pero igual estaba orgulloso de su galera que era negra pero cubierta de lentejuelas violeta. En algún momento, la maestra de música nos llevó hasta un aula de arriba para escondernos, dijo, hasta que comenzara la función. Nos pusimos a practicar, cada uno en lo suyo, y por un momento fue como siempre en el banco, pero enseguida llegó nuestro turno y bajamos serios a hacer la función.&lt;br /&gt;El escenario no era un círculo en el medio como debía ser, pero tuvimos música, la gente se rió con los payasos, hubo un silencio de verdad antes del salto mortal y al final de cada número los padres aplaudían. Salimos todos juntos a saludar con las reverencias que tanto habíamos practicado y los aplausos siguieron. Pero después de ese día, cuando sonaba el timbre de los recreos, nosotros no salíamos corriendo hacia el banco del rincón para jugar al circo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8073734904593601722-4567781759280179288?l=hacercatleyas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/feeds/4567781759280179288/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2010/02/el-circo.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/4567781759280179288'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/4567781759280179288'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2010/02/el-circo.html' title='El Circo'/><author><name>María Santos</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8073734904593601722.post-2513007996575263278</id><published>2009-08-27T13:38:00.002-05:00</published><updated>2009-08-27T14:01:57.838-05:00</updated><title type='text'>Cena china</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;Nadie pierde (repites vanamente)&lt;br /&gt;sino lo que no tiene ni ha tenido&lt;br /&gt;nunca,  pero no basta ser valiente&lt;br /&gt;para aprender el arte del olvido.&lt;br /&gt;1964, Jorge Luis Borges&lt;/em&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;            Toco el timbre y espero. Cuando escucho ruidos espío por el ojo de la cerradura y veo a la China. La miro caminar, sin tacos, con un vestido strapless floreado y el pelo suelto. El pelo muy negro, muy lacio. Me abre con su sonrisa, una sonrisa tan amplia que le arruga toda la cara. Me abraza. Qué hacés, me dice, y empezamos a caminar por el pasillo, lleno de enredaderas de jazmines. ¿Qué tenés en esa bolsa? pregunta y mira adentro, a las dos botellas de champagne. Qué boluda sos, dice, te dije que no trajeras nada. Le pregunto quiénes llegaron y, contenta, me dice que soy la única que faltaba.&lt;br /&gt;            ¿Qué cocinaste? ¿Hay &lt;em&gt;nems&lt;/em&gt;?, le pregunto. Por supuesto que hay &lt;em&gt;nems&lt;/em&gt;, contesta ella. Los &lt;em&gt;nems&lt;/em&gt; son los favoritos, pero siempre hay un plato nuevo, o algún ingrediente secreto. Alguna vez alguien le dijo que lo de los ingredientes secretos era una trampa porque a nosotros todos los ingredientes de estas cenas nos parecían secretos y yo esa vez recordé un paseo por el barrio chino con ella: Me mandó a buscar la salsa de pescado mientras ella elegía el jengibre y yo me quedé parada frente a un montón de botellas, sin poder distinguir la salsa de soja de la de pescado o del sake. Le pregunté cómo es que ella las reconocía, si las etiquetas estaban escritas en chino y no en vietnamita. Cómo se me ocurre, me dijo riendo, que las reconoce, por supuesto.&lt;br /&gt;            La China no es china. Tiene los ojos achinados porque sus padres son vietnamitas, pero ella es francesa, nació en Paris. La China vive en Buenos Aires –y es la única persona que conozco que hizo una fiesta al haber conseguido la residencia argentina. Ahora me falta poder votar, había dicho esa noche con seriedad francesa y tomando un mojito cubano hecho con limas y azúcar negra. Le decimos "China" por sus ojos, claro, e ignorando que los vietnamitas nunca fueron chinos ni lo serán. Menos ella, que viene del norte. Mi familia es de Hanoi, dice. Estoy viet cong, dice cuando está enojada. Y hace "pfff" cuando se fastidia.&lt;br /&gt;            Entramos. La noche es calurosa pero una brisa corre por el patio que está decorado como siempre para estas cenas: farolitos chinos, velas, la mesa puesta con individuales de bambú, bowls de colores para el arroz, las cucharas de porcelana, los palitos para cada uno en sus fundas. Ella los sabe elegir –sabe cuáles agarran mejor.&lt;br /&gt;            La China sólo acepta ayuda con los tragos, así que llevo las botellas a la heladera, a su cocina tan diminuta que no se puede creer que cocine esos manjares ahí, y grito quién toma qué. Mojitos para empezar. En un rincón de la mesada acomodo la menta y las limas que saco de la heladera, el mortero, la tabla de cortar. La gente me alcanza los vasos y la China me trae una tostadita con paté francés. La China va a Paris dos veces por año y, cuando vuelve, la madre le llena la valija con patés y foie gras y botellas de champagne.      &lt;br /&gt;            La China sale de la cocina con una bandeja llena de &lt;em&gt;nems&lt;/em&gt; y otra con hojas verdes. Me siento a la mesa y saco los palitos de su funda, sólo para mirarlos. Descubro que hoy no son útiles sino lindos. El que me tocó a mí es de madera clara, con guardas azules y blancas. De los que estamos en la mesa no hay nadie que no sepa usarlos y alguien lo comenta, que antes no sabíamos, que en la primera cena, dice, y cuenta. Yo descubro que en realidad la primera cena que la China hizo en Buenos Aires fue hace mucho tiempo, y que de ese grupo soy la única que queda, que a los otros que están hoy acá los conoció después, que quizás yo sea su amiga más vieja en Buenos Aires –aunque no hayamos sido amigas desde el principio. Aunque quizás yo le haya parecido un poco impertinente –pff,  esas preguntas personales que hacen los argentinos.&lt;br /&gt;            Decido tomar champagne y que entonces todos los demás también. La China junta los vasos y los enjuaga. Yo aprovecho y ordeno un poco la cocina. Que no hagas nada, me dice. Que no jodas, China, que es mi rincón. Se ríe y me dice: vos siempre tenés un rincón de mis casas que es tuyo –en  una casa anterior yo había tenido un cuarto con mi nombre. Y vuelve a decir que yo en sus casas siempre tengo un rincón. Lo dijo seria. Le digo que cuando se compre su ph va a pasar lo mismo, que por ejemplo la terraza será mía, que se va a tener que comprar una parrilla así le hago las pizzas que tanto le gustan. Dejo de ordenar y la miro –está tan callada. Y entonces lo dice: no me voy a comprar nada, ya tomé la decisión. Alguien grita el champagne para cuándo, y las dos salimos de la cocina.&lt;br /&gt;            Abro la botella –el corcho sale volando –una amiga que hoy no vino solía preocuparse mucho con el corcho –que si caía en la cabeza de alguien o no. Una chica mucho más formal, no como la China y yo, pero nos reíamos y hacíamos todo tipo de planes, y esta chica decía que si se casaba quería que fuéramos las damas de honor, como en las películas americanas, y que estuviéramos vestidas de chinas, con vestidos rosa y las dos con tacos. La China le prometió que si se casaba y la nombraba dama de honor aprendería a usarlos y se pondría unos stilettos muy altos.&lt;br /&gt;            La miro cuando me alcanza su copa para que le sirva. Me parece que me esquiva pero es sólo una sensación porque cuando voy a buscar otra botella me acompaña y me dice: Me vuelvo a Paris, pero vos ya lo sabías, &lt;em&gt;non&lt;/em&gt;? Saca el último plato del horno: costillas de cerdo agridulces. La miro y le digo que sí, que ya lo sabía. Aunque no estoy segura.&lt;br /&gt;La China deja la bandeja sobre la mesa y la gente se sirve, pero yo comí mucho, así que hago un recreo y ella pregunta ¿qué, no vas a comer más? Yo la acuso de parecerse a su madre, y ella simplemente sonríe, con esa sonrisa. Me pregunto porqué nunca antes me pregunté qué quería decir esa sonrisa –si son así de amplias en todos los chinos por una forma especial de la cara, o por una forma especial de ser. Lo digo. Alguien pregunta si ya estoy borracha y la China dice que no, que yo nunca estoy borracha, que yo siempre cierro el boliche –y  es una frase difícil para la China, que es francesa: borracha, cerrar. La gente se ríe así que supongo que nadie lo tomó en serio, que nadie se está preguntando, como yo, si la China es más china que francesa, o más francesa, o porteña al fin, que es lo mismo que ninguna de las dos, y las dos al mismo tiempo. Nadie se pregunta, tampoco, si la China ha vuelto a hacerse esa pregunta.&lt;br /&gt;            Cada tanto la gente le preguntaba porqué se quedaba en este país. Una vez la China contestó "imaginate a mí con traje y con tacos" y todos nos reímos. Era una noche como la de hoy, sonaba la música fuerte, bailábamos un poco. Trato de recordar hoy qué música sonaba esa noche mientras escucho lo que suena ahora. Descubro que a pesar de que la China tiene muchos discos y de que los conozco a todos, con la casa de la China, como música de fondo de estas cenas o fiestas, aparecen dos o tres discos, aunque sepa que no ha sido así. Cinco: &lt;em&gt;A night at the Playboy Mansion&lt;/em&gt;. Louise Attaque. &lt;em&gt;Staring at the sea&lt;/em&gt;. David Bowie. Lou Reed. Se hace un silencio en la conversación y lo digo. Digo que para mi las cenas en lo de la China van a estar siempre acompañadas de estos discos. La China me mira y después mira alrededor, alguien contesta algo y yo me callo, pienso en &lt;em&gt;El perseguidor&lt;/em&gt;, en que la China lo tiene en francés, tomo un trago largo de mi champagne, escucho en mi cabeza &lt;em&gt;Perfect Day&lt;/em&gt;, pienso en la época en que la China iba a un taller de fotografía y yo me prestaba para ser modelo, o maquilladora. Desnudos, disfraces, un porro a las 11 de la mañana, para sentir &lt;em&gt;Perfect Day&lt;/em&gt;, para la foto, y el calor esos días. &lt;br /&gt;            Hace poco fui yo la que le pregunté, y fue la primera vez que se lo pregunté -¿por qué te quedás, China?- y supongo que por eso ella cree que yo ya lo sabía. Ese día la vi llorar. La cara de la China, cuando sonríe, se arruga toda, pero no cuando llora. Cuando llora le caen lágrimas y le cuesta hablar, como a todos. Pero no se arruga, no parece que pasara nada, salvo que está llorando, la China, por primera vez en diez años. Bueno, China, dije yo, que no sabía qué decir ni qué hacer, está todo bien. Y pienso hoy que le dije eso sólo para que ella me contara, para que fuera yo la que estuviera en la cocina con ella esta noche, que fuera yo la que ella creyera que entendía, que sabía.&lt;br /&gt;            Escucho que alguien dice qué suerte que no hay postre en las cenas de la China, porque voy a reventar. Es que los postres chinos no están buenos, se defiende ella, pero podemos armar &lt;em&gt;un petit petard&lt;/em&gt;. Trae una cajita de metal, el papel para armar y me los da. Alguien dice que yo soy la que se ocupa de los vicios y la China dice que no, que no es así y empieza a explicar algo pero se queda callada, sólo me mira y me sonríe.&lt;br /&gt;Finalmente le hablo, y es una respuesta. Le digo &lt;em&gt;on ne peut pas tout avoir dans la vie&lt;/em&gt;. Nadie salvo la China entiende. Esa era una frase de su  mamá, una frase que la China odiaba cuando llegó a Buenos Aires y que a mí, en cambio, me encantaba. Yo le decía China, tu mamá dice lo mismo que Mick Jagger, y yo me reía porque ella hacía un pff tras otro. Todo no se puede. Hoy yo querría hacer pff, y la China sonríe.&lt;br /&gt;            La música está más fuerte, tomamos champagne. Hace un rato que sigo una conversación que no entiendo –no porque esté borracha –que estoy-,  sino porque no presto atención. Pasan imágenes de la China. Algún día diré nos divertimos mucho en la última cena que nos hizo la China en Buenos Aires. No tendré detalles, excepto por este estar desconectada, por este no importarme nada, porque lo que me importa en realidad no es nada en esta cena sino otras cenas, todas las anteriores –en mi cabeza sonará &lt;em&gt;J´t´enmène au vent&lt;/em&gt;, aunque haya sonado en una fiesta hace más de siete años, o &lt;em&gt;In between days&lt;/em&gt;, y la voy a ver rebotar con la cabeza floja, siguiendo la música, con un Camel en la boca, con sus ojos achinados pero que no son chiquitos porque los ojos de la China son grandes y no usa rimel porque no sabe ponérselo y porque, la verdad, China, no lo necesitás con esos ojos. La voy a ver con un strapless floreado o con un vestido negro vintage, ya da lo mismo, porque lo que voy a ver es a ella, que hoy empieza a ser un recuerdo. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8073734904593601722-2513007996575263278?l=hacercatleyas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/feeds/2513007996575263278/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2009/08/cena-china.html#comment-form' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/2513007996575263278'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/2513007996575263278'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2009/08/cena-china.html' title='Cena china'/><author><name>María Santos</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8073734904593601722.post-2861969013726150826</id><published>2009-08-21T17:35:00.003-05:00</published><updated>2009-08-21T18:16:59.805-05:00</updated><title type='text'>Para la melancolía</title><content type='html'>Escuchar Radiohead. Depende de qué canción le toque o de cómo evolucione su melancolía, puede disminuir o aumentar el asunto. Disminuye en mi caso, chica con pasado más bien rock &amp;amp; roll y que prefiere The Bends o Pablo Honey y cantar a los gritos anyone can play guitar, and they won´t be a nothing anymore… Me gustan más esos pero la presentación de In Rainbows en Buenos Aires fue de puta madre y entonces yo también puedo recordar ese momento y ponerme bien porque fue una buena despedida de mi ciudad –o ponerme mal y preguntarme qué carajos hago acá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escuchar The Cure o Pink Floyd lo pueden llegar a hacer pensar que los ríos bogotanos son lo suficientemente profundos como para ahogarse en ellos. Pero vienen bien si se puede dar el lujo de mirar una esquina del marco de la ventana por el resto de la tarde –que en Bogotá siempre es lluviosa y para estos casos muy conveniente. Y pensar en muchas cosas, en cosas muy profundas que en ese momento creerá que le servirán hasta para el mejor cuento del mundo –estará equivocado, por supuesto –no recordará nada hasta que esté tan oscuro que no se pueda ver los dedos y lo único en lo que pensará en ese momento es que tiene hambre –pero si se ha quedado toda la tarde mirando la esquina del marco de la ventana tal vez sea mejor que no se fije en la heladera: se deprimirá porque no ha ido a hacer las compras y por supuesto que la heladera no se llena sola –ni en Harry Potter se puede fabricar comida con una varita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminar por la ciudad –con o sin música. Odiarla como corresponde. Ver las calles que alguna vez fueron lindas llenas de vendedores de fruslerías que no divierten ni a un mono, de baches en el medio del cemento, de baldosas que están rotas y le ensucian con agua fétida sus pantalones (que no estarán recién lavados pero que hasta ese momento estaban presentables). Oler la contaminación, la fritanga, las busetas que no se permitirían en ningún lugar civilizado –descubrir que Ud. no vive en un lugar civilizado aunque la apariencia lo engañe el resto de los días. Que lo empujen cuando no hay necesidad, que lo persigan y le pongan en la mano una calculadora inútil que le regalarán si compra una radio AM/FM aun más inútil. Que un niño le recuerde que no puede gastarse ni $ 500 sin que eso signifique quedarse sin cigarrillos, que ese mismo niño le recuerde una vez más que no hace Ud. nada por erradicar la pobreza y que no lo hará porque no le da la gana. No hay melancolía que aguante eso. Se convierte en una suerte de enojo muy productivo: pierde Ud. sus filtros sociales y putea como corresponde, o sea, como un argentino. El riesgo que corre es que se ponga existencial y se deprima –pero ya no es melancolía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puede llamar a un amigo con el objetivo de tomarse unas cervezas y que el otro lo saque de ese estado con alguna buena frase o con alguna anécdota de su vida cotidiana que sea peor que la suya. No suele funcionar. Si el amigo está muy alegre se siente uno más miserable y quizás hasta quiera pegarle al otro una buena cachetada, a ver si entiende este boludo. Y si el amigo está peor que Ud. no harán más que terminar cantando Chavela en algún tugurio –nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismo errores, otra vez a brindar con extraños, y a llorar por los mismos dolores…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puede llamar a una amiga. Pero el riesgo es mayúsculo. Harry tiene razón. Seguramente Ud. quiere otra cosa con su amiga. Y no la tendrá, porque es amiga, y entonces volverá a su casa preguntándose qué ha hecho mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si tiene Ud. plantas tome una tijera de podar, una palita, una bolsa de basura y un regador –los regadores son objetos maravillosos que han caído en desuso –he visto algunos en tienda grande de hágalo Ud. mismo pero eran tan pequeños que mejor la olla de hacer los fideos para acarrear el agua –los baldes suelen ser mejores. Con la palita remueva la tierra de las macetas (tienen otro nombre en Colombia, pero lo he olvidado), saque las hojas que se han caído, corte las ramitas enclenques, hábleles, o mejor cánteles a las hojas y luego las riega. Es una suerte de consejo oriental. Si tiene guantes no se los ponga. Es mejor terminar con las manos y la cara negras, obligándose a un baño que lo sacará del estupor melancólico y vaya a hacer algo útil por favor: Haga las compras, pasee a su perro, limpie la casa con Madonna a todo volumen, intente hacer el moonwalk ayudado por una escoba y cocínele a quien viva con usted –y si no tiene esa suerte (?), cocine para los amigos a los que invitará a que le ensucien la casa recién limpia. Nada de leer y querer ser el personaje de una novela, y menos aún querer ser su escritor. Al menos no por hoy…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8073734904593601722-2861969013726150826?l=hacercatleyas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/feeds/2861969013726150826/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2009/08/para-la-melancolia.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/2861969013726150826'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/2861969013726150826'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2009/08/para-la-melancolia.html' title='Para la melancolía'/><author><name>María Santos</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8073734904593601722.post-5567294765199441016</id><published>2009-08-18T13:09:00.002-05:00</published><updated>2009-08-18T13:17:19.163-05:00</updated><title type='text'>Claro de luna</title><content type='html'>Habían dicho que debía estar vestida con la túnica, que le quedaba tan bien. Que ella habría preferido los colorados, amarillos y verdes de esa túnica y no la mortaja de encajes blancos tan fúnebres. Pero fue la mortaja. Y, la verdad, daba lo mismo.&lt;br /&gt;La trajeron de la morgue al mediodía y ya había gente en la casa  –sobre todo los amigos que habían hecho la guardia de la noche en la clínica. Para entonces, lo único que faltaba organizar del velorio era la parte de avisarle a los que no sabían: fue a las 4:30 de la mañana, al fin le falló el corazón. Lo hicieron las tías viejas, como todo el resto y como siempre: el horario de entierro, la cochería que en la familia es siempre la misma, la decisión de ponerla en el mejor lugar de la bóveda –porque era muy joven, decían. Hicieron una lista, preguntando de tanto en tanto por tal o cual, anotando números. Pasaban el parte informativo con el aplomo necesario, aliviando al resto de la familia de esa tarea. Fueron muchos los asistentes –215 personas se supo después, un  velorio alegre, a ella le habría gustado: la gente olvidándose a qué fue, disfrutando un rato de charla y sintiéndose bien. Pero los velorios no son alegres: el llanto de una mejor amiga escondida en un pasillo –un  llanto contenido, tapándose la cara con las dos manos. O el abuelo más viejo recuperando por segundos la lucidez perdida hacía tiempo para  soltar unas lágrimas gruesas en su taza de té –no sabe en qué año vive pero no ignora quién murió ni la propia tristeza.&lt;br /&gt;Había sol pero enseguida se cubrió de nubes oscuras –un amigo, mientras revolvía&lt;br /&gt;los hielos en su vaso de whisky, dijo que era mejor que el clima acompañara, que el duelo es más fácil así y todos asintieron. Además, a los que creen en las cosas mágicas les parecía que el tiempo se había puesto a tono con lo sucedido.&lt;br /&gt;Podía encontrarse gente en todos los rincones de la casa. Sólo el cuarto del cajón estaba silencioso, apenas rezos susurrados, entre coronas y ramos de flores. También los cirios y ese Cristo bastante feo para conformar a los familiares creyentes. En las otras habitaciones los invitados se desparramaban en grupos grandes y ruidosos, comiendo sandwiches, tomando café, o vino, o whisky. De tanto en tanto una mirada perdida y roja hacía recordar el cajón en la otra habitación. O ese silencio producido por la llegada de alguien que sin saber qué decir se abrazaba con uno y lloraba desconsolado hasta calmarse, sentarse y unirse a una charla de amigos vivos.&lt;br /&gt;Algunos debatían sobre las mejores formas de morirse: que una muerte súbita es mejor para quien se muere, que una enfermedad larga es mejor para quien se queda –por eso de las deudas, decían. Que igual era muy joven. En un murmullo algo inaudible, algo referido a sus hijos, a la familia, a su marido viudo y sin siquiera saber dónde están las toallas en esa casa tan grande y tan llena de ella. Y al recorrer con la mirada todos los rincones tener la sensación de que no se ha ido, no todavía y para infortunio de los que se quedan, que algún día deberán echarla de la casa para poder seguir viviendo.&lt;br /&gt;La noche pasó entre la llegada de más gente a la que le abría el portero y el intento de aguantar el cansancio y el sueño, pensando que al otro día sería cerrado el cajón, tratando en vano de pasar más tiempo con ella y sabiendo en el silencio de la noche que eso era una ridiculez, que ya no había tiempo con ella y que seguirían extrañándola. Que ese momento en que dicen que los deudos se despidan es cruel porque después sólo en fotos y nunca más sus manos cálidas una noche de fiebre o las fresias que compraba los primeros días de primavera. Que uno va igual y le da un beso en la frente, un beso prolongado.&lt;br /&gt;Y después subirse a los autos. Una fila larga, encabezada por los de la cochería, donde están las viejas tías de siempre, diciéndose que nunca hubiesen podido imaginar que serían ellas quienes la enterraran y no al revés. Sin llorar, ni una lágrima. Las dejarían caer al abrazar a los hijos de la sobrina muerta, al ver el féretro en el mejor lugar de la bóveda, cuando recordaran tantos muertos en 80 años.&lt;br /&gt;Fueron despacio, cruzando primero los nichos, luego el camposanto que brillaba en desentonados colores de flores artificiales, y finalmente las calles enmarcadas por viejos árboles señalando los barrios de bóvedas grises.&lt;br /&gt;Llegar, estacionar; la gente camina despacio y en silencio. Las lágrimas corren por mejillas y ojos ya irritados, por cuerpos gastados y más cercanos a la resignación y la tristeza. Ese cansancio que lo deja a uno vacío y una pena que en ese momento parece eterna pero sosegada al fin.&lt;br /&gt;En la bóveda las tías ya se han ocupado de encender las velas y de que el altar con su delicado lino amarillento no tenga una sola mota de polvo, de que luzca perfecto, de que las dos puertas estén abiertas, para que se vea desde afuera –para  que la gente, formando un círculo frente a la entrada, pueda despedirse.&lt;br /&gt;Una de las tías viejas –tanto que pareció salida de la memoria-, fue la primera: entró y dejó una orquídea lila sobre el féretro, apoyó los dedos sobre la madera en una caricia, no se persignó, y con tranquilidad se mezcló entre el resto. Después los demás entraron de a uno, algunos bajaban a las otras tumbas y ponían flores sueltas en jarrones para los muertos anteriores.&lt;br /&gt;Música no hubo. Nadie preguntó si a ella le hubiese gustado y ella no había hablado nunca con nosotros de eso, nunca había hablado con nosotros de su muerte –debía saber que algún día moriría pero para qué hablarnos de eso –no estaría muerta hasta estarlo. En mi cabeza sonaba Claro de Luna, porque era su pieza preferida. Mamá siempre tenía ese cassette en el auto y lo escuchábamos a la mañana cuando nos llevaba al colegio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8073734904593601722-5567294765199441016?l=hacercatleyas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/feeds/5567294765199441016/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2009/08/claro-de-luna.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/5567294765199441016'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/5567294765199441016'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2009/08/claro-de-luna.html' title='Claro de luna'/><author><name>María Santos</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8073734904593601722.post-6613460291164690910</id><published>2009-08-18T12:59:00.002-05:00</published><updated>2009-08-18T13:08:35.668-05:00</updated><title type='text'>De a dos</title><content type='html'>Ella está sentada en la terraza de su ph. Toma su tercer vaso de cerveza y fuma un cigarrillo. La noche está tranquila, los vecinos duermen, o salieron. No hay ruidos. Manuel está en la cama, abajo, en el cuarto. Es viernes, la noche de un viernes caluroso. A ella le gusta el verano y le gusta estar sentada a oscuras en su terraza, le gusta la cerveza fría y el cigarrillo mientras corre una brisa primaveral. La radio había anunciado viento del noreste a 20 kilómetros por hora. Ninguna maravilla pero un día perfecto para navegar y meter los pies en el agua fría. Pero ella tenía que trabajar y después le había dicho a su mejor amiga que iría a verla, que la ayudaría con su hijo recién nacido. Así que no había ido al río. Ahora, sentada en la terraza y notando que el viento ha calmado, ahora sabe que debería haber ido.&lt;br /&gt;            El perro se sienta al lado suyo y le pide caricias con una pata pero ella no quiere llenarse de pelos, se acaba de bañar, y piensa otra vez que sería una madre espantosa -que el perro le cuesta, imaginate un hijo. Ella no sería una buena madre. Pero lo más gracioso es que lo de los hijos no se le había ocurrido hasta esa tarde, en que pensó que quiere tenerlos, pero que le saldría todo mal. Al volver de la casa de su amiga sintió que quería decirle esto a Manuel –pero no, no valía la pena. Porque lo que ella quería, cuando bajó del tren, era hablarle de sus miedos con la maternidad, que a ella le da la sensación de que va a hacer todo mal. Y que él le dijera que él también tenía miedos, que tuvieran sexo, que comieran una pizza desnudos y que se fueran a dormir. Al día siguiente podían levantarse e ir al río, al viento que ella pensaba que duraría. Pero le pareció ridículo hacerle ese planteo. Aunque tal vez podía surgir la conversación, quizás si él le preguntaba por el bebé de su amiga, quizás ahí sí.&lt;br /&gt;            Pero había llegado a su casa muerta y lo había encontrado a él tirado en la cama, en calzoncillos y a punto de dormirse. Se había acostado al lado de él. ¿Qué vamos a hacer? Era viernes después de todo, y no hay comida planeada para los viernes. El había contestado lo que vos quieras y ella no sabía lo que quería o lo que quería no podía decirlo. Así que se levantó y se fue a duchar. Cuando salió del baño él dormía profundamente. Fue entonces que subió a la terraza con la cerveza, los cigarrillos y el cenicero. Ahora tiene hambre y baja a preguntarle si quiere comer.&lt;br /&gt;                Él dice no cocines, pedite algo, me levanto y cenamos juntos. Ella pide una pizza y le da de comer al perro –que ya había comido pero ella se siente culpable por haberlo dejado todo el día solo. Qué mala madre sería.&lt;br /&gt;Va a la cocina, lava los platos que habían quedado de la noche anterior, limpia la mesada y sube a la terraza con platos, vasos y servilletas para dos. Prende unas velas, vacía el cenicero en un tacho y deja todo listo. La brisa está fresca y la noche con luna. Piensa que quizás, después de todo, sí surja la conversación.&lt;br /&gt;            Cuando llega la pizza le avisa a Manuel –el dice ya voy y ella vuelve a la terraza. Acomoda la caja, corta las porciones y sirve una en cada plato. Abre otra botella de cerveza y sirve dos vasos con cuidado, sin espuma –a los dos les gusta sin espuma. Mira la palmera de la casa de al lado, le gusta esa palmera, le parece un lujo en un ph en medio de la ciudad. Y no hay ruidos, salvo las hojas de los árboles.&lt;br /&gt;            De repente se da cuenta de que él no va a comer, de que en realidad no se despertará hasta el día siguiente, que no querrá ir al río y que entre una cosa y otra se verán a la noche, igual que hoy. &lt;br /&gt;El perro le pide caricias, ella lo mira y empieza a comer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8073734904593601722-6613460291164690910?l=hacercatleyas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/feeds/6613460291164690910/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2009/08/de-dos.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/6613460291164690910'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8073734904593601722/posts/default/6613460291164690910'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hacercatleyas.blogspot.com/2009/08/de-dos.html' title='De a dos'/><author><name>María Santos</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry></feed>
